No me mires de esa forma…


La primera vez que me los crucé, aquellos ojos llenos de mar me intimidaron, me ahogaron, se me clavaron en la carne. Y desde entonces no han dejado de apretar sus mandíbulas, por mucho que me haya retorcido tratando de escapar al menor descuido. Es más, si lo he conseguido en alguna ocasión, me he dejado morder y quemar de nuevo. Porque la dueña de esos ojos está hecha de humo y fuego, y es digna de ser la protagonista principal de una de esas series repletas de magia, batallas, amor y algún que otro dragón…

Joa & Dani Photography

Es implacable, sensible y cruel al mismo tiempo. Quiere lo que quiere, y no para hasta conseguirlo. Caiga quien caiga. Aunque sea ella misma la que se despeñe por el desfiladero al final. Eso es lo de menos, porque sólo apuesta si está segura de que va a ganar, o a morir en el intento.

Pero es paciente por partida doble: porque sabe esperar, y porque tiene un diván donde matar monstruos y torturar fantasmas a base de lágrimas amargas, risas dulces y besos con sabor a cerveza para gigantes.

Sabe dar donde duele, si juega sucio. Sabe dar donde cura, si ve que se ha pasado con la intensidad de las llamaradas. No hay nadie como ella jugando a los médicos. Y eso también lo sabe.

Es una heroína, a la que te enganchas desde el primer pico que te inyecta en las pupilas; y después, en los labios. De la que nunca tienes suficiente. Y si te mata… que así sea.

Porque es mi reina, hasta que sus ojos llenos de mar reflejen lo contrario. Que lo harán tarde o temprano. Eso lo saben los suyos y los míos, aunque no lo quieran ver. Pero también saben que mañana podrían cerrarse de golpe. Así que, hasta que suceda…

¡Dracarys!

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Plumas rotas entre las mantas


Siempre supe que ella no me quería. Bueno, matizo: no me quería como yo deseaba que lo hiciera. Aun así, como solemos actuar los kamikazes en estos casos, decidí no creérmelo y lanzarme en picado, directo a una muerte segura: “¡¿Pero cómo no va a quererme, si me explota el universo dentro cuando me roza?!”, me decía a mí mismo cada vez que sus ojos me miraban sin verme, como si yo fuese de cristal. Y proseguía con mi propio engaño: “Es imposible que este sentimiento no se transmita al tacto, ¡imposible! Que no se contagie, que no perciba como mínimo una leve réplica de este terremoto que a mí no me deja hormona y neurona en su sitio; y del que su boca es el epicentro”. Pues debe de ser que no, amigo mío… Una vez más, me equivocaba.

Sin darle tiempo de reacción, desplegué mi colorido abanico de plumas de gala, no importándome dejar mi pecho al descubierto, hasta arrancarle, sin saber cómo lo había conseguido en realidad, lo que más ansiaba… Y aquel primer beso improvisado se selló con un segundo, que trajo otro a continuación. Y otro más… Y así, creo que conté hasta mil. Después, caricias furtivas, gemidos con ojos cerrados, risas abiertas y puños apretados. Quizás con prisa y a destiempo, sí, pero, para mí, en el momento perfecto.

Pero, con el amanecer… ¡ay!, con el amanecer llegaron los miedos. Y las dudas. Y las promesas incumplidas. Y los reproches. Y las verdades. Y al final, la más grande de las mentiras que puede decir un ser humano: “No te preocupes, que yo estaré bien…”

Ya solo en el cuarto, mientras recogía las plumas esparcidas sobre la alfombra y alguna rota entre las mantas, que intentaba volver a enhebrar con desesperación y sin éxito en mi piel enrojecida, avergonzada e hipersensible, lloré de impotencia. De rabia. De odio, incluso. No entendía nada. Y me enfadé. Mucho. ¡No era justo! “¡Qué pena, joder, qué pena!”, le grité a la noche hasta quedarme sin voz. ¡¿Por qué me hacía esto, después de lo que me había esforzado para que me quisiese?!  Espera, espera… “que me había esforzado… para que me quisiese…” ¡Pero qué estúpido! ¡¿Quién me creía que era?!

Y ahí lo comprendí todo: ¡no podía enfadarme con ella por no amarme! ¡Eso sí que era injusto! De hecho, seguro que si había llegado hasta donde lo había hecho conmigo, había sido precisamente por todo lo que me quería… aunque no fuera de la forma que yo siempre había soñado. Eso es, ella también había tratado de inventarnos con todas sus fuerzas. Pero, pese a unir nuestras ganas, no lo habíamos conseguido. Y ya está. (Aunque yo siguiese teniendo razón: ¡qué pena, joder, qué pena!)

Y entonces la perdoné por no amarme. Porque el amor no se puede forzar. Porque es de esas cosas que no se deben pedir si no salen solas. Porque no funciona así.

Y entonces me perdoné por amarla. Porque el amor no se puede ocultar. Porque es de esas cosas que deben salir solas aunque no te las pidan. Porque funciona así.

Y en ese preciso instante, vi con asombro cómo unas minúsculas plumas comenzaban a nacer sobre la reciente cicatriz que surcaba mi pecho… hasta cubrirla por completo. Y dejó de doler.

Mentiras bonitas para noches oscuras


Hace poco escuché en una peli de ésas que veo en Netflix cuando tengo un día rojo, una frase que decía algo así como: Las noches más oscuras producen las estrellas más brillantes.” ¡Olé tú, señor/a guionista!, solté en voz alta intentando contener la lagrimilla y el hipo, al mismo tiempo que rellenaba mi copa de vino para emergencias…

Entonces le di adelante y atrás unas setecientas treinta y siete veces, tratando de memorizar aquellas palabras para repetírmelas a mí mismo en esos momentos en los que no sé si cortarme las venas o dejármelas largas… O lo que es peor: en esos otros en los que tú necesitas desesperadamente que te susurre una mentira bonita al oído cuando estás hecha añicos entre mis brazos, y mis cuerdas vocales sólo me permiten hacer lo de siempre en estos casos: apretarte contra mi cuerpo aún más fuerte.

Pero quiero que sepas, bella, que, aunque lo más probable es que mis labios hayan olvidado para entonces aquella frase de Netflix, estoy seguro de que de tu próxima noche oscura brotará la estrella más brillante que jamás hayan visto tus ojos de niña. Porque cerraré los míos, a la vez que mi abrazo, pidiéndole al que apaga y enciende el firmamento -dependiendo de la tonalidad de rojo que él haya tenido su día- que así sea.

¡Brilla!

El eslabón circular


Siempre se me ha llenado la boca diciendo que el amor era fortuito, una coincidencia, un atardecer de suerte en el que dos personitas se miraban a los ojos y a los labios sin venir a cuento, se decían a sí mismos “¿y por qué no?” y, ¡plas!, beso al canto. ¡Bienvenidos a una relación eterna con los días contados!

Sí, sí, hace años funcionaba así… Sólo dependía de algo tan grande e improbable como una alineación de planetas, o tan pequeño y simple como una mirada. ¡Y vamos que nos vamos! Pero hoy no… Hoy es una locura, una exceso de demanda frente a una oferta en números rojos; una ecuación de segundo grado en la que, después de estrujarte los sesos y el corazón durante más noches de las que nadie en su sano juicio debería ser capaz de soportar por ley, ese alguien que te quita el sueño y el habla, va y despeja la “x” sin preguntarte siquiera. Y, ¡vaya por dios!, esa “x”… eres tú. C’est la vie, mon ami!

Porque sí, porque con el tiempo todos nos volvemos más resabiados, más exigentes o simplemente más tontos (de los palos que nos hemos llevado en la cabeza y en la patata, casi con total seguridad), y creemos que el amor debe ser blanco o negro, o no lo queremos. Sin grises ni rosas intermedios. ¡Y así vamos fatal! En serio, escúchame, como sigamos forzando la máquina… nos extinguimos y vuelven los dinosaurios.

Sí, tú ríete, pero no sé si a ti también te habrá pasado alguna vez eso de darte cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, sólo porque has tenido la desdicha de enamorarte de quien no debías, te has convertido en un débil eslabón de lo que yo llamo (redoble de tambores y voz de ultratumba): “La cadena de amor disléxica”.  Me explico…

Tú eres Juani, ¿vale? Pues bien, Juani está enamorada de Eusebio. Pero, fíjate qué cosas, Eusebio está enamorado de Luisa, a la que conoció justo el día que él pretendía dejar de fumar. Pero nada más encontrarla tras el mostrador de aquel nuevo estanco, decidió que ya dejaría ese vicio en otra vida, porque quería tener la excusa de ver a diario a ese ángel caído del cielo patrocinado por Marlboro. Pero, claro, nadie es perfecto, y Luisa está enamorada de Mafalda, que a su vez está casada con Tomás -personaje que no nos importa en absoluto, porque su matrimonio fue por acuerdo entre familias y jamás quiso a Mafalda, sino a su prima Antonia del pueblo-.

Pues eso, que aunque Mafalda le pone ojitos a Luisa de vez en cuando, esta última tiene claro que Mafalda no piensa ni por asomo arriesgarse, por un ramalazo de pasión adolescente con ella (y por muchos tulipanes, girasoles y gladiolos sisados a su jefa que le regale cada martes por la mañana en la trastienda), a perder el apartamento de Marina d’Or que posee en bienes gananciales con Tomás. Pero, ¡ay, amiga!, otro gallo le cantaría a la floristera si la hiciese caso Julio, el conductor de La 441, ¿eeeh? Que, a todo esto, pasa de ella como de comer… dejémoslo en “tierra”, porque el muchacho está enamorado de Sebastián. Pero lo que Julio no sabe, es que Sebastián sólo tuvo aquel affaire con él en la cena de empresa de autobuseros de 2012 por despecho, en un intento desesperado y fallido de darle celos a Encarni, de quien lleva enamorado desde parvulitos; y a la que nunca se ha atrevido a declararle su amor al tener la certeza (porque le ha pagado muchas fantas, obviamente) de que está colada desde que el mundo es mundo… (y aquí viene el bombazo, agárrate a la silla, Juani)  ¡¡¡de ti!!!

Bueno, pues con este repaso del amor desorientado de mi barrio (pero amor fortuito y real al fin y al cabo, que sigue siendo el motor de todo) sólo te quería decir, mi queridísimo Piscis, que quizás debamos dejar de sentirnos el eslabón débil (que por si no lo sabías, es circular) y empezar a ser conscientes de que la vida suele estar en dirección contraria a la que hasta ahora creíamos de sentido único… Y si por lo que sea, ése tampoco fuera nuestro camino… recuerda que no hay mejor cadena, que la rota. ;)

El tiempo no mata monstruos


Dicen que el tiempo todo lo cura. ¡Mentira! Yo más bien creo que lo que hace con ese “todo”, es diluirlo entre otras muchas cosas con el paso de los días. Es un truco, una distracción, una ilusión óptica… El monstruo de tu armario seguirá estando allí por mucha ropa sucia que le eches encima. Lo sabes, ¿no? De hecho, así es como perdemos a menudo, uno tras otro, los calcetines izquiedos de nuestros pares favoritos. Sí, siempre están ahí, al fondo: justo en el lugar donde no nos atrevemos a meter la mano…

Y que conste que esto te lo dice un cobarde hasta la médula; de ésos que prefieren salir corriendo cuando la cosa se pone fea y resguardarse en un rincón con la cabeza entre las rodillas hasta que pase la tormenta. Pero, tranqui, me lo estoy haciendo mirar, cucharada a cucharada… ;)

Es más, tengo claro que llegará un anochecer, en el que abriré de par en par ese maldito ropero, meteré el brazo hasta el hombro en él y sacaré por la solapa a la bestia escondida. Luego la miraré directamente a sus ojos inyectados en sangre; y aunque me muera de miedo al ver sus grandes dientes afilados, le soltaré (tratando por todos los medios de que no me dé un infarto): “Hola, mi nombre es Íñigo Montoya. Tú mataste a MI calcetín… ¡Prepárate a morir!”. Y se acabó.

Lo sé, estarás pensando que por hacerme el héroe, en el mejor de los casos perderé algún dedo en el intento… Pues ¿sabes qué te digo? Que los dedos arrancados de cuajo sí se curan con el tiempo (y mucha mercromina), pero los corazones rotos, no. Porque éstos sólo sanan si dejamos que estallen antes de convertirse en piedra, para que su onda expansiva de mariposas enfadadas haga pedazos a esos ladrones de minutos, horas, años… ¡Ya me he hartado de huir de lo que más quiero, aunque me aterrorice! Y si muero, que sea con mis calcetines de la suerte puestos. ¡Sólo porque son míos!

Venga, valiente, extiende el brazo con la palma de la mano hacia arriba, flexiona sobre ella varias veces los dedos (que te queden), a lo Bruce Lee, y grita con todas tus ganas: “¡Eh, tú, bicho!, ¿a qué estás esperando? ¡Ven a por mí, que no tengo toda la vida!”

Porque la mayoría de las veces, el tiempo no mata monstruos… los alimenta.

40 Luciérnagas en la tarta


40 años después, justo un 16 de marzo, me he quedado sin palabras… Y, ¿cómo no?, sólo lo ha podido conseguir Mi Ejército de Luciérnagas Supernovas. ¡Gracias, familia y amig@s, por tanto amor, tanta ilusión y tanta emoción! ¡¡¡No se os puede querer más!!!

Hoy, viniendo a cuento más que nunca, la palabra es vuestra… ¡Sois alucinantes!:

Érase una vez, un chico color “azul princesa”. Un guionista novel en adopción, con la cabeza llena de letras.

Sus historias recién nacidas vivían en un mundo aparte, en interminables noches de vino, rosas y risas; entre palabras increíbles.

Andaba siempre caminos de baldosas de arenilla… para que nunca se le metiera una rutina en el ojo.

Era un cazador de sueños, un incesable contador de cuentos a cámara lenta, de hechos reales que abrillantaba con cuatro capas de barniz.

Se preguntaba continuamente cosas como: ¿dónde nacen los besos?, ¿dónde están las amapolas esta primavera?, ¿he sido infiel a ese mocoso insolente que jugaba a ser mayor?

Le gustaba endulzarse el café con polvo de estrellas, mientras planeaba viajes de ida a ninguna parte en busca de esa luz en la oscuridad; de esa chispa, de ese resplandor que te lanza sin remedio a la aventura de una vez por TODAS.

Se esforzaba en poner neuronas en su corazón y mirar para otro lado, mientras descontaba latidos para evitar mirar la cara oculta de la luna.

Una de esas mañanas de días rojos, en los que la rutina le atrapaba, uno de esos días de mierda, miró por la ventana, le dió el último sorbo al café y gritó: ¡maldito paraíso!, ¡se acabó rendirse al miedo!, ¡ahí te quedas!

Colgó un cartel bien grande en lo alto de su atalaya que decía así: “Se alquila zona de confort”. Dejó una breve nota encima de la mesa que empezaba con un típico “Queridos papá y mamá” y que terminaba con un misterioso “lo que solo yo sé”…

Corrió a por la maleta, tiró su bote caducado de pastillas para no amar, y metió cuidadosamente su capa de Supermán, unas cuantas estrellas que encontró en el trastero, y todos los sueños que le quedaban. ¡Más vale un “por si acaso” que un “yo creía”!, se dijo.

Bajó las escaleras de dos en dos, abrió el buzón con valentía, y allí estaba: ese misterioso sobre en blanco, en el que se leía “sólo abrir en caso de que no se acabe el mundo”.

Dejó el sobre en el rellano de la escalera, salió por la puerta grande, con el alma llena hasta los topes de entusiasmo, soltando lastres y sin echar la vista atrás.

No sabía qué le iba a deparar el futuro, derritió la punta del iceberg con su mechero y decidió no seguir esperando detrás de ningún café. ¡Había llegado la hora! Debía cambiar la melodía gris, cantarla en clave de sol, y borrar de una vez todos aquellos recuerdos fotosensibles. Ni siquiera sabía dónde ir, pero algo había hecho click por fin dentro de él. Sólo le quedaba una frase en la que quedarse a “vivir a muerte”.

Y de aquella forma tan sencilla, cambió su rumbo. ¿Había empezado a madurar? Sí, pero a madurar de la risa. Esos cantos de sirena nunca más le volverían a repetir aquello de: ¡Te vas a quedar con las ganas, idiota! Y decidió ir sólo dónde el viento le llevara, dejar de andar como pollo sin cabeza y encontrar el “Donde fueres, haz lo que vieres”. Se repitió mil veces “Yes you can”, hasta que los dos millones de hispanos… hablaron en cristiano, dejó su Oda a la soledad, en la que tanto se refugiaba y escribió su curriculum invertido.

Desde entonces, puede que si le ves pienses que es una simple mariposa, una flor que escapó de su maceta. Tiene la certeza de que hay amores de maniquí, pero que él sólo se entregará a los amores que matan. Puede contarte mil historias, sobre cosas que sucedieron (o no), relatarte cuentos sin fin sobre las aventuras de una abeja alérgica a las flores, a la que nunca le darán las doce.

Si tienes la suerte de cruzarte con él, rétale a un duelo al amanecer. Él cantará para ti sin tapujos, lo mismo un “Let it go” a todo pulmón que un “All you need is love” con coros incluidos. Cualquier cosa que le haga disfrutar la vida al máximo, porque de eso nunca tendrá suficiente, porque queda mucho para Julio y porque mañana podría estar muerto.

Sólo hay algo que él aún desconoce. No sabe que ha conseguido que veamos con sus ojos, que encontremos las dos caras de la moneda. No sabe que nos ha enseñado que reír no alarga la vida; la agranda. A comprender que las luciérnagas no saben que brillan, que sólo avanzan porque ven lo que tienen delante.

Si alguna vez te topas con él, entenderás -con una hora de retraso- que para llegar tarde siempre hay tiempo. Te habrá abierto su puerta giratoria a “lo importante de lo importante”, y habrás aprendido que a veces en la vida necesitaremos ¡más madera!, y otras veces, menos.

Con su luz, nos ha ido convirtiendo en luciérnagas de asfalto y nos has regalado el jarabe perfecto, el remedio que todo lo cura. Para que todos, absolutamente todos sus seres importantes… ¡brillemos!

Sí pequeño jovencito azul princesa, ¡eso has hecho!.
¿No nos crees?
¡Ahora!, ¡ya!, ¡en este instante!, ¡ha llegado el momento!
¡Deja de escuchar estas letras y mira a tu alrededor!, pregúntanoslo a los ojos, y grita ¡Ultreya!

Porque aunque tú no lo sepas… ¡TE QUEREMOS SIN VENIR A CUENTO!

Voz: Ían Rosendo Aranda

Estrella Polar


Hay estrellas preciosas y únicas que nos observan desde lo alto sin importarles nada más que nosotros. Da igual lo que hagamos: bueno o malo, justo o injusto, bonito o feo… siempre nos perdonan, siempre nos admiran. Sí, brillan con todas sus fuerzas, cambian hacia nuestro color favorito y titilan eufóricas para llamar nuestra atención cada vez que miramos al firmamento buscando una razón para seguir adelante, una señal. Pero lo hacen en vano. Porque no las vemos. Porque no funciona así, desgraciadamente…

Solo abrimos la boca asombrados cuando nos deslumbra una de esas otras Estrellas Fugaces que cruzan el universo a toda velocidad, sin ni siquiera fijarse en nuestras caras de tonto. Y nos autoconvencemos de que son las que llevábamos esperando toda la vida, eclipsando por completo el baile de las que encontramos ya hace mucho tiempo: nuestas Estrellas Polares. ¿Por qué seremos tan simples? Perdemos nuestra mirada en la estela de esas luciérnagas de temporada porque parecen resplandecer más, tan solo por ese efímero fogonazo que se les cayó a nuestro lado sin querer. Y despreciamos el calor de las que alumbran con sus tímida luz azul nuestro camino a diario, por muy fundidas que tengan ya sus alas de cera. Qué mal, joder, qué mal…

Pero ¿sabéis lo peor? Que llegará la noche en que esa Estrella Fugaz se vaya a otro planeta más interesante que el que nosotros le ofrecemos. Y cuando gritemos con desesperación el nombre de nuestra Estrella Polar a un cielo ahora completamente negro, tampoco la encontraremos. Porque también se habrá marchado para no volver, cansada de ser invisible ante unos ojos ciegos.