Esclavos de élite


Me puse mi mejor traje y la corbata más elegante que encontré en el fondo del armario, y salí a la calle decidido. Estaba amaneciendo y aún hacía frío, pero daba igual: ¡por fin iba a tener una entrevista de trabajo! Después de volver de Londres habían sido muchos los currículums que había lanzado al espacio sin éxito: por tierra, mar y aire; había llegado mi oportunidad…

Después de dos transbordos de metro y una hora y cuarto de reloj, llegué a mi destino: Industrias Cárnicas Domingo e Hijos. Aquella sobria fábrica estaba perdida de la mano de Dios en mitad de un polígono, y, a esas horas, un hervidero de camiones que enturbiaron aún más mis pulmones y mis ilusiones.

Antes de cruzar la puerta de entrada, me paré en seco. Respiré hondo y me dije en voz alta: “Vamos, estás de sobra preparado. Confía en ti. ¡Te los vas a merendar!”. Una ráfaga de viento con aliento a lomo adobado casi me derriba al entrar, haciendo llorar mis ojos. Me acerqué al mostrador e informé a la señorita de recepción de que venía por lo del puesto de contable… “Espera en esa sala de ahí a que te avisen.”, me ladró sin dejarme terminar de hablar, señalando con el dedo una puerta quejumbrosa. Con el rabo entre las piernas seguí sus órdenes.

Me sorprendió encontrarme a ocho jóvenes candidatos más esperando en la habitación; con sus mejores trajes y las corbatas más elegantes que debían de haber encontrado en el fondo del armario… Ninguno me saludó. Resoplé y me dirigí a la única silla bicentenaria que quedaba libre, pegada a una cámara de las que continuamente entraban y salían hombres de blanco cargando con animales desollados y cubiertos de escarcha. En seguida entendí por qué el mío, era el único sitio vacante del lugar.

Tres de mis rivales fueron llamados antes que yo. Su semblante decidido era sustituido por uno de humillante derrota en los aproximadamente siete silenciosos minutos que permanecían tras la otra puerta: la caliente. Y por fin llegó mi turno… Tomé una bocanada del aire a 22 grados bajo cero que salía de la cámara frigorífica, erguí la espalda, apreté los puños y entre con mi mejor sonrisa dibujada en la cara. Lo que vi me aterrorizó: un hombre grueso, engominado y repantingado en su cómodo sillón de director, levantó con resignación la vista de su iphone al oírme carraspear desde el marco de la puerta.

–Tú eras… –escupió con desinterés, mientras rebuscaba entre el montón de papeles desordenados de la mesa y me invitaba a sentarme en la silla colocada en la otra punta de su gran mesa de roble macizo–.

–Verne, Verne… Julio. –respondí, recuperando la compostura. Luego me senté dejando mi maletín en el suelo y luchando con las ganas de cruzarme de brazos, que tanto desaconsejan los entendidos, pues demostraría rechazo hacia el entrevistador.

–Veamos… 27 años, licenciado en empresariales, postgrado en económicas, bla, bla, blaaa… –Leyó por encima, como quien ojea el menú de un restaurante en el que come todos los días. Y siguió repasando mis méritos, mientras yo asentía con la cabeza orgulloso:– Dos años de prácticas en el departamento de administración de Tara… (En ese momento, el que cruzó los brazos fue él, sin preocuparse en absoluto del lenguaje no verbal.)

–Sí, sí… –acerté a decir– Trabajé allí hasta que la empresa cerró por falta de liquidez. Por la crisis, ya sabe…

–¡Ja, ja! La crisis… ¡Algo harían mal! O quizás lo harías tú… –dijo entornando los ojos, a modo de burla. Yo sólo pude sonreír sin querer entender–. Al grano, como sabrás estamos buscando un jefe administrativo-contable para nuestra empresa familiar. ¿Qué puedes ofrecernos que no tengan todos ésos que has visto ahí afuera?

Inspiré profundamente un par de veces sin retirar mi vista de aquel individuo, que con cara de pocos amigos tamborileaba con las uñas sobre la madera esperando mi respuesta.

–Como habrá podido ver en mi carta de presentación, además de mi carrera, postgrado, seminarios y experiencia en el mundo laboral, acabo de realizar un máster especializado en marketing para pequeña y mediana empresa, que creo que podría ser interesante para la suya… –argumentaba yo con un tono lo más afable posible, hasta que me interrumpió de nuevo, meneando la mano de atrás a adelante como quien espanta una mosca…–

–Vale, vale… Pero, y… ¡¿a eso le llamas… experiencia?! –preguntó de mala gana, tirando mi currículum sobre la mesa– Estamos buscando a alguien con 6 o 7 años de experiencia real, como mínimo. –gruñó, haciendo hincapié en la palabra “real” con descaro.

–Hombre… En su oferta indicaban que el puesto era para alguien menor de 28 años… Y si también requieren una licenciatura, un máster, informática… Creo que no hay tiempo material para, además, haber trabajado en el sector tantos años, ¿no cree? –le increpé un poco ofuscado, pese a mis esfuerzos por mantener la calma–.

Me observó desafiante por unos segundos interminables, para luego… estallar en carcajadas:

–¡Tienes razón, chaval! ¡Ja, ja! Venga, continuemos… No te pongas así. Tus funciones serían organizar facturas, hacer fotocopias y echar una mano de vez en cuando a descargar mercancía. Aquí arrimamos todos el hombro… ¿sabes? –Dijo esto último mientras que se remangaba la camisa, dejando al descubierto su bronceada piel–. El sueldo variará entre 700 y 800 euros brutos al mes, en función de tu valía, en horario de 9 a 19h. –soltó con entusiasmo, como si aquello fuese a motivarme. Y no se calló aún:– Por cierto… ¿imagino que serás bilingüe en inglés, no?, ¿o estamos perdiendo el tiempo, joven?

Me quedé observando a aquel personaje sin escrúpulos durante unos instantes, intentando que mis ansias por estrangularle desapareciesen de mi sistema nervioso antes de hablar…

– Of course, sir. You can be sure that my english will be enough to know how to use the photocopier correctly… (Por supuesto, señor. Puede estar seguro de que mi inglés será suficiente para saber cómo usar la fotocopiadora.) –respondí a toda velocidad, con la pronunciación más cerrada que aprendí trabajando en mil bares londinenses durante los años que estuve allí haciendo el máster–.

Con las mejillas al rojo vivo, el Sr. Domingo se disculpó:

–Chico, chico… No, si yo no sé hablarlo… pero habiendo tanta gente en el paro de la que poder “tirar” hoy en día… ¿por qué quedarse corto pidiendo? –Se levantó de un respingo ofreciéndome su sudorosa mano– El puesto es suyo… si lo quiere. –sonrió–.

Comencé a desabrocharme la corbata sin prisa… (Ahora, el que miraba con desinterés era yo.) Y, con una voz sacada de la cámara refrigeradora de la salita de espera, dije lo que tantos y tantos jóvenes, y no tan jóvenes, deberíamos gritar ante la explotación que sufrimos por parte de las empresas que se aprovechan de la desesperación y el miedo provocado por la difícil situación actual:

–No, gracias por su suculenta oferta… No quiero desperdiciar mis conocimientos, mi esfuerzo y mis ganas en una compañía que abusa de sus altamente cualificados trabajadores, pagándoles unos sueldos miserables por desempeñar labores que podría hacer hasta un inútil como usted. Pues algún día, cuando las cosas vayan mejor en este país, que lo irán, “esos de ahí afuera” tendrán tantas grandes empresas de las que “tirar” que se irán de ésta sin importarles ver cómo se hunde un barco que apesta a chorizo congelado. Y ni en sueños pienso estar aquí para naufragar con él. ¡Buenos días!

Tras el portazo que di, sólo pudieron escucharse los vítores y aplausos del resto de candidatos que esperaban aún su turno y que lo habían escuchado todo. Y que, en lugar de quedarse… me siguieron hasta la calle sin mirar atrás.

<<El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía.>> (Filippo Marinetti)

Esclavos de élite

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10 pensamientos en “Esclavos de élite

  1. Celebra que tuvistes la suerte de que ese impresentable empresario no llamara a los antidisturbios para desalojar de su empresa a un vago antisistema,

  2. Bonita cita….despues de ujn buen relato :).
    Por desgracia la realidad siempre supera a la ficción, y esos individuos no son siempre precisamente sebosos y paletos, algunos tienen muy buena presencia e incluso formación, pero su fondo ético-moral deja mucho que desear.
    No sólo hemos de intentar comprender nuestro mundo, sino que hemos de hacer todo lo posible por cambiarlo….

    Por cierto, si te cruzas con Julio dile que en inglés lo correcto es decir, en su contexto, “good enough”, si dice sólo “enough” alguien que sepa realmente inglés no le va a entender, no vaya a ser que en la próxima entrevista se encuentre a alguien así ;)

    • Ay, Andrés… Claro que hay mucha gente competente también entre los directivos, como debe ser, pero lo triste es que ese poder los convierta en capataces con látigo en lugar de en gente que valore y recompense el esfuerzo y el talento como se merece.
      Ah, y sobre lo del inglés… debemos perdonar al pobre Julio. Al final consiguió un trabajo similar al de los chorizos aunque mejor pagado, para el que le tuvo que pasar una entrevista completa en la lengua de Shakespeare… para luego no usarlo en 6 años, así que lo tiene un poco oxidado. Así somos los españolitos. ;)

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