La abeja alérgica a las flores


¡Qué vergüenza! Una abeja alérgica a las flores…

Desde que salió del huevo, Yuli había escuchado esas palabras miles de veces. Pero no le causaban ni la mitad de daño del que le infligía ver a sus compañeras de hexágono zumbando de flor en flor, recolectando polen y divirtiéndose al mismo tiempo, como buenas abejas obreras que eran.

Pese a los estornudos y ataques de asma que la dejaban maltrecha cada vez que se acercaba a una flor, no había día que no tratara de aproximarse a alguna nueva especie por si ésa en concreto no le robaba el aire, y podía colaborar con su granito de arena a la sociedad abejil. Pero nada… Hasta el momento, absolutamente todas la debilitaban tanto que después de intentarlo tenía que pasarse horas sin moverse en la colmena, al cuidado de los ancianos. La verdad es que, dentro de lo malo, aquellas viejas abejas le contaban historias que le llenaban la cabeza de lejanos lugares, animales exóticos y flores únicas. ¡Le encantaban!

Abeja alérgica a las flores

La leyenda que más le gustaba escuchar era la de “El colapso de las colonias” de Abeinstein. Decía que si las abejas desapareciesen de pronto de la faz de la tierra… en cuatro años se extinguiría también la raza humana, dado que ellas eran las responsables de polinizar el ochenta y cinco por ciento de las plantas del planeta. Y, por lo tanto, sin ellas, morirían los animales herbívoros, luego los que se alimentan de estos, y, por último, al final de la cadena, los horribles humanos. ¡Santa Abeja! El mundo estaba en sus patas, y esos gigantes desalmados sólo se preocupaban de la miel y la cera que ellas producían.

Un día cualquiera, mientras el resto de sus hermanas estaba en el trabajo, algo espeluznante hizo que a Yuli se le erizara el aguijón: un enorme oso estaba merodeando por los alrededores olfateando el aire, seguramente, atraído por las reservas de néctar almacenadas en las cocinas del Panal Presidencial, donde vivía la Reina con las abejillas recién nacidas… ¡Era cuestión de tiempo que diera con el botín! Y esta clase de bichos no se anda con chiquitas… Si no hacía algo, el futuro del enjambre y, quién sabe si el de toda la humanidad… estaba en peligro.

¡Tenía que dar la alarma!

Voló a la máxima velocidad que le permitían sus minúsculas alas hasta la gran campanilla morada que servía para alertar al ejército de zánganos en caso de necesidad. Pero había un problema… Si era capaz de zarandearla con la suficiente energía, se liberaría todo el polen acumulado en sus anteras; y esto, además de atraer a los salvadores del reino, la mataría, tras la peor de las asfixias. Pero si no lo hacía… ¡la que estaría perdida sería la Reina!, y, en consecuencia… ¡toda la colonia!

Campanilla de emergencia

Con espanto, vio cómo la terrible bestia parda se paraba bajo el panal y se alzaba sobre sus dos patas traseras, intentando alcanzarlo con sus garras… Pocos centímetros le separaban ya de él, y estaba claro que, tarde o temprano, el tozudo animal lo conseguiría. ¡Ahora o nunca!, se urgió Yuli.

Cogiendo carrerilla, a la vez que contenía la respiración, envistió con todas sus fuerzas el pistilo de la flor de emergencias, generando una reacción en cadena que hizo vibrar los estambres como las cuerdas de un violín… ¡El polen salto por los aires!

Yuli trató con desesperación de esquivar la lluvia de partículas naranjas y amarillas que caían a su alrededor por todos lados, cortándole la salida… Le escocían como nunca los ojos y la falta de oxígeno la impedía casi moverse. Al final, sus defectuosos pulmones la traicionaron, obligándole a tragar una gran bocanada de aire envenenado… Mientras se desplomaba, jadeante, tuvo tiempo de ver cómo un enorme escuadrón de abejorros de aguijones afilados se dirigía como una flecha hacia el maligno animal, que, afortunadamente, aún no había conseguido derribar el Panal Real. Nuestra intrépida protagonista sonrió satisfecha, justo antes de que su garganta y sus párpados se cerraran…

Oso malo

Cuando Yuli despertó, la Abeja Reina la mecía en su regazo y la observaba muy de cerca con gesto preocupado.

Estoy en el cielo de las abejas, ¿verdad?, susurró la pequeña con voz ronca. Luego estornudó.

La Abeja Madre suspiró aliviada y, sin separar su mirada color miel de la de ella, dijo dulcemente: ¿Sabes por qué las Abejas Reina no salen casi nunca de la colmena, querida?

Yuli frunció las antenas al escuchar aquello. La verdad es que nunca se lo había planteado… La madre respondió a su propia pregunta, ante la cara de confusión de su niña:

Porque darían su propia vida por salvar a su amada familia. Y, además, guardan un gran secreto… -Dijo esto último acariciando el pecho a rayas de la joven, que respiraba aún con dificultad.- Y, ante unos ojos de idéntico color a los suyos, abiertos como platos, se lo reveló:

>>Son alérgicas a las flores, Princesa…

Abeja Reina

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