Madre


Jorge 2 era un niño bueno. Tímido y soñador. De esos que no molestan, que no necesitan a nadie que les entretenga y que a los que no tenemos hijos nos caen genial… Aquel día estival de barbacoa, mientras los otros chiquillos correteaban joviales por el jardín, los padres de nuestro protagonista trataban de dormir a su pequeña hermana a la sombra de la gran casa, y el resto de adultos reíamos y hablábamos de cómo pasa el tiempo alrededor de una neverita repleta de cervezas heladas y envueltos por la música de la radio; aquel niño de piel casi transparente y chapetas rojas en las mejillas se distraía martirizando con su pistola de agua a los bichos que corrían solitarios por las baldosas que enmarcaban la profunda piscina, en cuyo borde se arrodillaba para sumergir el arma cuando se quedaba sin munición y poder volver al ataque.

Me hacía gracia ver cómo de vez en cuando le daba toquecitos con la punta del revólver de plástico al animalito de turno, para comprobar que no se había pasado de la raya y que el pobre seguía vivo. Entonces lo dejaba en paz y elegía otro objetivo a por el que ir. Debía de pensar que ese ya había tenido suficiente. (Como he dicho al principio, Jorge 2 era un niño bueno.) Pero en una de las recargas, algo debió de salir mal…

Todo sucedió muy rápido: “¡Jorge se ha caído a la piscina!”, gritó una de mis amigas, madre de otros dos mozos que se movían como rabos de lagartija. Todos miramos hacia allí mientras ella y la dueña de la casa se levantaban de un salto y salían disparadas, quemándose los pies. Yo solo alcancé a ver cómo el pequeño metía y sacaba la cabeza del agua con sus enormes ojos castaños enrojecidos por el cloro muy abiertos, bloqueado. Luego, un “¡plof!”: Cris, la anfitriona, se había lanzado sin pensárselo dos veces sacando a flote a Jorge 2, que daba grandes bocanadas de aire como un pececillo.

La madre del pistolero, que había escuchado los gritos y las carreras, apareció angustiada y corrió a la piscina, donde Cris le pasó a su hijo sano y salvo. Al mismo tiempo que este rompía a llorar, ella le mecía con preocupación. Ya pasó, ya pasó…

Yo, que no había dado mucha importancia a lo sucedido porque veía imposible que ninguno de los que estábamos allí no se hubiese dado cuenta de que el chaval se había caído… me quedé paralizado al ver venir a Cris de nuevo hacia nosotros, intentando disimular las lágrimas que brotaban de sus ojos. Mirándola ya sentada en el césped, con la ropa empapada, un nudo en la garganta y su propio hijo sobre las piernas (Jorge 1), no me quise ni imaginar todo lo que debía de habérsele pasado en aquellos segundos por la cabeza como para no poder contener el llanto, pese a que todo se hubiera quedado en un susto. Y creo que todavía no quiero hacerlo…

No había transcurrido ni un minuto de aquello, cuando la madre de Jorge 2, decidida y sin miedo a nada ni a nadie, como siempre, se acercó por detrás. Sin mediar más palabra que el “gracias” más sincero y emocionado que he escuchado en mi vida, se agachó y besó a Cris en la cabeza, abriendo de nuevo el grifo de los lagrimales de la dueña de la casa, la piscina y nuestra amistad. (Y los míos, pero guardadme el secreto.)

De estas tres superheroínas aprendí, un sábado cualquiera, tres lecciones que nunca olvidaré: una, que las madres tienen un poder arácnido que los hombres no podemos ni soñar con tener algún día; dos, que no titubean ni por un momento cuando se trata de la seguridad de un niño, aunque no sea el suyo; y tres, que son amor en estado puro y saben cuándo y con quién deben dejarlo salir a borbotones.

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ImpresiónaTe


Hace poco escuché que Monet empezó a pintar a los 40 años. Este descubrimiento corroboró algo que llevo repitiéndome durante cuatro décadas a mí mismo, tratando de insuflarme el valor que me falta justo antes de embarcarme en otra de mis locuras: los sueños no tienen edad.

Aunque por todos es ya sabido que llego tarde a todos lados y, lamentablemente, a algunas personas, también es verdad que soy muy cabezota como para no intentarlo cuando me doy cuenta de lo que quiero. Más que nada, porque si al final me doy de bruces contra el suelo, me levanto sacudiéndome el polvo con disimulo y grito: “¡Ahí te quedas, sueño, haber aparecido antes!“. Y a otra cosa, mariposa. Que si todo va bien, solo me quedan otros 40 años con la mala vida que llevo… y no hay tiempo que perder.

Nota: Por supuesto, al escuchar lo de Monet no quise ni mirarlo en la Wikipedia para no contrastar ese dato, como buen no-periodista que soy, y poder quedarme con lo romántico del tema. Hoy lo he hecho, y en realidad lo que sucedió es que este señor pintó su primera obra de éxito a los 33 años: “Impresión, sol naciente”, dando nombre al Impresionismo (que no es moco de pavo, por cierto). Pero haced como yo, y pensad en verde; que la leche contra el cemento es probable, además de gorda… pero el vuelo es muy emocionante. ;)

Se quedó


Pese a que consiguió sonsacarme en un descuido que no era la primera persona en la que pensaba al despertar, ella se quedó a mi lado… Yo no entendía nada. Ahora que conocía mi monstruo, mi secreto, tenía el motivo perfecto, y despiadado al mismo tiempo, al que agarrarse para salir corriendo al fin. Pero, ¡¿por qué no lo hacía?!

En el fondo fue un alivio liberarme de una carga tan pesada, y que me hacía sentir terriblemente egoísta. Ya no soportaba más dejarme querer, no pudiendo contrarrestar por completo aquellas miradas, aquellos besos, aquel calor que me mantenía vivo de noche, pero que me mataba al alba. Y aun así, se quedó. Quizás, porque ya lo sabía antes de arrebatármelo de los labios… Eso es: me conocía demasiado bien como para ver reflejado en mis ojos lo mismo que ella sentía al no ser correspondida por alguien a quien creía amar. Reconoció perfectamente el sabor metálico que deja en la boca ese mensaje que nunca llega, ese miedo a preguntar lo que no quieres saber, esa certeza infundada pero asesina de no estar a la altura de un desconocido que cada día es más y más impresionante en tu imaginación, y cuyo precioso caballo blanco pisotea sin piedad las flores de tu pequeño jardín.

Pero se quedó. Y me abrazó más fuerte de lo que nunca nadie lo había hecho antes. Y con eso me bastó para saber de una vez por todas en qué consistía el amor, del bueno.

Y me quedé.

El rey de las moscas


Se estima que el ser humano apareció en la Tierra hace dos millones y medio de años (semana arriba, semana abajo). Pues bien, tras todo este tiempo de evolución, cada vez nos parecemos más a las moscas. Sí, ésas que ven una rendija por la que colarse allí donde pinta y huele bien la cosa, y se lanzan como un halcón sin importarles si serán capaces o no de encontrar la salida después. O lo que es peor, si aun encontrándola, y por muy grande que sea el ventanal, querrán saltar del barco antes de que se hunda con ellas dentro; o si seguirán golpeándose sin descanso contra un cristal que no tienen ninguna intención de atravesar, aunque pudieran.

Te cuento esto, porque últimamente me siento como el Christian Grey de las moscas: contemplo sin inmutarme el desvencijado navío del que un día cualquiera, hace lo que hoy me parece una eternidad, me convertí en polizón de segunda clase. No me preguntes por qué, pero aquí sigo.

¡¿Crees que no lo veo?! Claro que sé que sus velas están cada vez más desgarradas, sus remos astillados y el olor a azúcar quemado por el calor de la bombilla que antes me atraía, ahora me resulta asfixiante. Pero, ¿qué quieres que haga?, el chorro de la cera de mis alas derretidas resbala por mis patitas produciéndome un dolor placentero, al que, por lo que se ve, soy adicto. Y vuelvo. Y vuelvo. Y vuelvo a posarme sobre su vidrio incandescente hasta abrasarme las palmas de las manos y las plantas de los pies; mirando, como anestesiado, cómo las demás moscas escapan por una ventana ya rota, mientras su rey se queda inmóvil, esperando a recibir el golpe de gracia contra el fondo de tu desierto.

Pero, descuida, ese cañonazo, si no me mata, me liberará al fin. Y volaré de nuevo.

No me mires de esa forma…


La primera vez que me los crucé, aquellos ojos llenos de mar me intimidaron, me ahogaron, se me clavaron en la carne. Y desde entonces no han dejado de apretar sus mandíbulas, por mucho que me haya retorcido tratando de escapar al menor descuido. Es más, si lo he conseguido en alguna ocasión, me he dejado morder y quemar de nuevo. Porque la dueña de esos ojos está hecha de humo y fuego, y es digna de ser la protagonista principal de una de esas series repletas de magia, batallas, amor y algún que otro dragón…

Joa & Dani Photography

Es implacable, sensible y cruel al mismo tiempo. Quiere lo que quiere, y no para hasta conseguirlo. Caiga quien caiga. Aunque sea ella misma la que se despeñe por el desfiladero al final. Eso es lo de menos, porque sólo apuesta si está segura de que va a ganar, o a morir en el intento.

Pero es paciente por partida doble: porque sabe esperar, y porque tiene un diván donde matar monstruos y torturar fantasmas a base de lágrimas amargas, risas dulces y besos con sabor a cerveza para gigantes.

Sabe dar donde duele, si juega sucio. Sabe dar donde cura, si ve que se ha pasado con la intensidad de las llamaradas. No hay nadie como ella jugando a los médicos. Y eso también lo sabe.

Es una heroína, a la que te enganchas desde el primer pico que te inyecta en las pupilas; y después, en los labios. De la que nunca tienes suficiente. Y si te mata… que así sea.

Porque es mi reina, hasta que sus ojos llenos de mar reflejen lo contrario. Que lo harán tarde o temprano. Eso lo saben los suyos y los míos, aunque no lo quieran ver. Pero también saben que mañana podrían cerrarse de golpe. Así que, hasta que suceda…

¡Dracarys!

Plumas rotas entre las mantas


Siempre supe que ella no me quería. Bueno, matizo: no me quería como yo deseaba que lo hiciera. Aun así, como solemos actuar los kamikazes en estos casos, decidí no creérmelo y lanzarme en picado, directo a una muerte segura: “¡¿Pero cómo no va a quererme, si me explota el universo dentro cuando me roza?!”, me decía a mí mismo cada vez que sus ojos me miraban sin verme, como si yo fuese de cristal. Y proseguía con mi propio engaño: “Es imposible que este sentimiento no se transmita al tacto, ¡imposible! Que no se contagie, que no perciba como mínimo una leve réplica de este terremoto que a mí no me deja hormona y neurona en su sitio; y del que su boca es el epicentro”. Pues debe de ser que no, amigo mío… Una vez más, me equivocaba.

Sin darle tiempo de reacción, desplegué mi colorido abanico de plumas de gala, no importándome dejar mi pecho al descubierto, hasta arrancarle, sin saber cómo lo había conseguido en realidad, lo que más ansiaba… Y aquel primer beso improvisado se selló con un segundo, que trajo otro a continuación. Y otro más… Y así, creo que conté hasta mil. Después, caricias furtivas, gemidos con ojos cerrados, risas abiertas y puños apretados. Quizás con prisa y a destiempo, sí, pero, para mí, en el momento perfecto.

Pero, con el amanecer… ¡ay!, con el amanecer llegaron los miedos. Y las dudas. Y las promesas incumplidas. Y los reproches. Y las verdades. Y al final, la más grande de las mentiras que puede decir un ser humano: “No te preocupes, que yo estaré bien…”

Ya solo en el cuarto, mientras recogía las plumas esparcidas sobre la alfombra y alguna rota entre las mantas, que intentaba volver a enhebrar con desesperación y sin éxito en mi piel enrojecida, avergonzada e hipersensible, lloré de impotencia. De rabia. De odio, incluso. No entendía nada. Y me enfadé. Mucho. ¡No era justo! “¡Qué pena, joder, qué pena!”, le grité a la noche hasta quedarme sin voz. ¡¿Por qué me hacía esto, después de lo que me había esforzado para que me quisiese?!  Espera, espera… “que me había esforzado… para que me quisiese…” ¡Pero qué estúpido! ¡¿Quién me creía que era?!

Y ahí lo comprendí todo: ¡no podía enfadarme con ella por no amarme! ¡Eso sí que era injusto! De hecho, seguro que si había llegado hasta donde lo había hecho conmigo, había sido precisamente por todo lo que me quería… aunque no fuera de la forma que yo siempre había soñado. Eso es, ella también había tratado de inventarnos con todas sus fuerzas. Pero, pese a unir nuestras ganas, no lo habíamos conseguido. Y ya está. (Aunque yo siguiese teniendo razón: ¡qué pena, joder, qué pena!)

Y entonces la perdoné por no amarme. Porque el amor no se puede forzar. Porque es de esas cosas que no se deben pedir si no salen solas. Porque no funciona así.

Y entonces me perdoné por amarla. Porque el amor no se puede ocultar. Porque es de esas cosas que deben salir solas aunque no te las pidan. Porque funciona así.

Y en ese preciso instante, vi con asombro cómo unas minúsculas plumas comenzaban a nacer sobre la reciente cicatriz que surcaba mi pecho… hasta cubrirla por completo. Y dejó de doler.

Mentiras bonitas para noches oscuras


Hace poco escuché en una peli de ésas que veo en Netflix cuando tengo un día rojo, una frase que decía algo así como: Las noches más oscuras producen las estrellas más brillantes.” ¡Olé tú, señor/a guionista!, solté en voz alta intentando contener la lagrimilla y el hipo, al mismo tiempo que rellenaba mi copa de vino para emergencias…

Entonces le di adelante y atrás unas setecientas treinta y siete veces, tratando de memorizar aquellas palabras para repetírmelas a mí mismo en esos momentos en los que no sé si cortarme las venas o dejármelas largas… O lo que es peor: en esos otros en los que tú necesitas desesperadamente que te susurre una mentira bonita al oído cuando estás hecha añicos entre mis brazos, y mis cuerdas vocales sólo me permiten hacer lo de siempre en estos casos: apretarte contra mi cuerpo aún más fuerte.

Pero quiero que sepas, bella, que, aunque lo más probable es que mis labios hayan olvidado para entonces aquella frase de Netflix, estoy seguro de que de tu próxima noche oscura brotará la estrella más brillante que jamás hayan visto tus ojos de niña. Porque cerraré los míos, a la vez que mi abrazo, pidiéndole al que apaga y enciende el firmamento -dependiendo de la tonalidad de rojo que él haya tenido su día- que así sea.

¡Brilla!