El-hada


Nunca me había gustado aquel día. Siempre me había parecido una americanada más. Una noche en la que los chicos se disfrazan de vampiro o momia con lo primero que pillan por casa, y las chicas de enfermera de peli de dos rombos o de bruja de saldo y esquina (como diría Sabina); justificando su estival modelito derramándose estratégicamente unas gotas de sangre artificial por el escote. Pero bueno, como mis compañeros de piso me convencieron de que realmente la fiesta de Halloween la habían exportado los irlandeses al resto del mundo, me dejé arrastrar… Lo sé, soy muy facilón. ;)

Pero claro, si quería formar parte de la tradición, tenía que improvisar un atuendo adecuado… Y rápido. Así que, en un alarde de originalidad, y ante la atónita mirada de los otros, rescaté un trozo de cartón de la papelera y escribí con un rotulador rojo-hematocrito: “Soy el típico chico guapo que muere el primero en las películas de terror”. Luego hice un par de agujeritos en la parte superior y me lo colgué al cuello con uno de los cordones de mis botas de montaña. Ready!

La noche no parecía muy diferente a las mil anteriores que había pasado en los bares dublineses: gente con diez o doce Guinness de más, con poquísima ropa y con una pizca más de maquillaje que el Joker de Batman. Así que, a las 4 horas, cuando ya había contado unas doscientas treinta y siete diablesas y alrededor de trescientos veinticuatro zombis, y estaba a punto de marcharme… sentí unos golpecitos en el hombro. Me giré con cara de pocos amigos, pensando que iba a ser otro Ernesto de Hannover preguntándome que de qué iba disfrazado. Pero me equivocaba: era una chica menuda, pelirroja y con la nariz salpicada de diminutas pecas, que me miraba con unos ojos enormes, verdes y divertidos.

Sin mediar ni una palabra, hizo aparecer como por arte de magia entre sus dedos una barra de labios con purpurina plateada y tachó la palabra “primero” de mi cartel, escribiendo justo encima “último” con una caligrafía preciosa. Mientras lo hacía, pude ver que llevaba un escueto vestido del mismo color de sus ojos (en el cual no localicé la mancha de sangre) y que estaba descalza… Cuando terminó la restauración de mi obra maestra me lanzó una rápida mirada de orgullo infantil. Después, con un guiño de esos que pueden levantar un vendaval con las pestañas, se dio media vuelta como si nada, dejándome allí plantado con la boca abierta.

Haciendo uso de la valentía que debía de haberme regalado Sir Jameson, previo pago, evité su huida sujetándola con delicadeza por sus hombros semidesnudos. Se detuvo en seco, me agarró por las muñecas y esperó dándome la espalda lo que me pareció un siglo entero. Luego rodó de pronto por uno de mis brazos hasta plantearse frente a mí de nuevo, haciendo que mi corazón cayera al vacío. Durante aquel paso de baile inesperado, fue cuando me di cuenta de que tenía alas, pero estaban quemadas… ¡Dios, me acababa de enamorar hasta la médula… de un hada!

–¿Por qué has hecho eso? –grité en inglés, luchando contra la atronadora música y mi horrible acento…

La muchacha me observó pensativa por unos segundos con la cabeza levemente ladeada. Después, poniéndose de puntillas, me susurró a voces al oído:

–Porque soy yo la que va a morir primero, tonto…

Aquellas  tristes palabras con olor a regaliz rojo y cerveza light, me paralizaron.

–Estás de broma, ¿no…? –dije forzando una tirante sonrisa, siendo consciente ahora de que el giro que la había devuelto a mí se había convertido en un íntimo abrazo.

–¿Crees en las hadas, Peter? –me preguntó a escasos 7 milímetros de mi respiración agitada.

Pese a que sabía que se trataba de una pregunta trampa, y que me estaba jugando un beso a una sola carta… mi cerebro primario ganó la batalla, haciéndome mover la cabeza de un lado a otro lentamente. En ese mismo instante… la muchacha se desmoronó entre mis brazos.

Creyendo que se estaba burlando de mí, le reí la gracia con una exagerada (a la par que ridícula) carcajada de ultratumba, mientras intentaba mantener erguido su frágil cuerpo contra el mío… Pero no. Aquello estaba empezando a durar demasiado… Traté sin éxito de mantener los ojos de la que creí la mejor actriz que había conocido nunca a la altura de los míos, pero su cuello parecía de goma… ¡No me lo podía creer! ¡Estaba inconsciente de verdad! Sin pensarlo dos veces la subí a mi hombro como un saco de patatas. <<¡Vaya!, pesa más de lo que parecía…>>, pensé. (Lo sé, ni el gesto ni el pensamiento fueron muy caballerosos… pero, ¿qué queríais que hiciera? ¡Estaba aterrorizado y he visto muchas películas!) En fin, después de abrirme paso a empujones entre enormes y ebrios tipos que me miraban con estúpidas caras de “Has triunfado, ¿eeeh?”, saqué al hada malherida de aquel bar sin aire…

El hada

En la calle estaba helando. <<Bien, este frío despertaría a un muerto…>>, pensé. Pero mi propio chispazo de humor negro me produjo una escalofrío, que nada tenía que ver con el maldito clima irlandés. La llevé a un banco de espaldas al río Liffey, la desprendí de sus alas abrasadas y la cubrí con ellas, pues me había dejado el abrigo dentro del local… ¡con mi móvil en el bolsillo! ¡Fantástico! Comencé a zarandearla con angustia…

–¡Hey!, ¡hey! –¡Mierda, no sabes ni su nombre!, me reproché–. ¡Chica! ¡Girl, girl! ¡Despierta, por favor! –Pero nada… Ni por ésas.

Miré alrededor para pedir ayuda, pero no había ni un alma… Y con razón. El vaho no dejaba de emanar de mi boca y mis dientes estaban empezando a castañetear. <<¡Eso es! ¡Aire!>>, pensé, acercando mi oído a su cara para comprobar si al menos respiraba… <<¡Ni regaliz, ni cerveza light, ni nada de nada! ¡Estaba muerta, joder!>>

Entonces se me ocurrió una tontería. Bueno… dos. (A situaciones desesperadas… medidas-Princesa-Prometida desesperadas. Ya sabéis.)

–¡Creo en las hadas! ¡Creo en las hadas! ¡Te lo juro! –dije con un tono más agudo de lo normal por el frío y el mal trago, mientras acariciaba su mejilla, ya de mármol.

La muchacha no reaccionaba ante mis palabras, y el color aún más blanquecino de su piel me estaba asustando de verdad. Así que pasé al Plan B, poniendo en él todas mis esperanzas… Recurriendo a todos los cuentos de final feliz que me vinieron a la mente en aquellos eternos instantes, hice aquello para lo que llevaba toda la vida preparándome: la besé.

No puedo decir cuánto duró aquella idea descabellada, pues el tiempo se paró. Pero poco a poco, comencé a sentir cómo sus labios entreabiertos recobraban el calor, hasta por fin responder con dulzura a mi beso robado… Respiré hondo y me alejé unos centímetros para comprobar con entusiasmo cómo sus ojos se abrían muy despacio… ¡Estaba viva! ¡Estaba viva!

Y sin apartar la mirada del chisporroteante verde de la suya, susurré:

–Aquí no se muere nadie hasta que yo lo diga… Capisci? –Dije esto muy serio, mientras me recreaba separando uno a uno los tensos dedos con los que ella aún apretaba con fuerza el pintalabios plateado. Después, se lo arrebaté con un gesto rápido y lo lancé por encima del muro de piedra al fondo del río Liffey.

La sonriente hada, por aquel entonces aún sin nombre, dibujó en su cara un gracioso mohín al ver que yo empezaba a hablar de nuevo.

– Y sí, “ahora” creo en las…

Pero no me dejó terminar la frase.

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11 comentarios en “El-hada

  1. Genial, has conseguido mantenerme intrigada hasta el final, una bonita historia con sensibilidad.
    Sigue escribiendo espero pronto la siguiente. Besss

  2. Pingback: Amores de maniquí | Jarabe de Luciérnaga

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