Lo que sólo yo sé


Adoraba aquel lunar. Nunca se lo dije con palabras, pero ese fortuito defecto dibujado en su piel, era lo que la hacía especial; distinta al resto de mujeres de porcelana. Sin él, hubiera sido perfecta… y entonces yo no la habría amado tanto.

A menudo, esperaba a que se durmiera para besarlo, sin prisa ni ser visto. Era mío, y no quería compartirlo con nadie más. Ni tan siquiera con ella… Por puro egoísmo.

Estaba seguro de que aquel precioso lunar, perdido en el universo de su espalda, marcaba el punto exacto tras el que se escondía su alma.

lunar

De anclas y velas


Todos necesitamos un ancla que nos mantenga cuerdos. No nos cansamos de gritar a los cuatro vientos que lo que nos hace falta en realidad es libertad; ser dueños de nuestros propios pasos, de nuestras paradas e impulsos. Pero es mentira.

Buscamos con desesperación un ancla que nos haga sentir menos perdidos. Dejar de correr en busca de sueños, sin tener que dejar a nuestra espalda un reguero de migas de pan que nos recuerde el camino de regreso. Un ancla a la que volver. Por la que quedarnos.

Nuestra ancla no puede ser una casa, una ciudad o, menos aún, un trabajo. Eso no son anclas, sino pompas de jabón y colores que explotan nada más rozar el suelo. Las anclas tienen nombre de mujer. De hombre. Las hay de cero a cien años. Eternas o efímeras. Todas salvavidas.

Eso sí, no hay que olvidar que éstas a veces se oxidan, se sueltan; se rompen los eslabones que las unen a ti. Pero descuida, levar anclas no es de cobardes o valientes; vencedores o vencidos… Es de humanos.

Las anclas no se eligen ni se fuerzan. Te atraviesan la piel cuando menos te lo esperas. Tan sólo navega.

Puede que algún día seas el ancla de alguien, pero jamás la tuya propia. No te engañes. Eso sería como echarla dentro de un barco a la deriva…

Tú no eres tu ancla. Eres tu vela.

ancla

La abeja alérgica a las flores


¡Qué vergüenza! Una abeja alérgica a las flores…

Desde que salió del huevo, Yuli había escuchado esas palabras miles de veces. Pero no le causaban ni la mitad de daño del que le infligía ver a sus compañeras de hexágono zumbando de flor en flor, recolectando polen y divirtiéndose al mismo tiempo, como buenas abejas obreras que eran.

Pese a los estornudos y ataques de asma que la dejaban maltrecha cada vez que se acercaba a una flor, no había día que no tratara de aproximarse a alguna nueva especie por si ésa en concreto no le robaba el aire, y podía colaborar con su granito de arena a la sociedad abejil. Pero nada… Hasta el momento, absolutamente todas la debilitaban tanto que después de intentarlo tenía que pasarse horas sin moverse en la colmena, al cuidado de los ancianos. La verdad es que, dentro de lo malo, aquellas viejas abejas le contaban historias que le llenaban la cabeza de lejanos lugares, animales exóticos y flores únicas. ¡Le encantaban!

Abeja alérgica a las flores

La leyenda que más le gustaba escuchar era la de “El colapso de las colonias” de Abeinstein. Decía que si las abejas desapareciesen de pronto de la faz de la tierra… en cuatro años se extinguiría también la raza humana, dado que ellas eran las responsables de polinizar el ochenta y cinco por ciento de las plantas del planeta. Y, por lo tanto, sin ellas, morirían los animales herbívoros, luego los que se alimentan de estos, y, por último, al final de la cadena, los horribles humanos. ¡Santa Abeja! El mundo estaba en sus patas, y esos gigantes desalmados sólo se preocupaban de la miel y la cera que ellas producían.

Un día cualquiera, mientras el resto de sus hermanas estaba en el trabajo, algo espeluznante hizo que a Yuli se le erizara el aguijón: un enorme oso estaba merodeando por los alrededores olfateando el aire, seguramente, atraído por las reservas de néctar almacenadas en las cocinas del Panal Presidencial, donde vivía la Reina con las abejillas recién nacidas… ¡Era cuestión de tiempo que diera con el botín! Y esta clase de bichos no se anda con chiquitas… Si no hacía algo, el futuro del enjambre y, quién sabe si el de toda la humanidad… estaba en peligro.

¡Tenía que dar la alarma!

Voló a la máxima velocidad que le permitían sus minúsculas alas hasta la gran campanilla morada que servía para alertar al ejército de zánganos en caso de necesidad. Pero había un problema… Si era capaz de zarandearla con la suficiente energía, se liberaría todo el polen acumulado en sus anteras; y esto, además de atraer a los salvadores del reino, la mataría, tras la peor de las asfixias. Pero si no lo hacía… ¡la que estaría perdida sería la Reina!, y, en consecuencia… ¡toda la colonia!

Campanilla de emergencia

Con espanto, vio cómo la terrible bestia parda se paraba bajo el panal y se alzaba sobre sus dos patas traseras, intentando alcanzarlo con sus garras… Pocos centímetros le separaban ya de él, y estaba claro que, tarde o temprano, el tozudo animal lo conseguiría. ¡Ahora o nunca!, se urgió Yuli.

Cogiendo carrerilla, a la vez que contenía la respiración, envistió con todas sus fuerzas el pistilo de la flor de emergencias, generando una reacción en cadena que hizo vibrar los estambres como las cuerdas de un violín… ¡El polen salto por los aires!

Yuli trató con desesperación de esquivar la lluvia de partículas naranjas y amarillas que caían a su alrededor por todos lados, cortándole la salida… Le escocían como nunca los ojos y la falta de oxígeno la impedía casi moverse. Al final, sus defectuosos pulmones la traicionaron, obligándole a tragar una gran bocanada de aire envenenado… Mientras se desplomaba, jadeante, tuvo tiempo de ver cómo un enorme escuadrón de abejorros de aguijones afilados se dirigía como una flecha hacia el maligno animal, que, afortunadamente, aún no había conseguido derribar el Panal Real. Nuestra intrépida protagonista sonrió satisfecha, justo antes de que su garganta y sus párpados se cerraran…

Oso malo

Cuando Yuli despertó, la Abeja Reina la mecía en su regazo y la observaba muy de cerca con gesto preocupado.

Estoy en el cielo de las abejas, ¿verdad?, susurró la pequeña con voz ronca. Luego estornudó.

La Abeja Madre suspiró aliviada y, sin separar su mirada color miel de la de ella, dijo dulcemente: ¿Sabes por qué las Abejas Reina no salen casi nunca de la colmena, querida?

Yuli frunció las antenas al escuchar aquello. La verdad es que nunca se lo había planteado… La madre respondió a su propia pregunta, ante la cara de confusión de su niña:

Porque darían su propia vida por salvar a su amada familia. Y, además, guardan un gran secreto… -Dijo esto último acariciando el pecho a rayas de la joven, que respiraba aún con dificultad.- Y, ante unos ojos de idéntico color a los suyos, abiertos como platos, se lo reveló:

>>Son alérgicas a las flores, Princesa…

Abeja Reina

Desastres con encanto


Ni por un instante de los eternos siete minutos que tardé en subir por primera vez aquellos sesenta escalones de piedra desgastada, con veinte kilos de maleta en una mano y un paraguas empapado en la otra, mi mente sofocada se imaginó lo que ese ascenso a la torre más alta del castillo iba a significar para mí; desde aquella misma noche…

9 Spottiswoode

Pese a los incontables intentos que hice por conciliar el sueño en aquella fría habitación, inundada de mil olores y reflejos desconocidos que se colaban por las rendijas de su gran ventanal, no había forma de pegar ojo. Y, justo cuando creía que lo iba a conseguir por fin… sucedió:

Unos fuertes golpes en la puerta de entrada me sobresaltaron. Esperé, conteniendo la respiración, con la esperanza de que alguno de mis compañeros de piso, a los cuales aún no había conocido, se levantara a ver qué pasaba. Pero nada, allí no se movía nadie… Armándome de un valor que no me caracteriza, salí de la cama y luego al corredor helado. Descalzo y de puntillas me acerqué a la puerta. Y, justo cuando iba a pegar mi oreja a ella… Otros tres mamporros en la vieja madera casi me matan del susto, haciéndome soltar un grito desproporcionado, y casi caer de culo sobre la moqueta. En respuesta a mi pérdida de hombría escuché una risilla al otro lado del portón… Luego, un hipo. Abrí.

Allí había una chica de piel clara y pelo revuelto, tambaleándose. Tenía el rímel corrido bajo unos ojos azules que me observaban divertidos… Sin darme tiempo a reaccionar, mientras soltaba una retahíla de ebrias palabras en inglés (de las cuales sólo entendí “llaves” y “una palabrota”), me dio un rápido beso en la mejilla y un efusivo abrazo que por poco nos hace perder el equilibrio y caer al suelo. Después, en décimas de segundo se descalzó sin mucho preámbulo, dejando allí en medio sus botas mojadas; justo al lado de otros dos pares de zapatillas que estaban exactamente en la misma posición la izquierda de la derecha. Supe entonces que también eran suyas, y que debía de ser uno de sus catastróficos rituales diarios… Y no me equivocaba. Pero me sigue haciendo gracia.

Huella Rachel

La chica sin nombre me miró por última vez. Se llevó dos dedos a la sien a modo de saludo militar y subió las escaleras dando tumbos hacia la planta de arriba, donde debía de estar su cuarto.

Y allí me quedé yo. Como un pasmarote. Riéndome solo de aquel desastre por un buen rato…

Semanas después de aquello, siempre que le pregunto por la noche en que nos conocimos, Rachel responde que no se acuerda de nada… Pero, cada una de esas veces, me pide que se lo cuente de nuevo para volver a deshacerse en carcajadas.

Donde el viento me llevó


Siguiendo uno de esos clicks de los que os hablé hace poco, dejé atrás Madrid de nuevo. El engranaje que guía mis pasos se había vuelto a poner en marcha después de un eterno instante de inactividad. Edimburgo sería mi próxima parada. A saber por cuánto tiempo…

Con mi magullada maleta azul a cuestas, repleta de recuerdos como piedras, de tabaco y calcetines de invierno en pleno mes de junio, me planté en esta antigua ciudad, gris y verde a la vez, en busca del verano de mi vida. Como era de esperar, Ella me recibió con lágrimas como puños, que me empaparon de arriba abajo nada más bajar del avión. Afortunadamente, Dublín me había hecho resistente al llanto desconsolado… Así que sonreí y disfruté del olor a tierra desconocida y mojada.

Royal Mile Edinburgh

Lo primero que llamó mi atención fue que la gente que me rodeaba hablaba un idioma extraño; muy diferente al que yo había tratado de mejorar en Irlanda. Era una mezcla de japonés con alemán, pero hablado como para adentro, para más inri. Como podréis imaginar, sentí pánico.

A ver, no puede ser tan complicado, tranquilo… me dije. Y tenía razón: poco a poco comencé a discernir palabras sueltas en el idioma de Shakespeare, pero con alguna que otra consonante de menos y vocal de más. Me hice gracia a mí mismo (lo hago a menudo, por cierto) al compararme con el extranjerito que aterriza en “Cái”, pensando que le van a hablar en un castellano cristalino. ¡Güelcon, Quillo! jaja!

Los primeros días de reconocimiento, vagabundeé por los cientos de empedrados callejones desparramados a los pies de su Castillo de cuento de hadas; por sus grandiosos parques, a reventar de gaviotas y escoceses haciendo barbacoas al primer rayo de sol que se escapa entre las nubes; y por sus preciosas aunque oxidadas arterias principales, siempre mirando a ambos lados al cruzar, por puro instinto de supervivencia. (Sí, sigo sin acostumbrarme a ver a través de las ventanillas de los coches lo mal que conducen los perros y los niños en esta parte del mundo…)

Princes Street Edinburgh

Poco a poco van pasando las veloces semanas y vuelve a comprobarse que cualquier lugar se convierte en el más especial del universo, tan solo por tener buena gente alrededor con quien compartirlo. Porque, como dice mi padre: “Todo paisaje, estatua o monumento ha sido atrapado miles de veces por una cámara, y puedes encontrarlo en Internet sin necesidad de levantarte del sofá. Lo que los hace diferentes, únicos… son las personas que aparecen delante de ellos en tus fotos.”

Y, precisamente con esa especie de personas, pero de las buenas de verdad, he tenido la gran suerte de poder contar desde que puse el primer pie en esta tierra acariciada de forma constante por el viento. Bueno, y con amapolas gigantes… que es un detalle que también ayuda a ser inesperadamente feliz.

Amapolas gigantes Edinburgh

¡Click!


De un tiempo a esta parte, la palabra “valiente” revolotea alrededor de mis orejas sin llegar a posarse en ninguno de sus lóbulos. No lo hace, más que nada, porque siempre he sido consciente de que la valentía no es una de mis virtudes… De hecho, cuando la asocian a mi nombre, me tiemblan las piernas por un buen rato.

Nadie entiende que un león sin valor, pueda ser capaz de dar ni un solo paso en un camino de baldosas amarillas sin saber a ciencia cierta a dónde le llevará. Y no les culpo. Pero, se equivocan…

Camino de baldosas amarillas

No depende de tener agallas el navegar hacia sueños a la deriva; sino de anclas. Y yo, para bien o para mal, no las tengo. Ni unas, ni otras.

Ojo, no hay que confundir anclas con raíces… Pues de ésas sí que tengo, y siempre las tendré. Quizás ahí esté el secreto: que, en lugar de atarme a la tierra, esas raíces me dan alas. Alas para que un día, el menos pensado, pueda volver. Con las alforjas llenas de tesoros o con las manos vacías… pero vuelve, me susurran.

Así que, no se trata de valentía. Que quede claro. Pues, como dicen las malas lenguas: yo no doy puntada sin hilo. Es una simple cuestión de “clicks”… ¡Eso es! Hablo de ese tipo de chasquidos que resuenan cuando las piezas dentadas de un engranaje encajan de pronto, haciendo rugir la máquina al fin. A menudo se quedan en un golpecito seco, apenas audible, a no ser que pegues bien el oído al metal helado de la caja fuerte (normalmente de otro), mientras giras con suma delicadeza la rueda hasta dar con la combinación ganadora. Dos vueltas a la derecha: click. Cinco a la izquierda: click. Una más a la derecha… ¡click! Puerta abierta. Ahora sólo tú decides si miras dentro o si, por el contrario, la vuelves a cerrar sin atreverte siquiera a echar un vistazo en su interior; no vaya a ser que lo que descubras dentro no sea lo que esperabas. Que pasa con frecuencia, por cierto. Emocionante, ¿verdad?

Click

Lo que sucede es que esos clicks, en muchas ocasiones, son casi imperceptibles; otras les cuesta lo que nos parecen siglos dar la cara; y, cuando lo hacen… ya nos parece demasiado tarde y no queremos ni oír hablar de ellos. ¡Ahora no!

Os diré un truco que a este cobarde le funciona en esos casos en los que se siente demasiado sordo como para percibir las señales que le pone la vida por delante, ya sea para batirse en duelo… o en retirada: haced trampas.

Sí, con la excusa de aguzar los tímpanos… dad pequeños pasos hacia esos lugares que cada uno hemos sabido siempre que nos encantaría llegar… Porque, la mayoría de las veces, el único click que necesitamos para seguir avanzando, es el crujir de una rama bajo nuestros pies al Caminar.

Ssshhh… ¿Habéis oído eso?

¡Click!