Mi posesión demoníaca particular


Hay veces que todos necesitamos un exorcismo. De los gordos, además. Debemos sacar esos demonios de nuestro interior, cuanto antes, o acabarán devorándonos vivos. No tenemos ni idea de cómo hacerlo. Nadie lo sabe. Ni siquiera yo, que me he puesto a escribir esto, sólo por probar si funcionaba… Ya os contaré.

Tus propios demonios

Siempre se ha dicho, por lo menos en el mundo del espectáculo, que es más fácil hacer llorar que reír. Mucho más. Y estoy de acuerdo. En los casos en los que sientes que todo va mal, lo más sencillo es meter la cabeza entre las rodillas y atormentarse a uno mismo sin descanso, diciéndote: <<De ésta no salgo. Estoy muerto. Quiero estar muerto. Dejadme solo. ¡Alejaos de mí, joder! ¿Pero es que no veis que estoy triste y no soy buena compañía? ¡Fueraaaaa!>>. Nadie puede ayudarte. Nadie. Y cuanto más lo intentan, más los desprecias: <<¡Volved a vuestras perfectas y asquerosas vidas y dejadme en paz de una maldita vez!>>. Y si guardan silencio es casi peor: <<¡Eso, eso! ¡Muchas gracias, amigo de mierda! Eso es todo lo que te importo, ¿verdad?>>.

Qué ridículos somos, de verdad… ¡Qué ridículos!

Recuerdo una discusión con una de mis ellas favoritas del pasado. Quizás fue el principio del fin, no sé. Estaba muy ofuscada por un asunto laboral y la inestabilidad que eso le hacía sentir. Yo, con toda mi buena intención, le dije que no se preocupara; que vendrían buenos tiempos, y que, al fin y al cabo, nos teníamos el uno al otro mientras tanto… ¡Error! Empeoré las cosas aún más: estuvo sin hablarme dos largos días.

A la tercera noche, cuando el que estaba empezando a enfadarse era yo, volví a sacar el tema… Ella respondió que a veces no necesitaba que le dijese que todo iba a solucionarse, sino que me pusiese de su lado; que le dijera simplemente que eran unos cabrones por hacerle eso, la abrazara, y ya.

En el momento no lo entendí. De hecho, creo que no lo he hecho hasta ahora mismo, según lo estaba recordando: hay demonios que de pronto se sientan en tu sofá preferido. Ahora es suyo y sólo suyo, y no piensan consentir que los eches hasta que se aburran de verte suplicar, llorar e insultar. Entonces, y sólo entonces, se irán con sus llamas a otra parte.

Así que, después de agotar nuestras reservas de lágrimas, arrancar el viejo papel de las paredes y echarle la culpa al resto del mundo por confabular contra nosotros… es hora de llevar a cabo nuestro propio exorcismo. Sí, porque somos los únicos que tenemos el agua bendita y los crucifijos adecuados para nuestra posesión demoníaca particular: acomodémonos sobre la alfombra, miremos a los ojos a esos bastardos y digámosles sin titubear: “Sacad las cartas de póker, ¡cabrones!, que esta noche va a ser larga… ¡Ese sofá es mío, y lo voy a recuperar!”.

Enfrentando demonios

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