Trabajar para Vivir


La gente no se cansa de preguntarme que cuándo pienso volver a trabajar. Que me voy a fundir todos mis ahorros en cumplir sueños… Y que, cuando despierte de ellos, no me quedará nada.

Yo les respondo siempre dos cosas:

La primera es que, no sé ellos… pero que yo trabajo precisamente por eso: por dinero con el que cumplir sueños. ¿Para qué si no…? (¿Realización personal? ¡Venga hombre!) Y que si ahora lo tengo, no veo tanta urgencia por hacerlo. Total, cuando me jubile sólo van a contar los últimos años cotizados para mi pensión, y no me van a pagar más por haber trabajado cincuenta en lugar de cuarenta y siete.

Al oír esto, la gran mayoría se ofende. (Como quizás lo hayáis hecho alguno de vosotros. No me lo tengáis en cuenta.) Y se enfadan aún más cuando sonrío… porque percibo en las arrugas de sus frentes cómo se devanan los sesos, tratando de recordar cómo era el cuento ése de la cigarra y la hormiga. Pero como no se acuerdan de cómo acababa; de si el bicho currante se apiadaba finalmente del bicho vividor, o si, por el contrario, le dejaba morir de hambre y frío… terminan diciendo: ¿Y si mañana te surge un imprevisto? ¿Una enfermedad? ¡¿Un hijo, por el amor de Dios?!

Ante tales contradictorias palabras, yo sólo puedo tranquilizarles diciendo: No te preocupes, mi querido hormigo, que en tal fatídico caso te llamo a ti, a ver si puedes cancelar tu hipoteca a cuarenta años para prestarme algo.

trabajar para vivir

Y la segunda, y más importante:

Efectivamente, cuando despierte de esos sueños… no me quedará nada. Ni sueños que cumplir, ni dinero que gastar en el Ferrari que tú tampoco tendrás en la puerta de casa. Ni siquiera el que tú podrías emplear (y yo no) en esa catastrófica enfermedad que ojalá no lleguemos a tener nunca. Porque si la contrajésemos cualquiera de los dos… ya te digo yo que no será cuestión de monedas y billetes que vivamos o muramos.

Y entonces sí. Justo en ese preciso momento… volveré a trabajar. Y no sólo para criar a ese “hijo imprevisto”, para el que seguro querré lo mejor; sino también para inventarme nuevos sueños que den sentido a todo esto. Pues mi vida es el único sitio que necesito… donde poder caerme muerto.

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-Oh, por favor, dadme un poquitín de vuestra comida -les suplicó- Vosotras tenéis mucho y yo no tengo nada.

-Te conozco -gritó una de las hormigas- Tú te reías cuando yo te dije que fueses previsora. Piensa en el presente, me decías. Pues bueno, ve y consíguete tu propia comida ahora.

Y la hormiga le dio la espalda y terminó su desayuno.

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Queda mucho para Julio…


A menudo, sorprendo a Julio mirando por la ventana de nuestro cuarto. Cuando lo hace, rara vez pestañea. Se queda sumergido por largo rato en su reflejo, difuminado sobre un fondo de oscuridad por la noche, y de polvorientas láminas de persiana por el día. Pero da igual… La verdad es que tampoco hay buenas vistas desde la habitación 367: sólo el corredor del edificio de enfrente; por donde circulan a todas horas ajetreadas enfermeras, personas con medio culo al aire que sacan a pasear al gotero, y familiares de estas últimas, que se marchan después de haberles hecho la visita de rigor. Mejor mirar para adentro.

Cuando le ingresaron hará unos días, apenas respiraba el pobre hombre. Quizás tengan algo que ver sus más de 90 años, me dije, mientras lo tumbaban en la cama de al lado, a brazo y medio de la mía. Pero, por lo visto, no era su momento… A golpe de bombona de oxígeno, cócteles de antibióticos y bolsas de suero, lo resucitaron ante la preocupada mirada de sus hijos.

Julio no parece extrañado de estar aquí preso, con un compañero al que dobla en edad y la pierna escayolada. Sus ojos no transmiten temor alguno, a diferencia de los de sus nietos. De hecho, se ríe por cualquier pequeña tontería, y bromea sobre lo poco que le queda en este mundo; provocando el enfado lógico de su familia. Pero a él no le importa. En las últimas cuatro décadas ha asumido que lo único justo de esta vida es que tocamos a una muerte por persona… y que él ya está de los primeros en la fila para recoger la que le corresponde. Es lo que hay, reflejan sin miramientos sus pupilas gastadas. Para más inri, y asombro de algunos de los que se pasan por aquí a ver cómo evoluciona el enfermo, él se despide como el que está en el aeropuerto a punto de embarcar en un vuelo sólo de ida. Sólo por si acaso…, suelta tan feliz, en tono tranquilizador.

En alguna ocasión he tratado de entablar una conversación con él, pero en todas ellas ha sido imposible… ¡No oye prácticamente nada! Así que, cuando ve que no hay manera de comunicarnos, cambia de tema y me pregunta por los resultados de su amada lotería. ¿Qué pasa, Señor Julio? ¿Que quiere ser el más rico del cementerio?, le respondo yo, siempre entre risas. Pero ni por ésas. Tras varios intentos, termina devolviéndome una gran sonrisa desdentada, como si hubiese entendido la gracia, y desvía con disimulo su mirada de nuevo al ventanal. Por supuesto, a sus seres queridos les pasa exactamente lo mismo que a mí cuando quieren contarle algo… Con la única diferencia de que ellos  tienen la gran suerte de poder acompañar sus palabras desoídas con una caricia, un delicado apretón en el antebrazo libre de cables o atusando su indomable pelo gris. Y, con eso, a él le basta: esa dulzura es la única información importante que necesita recibir de ellos. (Aparte del número premiado de Los Ciegos, por supuesto. ¡jaja! ¡Qué grande es!)

Anoche, tuvo una de esas crisis en las que los médicos no hacen más que entrar y salir de la habitación armados con aerosoles, jeringuillas y enfermeros imberbes en la retaguardia; meneando la cabeza como única respuesta a las preguntas impacientes de los exiliados en el pasillo hasta nueva orden… Julio abría mucho los ojos tratando de encontrar caras conocidas entre aquel frenético baile de batas blancas y verdes, pero sólo encontró la mía: aterrorizada. No sabía qué hacer para ayudarle… Tendí la mano para que la agarrara, pero me quedé a medio brazo de distancia de la suya. Con una mirada serena y agradecida, que contrastaba con su agitada respiración, me consoló. Luego, alguien cerró la cortina que nos separaba de un rápido tirón…

Con el alma en vilo esperé y esperé, hasta que por fin pasó la tormenta. Cuando pude verle de nuevo, el afable anciano descansaba tranquilo sobre su cama, observando cómo el cristal le devolvía ahora un rostro un poco más viejo y cansado que la última vez que miró a través de él. ¡Lo había conseguido! Ufff… Suspiré aliviado.

Un par de horas después, justo antes de apagar las luces del cuarto, Julio se retiró la mascarilla de oxígeno de la cara, dejándole unas marcas rojas en la finísima piel de sus mejillas. Me llamó con voz áspera y me susurró algo que nunca, nunca olvidaré: ¿Sabes por qué no tenía miedo de irme al otro barrio hace un rato, amigo mío? (Dijo lo de “al otro barrio” con una sonrisilla divertida en los labios) Porque he vivido siempre… como si fuese a morir mañana. Así que… aplícate el cuento y, sea lo que sea que tengas pendiente, no lo dejes ni un día más.

Abrí la boca para rebatirle… Pero me detuvo con un rápido gesto de su mano buena; imagino que porque total… no me iba a oír. Y prosiguió: Y, por si acaso no nos viéramos más… por aquí… Que sepas que juegas 10 euros a mi número de la lotería de Navidad. Pregunta a mi hijo mediano… El calvo.

Y diciendo esto, tiró del cordel de la lámpara y se quedó dormido como un bebé, sin inmutarse por la carcajada que me arrancaron sus últimas e inesperadas palabras.

Este mediodía, mientras a mí me daban el alta, una oleada de ganas de todo me ha recorrido de arriba abajo, al ver cómo Julio se quedaba allí disfrutando de su familia, de la sosa comida de hospital y del sol que entraba por la ventana… Viviendo, el día de hoy, como si no hubiese un mañana.

Abuelo Julio

Estrellas en el trastero


Hay historias de amor que merecen ser vividas en primera persona… Porque si te las cuentan, o no te las crees, o deseas tanto que te hubieran pasado a ti, que preferirías no haberlas escuchado. Os pido perdón de antemano:

Como pronto se convertiría en habitual, ya en su primera cita, ella le hizo esperar bajo la lluvia. Pero, como también pasaría a partir de entonces, a él se le pasó el enfado al verla aparecer con el pelo aún mojado; cegándole con aquellos ojos juguetones y esa sonrisa infantil que derretía icebergs.

Para una ocasión tan especial, cualquier habitante de este mundo habría reservado mesa en uno de esos restaurantes caros, donde los amantes se prometen la luna al son de los violines… pero ellos, como en unos instantes descubriréis, no eran de este planeta; ni se conformaban con un insulso satélite lleno de cráteres y sin luz propia.

Decidieron pasar sus primeras horas a solas en un trastero de escasos dos metros cuadrados, decorado únicamente por cajas de cartón y estanterías de metal. Sobre unas mantas, acompañados tan sólo por un par de velas, una botella de vino y unos sándwiches comprados a toda prisa en la única tienda abierta del lugar… se miraron como nunca nadie lo había hecho antes. No necesitaron más que el aire que circulaba de una boca a otra en aquel minúsculo palacio inventado. Se enamoraron.

Parece mentira que aquella cárcel sin ventanas pudiera haber sido capaz de atrapar hasta el último destello del universo, tan sólo porque sus dos presos se tuviesen el uno al otro. Pero sucedió.

Cuando la botella de cristal tocó fondo ya habían recorrido, sin respirar apenas, los pedregosos caminos que los habían llevado hasta aquel pequeño cuarto (injustamente olvidado por las más prestigiosas guías gastronómicas…) Habían reído, llorado, recordado, e incluso oteado el futuro al unísono… Entonces llegó el momento: soplaron las velas para poder verse a oscuras.

Ya con sus miradas apagadas, se acurrucaron sin prisa entre las mantas. No se besaron siquiera. Aquella noche no era para eso… Tan sólo pararon el reloj acariciando el rostro del otro. Sus labios. Su miedo. Sus cuerpos. Su latido. Sus silencios… Hasta quedarse profundamente dormidos en los brazos de los que nunca nadie querría despertar.

Y también me parece mentira que, aún después de tantos años, si cierro los ojos, todavía pueda percibir cómo el olor de la cera, el vino y su risa, enredado con el de su pelo húmedo, alimenta mis pulmones; mientras mi mano viaja sin luz entre sus sueños y pasiones… Cada una de las veces que mis párpados mueren para reunirme a traición con ella, le susurro al oído, amarrado a su espalda:

Quedémonos para siempre en este trastero, Bella… O dejaremos escapar las estrellas.

cazando estrellas

All you need is Love


Hace poco leí una frase que me dejó claro por fin qué era el amor: “Si cuando ves a tu pareja llegar a casa no sientes la misma ilusión que cuando aparece tu maleta en la cinta de equipajes del aeropuerto…  es que no estás enamorado.”

ilusión

A lo largo de mi vida he tenido que oír muchas veces, por parte de amores, amantes, familiares y amigos, que jamás iba a encontrar lo que estaba buscando, pues yo creía que el amor y la euforia del principio eran lo mismo. Y la segunda no dura para siempre…

¡Y dale bolita…! Que no. Que, por supuesto, yo sé que esa pasión ciega, animal e imparable de los primeros meses o años no es eterna. De hecho, pese a que sin lugar a dudas es de las más emocionantes etapas de la vida de cualquiera… yo doy más valor a lo que viene después de esa época explosiva en la que se ve poco el sol y cualquier sitio y momento te parecen los ideales para llevar a cabo una fusión nuclear.

No hay nada que más me llene que una mirada que lo diga todo. Un perdón a tiempo. Unos kilos de felicidad de más. Una carcajada que encaje a la perfección con la que escuchaste por primera vez hace ya tanto tiempo. Meterse en la cama sabiendo que sus pies estarán helados, pero que ni siquiera eso impedirá que busques su piel, aunque sólo sea para darle un beso de buenas noches. Despertar y emocionarte al saber que esa personilla despeinada y con la boca entreabierta que sueña en el lado opuesto de tu almohada, volverá a ti cada noche, como mínimo, por el resto de sus días… Eso es amor, amigos, dure lo que dure. Y lo demás… es otra cosa.

Imagino que será que me voy haciendo viejo y mi listón de exigencia empieza a necesitar pértiga para poder ser saltado con éxito… Pero no me cabe duda de que, en cualquier inesperado instante, igual que te pasó o pasará a ti, alguien pondrá tanto entusiasmo y gracia en su salto, que, aunque se quede varios metros por debajo de conseguir batir mi estúpido récord… me habrá hecho suyo para siempre.

Porque el amor es fantástico y siempre está ahí. Se va. Viene. E incluso, a veces… se queda. ;)

¡Feliz Día de los Enamorados!

Mediocre el que lo lea


He conocido mujeres con cuerpos esculpidos por el mismo Miguel Ángel, que apagaban la luz antes de meterse en la cama por vergüenza a que las viera desnudas. He visto hombres que se pasan horas interminables en el gimnasio porque quieren ser como el futbolista que luce ropa interior en las marquesinas de autobús, olvidándose de que después de atraer a alguien… hay que tener un tema del que hablar. He visto científicos de Harvard llorando por no haber reservado una parte de su valioso tiempo y esfuerzo para encontrar una pareja con la que compartir su éxito y declive al llegar a viejo. He observado cómo personas pobres se rodeaban de otras ricas para, al final, sentirse más pobres aún… He compartido vestuario con adolescentes acomplejados por estar muy lejos de tener entre las piernas lo que tienen esos tipos que ven en la parte oscura de internet; y a niñas frustradas porque el príncipe azul que siempre acaba con la chica normal y corriente en las pantallas de cine, ni siquiera las mira. Y si lo hace, destiñe al segundo lavado…

Todo esto viene porque, hará un año más o menos, fui a un curso intensivo de eso que está tan de moda llamado “inteligencia emocional”… más que nada, porque me consideraba y considero muy tonto en la materia.

distintos pero iguales

Aquella señora, bien entrada en los 60 y con atuendo hippie, nos invitó con un meloso acento argentino a que nos descalzáramos y nos fuésemos presentando uno a uno. Nos pidió que para hacerlo utilizásemos tan sólo una palabra que nos definiese, y la argumentásemos después. Uno tras otro fuimos pronunciando nuestros nombres y nuestra palabra mágica. Cuando llegó mi minuto de gloria aún no había decidido con qué término del diccionario me identificaba más… y, ante tal presión, solté lo único que me vino a la mente: “bufón”. Mi argumento fue sencillo: porque me gusta hacer sentir bien a la gente, me sienta yo como me sienta.

Silencio en la sala…

El chico que estaba sentado a mi izquierda (con un agujero en uno de sus calcetines de rayas naranjas y verdes que dejaba entrever el dedo gordo de su pie, el cual trataba de ocultar tapándoselo con el otro…) dijo su nombre, el cual no recuerdo. A continuación dejó caer de sus labios esa palabra que todo el mundo teme que le asignen: “mediocre”. Con un hilo de voz explicó que no tenía estudios y que, pese a que había conseguido entrar en una agencia de publicidad como diseñador gráfico por los conocimientos que había adquirido de forma autodidacta… estaba seguro de que jamás de los jamases podría ser tan creativo ni brillante como sus compañeros de trabajo.

Alboroto en la sala…

No le conocía de nada, y mi turno ya había pasado… pero al escuchar al muchacho decir aquello, no pude evitar girarme hacia él, importándome un pimiento la cara de indignación de la chica de ojos tristes que se sentaba a su lado, y decir en voz alta: ¡Pues yo creo que no eres mediocre! Créeme cuando te digo que hay docenas de inútiles “hijos de”, con carrera y máster pagados a golpe de talonario en prestigiosas universidades extranjeras, trabajando en agencias de publicidad, que me juego lo que quieras a que tú les das mil vueltas. Porque si has sido capaz de llegar donde estás por ti mismo…

¡Bufón!, quedáte casshadito un ratito, boludo… Me interrumpió inteligente y emocionalmente la profesora. Con la cara roja y unas ganas tremendas de dar un abrazo a uno y una bofetada a otra, me quedé casshadito toda la clase restante; escuchando como nos hablaba de “abrazar el dolor” -en lugar de combatirlo- cuando se muere un familiar, tu pareja te deja por otra persona diez años más joven que tú, o cuando tu jefe te dice, sin mirarte a los ojos: “Eres un gran profesional y te agradecemos todo lo que has hecho por la empresa en este tiempo… Eeehhh… Pero estás despedido.” (Lección súper útil donde las haya + emoticono de mono tapándose la boca del whatsapp)

Desde aquel día la palabra “mediocre” rebota de vez en cuando en mi cráneo sin asentarse nunca del todo. Y, ahora más que nunca, que en las redes sociales no se deja de hablar de que nuestro país se está echando a perder porque lo mediocre está ganando terreno a lo “excelente”.

Pero, ¿sabéis qué? Creo que lo estamos entendiendo mal, amigos… Yo estoy empezando a considerarme a mí mismo mediocre, y a mucha honra. Con mis sueños y mis batallas para conseguirlos, pero sin sentirme ni más ni menos que nadie. Uno más. Sí, mediocre, pero disfrutando de cada pasito que doy hacia quién sabe qué tipo de felicidad. ¡Qué alivio! ;)

Por supuesto que hay cargos públicos o líderes de masas para los que deberían ser imprescindibles el conocimiento, el talento, la honestidad, la profesionalidad… Y que estamos cansados de ver a través de “esa ventana brillante que todos tenemos en casa” -como llamó Antonio Banderas a la televisión en su gran discurso en los Goya; criticando “la mediocridad”, a todo esto…- cómo las personas estamos a menudo dirigidas o representadas por individuos que carecen de todas esas cosas. Y no, no estoy hablando sólo de coletas y gaviotas, o de Belenes Esteban y Paquirrines. Eso se lo dejo a los que entienden de política y de audímetros. (No podía saber de todo… Lo siento.)

Me refiero a lo difícil que a veces nos lo ponemos a nosotros mismos, exigiéndonos ser como viene en el manual que deberíamos ser. Sólo porque la sociedad en la que vivimos estipula que hay que luchar por ser el mejor en todo lo que hagamos; que hay que construir una familia porque es lo que toca; que hay que gustar a los demás física y mentalmente; que el que tiene dinero es más poderoso y, por supuesto, más feliz… ¡Basta ya! Porque… ¿Dónde está el límite? Siempre habrá alguien “más algo” que nosotros: más guapo, más rico, más simpático, más listo… con el que poder compararnos; para seguir sintiéndonos insatisfechos. ¡Infelices!

Llamadme mediocre. O bufón, si queréis. Al fin y al cabo… quizás eso os haga sentir mejor.