Basado en hechos reales


San Valentín es todos los días

 

Amor, era presentarse el día de San Valentín en el colegio con una carta escrita a mano, repleta de frases robadas a canciones. Dedicación, era haberle arrancado con sumo cuidado todos los flecos a esa hoja de cuadritos, como si te fuera la vida en ello. Locura, era acompañar esos sentimientos a lápiz con un colgante de corazón bañado en oro de cero quilates, pero que a ti te había costado tres pagas semanales. Valentía, era entregarle tu declaración de amor a aquella popular chica, aun sabiendo que ella no recordaba ni tu nombre…

Eso, eso sigue siendo amor. Y, lo que no se le parezca… es otra cosa.

 

 

La última cita a ciegas


Cuando Dani me pidió que fuera en su lugar a una de las citas que cerraba con muchas de las chicas que conocía en internet, porque le había surgido otra mejor, creí que se trataba de una broma. ¡Y lo peor es que me convenció! Pero es que no conocéis a Dani… ¡Vendería helados de limón en el Polo Norte! Y ahí no queda la cosa… Justo antes de dejarme en la entrada del restaurante, va el desgraciado, y me suelta descojonándose: “Por cierto, Javier… No te preocupes por ser bastante más feo que yo, en serio… Ésta es una verdadera cita a ciegas, pues Lucía… lo es en realidad.

¡Seré estúpido!”, pensé yo, ya sentado en la mesa del fondo de aquel japonés, ¡con lo que odio el sushi!, esperando a alguien que no conocía de nada y que creía que yo era un pintor de éxito en EE.UU.; cosa que mi querido amigo le había contado para impresionarla.

Cuando la puerta se abrió y apareció aquella muchacha ciega, quise morirme. Era preciosa, de figura delicada y una tímida sonrisa en la cara. Me recordó a un hada, de esas pequeñas y graciosas que salen en las películas; con su vestido de verano verde por debajo de las rodillas y casi deslizándose al caminar. Os juro… que le faltaban las alas.

Me quedé observándola embobado, mientras el metre la traía del brazo hacia mí. Esperaba encontrarme los típicos ojos muy claros, casi transparentes; pero no: los suyos eran de un azul oscuro alucinante, enormes, fijos al frente. Me dio pena que no pudiera verse en ellos cada mañana, ni que yo tampoco fuese a hacerlo los próximos 70 años…

Sin saber muy bien cómo actuar, me levanté torpemente. Apoyé mi mano sobre uno de sus hombros desnudos, a la vez que le decía, un poco más alto de lo normal: <<¡Me alegro de verte por fin, Lucía…!>>. Ella dio un respingo al notar mi tacto y mis palabras muy cerca de su oreja perfecta. “¡Mierda! ¿Me alegro de verte? ¡¿Me alegro de verte?! ¡Seré imbécil!”, me increpé a mí mismo. <<Perdona… No quería decir “ver”…>>, intenté arreglarlo. “¡Cállate, joder!, ¡Cállate!”, volví a maldecir para mis adentros… Menos mal que ella rompió la tensión dándome un efusivo abrazo que me pilló por sorpresa, metiendo sus brazos por debajo de los míos y apoyando su cabeza ladeada en mi pecho por unos segundos. Luego, sin soltarme, dijo con voz dulce: <<Yo también me alegro mucho de verte… Daniel>>. Diosss… jamás había odiado tanto a una persona como lo hice en ese mismo instante a Dani, al escuchar salir un nombre que no fuera el mío de la boca de aquella chica increíble.

La ayudé a sentarse en su silla y nos pusimos a conversar, mientras esperábamos la cena. Yo la mentí sobre mis exposiciones de arte por América, tratando de explicarle mi estilo. (Creo que me pasé un poco cuando le describí, con todo detalle, el cuadro de “Los girasoles” de Van Gogh; como si fuera mío.) Ella me habló de su carrera de fisioterapia y de las ventajas que le aportaba su ceguera para la profesión. Yo, estaba fascinado.

Cuando el camarero nos sirvió, comencé a describirle los exóticos platos japoneses, con sus infinitos colores y formas,  tratando de indicarle dónde estaban colocados. Al principio, empecé a darle las coordenadas como si la mesita redonda se tratara de un reloj: “A tus 12 tienes la tempura. A las 3, el pescado crudo ése que me revuelve el estómago”… pero, viendo que ella soltaba una carcajada cada vez que utilizaba aquellos términos militares, de las cuales yo me iba enamorando una tras otra sin remedio, terminé guiando sus finas manos con las mías hacia los diferentes entrantes.

Mientras hablábamos de si habíamos hecho más veces lo de quedar con personas “a ciegas”, me pidió que le volviera a contar aquella historia, taaan divertida, en la que mi amigo Javier me había hecho ir a una cita en su lugar, pues le había dicho a la chica de turno que era mucho más alto y guapo de lo que lo era en realidad… Yo, que en ese momento estaba bebiendo, escupí el vino como un aspersor, pulverizándolo sobre el cristal del acuario de peces de colores que flanqueaba la mesa… “¡Será cabrón!”, creo que hasta dije en voz alta.

Al tratar de coger una servilleta de la mesa para limpiar el estropicio, volqué la botella de Ribera en dirección a Lucía, salpicándole el vestido. Ella, lejos de enfadarse, se levantó de un gracioso salto, intentando claramente esquivar el riachuelo escarlata que corría amenazante por el mantel hacia ella… Ante mi atónita mirada, rebuscó en su bolso hasta encontrar un paquete de pañuelitos de papel, comenzando a limpiarse las manchas del vestido sin parar de reír… De pronto, se paró en seco y se puso pálida. Luego levantó la vista de su falda, mirándome fijamente, con gesto avergonzado… ¡Pero qué ojos! Y encima… veían.

Me levanté con tranquilidad de mi silla, muy serio. Bordeé la mesa hasta ponerme frente a ella, que bajó la mirada al suelo. Le agarré de las manos, que entrelazaba a la altura de su ombligo, jugando con la servilleta como una niña castigada. Ella me miró de nuevo entre sus largas pestañas, pidiéndome perdón por el engaño. Yo respondí con una sonrisa cómplice y le pregunté: <<¿Cuál es tu nombre real?>> Ella, tragando saliva, dejó salir un tímido “María” de sus labios, y luego trató de darme una explicación: <<“Es que mi amiga Lucía…>>.

<<¡Me alegro de verte por fin, María…!>>, la interrumpí yo, tratando de imitar el ridículo y elevado tono de voz que había utilizado al conocerla, inclinándome sobre su oído de la misma forma. María sonrió, y yo terminé la frase, esta vez en un susurro: <<El mío es Javier…>>.

la última cita a ciegas

Érase una vez…


“ÉRASE una vez, en 2015… un niño al que le encantaban los cuentos de hadas. Los devoraba, uno tras otro, tratando de hallar la fórmula para convertirse en cualquiera de sus protagonistas. Pero nada: ni princesas que rescatar, ni dragones que vencer… Cada vez que la palabra “Fin” quemaba sus verdes pupilas, la magia se esfumaba, resbalándosele entre los dedos.
Un buen día, el soñador abandonó su cuarto, pues no le quedaba ni un libro por leer en la estantería. Corrió por la ciudad, buscando una historia que echarse a la boca… pero todas con las que tropezaba llevaban su nombre.
Por fin, se detuvo frente a un escaparate, y observó en su reflejo, horrorizado, cómo sus manos estaban arrugadas y el pelo le caía sobre la frente, ya blanco como la nieve.
Sólo entonces entendió por qué los cuentos de los otros… se escriben siempre con verbos en pasado.”

Mi felicitación sólo depende de ti: “ES una vez, en 2016…

Es una vez, en 2016

Tocada y hundida


La primera vez que me dirigió la palabra fue para decirme que había soñado conmigo. En ese preciso instante supe que ella sería mi próxima perdición, y, muy a mi pesar, yo también sería la suya. Un escalofrío me recorrió de punta a punta…

No era en absoluto mi prototipo de mujer, y eso la hacía todavía más atractiva para mi maldito subconsciente: demasiado descarada, joven, provocadora y provocativa al mismo tiempo. Era felina, indomable, caprichosa, escandalosa y malhablada. Seductora a conciencia. Sabía perfectamente tocarme cuando no lo esperaba, y evitar el contacto cuando más lo deseaba mi piel.

Mirada asesina, con largas pestañas que resucitaban con su batir estudiado. Lengua con aguijón, pero dulce saliva que aliviaba las heridas. Era una mente maravillosa al final de una carretera repleta de curvas tatuadas, peligrosas.

Hechicera de uñas afiladas. Muñeca de porcelana. Un ciclón de espontaneidad y frescura, como solía definirse a ella misma con voz de niña buena, tras una malévola risa sin fondo. Unas carcajadas a las que yo me dejaba caer a menudo con los ojos cerrados; como en la búsqueda de un tesoro prohibido, en la que sólo un loco temerario osaría embarcarse.

Me iba a destrozar, pedazo a pedazo… Estaba seguro. Pero eso no me daba miedo. Siempre he sabido recomponer mi puzle cosido a balazos. Lo que en realidad me llenaba de pavor, era estar dándome cuenta de que iba a hundir otro galeón pirata, único y de labios carnosos; del cual, hace años, ya se redujo a cenizas el astillero del que zarpó.

Cuando la besé por primera vez… ella me mordió. Y, como se veía venir, yo volví a besarla… una y otra vez, hasta que sus colmillos se desgastaron por completo. Al poco tiempo sucedió lo que me temía: justo en el momento en que aquella majestuosa pantera negra inclinó su cabeza hacia mis pies, regalándome una dócil mirada de gatito amaestrado… dejé de amarla.

Tocada y hundida

Cuerpo a Cuerpo


Aquella era mi cuarta clase de Defensa Personal INDO. Una variante oriental que había descubierto en internet una tarde de septiembre; de ésas que te vienes arriba y decides cambiar tu vida (como tantos y tantos septiembres anteriores) apuntándote a actividades que nunca te habías planteado, y que, probablemente, pagarás y no irás.

Hasta entonces, habíamos asistido sólo cuatro aprendices, a cuál menos preparado físicamente para el combate cuerpo a cuerpo… Pero el miércoles pasado, todo cambió: apareció ella. Era una chica menuda, morena de piel, pelo rizado hasta rozar lo imposible y, por supuesto, unos ojos más allá del verde.

Lanzó una rápida mirada a los cuatro “in-fantásticos”, con nuestro cinturón blanco recién estrenado. Sonrió. Luego se ajustó con destreza el suyo marrón alrededor de la cintura, saludó al sensei con una solemne inclinación de torso y se unió a la fila, a mi derecha.

Tras un intenso calentamiento, repleto de carreras, saltos, giros y patadas al aire, que casi acaba conmigo… pasamos a la práctica.

El maestro seleccionó a uno de mis antiguos compañeros y, al resto, nos mandó ponernos por parejas. Luego dijo algo que nos rompió a todos los esquemas: <<Bailad, pero sin dejaros>>.

Ella no titubeó. Se puso frente a mí sin darme opción alguna, y clavo una afilada mirada en la mía, que hundí en el tatami como el toro que espera la estocada final. Estaba paralizado. Sin salir de mi estado catatónico, sentí cómo ella agarraba mi mano izquierda y la ponía sobre su hombro derecho. Luego guió la que colgaba inerte a mi otro costado hasta su cintura. Esta última, involuntariamente, cerró sus dedos envolviendo su cinturón. Mi hombro sintió el leve peso de su antebrazo; y mi cuello, su mano helada. Un escalofrío me atravesó. Después, me enganchó por la solapa y dio un inesperado y fuerte tirón hacia abajo, que me devolvió al mundo real; y a sus ojos. <<¡Baila!>>, ordenaron sin piedad sus labios.

cuerpo a cuerpo

Todo empezó con un leve empujón que hizo retroceder uno de mis pies descalzos, haciéndome perder casi el equilibrio. Pude ver cómo una sonrisilla intentaba escabullirse entre sus labios apretados… Había llegado mi turno: con todo el peso de mi cuerpo avancé hacia mi agresor, que, con un ágil movimiento se hizo a un lado evitando la embestida; y, por poco, haciéndome caer de nuevo al suelo. Esta vez, cuando busqué su rostro, pillé infraganti a su boca, victoriosa. La mía no pudo evitar hacer un mohín desafiante, al que ella respondió quitándose un rizo de la cara de un soplido. La guerra acababa de empezar…

Sin saber cómo, a los pocos segundos estábamos enzarzados en una delicada y feroz contienda, de las únicas que deberían durar más de cien años… Sí, de ésas que ningún bando quiere ganar, hasta que no lo haga el otro.

El vaivén de emociones sobre el tatami quemaba nuestros pies, oculto tras los silbidos de su tela y la mía al rozarse, a punto de rasgarse. Miradas de odio fingido se balanceaban colgadas de las gotas de sudor que resbalaban de nuestra agitada respiración. Empujones inofensivos, pero letales, arrancaban ahogados gemidos de nuestras gargantas sedientas.

Yo aprovechaba sus pocos descuidos para tirar por sorpresa hacia mí de su cinturón, al que me aferraba como si colgase de un precipicio sin fondo. De vez en cuando, ella posaba su frágil silueta sobre la mía, para, acto seguido, apretar los dientes y empujar mi pecho con todas sus ganas, para volver a atraerme hacia el suyo al instante, en un sincronizado baile de máscaras… Esos eran los momentos en que parábamos en seco para recuperar el aliento, a escasos centímetros del sabor del otro; jadeando, agotados, robándonos el aire viciado que nos mataba sin que pusiéramos resistencia alguna.

Una palmada retumbó en nuestros oídos, deteniendo aquella despiadada lucha a cámara lenta, que los que nos rodeaban contemplaban sin poder salir de su asombro. Las firmes amarras de dedos y carne se soltaron sin prisa, pero no la que enlazaba nuestras pupilas, con un manantial de rabia y placer desbordándose aún a través de los poros de dos almas en carne viva.

Dimos un paso atrás y nos inclinamos hacia delante a modo de saludo, cómplices, sin dejar de sonreír y jadear. Simultáneamente, nuestros labios escribieron una sola palabra, que sólo ella y yo podremos llegar a entender en las próximas décadas: <<Gracias…>>

Pastillas para no amar


Se me quitan las ganas de amar cada vez que tomo una de esas pastillas que me venden en las puertas de los bares cuando salgo a fumar.

Llámame clásico si quieres. Antiguo, incluso. Pero no, no me compensa dar la oportunidad a algo que acabará mal, y tarde. Lo sé. Lo he vivido en mis carnes; y en las tuyas, más.

Probar por probar absorbe mi energía, mi tiempo y mi probabilidad. Me ciega, impidiéndome ver pasar a quien se cruzará por mí camino el día menos pensado, como una apisonadora. No quiero que, por estar interpretando un beso de película de serie B, con ojos cerrados y pierna flexionada, me pueda perder el de la actriz principal de la saga más taquillera de mi cine particular.

Prender una vela que está quedándose sin cera, sólo porque digan que es aburrido vivir a oscuras, me vacía. No quiero que esos trozos de mí, que guardo para la próxima Ella, se queden adheridos a los vestidos de ésas a las que no amé. Y lo que es peor, que cuando llegue, me encuentre con los dedos ya quemados.

Llámame exigente si quieres. Cobarde, incluso. Pero en lo referente al amor, yo soy de todo o nada. No veo grises. Porque las medias tintas… sólo escriben historias sin final.

cómeme