La capa de Supermán


Como todos los días que escuchaba sirenas a través de la ventana, Supermán se embutió en su traje de malla rojo y azul, y se lanzó a las calles a ver en qué podía ayudar. Así, a primera vista de pájaro, aquel domingo parecía que la cosa andaba tranquila. Se encontró algún que otro altercado fácil de solucionar por la Guardia Civil (FBI español), así que decidió no intervenir en la gran mayoría de los casos, pues no quería que los débiles humanos se hiciesen comodones…

Pero, de pronto, algo le llamó la atención: desde las alturas divisó a una niña en un balcón con los brazos abiertos y la mirada perdida en las estrellas. No le pareció preocupante, pues aquella muchacha despeinada no tenía pinta de querer saltar… Eso sí, su séptimo sentido extraterrestre le permitió percibir la tristeza que la chica desprendía, así que decidió acercarse muy lentamente a ella para no asustarla.

–¿Qué te sucede Pequeña? ¿Necesitas ayuda? –dijo con su voz de superhéroe, mientras se posaba a su lado con la delicadeza con la que lo haría un bailarín al depositar a su compañera en la tarima–.

–Santo Dios… ¡Batman! –exclamó la niña con la boca abierta–.

–¡No! Soy Super… –comenzó a responder con irritación nuestro amigo–.

–¡Man! –le completó ella con voz chillona entre carcajadas–. ¡Era una broma! Yo soy Luisa, y sé perfectamente quién eres tú.

Supermán, un poco contrariado, dejó escapar una de sus forzadas sonrisas, con destello en los dientes incluido. Después lanzó un soplido hacia arriba intentando colocarse el rebelde mechón de la frente. Recuperando el color de la cara, preguntó:

–¿Qué le puede faltar a una jovencita tan… lista y valiente como tú, para estar así de triste?

Ella bajó la mirada con pesadumbre, fijándola en los calcetines de aquel hombre de película, sin entender por qué los llevaba por encima de los zapatos, al igual que los calzoncillos sobre el traje. (Pero eso no era lo importante ahora…)

–Lo que me pasa… tiene mucho que ver contigo –dijo Luisa, para asombro del superhéroe. Y prosiguió:– Me gustaría poder volar para llegar hasta el cielo y despedirme de mi abuelita, que hace poco se fue allí sin avisar…

Supermán la miró aturdido, pero, tras pensar un rato… dijo con voz firme:

–Se me está ocurriendo una idea… Te dejaré mi capa y así podrás volar hasta allí. Al fin y al cabo… yo no la necesito. Pero debes prometer que cuando vuelvas me la devolverás, pues es de los pocos recuerdos que me quedan de mi planeta. ¿Trato hecho?

–¡Sí! ¡Sííííí! –respondió la niña con los ojos resplandecientes por las lágrimas y una sonrisa de oreja a oreja– ¡Gracias Bat… ¡Supermán! ¡Ja, ja!

Y así lo hicieron. Supermán se quitó la capa, se puso en cuclillas al lado de la pequeña Luisa y se la puso por los hombros. Automáticamente, la capa se ajustó a su tamaño. (Cómo se nota que era made in Krypton y no in China, pensó ella…) Después, se despidió de él con un fuerte abrazo y se fue volando a toda velocidad, en pijama y todo.

El superhéroe se quedó allí pasmado, mirando cómo la niña se perdía entre las estrellas. No se esperaba que fuese a volar en realidad. Sólo era una forma de animarla, antes de decirle la verdad sobre su abuelita… Pero bueno, Luisa lo había conseguido y él se sentía muy feliz de que hubiese funcionado su idea; quizás más aún que tras salvar al mundo de tanta destrucción inminente. ¡Esto tenía muchísimo más valor! Echó un último vistazo al lugar por donde había desaparecido la niña, entre las constelaciones de Casiopea y Perseo, y saltó al vacío de la noche…

No os podéis imaginar el testarazo que se dio el pobre al caer desde un séptimo piso sobre un contenedor de basura, que, a diferencia de lo que sucede en el cine, no se encontraba precisamente lleno de mullidas bolsas de basura para amortiguar el golpe, sino en gran parte de escombros de una obra cercana.

Salió del contenedor a duras penas, y se plantó en la acera con cara de tonto. Le dolía todo el cuerpo y apestaba a restos de mil paellas domingueras. Sacudiéndose el polvo y los granitos de arroz comenzó a bajar la calle cojeando. No entendía qué podía haber pasado. En el fondo la capa solo era un complemento del traje de superhéroe, que su padre le había mandado en la nave cuando era todavía un crío. ¡Volar iba en su naturaleza…! ¿O no…?

La capa de Supermán

Cuando llegó a su piso de Villaverde Alto estaba ya amaneciendo. Se zarandeaba de un lado a otro de la calle, y más de uno creyó que era un borracho al que se le habían alargado los pacharanes de después de comer; o, por el disfraz roto y los moratones que le decoraban el rostro, que era otro al que la despedida de soltero se le había ido de las manos… Supermán, se desplomó en el sofá y se quedó profundamente dormido. Estaba totalmente acabado…

Cuando se despertó ya era otra vez de noche… Al verse aún con el traje sucio puesto sobre su maltrecho cuerpo, solo le hicieron falta unos pocos segundos para que el recuerdo de la niña volando con su capa le atropellara como un tren de Cercanías. Se incorporó como un resorte, se atusó el pelo y salió a la terraza. Levantó el puño hacia el cielo… ¡Nada! Probó por segunda vez… ¡Maldición! No lo había soñado… ¡No podía volar!

A toda prisa bajó las escaleras. Al llegar a la calle se puso a correr con su súper-velocidad pero poco a poco fue perdiendo fuelle… Se estaba fatigando… ¡Inconcebible! No solo había perdido la capacidad de volar, sino también su fuerza, su rapidez… y ya ni hablemos del láser de fuego de los ojos. ¡No podía creerlo! Se echó mano al bolsillito secreto que tenía detrás del cinturón y extrajo sus gafas de lejos, que además hacían que la gente no le reconociese (según dicen…). –Por lo que parecía, su súper-visión también le estaba fallando…– Un escalofrío le recorrió el espinazo al darse cuenta de que ¡se estaba convirtiendo en un ser humano! “¿¡En qué estaría pensando al deshacerme de mi capa!?”, se dijo desesperado, mientras tomaba rumbo hacia la casa de la muchacha.

Tardó unas tres horas en llegar a aquel alejado barrio del centro. “¡Qué duro era ser mortal!”, se reprochó… Debían faltarle unos doscientos cincuenta metros para llegar al portal de la niña. Paró para recuperar el aliento y miró hacia lo alto del edificio buscando la séptima planta, de la que se había despeñado la noche anterior. Tras enfocar su vista cansada, lo que vio le puso el bucle de la frente de punta: la pequeña Luisa, con la capa mágica hecha jirones –quizás por haberse acercado demasiado al sol–, se sujetaba a duras penas a la barandilla de su balcón… Por la cara de angustia y el temblor de sus bracitos, debía de quedar muy poco para que se precipitase al vacío. Y efectivamente… ¡sucedió! Con espanto, el que más que nunca podríamos llamar Clark Kent, contempló cómo aquellos diminutos dedos se escurrían de la barra de metal dejando a merced del viento el cuerpecito agotado de Luisa… ¡Y él no podía hacer nada! ¡Aún estaba muy lejos y ya no era un superhéroe! ¡Era un hombre normal y corriente! ¿O no…?

Lo que ocurrió a continuación sucedió en décimas de segundo, pero lo relataré a cámara lenta, como si de una película se tratase, para que podáis verlo con claridad; humanos…:

El “¡¡¡NOOOOO!!!” que salió de la garganta de nuestro protagonista tuvo tanta potencia… que todavía hoy retumba entre los edificios de Madrid. Su gesto de enfado hizo que las gafas le saltasen de la cara hechas añicos, según emprendía una desesperada carrera hacia el lugar donde iba a desplomarse trágicamente la niña. “¡Maldita sea! ¡Soy Supermán! ¡Con capa o sin capa!”, gritó. Sus pesados pasos fueron acelerándose hasta alcanzar el ritmo de sus latidos: Pum, pum, pum, pum… Y, de pronto, dejaron de hacer temblar el suelo… ¡Fffffffffiú! Ahora, como el antiguo Supermán, con el puño estirado hacia adelante estaba volando a ras de suelo. ¡Sí, estaba volandoooo! A su paso, las baldosas se iban despegando de la acera y saltando por los aires en mil pedazos. ¡El surco que iba dejando era sobrecogedor! Su mirada estaba clavada en el implacable descenso de la niña. ¡No podía dejarla morir! ¡Aquello era por su culpa…! Inyectó toda su frustración en aquella batalla contra la gravedad, convirtiéndose en un cohete. Cuando faltaban escasos centímetros para el brutal impacto… atrapó a la muchacha al vuelo, como un halcón que caza a su presa. La pequeña, aunque inconsciente, estaba a salvo… el superhéroe suspiró aliviado.

Con la mayor delicadeza y el cariño que pudo, depositó a la frágil niña en la hamaca de su terraza, y la desanudó la chamuscada capa del cuello. Por unos minutos se quedó allí, arrodillado junto a ella, para asegurarse de que se encontraba bien… Sí, estaba convencido de que a la mañana siguiente todo habría sido un mal sueño para la pequeña Luisa, que ahora descansaba plácidamente con una sonrisa en los labios. O quién sabe… Quizás uno muy bueno.

Ya, más tranquilo, observó la capa rota que tenía entre sus magulladas manos, dándose cuenta en ese preciso instante de que tan solo se trataba de un trozo de tela… Un trozo de tela que, con la ilusión y la fe suficientes, podía hacer que un superhéroe creyese que por no tenerla había dejado de serlo; o incluso, que una indefensa niña humana… pudiese tocar el cielo.

“Como todo en la vida”, pensó para sí Supermán mientras se elevaba en el aire sin prisa, regalándole al viento su capa. “Como todo en la vida…”

Anuncios

2 pensamientos en “La capa de Supermán

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s