Cuerpo a Cuerpo


Aquella era mi cuarta clase de Defensa Personal INDO. Una variante oriental que había descubierto en internet una tarde de septiembre; de ésas que te vienes arriba y decides cambiar tu vida (como tantos y tantos septiembres anteriores) apuntándote a actividades que nunca te habías planteado, y que, probablemente, pagarás y no irás.

Hasta entonces, habíamos asistido sólo cuatro aprendices, a cuál menos preparado físicamente para el combate cuerpo a cuerpo… Pero el miércoles pasado, todo cambió: apareció ella. Era una chica menuda, morena de piel, pelo rizado hasta rozar lo imposible y, por supuesto, unos ojos más allá del verde.

Lanzó una rápida mirada a los cuatro “in-fantásticos”, con nuestro cinturón blanco recién estrenado. Sonrió. Luego se ajustó con destreza el suyo marrón alrededor de la cintura, saludó al sensei con una solemne inclinación de torso y se unió a la fila, a mi derecha.

Tras un intenso calentamiento, repleto de carreras, saltos, giros y patadas al aire, que casi acaba conmigo… pasamos a la práctica.

El maestro seleccionó a uno de mis antiguos compañeros y, al resto, nos mandó ponernos por parejas. Luego dijo algo que nos rompió a todos los esquemas: <<Bailad, pero sin dejaros>>.

Ella no titubeó. Se puso frente a mí sin darme opción alguna, y clavo una afilada mirada en la mía, que hundí en el tatami como el toro que espera la estocada final. Estaba paralizado. Sin salir de mi estado catatónico, sentí cómo ella agarraba mi mano izquierda y la ponía sobre su hombro derecho. Luego guió la que colgaba inerte a mi otro costado hasta su cintura. Esta última, involuntariamente, cerró sus dedos envolviendo su cinturón. Mi hombro sintió el leve peso de su antebrazo; y mi cuello, su mano helada. Un escalofrío me atravesó. Después, me enganchó por la solapa y dio un inesperado y fuerte tirón hacia abajo, que me devolvió al mundo real; y a sus ojos. <<¡Baila!>>, ordenaron sin piedad sus labios.

cuerpo a cuerpo

Todo empezó con un leve empujón que hizo retroceder uno de mis pies descalzos, haciéndome perder casi el equilibrio. Pude ver cómo una sonrisilla intentaba escabullirse entre sus labios apretados… Había llegado mi turno: con todo el peso de mi cuerpo avancé hacia mi agresor, que, con un ágil movimiento se hizo a un lado evitando la embestida; y, por poco, haciéndome caer de nuevo al suelo. Esta vez, cuando busqué su rostro, pillé infraganti a su boca, victoriosa. La mía no pudo evitar hacer un mohín desafiante, al que ella respondió quitándose un rizo de la cara de un soplido. La guerra acababa de empezar…

Sin saber cómo, a los pocos segundos estábamos enzarzados en una delicada y feroz contienda, de las únicas que deberían durar más de cien años… Sí, de ésas que ningún bando quiere ganar, hasta que no lo haga el otro.

El vaivén de emociones sobre el tatami quemaba nuestros pies, oculto tras los silbidos de su tela y la mía al rozarse, a punto de rasgarse. Miradas de odio fingido se balanceaban colgadas de las gotas de sudor que resbalaban de nuestra agitada respiración. Empujones inofensivos, pero letales, arrancaban ahogados gemidos de nuestras gargantas sedientas.

Yo aprovechaba sus pocos descuidos para tirar por sorpresa hacia mí de su cinturón, al que me aferraba como si colgase de un precipicio sin fondo. De vez en cuando, ella posaba su frágil silueta sobre la mía, para, acto seguido, apretar los dientes y empujar mi pecho con todas sus ganas, para volver a atraerme hacia el suyo al instante, en un sincronizado baile de máscaras… Esos eran los momentos en que parábamos en seco para recuperar el aliento, a escasos centímetros del sabor del otro; jadeando, agotados, robándonos el aire viciado que nos mataba sin que pusiéramos resistencia alguna.

Una palmada retumbó en nuestros oídos, deteniendo aquella despiadada lucha a cámara lenta, que los que nos rodeaban contemplaban sin poder salir de su asombro. Las firmes amarras de dedos y carne se soltaron sin prisa, pero no la que enlazaba nuestras pupilas, con un manantial de rabia y placer desbordándose aún a través de los poros de dos almas en carne viva.

Dimos un paso atrás y nos inclinamos hacia delante a modo de saludo, cómplices, sin dejar de sonreír y jadear. Simultáneamente, nuestros labios escribieron una sola palabra, que sólo ella y yo podremos llegar a entender en las próximas décadas: <<Gracias…>>

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4 pensamientos en “Cuerpo a Cuerpo

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