Cicatriz


Todos tenemos cicatrices que marcaron nuestras vidas desde el mismo instante en que se dibujaron sin permiso. Las hay enormes o pequeñas, visibles o casi imperceptibles ya; pero lo que tienen en común es que la mayoría guardan una historia que solo sus dueños conocemos…

De la que voy a hablaros hoy ya ha desaparecido por completo, junto con la blanca piel que la lucía orgullosa. Era una cicatriz de unos veinte centímetros… Sí, sí: ¡veinte! Y en plena cara.

Máscara

Yo, desde mi privilegiada aunque realmente incómoda butaca, no podía evitar mirar sin disimulo alguno aquella fea cicatriz, mientras ella me contaba, emocionada como siempre, una de sus increíbles aventuras. Incluso había veces que me perdía parte de la trama absorto en sus surcos, cuestionándome qué desalmado habría tenido la poca vergüenza de rajar ese rostro perfecto, y el porqué. Nunca obtuve respuesta a esas dos preguntas, pese a mis cientos de suposiciones. Lo más probable, pensaba, es que ese “alguien”, oculto entre las sombras… se hubiese deslizado hasta sus pies y, sin piedad, cortado su rostro con una navaja de bolsillo; o que, aprovechando un momento de alboroto en la sala, debido a alguna escena desternillante, aterradora o subida de tono, le hubiese lanzado algún objeto contundente, rasgando su belleza a la altura del mentón. Ya es tarde… Nunca lo sabré.

Diréis que dónde estaba por aquel entonces mi educación de colegio de pago, cuando me pasaba casi hora y media mirando fijamente cómo aquel amargo galardón distorsionaba sus gestos… No debía de ser nada agradable para ella sentirse observada como un bicho raro, y menos porque lo estuve haciendo prácticamente cada sábado durante toda mi infancia y parte de la adolescencia. No podía evitarlo… ¡No podía!

Pero, ¿sabéis qué? No lo siento en absoluto. No. Porque aquella impactante cicatriz de torcidas y desiguales puntadas –remendada casi con total seguridad por un matasanos contratado por horas–, convirtió en algo más especial aún el recuerdo que guardo hoy de cada una de las películas que vi en aquella vieja pantalla del Cine de las Margaritas; que actualmente es un frío supermercado… Sí, amigos, aquella cicatriz en la blanca tela multiplicaba por diez el encanto que proyectaban las bobinas de 35 milímetros, arropando con un misterio eterno a sus valientes Goonies, a sus traviesos Gremlins, a su indestructible RoboCop, a su temido Freddy Krueger (por esa época ya con gafas 3D de cartón, azules y rojas), a sus alucinantes Parques Jurásicos, a su prohibido Dirty Dancing, a su entrañable E.T. y a sus apasionantes Historias Interminables y Princesas Prometidas.

Porque hay cicatrices que guardamos como un tesoro, y suelen ser esas que están debajo de la piel… Muy adentro.

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5 pensamientos en “Cicatriz

  1. Tal vez si desde niños nos enseñaramos a mantenernos así, inocentes, ilusionados, amorosos, sin rodeos o complicaciones, tal vez y sólo tal vez cambiaría nuestro modus vivendo.

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