El tiempo no mata monstruos


Dicen que el tiempo todo lo cura. ¡Mentira! Yo más bien creo que lo que hace con ese “todo”, es diluirlo entre otras muchas cosas con el paso de los días. Es un truco, una distracción, una ilusión óptica… El monstruo de tu armario seguirá estando allí por mucha ropa sucia que le eches encima. Lo sabes, ¿no? De hecho, así es como perdemos a menudo, uno tras otro, los calcetines izquiedos de nuestros pares favoritos. Sí, siempre están ahí, al fondo: justo en el lugar donde no nos atrevemos a meter la mano…

Y que conste que esto te lo dice un cobarde hasta la médula; de ésos que prefieren salir corriendo cuando la cosa se pone fea y resguardarse en un rincón con la cabeza entre las rodillas hasta que pase la tormenta. Pero, tranqui, me lo estoy haciendo mirar, cucharada a cucharada… ;)

Es más, tengo claro que llegará un anochecer, en el que abriré de par en par ese maldito ropero, meteré el brazo hasta el hombro en él y sacaré por la solapa a la bestia escondida. Luego la miraré directamente a sus ojos inyectados en sangre; y aunque me muera de miedo al ver sus grandes dientes afilados, le soltaré (tratando por todos los medios de que no me dé un infarto): “Hola, mi nombre es Íñigo Montoya. Tú mataste a MI calcetín… ¡Prepárate a morir!”. Y se acabó.

Lo sé, estarás pensando que por hacerme el héroe, en el mejor de los casos perderé algún dedo en el intento… Pues ¿sabes qué te digo? Que los dedos arrancados de cuajo sí se curan con el tiempo (y mucha mercromina), pero los corazones rotos, no. Porque éstos sólo sanan si dejamos que estallen antes de convertirse en piedra, para que su onda expansiva de mariposas enfadadas haga pedazos a esos ladrones de minutos, horas, años… ¡Ya me he hartado de huir de lo que más quiero, aunque me aterrorice! Y si muero, que sea con mis calcetines de la suerte puestos. ¡Sólo porque son míos!

Venga, valiente, extiende el brazo con la palma de la mano hacia arriba, flexiona sobre ella varias veces los dedos (que te queden), a lo Bruce Lee, y grita con todas tus ganas: “¡Eh, tú, bicho!, ¿a qué estás esperando? ¡Ven a por mí, que no tengo toda la vida!”

Porque la mayoría de las veces, el tiempo no mata monstruos… los alimenta.

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40 Luciérnagas en la tarta


40 años después, justo un 16 de marzo, me he quedado sin palabras… Y, ¿cómo no?, sólo lo ha podido conseguir Mi Ejército de Luciérnagas Supernovas. ¡Gracias, familia y amig@s, por tanto amor, tanta ilusión y tanta emoción! ¡¡¡No se os puede querer más!!!

Hoy, viniendo a cuento más que nunca, la palabra es vuestra… ¡Sois alucinantes!:

Érase una vez, un chico color “azul princesa”. Un guionista novel en adopción, con la cabeza llena de letras.

Sus historias recién nacidas vivían en un mundo aparte, en interminables noches de vino, rosas y risas; entre palabras increíbles.

Andaba siempre caminos de baldosas de arenilla… para que nunca se le metiera una rutina en el ojo.

Era un cazador de sueños, un incesable contador de cuentos a cámara lenta, de hechos reales que abrillantaba con cuatro capas de barniz.

Se preguntaba continuamente cosas como: ¿dónde nacen los besos?, ¿dónde están las amapolas esta primavera?, ¿he sido infiel a ese mocoso insolente que jugaba a ser mayor?

Le gustaba endulzarse el café con polvo de estrellas, mientras planeaba viajes de ida a ninguna parte en busca de esa luz en la oscuridad; de esa chispa, de ese resplandor que te lanza sin remedio a la aventura de una vez por TODAS.

Se esforzaba en poner neuronas en su corazón y mirar para otro lado, mientras descontaba latidos para evitar mirar la cara oculta de la luna.

Una de esas mañanas de días rojos, en los que la rutina le atrapaba, uno de esos días de mierda, miró por la ventana, le dió el último sorbo al café y gritó: ¡maldito paraíso!, ¡se acabó rendirse al miedo!, ¡ahí te quedas!

Colgó un cartel bien grande en lo alto de su atalaya que decía así: “Se alquila zona de confort”. Dejó una breve nota encima de la mesa que empezaba con un típico “Queridos papá y mamá” y que terminaba con un misterioso “lo que solo yo sé”…

Corrió a por la maleta, tiró su bote caducado de pastillas para no amar, y metió cuidadosamente su capa de Supermán, unas cuantas estrellas que encontró en el trastero, y todos los sueños que le quedaban. ¡Más vale un “por si acaso” que un “yo creía”!, se dijo.

Bajó las escaleras de dos en dos, abrió el buzón con valentía, y allí estaba: ese misterioso sobre en blanco, en el que se leía “sólo abrir en caso de que no se acabe el mundo”.

Dejó el sobre en el rellano de la escalera, salió por la puerta grande, con el alma llena hasta los topes de entusiasmo, soltando lastres y sin echar la vista atrás.

No sabía qué le iba a deparar el futuro, derritió la punta del iceberg con su mechero y decidió no seguir esperando detrás de ningún café. ¡Había llegado la hora! Debía cambiar la melodía gris, cantarla en clave de sol, y borrar de una vez todos aquellos recuerdos fotosensibles. Ni siquiera sabía dónde ir, pero algo había hecho click por fin dentro de él. Sólo le quedaba una frase en la que quedarse a “vivir a muerte”.

Y de aquella forma tan sencilla, cambió su rumbo. ¿Había empezado a madurar? Sí, pero a madurar de la risa. Esos cantos de sirena nunca más le volverían a repetir aquello de: ¡Te vas a quedar con las ganas, idiota! Y decidió ir sólo dónde el viento le llevara, dejar de andar como pollo sin cabeza y encontrar el “Donde fueres, haz lo que vieres”. Se repitió mil veces “Yes you can”, hasta que los dos millones de hispanos… hablaron en cristiano, dejó su Oda a la soledad, en la que tanto se refugiaba y escribió su curriculum invertido.

Desde entonces, puede que si le ves pienses que es una simple mariposa, una flor que escapó de su maceta. Tiene la certeza de que hay amores de maniquí, pero que él sólo se entregará a los amores que matan. Puede contarte mil historias, sobre cosas que sucedieron (o no), relatarte cuentos sin fin sobre las aventuras de una abeja alérgica a las flores, a la que nunca le darán las doce.

Si tienes la suerte de cruzarte con él, rétale a un duelo al amanecer. Él cantará para ti sin tapujos, lo mismo un “Let it go” a todo pulmón que un “All you need is love” con coros incluidos. Cualquier cosa que le haga disfrutar la vida al máximo, porque de eso nunca tendrá suficiente, porque queda mucho para Julio y porque mañana podría estar muerto.

Sólo hay algo que él aún desconoce. No sabe que ha conseguido que veamos con sus ojos, que encontremos las dos caras de la moneda. No sabe que nos ha enseñado que reír no alarga la vida; la agranda. A comprender que las luciérnagas no saben que brillan, que sólo avanzan porque ven lo que tienen delante.

Si alguna vez te topas con él, entenderás -con una hora de retraso- que para llegar tarde siempre hay tiempo. Te habrá abierto su puerta giratoria a “lo importante de lo importante”, y habrás aprendido que a veces en la vida necesitaremos ¡más madera!, y otras veces, menos.

Con su luz, nos ha ido convirtiendo en luciérnagas de asfalto y nos has regalado el jarabe perfecto, el remedio que todo lo cura. Para que todos, absolutamente todos sus seres importantes… ¡brillemos!

Sí pequeño jovencito azul princesa, ¡eso has hecho!.
¿No nos crees?
¡Ahora!, ¡ya!, ¡en este instante!, ¡ha llegado el momento!
¡Deja de escuchar estas letras y mira a tu alrededor!, pregúntanoslo a los ojos, y grita ¡Ultreya!

Porque aunque tú no lo sepas… ¡TE QUEREMOS SIN VENIR A CUENTO!

Voz: Ían Rosendo Aranda

¡Feliz Día de los Desenamorados!


Corren tiempos difíciles para el amor. Cada 14 de febrero, puntualmente, tengo la mala costumbre de mirar alrededor buscando parejas de enamorados que me sirvan de impulso para seguir al pie del cañón en mi búsqueda particular. Pero 365 días tras 365 días, cuando giro la cabeza a un lado y al otro en los semáforos, cada vez veo menos referentes a los que agarrarme. El mundo se va al traste. Y por nuestra culpa. Porque estamos dejando de amar por decisión propia. ¡¿Pero estamos tontos o qué?!

Sí, definitivamente es eso. Hoy vivimos en un universo extraño, donde hacemos difícil lo fácil; donde nos hemos tragado sin rechistar esa leyenda urbana de que el amor nos hace débiles y que nuestra fortaleza está en ser independientes; donde hacemos el amor antes de estar enamorados…

Ni tú ni yo queremos sentirnos vulnerables, expuestos a que nos partan el corazón. (O a partírselo nosotros, evitándonos así tal responsabilidad.) Hemos dejado de creer en él. Y si por gracia divina lo encontramos, no nos esforzamos en absoluto en conservar algo tan valioso. Lo damos por sentado. Lo tapamos bajo la alfombra. Nos atrevemos incluso a posponerlo en ese calendario que se está quedando sin hojas. Como si fuéramos a vivir para siempre. Como si nadie pudiera adelantarnos por la derecha. Como si nos fueran a esperar toda la vida… Lo asfixiamos poco a poco como a un pobre gusano en una caja de zapatos; sin darle la oportunidad de convertirse en mariposa: majestuosa o despeinada, de alas enormes o minúsculas, efímera o eterna. Pero al fin y al cabo, mariposa. Nuestra mariposa. ¡Seremos cobardes!

Cada vez nos avergüenza más regalar flores, y no entiendo el porqué. Creo que el que tiene las agallas de ir por la calle con un ramo de rosas en ristre, y la cabeza y la sonrisa bien altas, se merece sin duda el segundo puesto en el pódium de los valientes. (El primero corresponde al que da el primer beso, como he comentado en alguna ocasión.) Nos horroriza el qué pensarán, cuando lo único que podemos conseguir llevándolas con orgullo es avivar llamas que nunca debimos dejar que menguaran, que es lo importante. Y lo que pueda opinar el resto, debería darnos igual. Porque a esas risillas de “menudo pringado”, les siguen las miradas perdidas de “ojalá me las regalasen a mí”.

Es más, de un tiempo a esta parte, está mal visto incluso brindar palabras que solo pretenden transmitir el lado bueno de las cosas. Todo se coge por el que quema, que es lo que está de moda. No podemos llamar príncipes a los hombres de nuestra vida porque, por lo que se ve, a todos se les destiñe el azul turquesa al tercer lavado; ni princesas, a las mujeres, también de nuestra vida, porque ahora se interpreta como una ofensa imperdonable…  ¡¿En serio?! Esto está pasando de castaño oscuro, señoras y señores. Y les aseguro que ese es un color la mar de feo para los vestidos de las hadas y los hados de los cuentos de final feliz que tanto echa de menos este planeta de seres casi vacíos, al borde de ganarse su propia extinción a pulso.

No sé vosotros, pero yo creo que deberíamos aprovechar este día (pese a que los odiadores-de-todo-y-de-todos digan que lo inventó El Corte Inglés) para pulsar el botón de reiniciar sistema, empezar de nuevo a creer en el amor verdadero y partirnos la cara por él -y los corazones que hagan falta, incluidos los nuestros-, de una vez por todas.

¡Más madera!


Hay que tenerlos muy bien puestos para hacerles caso a tus psicólogos de oficio (o séase, tus amigos a la séptima caña) cuando te sueltan eso de que hay trenes que debes coger porque solo pasan una vez en la vida… “¡No te lo pienses más y arriésgate, campeón!”, te alientan desde la seguridad del burladero. Pero ninguno de ellos te cuenta que si luego cambias de opinión, hay que tenerlos anclados con remaches a la entrepierna para bajarte en marcha de ese mismo tren, cuando ya cabalga a toda máquina por mitad de un desierto totalmente hostil…

Y ahí estás tú, en el balconcito del último vagón del convoy, mirando cómo tu estabilidad se aleja y parece prender en llamas en el horizonte; a tu lado solo pasan cactus repletos de pinchos y bolas de plantas secas empujadas por un desagradable viento caliente; y el traqueteo de ese tren, que antes sonaba a flamenquito-fusión-pop, ahora taladra tu cabeza con su tacatá, tacatá, tacatá… Y, claro, te acojonas. Mogollón.

Llegados a ese punto, las ruedas de metal chirrian y te lanzan chispas, haciéndote llorar los ojos. Los cierras. Huele a chamusquina. Ya no es todo tan bonito como te lo habías imaginado, y el miedo a haberte equivocado se apodera del poco coraje que te queda en la médula espinal, ya que utilizaste el noventa y tres por ciento del que tenías en subir aquella maldita escalerilla. Así que solo te quedan dos opciones: tirar o tirarte… Debes tomar una decisión. ¡Y rápido! Ahora o nunca…

Coges aire mirando las vías pasando a toda velocidad bajo tus pies paralizados, sueltas una mano de la barandilla… y justo cuando vas a saltar… una idea te golpea el corazón, porque el cerebro hace tiempo que dejó de funcionarte: “Vale, puede que este tren pase solo una vez en la vida, pero, que yo sepa, todas las vías son de doble sentido…”. Entonces metes la mano en el bolsillo y compruebas que tu billete es de ida y vuelta. Quien hizo la ley, hizo la trampa. ;)

Das un paso atrás, abres la portezuela que da al compartimento-bar y te cuelas dentro buscando la mirada del camarero, sabiendo que todo irá bien. Porque pase lo que pase ahí delante lo has intentado (cosa que casi nadie hace). Porque siempre puedes volver…

Pues eso, súbete conmigo a este tren único y grita con todas tus fuerzas: ¡más madera!

La flor que escapó de su maceta


Una vez escuché a hurtadillas la historia de una flor que se hartó de estar anclada a la arena que no había elegido, y escapó de su maceta. “¡¿Una flor que camina?! ¡Imposible!”, susurré, aguzando más aún el oído desde mi escondite.

Pues sí. Por lo visto, en una de las caídas de ojos (perdón, de hojas) que le hacía a menudo a su destino para esquivar su mirada, descubrió que las lágrimas que se le llevaban escurriendo desde que la plantaron en el altar habían ablandado la tierra que aprisionaba sus raíces…

Entonces, sin darle tantas vueltas como lo habría hecho uno de esos indecisos girasoles que nunca terminan lo que empiezan, aprovechó la oportunidad: tiró con todas sus coloridas ganas de todos sus grises miedos hasta arrancarlos de cuajo, desplegó sus pétalos convertidos en alas y, gritándole a su propio invierno que no la esperara despierto… saltó.

Y todavía hoy, las amapolas de mayo cantan las hazañas de aquella florecilla silvestre que, para inventarse su propio cuento, tan solo tuvo que darse cuenta de que el temor a perder era lo único que le había estado impidiendo ganar. Qué digo ganar… ¡volar!

Porque en realidad no era una flor. Era una mariposa.

El ojo izquierdo de Forest Whitaker


Siempre tratamos de ocultar aquellas cosas de nosotros mismos que nos hacen diferentes al resto. Porque las consideramos imperfecciones, y nos avergüenzan. Porque lo distinto es raro. Y nadie quiere ser raro. Todo es más fácil si estás dentro de unos cánones, de unos parámetros que antes marcaba la SuperPop, y hoy, ésos que se hacen llamar influencers y que te dan lecciones de cómo ser una persona exitosa sin levantarte de la silla… aun teniendo clarísimo, a base de leches, que para alcanzar metas y curar heridas -sobre todo las que tienen que ver con asuntos del corazón- sólo hay una fórmula secreta y magistral: mover el culo.

A ver, todos tenemos cosas que nos vienen de serie, y que poco podemos hacer para cambiarlas. Y no me refiero sólo al aspecto físico -aunque sea el que, sin duda, más nos atormente a la estúpida raza humana-, sino también al intelectual y a la forma de ser. Yo, sin ir más lejos, tengo una memoria de pez contra la que no puedo luchar. ¡Y que conste en acta que lo he intentado en mil ocasiones!, ¿eh? Pero la verdad es que un día dejé de enfrentarme a “mi tara”, y decidí empezar a disfrutar de sus ventajas. No os podéis hacer una idea de lo gratificante que es sorprenderte una y otra vez con películas o libros que sabes que te encantaron, pero que nunca te acuerdas del final. ¡Son una apuesta segura! Y ni qué decir de lo genial que es que me duren tan poco los enfados, por muy gorda que haya sido la causa que me los ha provocado… Llamadlo la felicidad del tonto, si queréis. ¡Me la refanfinfla! (Os lo digo desde el más profundo cariño que os profeso, por supuesto. jaja!)

¿Y por qué os decía yo esto…? ¡Ah, sí, por lo del mágico ojo izquierdo de Forest Whitaker!

Pues eso, que quizás en nuestras diferencias esté precisamente nuestra fortaleza; y si sabemos aprovecharlas, y las queremos y valoramos como se merecen, cuando menos lo esperemos puede que se conviertan en fieles aliadas. En un sello personal e intransferible. ¡En nuestro viento y nuestras velas! ;)

Y en ese preciso instante, los que sean perfectos, los que estén repes… ¡se morían de envidia!

Madurar de la risa


“Tú siempre te estás riendo, ¿no?”. Cuando mi jefa me regaló esa frase al poco de conocerme, alucinada por encontrarse frente a frente con un trabajador con un entusiasmo y una jovialidad inusuales en un lomo plateado como yo, me quedé paralizado. Más que nada, porque me recordó que hacía por lo menos una década que nadie me acusaba de algo así… Y me asusté. Mucho. Pese a darle por respuesta un “debe de ser que soy feliz” seguido de una carcajada, me horrorizó pensar que llevaba diez años con la risa floja perdida, y que ni siquiera me había dado cuenta. ¡Diez!

“Menos mal que mi subconsciente se ha debido de percatar de mi despiste… y ha abortado misión antes de que sea demasiado tarde”, me dije. :) Pero ¿qué me había pasado para olvidarme de reír por reír durante tanto tiempo? No podía creerme que eso estuviera englobado dentro de esa palabrota que tantas veces me han arrojado a la cara; quizás con razón en algunas, y por pura pataleta en otras: ¡madura!

Y digo yo, ¿no será al revés…?

Foto real tomada en mi oficina. Dicen que soy el limón.

En serio, adultos, ¿qué puede ser tan importante como para perder la risa? No podemos consentir que, después del dineral que se gastaron nuestros padres en ortodoncias, y las penurias que pasamos nosotros por llevar la boca repleta de hierros en plena adolescencia, nos cueste tanto sonreír ahora… ¡Venga ya!

Que sí, que lo sé, que esta vida tiene sus tristezas, injusticias y desamores; y hoy más que nunca. Pero no me negaréis que una de las cosas más bonitas y necesarias que tiene este mundo, es que exista ese alguien que te haga sonreír cuando estás llorando.