El currículum invertido


Aprovechando que acaba de comenzar el nuevo año, y que éste sí que sí va a ser el bueno… tenemos que cambiar las cosas desde ya, compañer@s. Y creo que lo mejor será empezar por la forma de buscar trabajo. El primer paso es difícil pero esencial: valorarse a uno mismo para que los demás te valoren. Como todo en la vida, vamos.

En mitad de la escalada a mi último sueño, me he dado cuenta, afortunadamente no demasiado tarde, de que lo llevaba enfocando mal mucho tiempo. Y he llegado a la conclusión de que deberían ser las empresas las que se dejasen la piel por encontrar gente con talento y energía. Y no al revés. Yo, personalmente, me he hartado en varias ocasiones a rogar que me dieran una oportunidad, a veces con éxito y otras no, aun sabiendo que serían ellas las que sacarían el mayor beneficio de mis ganas y mis habilidades si accedían. Y lo peor de todo, es que ellas también lo sabían… ¡Hasta ahora!

Así pues, he decidido redactar un “currículum invertido”, que no es otra cosa que la suma de requisitos que debe cumplir una compañía si quiere contar conmigo entre sus filas. Y si no existe ninguna que lo haga… ¡inventaré mi propio trabajo! :) Ahí va:

A/A Dpto. de RR.HH. de XXXXX & Co.

Lo primero de todo, agradecerle que se haya puesto en contacto conmigo para ofrecerme un puesto como redactor/copy/guionista en su prestigiosa empresa audiovisual. Por favor, lea detalladamente los requerimientos que indico a continuación, y hágame saber si los cumple. De ser así, estudiaré la posibilidad de concertar una entrevista con usted:

1. Dado que exige que tenga 10 años de experiencia en redacción de contenidos y guiones audiovisuales en otras empresas de marketing, publicidad, cine y TV; cuyo requisito poseo, entiendo que el salario irá acorde con las funciones a desempeñar. Ha debido de haber un error, porque no lo he visto reflejado en su oferta. Me ha parecido leer algo así como “según valía del candidato”, pero le recuerdo que lo que aquí está evaluándose es SU valía. La mía queda patente con lo anterior expuesto.

2. Si desea contar en su equipo con un redactor/copy/guionista tan original e implicado como la experiencia y formación de un servidor demuestran, por favor, asegúrese de que, una vez dentro, dicho trabajador no tenga que ocuparse de otras tareas fuera de sus competencias, pues le robarían un tiempo precioso para llevar a buen puerto y en plazo las labores por las que se le pagan. Véase facturación, gestión de programas tecnológicos, reuniones con proveedores, etc. Para eso existen contables, ingenieros informáticos y jefes de compras muy bien cualificados. Lo sé, sale más barato contratar a uno que a cuatro, pero esos profesionales también tienen la mala costumbre de comer, y yo la de dormir y estar con mis amigos y familia. Y le aseguro que si quiere las cosas bien hechas, NO debería diversificar el potencial de su personal. Cada uno vale para lo suyo, y sobrecargarle con otras funciones ajenas le resta calidad a lo que se le da bien. Si lo necesita, puedo pasarle algunos contactos.

3. Si pide que hable inglés, que lo hablo, asegúrese de que vaya a necesitarlo realmente para llevar a cabo mi trabajo. Aunque, por pedir que no quede, ¿verdad? Total, hay miles de chavales exiliados en el extranjero que estarían encantadas de volver, si les ofrecieran un contrato en prácticas a cambio de la tarjeta mensual de transporte. Siga así, en serio… Ah, y apúntese a un curso de inglés; puede que me lo agradezca algún día si le tocase a usted emigrar esta vez, como me tocó a mí en su momento. Conozco un hotelito en Edimburgo, en el que buscan constantemente gente para hacer camas y limpiar los baños… Y pagan bastante mejor que algunas compañías españolas que te piden carrera y máster para cubrir puestos de mi****. (Que también tengo ambas cosas, por cierto).

4. Por último, hablaremos de diversión. Y con esto no le pido que deje campar por la oficina a las mascotas, que ponga un futbolín en mitad del hall para que las visitas vean lo modernita que es su “startup”, o que tenga una sala con paredes de colores estridentes y puffs mullidos para desconectar cuando toque hacer un “break” o para las reuniones “afterwork”. Tenga en cuenta que, para tener a los empleados contentos y que rindan al máximo en sus puestos de trabajo, la mayoría de las veces tan sólo hace falta respetar los horarios de entrada y salida y los días de vacaciones. Dé por sentado que si es así, su gente será la primera en arrimar el hombro las horas que hagan falta en los picos de trabajo que puedan surgir en SU empresa. Porque se lo habrá ganado usted antes. Ah, y no sea cutre con las cestas de Navidad, hombre… que un salchichón más o menos no se notará naíta entre tanto chorizo. ;)

Le doy las gracias de nuevo por haber pensado en mí para ser su próximo fichaje-estrella. Espero poder darle una contestación lo más rápido posible. Si en unos días (o semanas) no ha recibido noticias mías, significará que otra candidata ha sido la elegida. En tal caso, no desespere, me guardo su propuesta para futuros procesos de selección… [dibujito de mono tapándose la boca].

Un cordial saludo, y que le traigan muchos currículums invertidos los Reyes Magos…

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Mi posesión demoníaca particular


Hay veces que todos necesitamos un exorcismo. De los gordos, además. Debemos sacar esos demonios de nuestro interior, cuanto antes, o acabarán devorándonos vivos. No tenemos ni idea de cómo hacerlo. Nadie lo sabe. Ni siquiera yo, que me he puesto a escribir esto, sólo por probar si funcionaba… Ya os contaré.

Tus propios demonios

Siempre se ha dicho, por lo menos en el mundo del espectáculo, que es más fácil hacer llorar que reír. Mucho más. Y estoy de acuerdo. En los casos en los que sientes que todo va mal, lo más sencillo es meter la cabeza entre las rodillas y atormentarse a uno mismo sin descanso, diciéndote: <<De ésta no salgo. Estoy muerto. Quiero estar muerto. Dejadme solo. ¡Alejaos de mí, joder! ¿Pero es que no veis que estoy triste y no soy buena compañía? ¡Fueraaaaa!>>. Nadie puede ayudarte. Nadie. Y cuanto más lo intentan, más los desprecias: <<¡Volved a vuestras perfectas y asquerosas vidas y dejadme en paz de una maldita vez!>>. Y si guardan silencio es casi peor: <<¡Eso, eso! ¡Muchas gracias, amigo de mierda! Eso es todo lo que te importo, ¿verdad?>>.

Qué ridículos somos, de verdad… ¡Qué ridículos!

Recuerdo una discusión con una de mis ellas favoritas del pasado. Quizás fue el principio del fin, no sé. Estaba muy ofuscada por un asunto laboral y la inestabilidad que eso le hacía sentir. Yo, con toda mi buena intención, le dije que no se preocupara; que vendrían buenos tiempos, y que, al fin y al cabo, nos teníamos el uno al otro mientras tanto… ¡Error! Empeoré las cosas aún más: estuvo sin hablarme dos largos días.

A la tercera noche, cuando el que estaba empezando a enfadarse era yo, volví a sacar el tema… Ella respondió que a veces no necesitaba que le dijese que todo iba a solucionarse, sino que me pusiese de su lado; que le dijera simplemente que eran unos cabrones por hacerle eso, la abrazara, y ya.

En el momento no lo entendí. De hecho, creo que no lo he hecho hasta ahora mismo, según lo estaba recordando: hay demonios que de pronto se sientan en tu sofá preferido. Ahora es suyo y sólo suyo, y no piensan consentir que los eches hasta que se aburran de verte suplicar, llorar e insultar. Entonces, y sólo entonces, se irán con sus llamas a otra parte.

Así que, después de agotar nuestras reservas de lágrimas, arrancar el viejo papel de las paredes y echarle la culpa al resto del mundo por confabular contra nosotros… es hora de llevar a cabo nuestro propio exorcismo. Sí, porque somos los únicos que tenemos el agua bendita y los crucifijos adecuados para nuestra posesión demoníaca particular: acomodémonos sobre la alfombra, miremos a los ojos a esos bastardos y digámosles sin titubear: “Sacad las cartas de póker, ¡cabrones!, que esta noche va a ser larga… ¡Ese sofá es mío, y lo voy a recuperar!”.

Enfrentando demonios

El pie fuera del precipicio


Siempre he estado de acuerdo con eso de que es bueno sentir “algo de miedo” cuando te enfrentas a la mayoría de las situaciones que te hacen avanzar.  Cuando vas a salir al escenario, cuando estás a las puertas de alcanzar o no un sueño, cuando has tomado la decisión de huir de lo que te ata a eso que te hace tan infeliz; o el miedo más terrorífico de todos: cuando vas a dar el primer beso. Yo lo llamo “el pie fuera del precipicio”. Porque, por mucho que hayas trabajado,  por mucho que creas en tus posibilidades, por mucho que sepas que es lo que quieres en realidad… puede salir cruz, puede salir rana, puede, simplemente, no salir. Y eso, camaradas, vaya que si da miedo.

Lo peor es escuchar a la gente de alrededor llamándote “valiente”, mientras tú luchas por aguantar las ganas de vomitar y te esfuerzas por maniatar al enjambre de preciosas mariposas y abejas asesinas que se te arremolinan en el estómago; que, sin preocuparles ni lo más mínimo tus taquicardias y apneas nocturnas, libran una encarnizada batalla a muerte en tu interior. Te dejan sin aliento, desnudo con todos mirándote expectantes, colgando de un hilo sobre el abismo. ¡Qué miedo, joder, qué miedo!

el-pie-fuera-del-precipicio

Pero luego todo pasa. Sí, y menos mal. Si lo has logrado se te olvida el pavor que sentiste. Si fracasas, aprendes de tus errores y culpas al karma (o a los otros, que alivia más). Si te caes de bruces en mitad de las tablas, con el telón ya subido, el aplauso del público, humano al fin y al cabo, te da las fuerzas necesarias para levantarte y hacer una reverencia agradecida. No pasa nada. Todo se olvida al final. El  miedo se diluye.

Incluso la rojez y la vergüenza de tu mejilla tras la bofetada por aquel beso que robaste, se borran tarde o temprano. Porque al menos lo intentaste. Porque “la angustia de no saber qué habría pasado si…” ya no volverá jamás a darte punzadas en el pecho. Y, en ese preciso instante, te das cuenta de que aquellos ojos asombrados tenían razón: ¡eres un valiente! Apaleado, pero valiente. Son cosas compatibles.

Y sonríes, vaya que si sonríes.

El miedo es así. A veces un aliado, a veces un monstruo, a veces… sólo es uno mismo.

Luciérnagas de Asfalto


Las Luciérnagas de Asfalto existen. Creedme. Las he visto, escuchado, e incluso tocado; aunque olerlas es lo que más me gusta. Son tierra mojada. Son regaliz. Son perfumes de mujer que te transportan a pasados que habías olvidado. Te traen paz en medio de tanto caos, tanto ruido, tanta velocidad. Te besan en los labios cuando te vuelves de cemento, cuando notan que tu corazón se está enfriando. Te derriten. Te salvan del miedo a menudo, recogiendo tu toalla del suelo y susurrándote “levántate”.

A las Luciérnagas de Asfalto no se las puede llamar. Ellas te encuentran a ti. Simplemente aparecen. Están ahí cuando más las necesitas, bailando entre los grises edificios que nublan tu ciudad, tu mente… Esos mismos que no te dejan ver el sol, y que, con toda seguridad, tú has ayudado a construir frente a tu ventana. Son psicólogas sin título colgado en la pared; con despacho en los bares, parques, camas y norias de feria. Cobran en cervezas, carcajadas, pipas de calabaza y furtivas miradas de gracias.

Pero las Luciérnagas de Asfalto son también frágiles. Sí, están hechas de un cristal finísimo para dejar pasar la luz; de un vidrio vapuleado por la polución y tristeza de los otros. Así que, trátalas con suma delicadeza cuando se te acerquen. Cuídalas. Eso es. Cuídalas como si su resplandor dependiese de tu alegría, de tus caricias, de tus palabras de perdón. Observa sus fisuras. Después atúsales el pelo y lame sus heridas, aunque te quemes la lengua y las manos. Porque si no lo haces a tiempo, terminarán rompiéndose en mil pedazos, apagándose para siempre.

¿Quién sabe? Quizás, esa figura desnuda que se refleja en tu espejo, brillando de forma intermitente… sea una de Ellas.

Luciérnagas de Asfalto