All you need is Love


Hace poco leí una frase que me dejó claro por fin qué era el amor: “Si cuando ves a tu pareja llegar a casa no sientes la misma ilusión que cuando aparece tu maleta en la cinta de equipajes del aeropuerto…  es que no estás enamorado.”

ilusión

A lo largo de mi vida he tenido que oír muchas veces, por parte de amores, amantes, familiares y amigos, que jamás iba a encontrar lo que estaba buscando, pues yo creía que el amor y la euforia del principio eran lo mismo. Y la segunda no dura para siempre…

¡Y dale bolita…! Que no. Que, por supuesto, yo sé que esa pasión ciega, animal e imparable de los primeros meses o años no es eterna. De hecho, pese a que sin lugar a dudas es de las más emocionantes etapas de la vida de cualquiera… yo doy más valor a lo que viene después de esa época explosiva en la que se ve poco el sol y cualquier sitio y momento te parecen los ideales para llevar a cabo una fusión nuclear.

No hay nada que más me llene que una mirada que lo diga todo. Un perdón a tiempo. Unos kilos de felicidad de más. Una carcajada que encaje a la perfección con la que escuchaste por primera vez hace ya tanto tiempo. Meterse en la cama sabiendo que sus pies estarán helados, pero que ni siquiera eso impedirá que busques su piel, aunque sólo sea para darle un beso de buenas noches. Despertar y emocionarte al saber que esa personilla despeinada y con la boca entreabierta que sueña en el lado opuesto de tu almohada, volverá a ti cada noche, como mínimo, por el resto de sus días… Eso es amor, amigos, dure lo que dure. Y lo demás… es otra cosa.

Imagino que será que me voy haciendo viejo y mi listón de exigencia empieza a necesitar pértiga para poder ser saltado con éxito… Pero no me cabe duda de que, en cualquier inesperado instante, igual que te pasó o pasará a ti, alguien pondrá tanto entusiasmo y gracia en su salto, que, aunque se quede varios metros por debajo de conseguir batir mi estúpido récord… me habrá hecho suyo para siempre.

Porque el amor es fantástico y siempre está ahí. Se va. Viene. E incluso, a veces… se queda. ;)

¡Feliz Día de los Enamorados!

Mediocre el que lo lea


He conocido mujeres con cuerpos esculpidos por el mismo Miguel Ángel, que apagaban la luz antes de meterse en la cama por vergüenza a que las viera desnudas. He visto hombres que se pasan horas interminables en el gimnasio porque quieren ser como el futbolista que luce ropa interior en las marquesinas de autobús, olvidándose de que después de atraer a alguien… hay que tener un tema del que hablar. He visto científicos de Harvard llorando por no haber reservado una parte de su valioso tiempo y esfuerzo para encontrar una pareja con la que compartir su éxito y declive al llegar a viejo. He observado cómo personas pobres se rodeaban de otras ricas para, al final, sentirse más pobres aún… He compartido vestuario con adolescentes acomplejados por estar muy lejos de tener entre las piernas lo que tienen esos tipos que ven en la parte oscura de internet; y a niñas frustradas porque el príncipe azul que siempre acaba con la chica normal y corriente en las pantallas de cine, ni siquiera las mira. Y si lo hace, destiñe al segundo lavado…

Todo esto viene porque, hará un año más o menos, fui a un curso intensivo de eso que está tan de moda llamado “inteligencia emocional”… más que nada, porque me consideraba y considero muy tonto en la materia.

distintos pero iguales

Aquella señora, bien entrada en los 60 y con atuendo hippie, nos invitó con un meloso acento argentino a que nos descalzáramos y nos fuésemos presentando uno a uno. Nos pidió que para hacerlo utilizásemos tan sólo una palabra que nos definiese, y la argumentásemos después. Uno tras otro fuimos pronunciando nuestros nombres y nuestra palabra mágica. Cuando llegó mi minuto de gloria aún no había decidido con qué término del diccionario me identificaba más… y, ante tal presión, solté lo único que me vino a la mente: “bufón”. Mi argumento fue sencillo: porque me gusta hacer sentir bien a la gente, me sienta yo como me sienta.

Silencio en la sala…

El chico que estaba sentado a mi izquierda (con un agujero en uno de sus calcetines de rayas naranjas y verdes que dejaba entrever el dedo gordo de su pie, el cual trataba de ocultar tapándoselo con el otro…) dijo su nombre, el cual no recuerdo. A continuación dejó caer de sus labios esa palabra que todo el mundo teme que le asignen: “mediocre”. Con un hilo de voz explicó que no tenía estudios y que, pese a que había conseguido entrar en una agencia de publicidad como diseñador gráfico por los conocimientos que había adquirido de forma autodidacta… estaba seguro de que jamás de los jamases podría ser tan creativo ni brillante como sus compañeros de trabajo.

Alboroto en la sala…

No le conocía de nada, y mi turno ya había pasado… pero al escuchar al muchacho decir aquello, no pude evitar girarme hacia él, importándome un pimiento la cara de indignación de la chica de ojos tristes que se sentaba a su lado, y decir en voz alta: ¡Pues yo creo que no eres mediocre! Créeme cuando te digo que hay docenas de inútiles “hijos de”, con carrera y máster pagados a golpe de talonario en prestigiosas universidades extranjeras, trabajando en agencias de publicidad, que me juego lo que quieras a que tú les das mil vueltas. Porque si has sido capaz de llegar donde estás por ti mismo…

¡Bufón!, quedáte casshadito un ratito, boludo… Me interrumpió inteligente y emocionalmente la profesora. Con la cara roja y unas ganas tremendas de dar un abrazo a uno y una bofetada a otra, me quedé casshadito toda la clase restante; escuchando como nos hablaba de “abrazar el dolor” -en lugar de combatirlo- cuando se muere un familiar, tu pareja te deja por otra persona diez años más joven que tú, o cuando tu jefe te dice, sin mirarte a los ojos: “Eres un gran profesional y te agradecemos todo lo que has hecho por la empresa en este tiempo… Eeehhh… Pero estás despedido.” (Lección súper útil donde las haya + emoticono de mono tapándose la boca del whatsapp)

Desde aquel día la palabra “mediocre” rebota de vez en cuando en mi cráneo sin asentarse nunca del todo. Y, ahora más que nunca, que en las redes sociales no se deja de hablar de que nuestro país se está echando a perder porque lo mediocre está ganando terreno a lo “excelente”.

Pero, ¿sabéis qué? Creo que lo estamos entendiendo mal, amigos… Yo estoy empezando a considerarme a mí mismo mediocre, y a mucha honra. Con mis sueños y mis batallas para conseguirlos, pero sin sentirme ni más ni menos que nadie. Uno más. Sí, mediocre, pero disfrutando de cada pasito que doy hacia quién sabe qué tipo de felicidad. ¡Qué alivio! ;)

Por supuesto que hay cargos públicos o líderes de masas para los que deberían ser imprescindibles el conocimiento, el talento, la honestidad, la profesionalidad… Y que estamos cansados de ver a través de “esa ventana brillante que todos tenemos en casa” -como llamó Antonio Banderas a la televisión en su gran discurso en los Goya; criticando “la mediocridad”, a todo esto…- cómo las personas estamos a menudo dirigidas o representadas por individuos que carecen de todas esas cosas. Y no, no estoy hablando sólo de coletas y gaviotas, o de Belenes Esteban y Paquirrines. Eso se lo dejo a los que entienden de política y de audímetros. (No podía saber de todo… Lo siento.)

Me refiero a lo difícil que a veces nos lo ponemos a nosotros mismos, exigiéndonos ser como viene en el manual que deberíamos ser. Sólo porque la sociedad en la que vivimos estipula que hay que luchar por ser el mejor en todo lo que hagamos; que hay que construir una familia porque es lo que toca; que hay que gustar a los demás física y mentalmente; que el que tiene dinero es más poderoso y, por supuesto, más feliz… ¡Basta ya! Porque… ¿Dónde está el límite? Siempre habrá alguien “más algo” que nosotros: más guapo, más rico, más simpático, más listo… con el que poder compararnos; para seguir sintiéndonos insatisfechos. ¡Infelices!

Llamadme mediocre. O bufón, si queréis. Al fin y al cabo… quizás eso os haga sentir mejor.

Viaje de ida


Que yo recuerde… en toda mi vida no me he arrepentido de nada que haya hecho. Siempre he pensado que las flechas erradas forman parte de mi Camino, de mi Diana. Y que sin ellas hoy no sería lo que soy: un Ser Humano. Sí, un ser humano de esos a los que les tiemblan el pulso, los ojos y los labios a menudo; casi en cada ocasión que han tenido que acariciar por primera vez, mantener audaces miradas y pronunciar las palabras que más miedo dan: Te quiero, Ya no te quiero, ¿Me quieres?, Quiéreme… ¡maldita sea!

Que yo recuerde… en toda mi vida quizás me haya arrepentido de las cosas que he tenido la valentía de callar… por pura cobardía. De esos pensamientos que, justo cuando están en el trampolín de la punta de mi lengua gastada, resbalan y se rompen la crisma contra la piscina vacía de mi propia vergüenza. De esas declaraciones de amor que se dicen cuando ya el viento grita demasiado fuerte: promesas con alas de plomo que sobrevuelan preciosas orejas que, cansadas de escuchar mis inoportunos silencios, se han quedado ciegas.

Que yo recuerde… en toda mi vida sólo me he arrepentido de todo aquello que no he hecho por falta de tiempo, coraje o reflejos. Pero, sin duda, lo peor ha sido ver cómo otro lo hacía por mí…

Que yo recuerde… en toda mi vida me he arrepentido una única vez. Pero ya era demasiado tarde. Me perdoné, y seguí caminando.

one way

La Niña Bonita


Casi todo lo bueno que me ha pasado en 2014 tenía nombre de niña…
La más pequeña me enseñó que vivir es mucho más que dejar pasar los días. La más valiente, que aquí no se rinde nadie hasta que yo lo diga. La más alta, que hay que amar con los ojos bien abiertos para ver hacia dónde vas. La más fotogénica, que la belleza es una actitud, pero no la más importante. La más soñadora, que otra oportunidad es un regalo que hay que saber abrir a tiempo. La más incondicional, que para que alguien esté siempre ahí, debes estarlo tú también. La más amiga, que si te equivocas, pides perdón y punto. Y la más veterana, que “que tú no te atrevas”, no quiere decir “que yo no lo vaya a intentar”.
Todo lo demás… me lo ha enseñado una ciudad. :)
¡Feliz Niña Bonita! (Ahora ya sabes por qué.)

la niña bonita

Ha pasado un ángel


La gente teme a los silencios. Sobre todo a los incómodos. No se da cuenta de que la mayoría de las veces éstos dicen más que las cuerdas vocales. Incluso más aún que las lágrimas o las carcajadas. Narran verdades como puños. Más bien dicho, como puñetazos en la boca del estómago; o como besos en la boca, y punto. Lo que está claro es que, en ambos casos, hacen que el corazón se precipite por la pendiente más alta de tu destartalada montaña rusa. ¡Qué emocionante!

Nos esforzamos tanto por evitar que se abran esos mudos abismos entre nosotros que pisoteamos los puentes con palabras vacías; o lo que es peor, se las exigimos a los demás. Creo que no hay frase que más enfríe un café, o que caliente más una cerveza que: “Bueno… cuéntame algo.” ¡¿Algo!? Lo siento… calladito estoy más guapo.

Los silencios son decisivos. Imprescindibles. Te dicen si tu futuro ha acabado de momento, para siempre, o si por el contrario está a punto de empezar. Los silencios te gritan: ¡Cobarde! Te vitorean: ¡Valiente! Te advierten: ¡Huye! Te suplican: ¡Quédate! Y te susurran: Pero cómo te he echado de menos…

Jamás he pronunciado nada más sincero con los labios, que como lo he hecho con una sola mirada. De eso estoy seguro. Ni siquiera la más insignificante de mis aburridas mentiras… Nunca conoceré más a una persona que a la que me ha regalado un abrazo sin mediar palabra ni venir a cuento. No recuerdo haberme sentido tan a gusto (o tan “cómodo”, si lo preferís), que estando en silencio con ese alguien que lo sabe todo sobre mí sin que yo se lo haya dicho o escrito. ¡Qué sensación!, ¿verdad?

Sí. Porque tampoco he escuchado nada que hablase más de amor y desamor, de sueños, miedos y promesas… que a su respiración en un cuarto sin ruido.

Dejemos de hablar del silencio.

Sssshhh…

silencio