Tarea pendiente


Se enfundó el primero de la torre de abrigos amontonados sobre la butaca y se echó a las calles. No podía pensar ni sentir desde hacía tiempo. Su cabeza estaba en blanco y su corazón se había secado. Sin ideas ni latidos, aquella carcasa de carne congelada deambulaba por las aceras deshabitadas… Las manos en los bolsillos. La barbilla clavada en el pecho. Pestañas casi paralizadas. Piernas mecánicas, sin rumbo.

calle oscura

Al fin se detuvo. Se apoyó en la pared de ladrillo y encendió un cigarro. Esperó a que algo sucediese, mientras dejaba que el viento robara su humo negro. Se esforzó en enfocar la vista hasta distinguir las irregulares líneas que formaban los adoquines del suelo. Por lo menos uno de sus sentidos volvía a funcionar.  Algo es algo, pensó.

Un aleteo llamó su atención… Bajo su bota izquierda, un papel a rayas luchaba entre espasmos por escapar. Era la hoja amarillenta de un calendario. A metro setenta y cinco de altura no podían distinguirse del todo las letras escritas en él. Todas iguales: azules y borrosas. Se agachó, poniendo todo su peso sobre la pierna que lo apresaba, y asió el papel con el pulgar y el anular. –Con los otros dos dedos mantenía apretado el cigarro a medio consumir. El meñique no le servía para nada.–

Dando la calada de gracia al pitillo, echó un vistazo a lo que ponía en aquella cuartilla de agujeros desgarrados, con fecha del 3 de junio… ¡Pero si es de hoy!, se sorprendió:

10:00h – Recoger vestido verde.

13:15h – Hospital: operación papá.

19:30h – Mi Cumple. El Diario.

La única tarea tachada era la de Recoger vestido verde”. Consultó su reloj con urgencia: marcaba las 19:23h. ¡Todavía puedo llegar a tiempo!, se dijo. Miró a su alrededor y dibujó un mapa en su mente, buscando el camino más rápido para llegar al local donde estaba a punto de empezar una celebración a la que acababa de ser invitado…

Cerró el puño donde sujetaba el trozo de papel y metió sus manos de nuevo en los bolsillos. Comenzó a andar con la prisa de quien llega tarde a una entrevista de trabajo, mientras las primeras gotas de lluvia azuzaban aún más su paso.

Cuando llegó a la puerta de esa antigua y acogedora cafetería del centro, su respiración se agitó… Y no era por la carrera. El cielo había sido piadoso y no se desplomó sobre el mundo hasta que él no estuvo debajo de aquel toldo marrón con letras doradas: El Diario II. Agradeció que el umbral le regalase un fogonazo caliente de bienvenida. Buscó en la barra un taburete libre y se sentó. El gran reloj de pared liberó una campanada… Por primera vez había llegado puntual a una cita.

El camarero estaba entretenido reponiendo unas tartas artesanas en la vitrina del mostrador. Tenían buena pinta, pero su estómago estaba totalmente cerrado. Giró la cabeza para ambos lados, buscando entre la gente a la chica con vestido verde…

El Diario

Por fin la vio. Era preciosa, de unos 33 años, pero con la mirada más triste que había visto nunca… Se levantó y se dirigió a la mesa donde ella se acurrucaba. Estaba sola; sumergida en la lectura de un viejo libro. Sobre la madera: una taza de té y la mitad de una pastita de hojaldre. Sin pensar en lo que hacía, se acercó y posó delicadamente su mano sobre la de ella, mientras le regalaba un tierno “Felicidades, Bella…”

La muchacha dio un respingo y levantó la vista hacia el rostro del desconocido. La lámpara del techo sólo la permitió distinguir una silueta a contraluz. No se había asustado por el contacto con su mano helada, ni porque no esperase a nadie… Sino porque aquella voz le resultó demasiado familiar: era idéntica a la de su padre. <<¡Pero era imposible! Papá no consiguió despertar de aquella maldita intervención de corazón… ¡Precisamente el día de mi cumpleaños!>>

Cuando por fin pudo recibir la dulzura de aquellos ojos verdes que la observaban desde arriba, supo que, efectivamente, no era su padre… pero que Él había tenido algo que ver en aquella sorpresa, seguro. El chico tenía la mirada más entusiasmada que había visto jamás; y la estaba clavando en la suya, devolviéndole la vida. Ella, arrugando la frente, le sonrió…

Él sacó del bolsillo la pequeña hoja de cosas por hacer ese día y se la mostró, al tiempo que correspondía a su sonrisa… Y, para su asombro, al tenderle el trozo de papel, pudo ver por primera vez lo que había impreso en el reverso: el calendario era de 2003… Diez años atrás.

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