El eslabón circular


Siempre se me ha llenado la boca diciendo que el amor era fortuito, una coincidencia, un atardecer de suerte en el que dos personitas se miraban a los ojos y a los labios sin venir a cuento, se decían a sí mismos “¿y por qué no?” y, ¡plas!, beso al canto. ¡Bienvenidos a una relación eterna con los días contados!

Sí, sí, hace años funcionaba así… Sólo dependía de algo tan grande e improbable como una alineación de planetas, o tan pequeño y simple como una mirada. ¡Y vamos que nos vamos! Pero hoy no… Hoy es una locura, una exceso de demanda frente a una oferta en números rojos; una ecuación de segundo grado en la que, después de estrujarte los sesos y el corazón durante más noches de las que nadie en su sano juicio debería ser capaz de soportar por ley, ese alguien que te quita el sueño y el habla, va y despeja la “x” sin preguntarte siquiera. Y, ¡vaya por dios!, esa “x”… eres tú. C’est la vie, mon ami!

Porque sí, porque con el tiempo todos nos volvemos más resabiados, más exigentes o simplemente más tontos (de los palos que nos hemos llevado en la cabeza y en la patata, casi con total seguridad), y creemos que el amor debe ser blanco o negro, o no lo queremos. Sin grises ni rosas intermedios. ¡Y así vamos fatal! En serio, escúchame, como sigamos forzando la máquina… nos extinguimos y vuelven los dinosaurios.

Sí, tú ríete, pero no sé si a ti también te habrá pasado alguna vez eso de darte cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, sólo porque has tenido la desdicha de enamorarte de quien no debías, te has convertido en un débil eslabón de lo que yo llamo (redoble de tambores y voz de ultratumba): “La cadena de amor disléxica”.  Me explico…

Tú eres Juani, ¿vale? Pues bien, Juani está enamorada de Eusebio. Pero, fíjate qué cosas, Eusebio está enamorado de Luisa, a la que conoció justo el día que él pretendía dejar de fumar. Pero nada más encontrarla tras el mostrador de aquel nuevo estanco, decidió que ya dejaría ese vicio en otra vida, porque quería tener la excusa de ver a diario a ese ángel caído del cielo patrocinado por Marlboro. Pero, claro, nadie es perfecto, y Luisa está enamorada de Mafalda, que a su vez está casada con Tomás -personaje que no nos importa en absoluto, porque su matrimonio fue por acuerdo entre familias y jamás quiso a Mafalda, sino a su prima Antonia del pueblo-.

Pues eso, que aunque Mafalda le pone ojitos a Luisa de vez en cuando, esta última tiene claro que Mafalda no piensa ni por asomo arriesgarse, por un ramalazo de pasión adolescente con ella (y por muchos tulipanes, girasoles y gladiolos sisados a su jefa que le regale cada martes por la mañana en la trastienda), a perder el apartamento de Marina d’Or que posee en bienes gananciales con Tomás. Pero, ¡ay, amiga!, otro gallo le cantaría a la floristera si la hiciese caso Julio, el conductor de La 441, ¿eeeh? Que, a todo esto, pasa de ella como de comer… dejémoslo en “tierra”, porque el muchacho está enamorado de Sebastián. Pero lo que Julio no sabe, es que Sebastián sólo tuvo aquel affaire con él en la cena de empresa de autobuseros de 2012 por despecho, en un intento desesperado y fallido de darle celos a Encarni, de quien lleva enamorado desde parvulitos; y a la que nunca se ha atrevido a declararle su amor al tener la certeza (porque le ha pagado muchas fantas, obviamente) de que está colada desde que el mundo es mundo… (y aquí viene el bombazo, agárrate a la silla, Juani)  ¡¡¡de ti!!!

Bueno, pues con este repaso del amor desorientado de mi barrio (pero amor fortuito y real al fin y al cabo, que sigue siendo el motor de todo) sólo te quería decir, mi queridísimo Piscis, que quizás debamos dejar de sentirnos el eslabón débil (que por si no lo sabías, es circular) y empezar a ser conscientes de que la vida suele estar en dirección contraria a la que hasta ahora creíamos de sentido único… Y si por lo que sea, ése tampoco fuera nuestro camino… recuerda que no hay mejor cadena, que la rota. ;)

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El tiempo no mata monstruos


Dicen que el tiempo todo lo cura. ¡Mentira! Yo más bien creo que lo que hace con ese “todo”, es diluirlo entre otras muchas cosas con el paso de los días. Es un truco, una distracción, una ilusión óptica… El monstruo de tu armario seguirá estando allí por mucha ropa sucia que le eches encima. Lo sabes, ¿no? De hecho, así es como perdemos a menudo, uno tras otro, los calcetines izquiedos de nuestros pares favoritos. Sí, siempre están ahí, al fondo: justo en el lugar donde no nos atrevemos a meter la mano…

Y que conste que esto te lo dice un cobarde hasta la médula; de ésos que prefieren salir corriendo cuando la cosa se pone fea y resguardarse en un rincón con la cabeza entre las rodillas hasta que pase la tormenta. Pero, tranqui, me lo estoy haciendo mirar, cucharada a cucharada… ;)

Es más, tengo claro que llegará un anochecer, en el que abriré de par en par ese maldito ropero, meteré el brazo hasta el hombro en él y sacaré por la solapa a la bestia escondida. Luego la miraré directamente a sus ojos inyectados en sangre; y aunque me muera de miedo al ver sus grandes dientes afilados, le soltaré (tratando por todos los medios de que no me dé un infarto): “Hola, mi nombre es Íñigo Montoya. Tú mataste a MI calcetín… ¡Prepárate a morir!”. Y se acabó.

Lo sé, estarás pensando que por hacerme el héroe, en el mejor de los casos perderé algún dedo en el intento… Pues ¿sabes qué te digo? Que los dedos arrancados de cuajo sí se curan con el tiempo (y mucha mercromina), pero los corazones rotos, no. Porque éstos sólo sanan si dejamos que estallen antes de convertirse en piedra, para que su onda expansiva de mariposas enfadadas haga pedazos a esos ladrones de minutos, horas, años… ¡Ya me he hartado de huir de lo que más quiero, aunque me aterrorice! Y si muero, que sea con mis calcetines de la suerte puestos. ¡Sólo porque son míos!

Venga, valiente, extiende el brazo con la palma de la mano hacia arriba, flexiona sobre ella varias veces los dedos (que te queden), a lo Bruce Lee, y grita con todas tus ganas: “¡Eh, tú, bicho!, ¿a qué estás esperando? ¡Ven a por mí, que no tengo toda la vida!”

Porque la mayoría de las veces, el tiempo no mata monstruos… los alimenta.

40 Luciérnagas en la tarta


40 años después, justo un 16 de marzo, me he quedado sin palabras… Y, ¿cómo no?, sólo lo ha podido conseguir Mi Ejército de Luciérnagas Supernovas. ¡Gracias, familia y amig@s, por tanto amor, tanta ilusión y tanta emoción! ¡¡¡No se os puede querer más!!!

Hoy, viniendo a cuento más que nunca, la palabra es vuestra… ¡Sois alucinantes!:

Érase una vez, un chico color “azul princesa”. Un guionista novel en adopción, con la cabeza llena de letras.

Sus historias recién nacidas vivían en un mundo aparte, en interminables noches de vino, rosas y risas; entre palabras increíbles.

Andaba siempre caminos de baldosas de arenilla… para que nunca se le metiera una rutina en el ojo.

Era un cazador de sueños, un incesable contador de cuentos a cámara lenta, de hechos reales que abrillantaba con cuatro capas de barniz.

Se preguntaba continuamente cosas como: ¿dónde nacen los besos?, ¿dónde están las amapolas esta primavera?, ¿he sido infiel a ese mocoso insolente que jugaba a ser mayor?

Le gustaba endulzarse el café con polvo de estrellas, mientras planeaba viajes de ida a ninguna parte en busca de esa luz en la oscuridad; de esa chispa, de ese resplandor que te lanza sin remedio a la aventura de una vez por TODAS.

Se esforzaba en poner neuronas en su corazón y mirar para otro lado, mientras descontaba latidos para evitar mirar la cara oculta de la luna.

Una de esas mañanas de días rojos, en los que la rutina le atrapaba, uno de esos días de mierda, miró por la ventana, le dió el último sorbo al café y gritó: ¡maldito paraíso!, ¡se acabó rendirse al miedo!, ¡ahí te quedas!

Colgó un cartel bien grande en lo alto de su atalaya que decía así: “Se alquila zona de confort”. Dejó una breve nota encima de la mesa que empezaba con un típico “Queridos papá y mamá” y que terminaba con un misterioso “lo que solo yo sé”…

Corrió a por la maleta, tiró su bote caducado de pastillas para no amar, y metió cuidadosamente su capa de Supermán, unas cuantas estrellas que encontró en el trastero, y todos los sueños que le quedaban. ¡Más vale un “por si acaso” que un “yo creía”!, se dijo.

Bajó las escaleras de dos en dos, abrió el buzón con valentía, y allí estaba: ese misterioso sobre en blanco, en el que se leía “sólo abrir en caso de que no se acabe el mundo”.

Dejó el sobre en el rellano de la escalera, salió por la puerta grande, con el alma llena hasta los topes de entusiasmo, soltando lastres y sin echar la vista atrás.

No sabía qué le iba a deparar el futuro, derritió la punta del iceberg con su mechero y decidió no seguir esperando detrás de ningún café. ¡Había llegado la hora! Debía cambiar la melodía gris, cantarla en clave de sol, y borrar de una vez todos aquellos recuerdos fotosensibles. Ni siquiera sabía dónde ir, pero algo había hecho click por fin dentro de él. Sólo le quedaba una frase en la que quedarse a “vivir a muerte”.

Y de aquella forma tan sencilla, cambió su rumbo. ¿Había empezado a madurar? Sí, pero a madurar de la risa. Esos cantos de sirena nunca más le volverían a repetir aquello de: ¡Te vas a quedar con las ganas, idiota! Y decidió ir sólo dónde el viento le llevara, dejar de andar como pollo sin cabeza y encontrar el “Donde fueres, haz lo que vieres”. Se repitió mil veces “Yes you can”, hasta que los dos millones de hispanos… hablaron en cristiano, dejó su Oda a la soledad, en la que tanto se refugiaba y escribió su curriculum invertido.

Desde entonces, puede que si le ves pienses que es una simple mariposa, una flor que escapó de su maceta. Tiene la certeza de que hay amores de maniquí, pero que él sólo se entregará a los amores que matan. Puede contarte mil historias, sobre cosas que sucedieron (o no), relatarte cuentos sin fin sobre las aventuras de una abeja alérgica a las flores, a la que nunca le darán las doce.

Si tienes la suerte de cruzarte con él, rétale a un duelo al amanecer. Él cantará para ti sin tapujos, lo mismo un “Let it go” a todo pulmón que un “All you need is love” con coros incluidos. Cualquier cosa que le haga disfrutar la vida al máximo, porque de eso nunca tendrá suficiente, porque queda mucho para Julio y porque mañana podría estar muerto.

Sólo hay algo que él aún desconoce. No sabe que ha conseguido que veamos con sus ojos, que encontremos las dos caras de la moneda. No sabe que nos ha enseñado que reír no alarga la vida; la agranda. A comprender que las luciérnagas no saben que brillan, que sólo avanzan porque ven lo que tienen delante.

Si alguna vez te topas con él, entenderás -con una hora de retraso- que para llegar tarde siempre hay tiempo. Te habrá abierto su puerta giratoria a “lo importante de lo importante”, y habrás aprendido que a veces en la vida necesitaremos ¡más madera!, y otras veces, menos.

Con su luz, nos ha ido convirtiendo en luciérnagas de asfalto y nos has regalado el jarabe perfecto, el remedio que todo lo cura. Para que todos, absolutamente todos sus seres importantes… ¡brillemos!

Sí pequeño jovencito azul princesa, ¡eso has hecho!.
¿No nos crees?
¡Ahora!, ¡ya!, ¡en este instante!, ¡ha llegado el momento!
¡Deja de escuchar estas letras y mira a tu alrededor!, pregúntanoslo a los ojos, y grita ¡Ultreya!

Porque aunque tú no lo sepas… ¡TE QUEREMOS SIN VENIR A CUENTO!

Voz: Ían Rosendo Aranda

Estrella Polar


Hay estrellas preciosas y únicas que nos observan desde lo alto sin importarles nada más que nosotros. Da igual lo que hagamos: bueno o malo, justo o injusto, bonito o feo… siempre nos perdonan, siempre nos admiran. Sí, brillan con todas sus fuerzas, cambian hacia nuestro color favorito y titilan eufóricas para llamar nuestra atención cada vez que miramos al firmamento buscando una razón para seguir adelante, una señal. Pero lo hacen en vano. Porque no las vemos. Porque no funciona así, desgraciadamente…

Solo abrimos la boca asombrados cuando nos deslumbra una de esas otras Estrellas Fugaces que cruzan el universo a toda velocidad, sin ni siquiera fijarse en nuestras caras de tonto. Y nos autoconvencemos de que son las que llevábamos esperando toda la vida, eclipsando por completo el baile de las que encontramos ya hace mucho tiempo: nuestas Estrellas Polares. ¿Por qué seremos tan simples? Perdemos nuestra mirada en la estela de esas luciérnagas de temporada porque parecen resplandecer más, tan solo por ese efímero fogonazo que se les cayó a nuestro lado sin querer. Y despreciamos el calor de las que alumbran con sus tímida luz azul nuestro camino a diario, por muy fundidas que tengan ya sus alas de cera. Qué mal, joder, qué mal…

Pero ¿sabéis lo peor? Que llegará la noche en que esa Estrella Fugaz se vaya a otro planeta más interesante que el que nosotros le ofrecemos. Y cuando gritemos con desesperación el nombre de nuestra Estrella Polar a un cielo ahora completamente negro, tampoco la encontraremos. Porque también se habrá marchado para no volver, cansada de ser invisible ante unos ojos ciegos.

¡Feliz Día de los Desenamorados!


Corren tiempos difíciles para el amor. Cada 14 de febrero, puntualmente, tengo la mala costumbre de mirar alrededor buscando parejas de enamorados que me sirvan de impulso para seguir al pie del cañón en mi búsqueda particular. Pero 365 días tras 365 días, cuando giro la cabeza a un lado y al otro en los semáforos, cada vez veo menos referentes a los que agarrarme. El mundo se va al traste. Y por nuestra culpa. Porque estamos dejando de amar por decisión propia. ¡¿Pero estamos tontos o qué?!

Sí, definitivamente es eso. Hoy vivimos en un universo extraño, donde hacemos difícil lo fácil; donde nos hemos tragado sin rechistar esa leyenda urbana de que el amor nos hace débiles y que nuestra fortaleza está en ser independientes; donde hacemos el amor antes de estar enamorados…

Ni tú ni yo queremos sentirnos vulnerables, expuestos a que nos partan el corazón. (O a partírselo nosotros, evitándonos así tal responsabilidad.) Hemos dejado de creer en él. Y si por gracia divina lo encontramos, no nos esforzamos en absoluto en conservar algo tan valioso. Lo damos por sentado. Lo tapamos bajo la alfombra. Nos atrevemos incluso a posponerlo en ese calendario que se está quedando sin hojas. Como si fuéramos a vivir para siempre. Como si nadie pudiera adelantarnos por la derecha. Como si nos fueran a esperar toda la vida… Lo asfixiamos poco a poco como a un pobre gusano en una caja de zapatos; sin darle la oportunidad de convertirse en mariposa: majestuosa o despeinada, de alas enormes o minúsculas, efímera o eterna. Pero al fin y al cabo, mariposa. Nuestra mariposa. ¡Seremos cobardes!

Cada vez nos avergüenza más regalar flores, y no entiendo el porqué. Creo que el que tiene las agallas de ir por la calle con un ramo de rosas en ristre, y la cabeza y la sonrisa bien altas, se merece sin duda el segundo puesto en el pódium de los valientes. (El primero corresponde al que da el primer beso, como he comentado en alguna ocasión.) Nos horroriza el qué pensarán, cuando lo único que podemos conseguir llevándolas con orgullo es avivar llamas que nunca debimos dejar que menguaran, que es lo importante. Y lo que pueda opinar el resto, debería darnos igual. Porque a esas risillas de “menudo pringado”, les siguen las miradas perdidas de “ojalá me las regalasen a mí”.

Es más, de un tiempo a esta parte, está mal visto incluso brindar palabras que solo pretenden transmitir el lado bueno de las cosas. Todo se coge por el que quema, que es lo que está de moda. No podemos llamar príncipes a los hombres de nuestra vida porque, por lo que se ve, a todos se les destiñe el azul turquesa al tercer lavado; ni princesas, a las mujeres, también de nuestra vida, porque ahora se interpreta como una ofensa imperdonable…  ¡¿En serio?! Esto está pasando de castaño oscuro, señoras y señores. Y les aseguro que ese es un color la mar de feo para los vestidos de las hadas y los hados de los cuentos de final feliz que tanto echa de menos este planeta de seres casi vacíos, al borde de ganarse su propia extinción a pulso.

No sé vosotros, pero yo creo que deberíamos aprovechar este día (pese a que los odiadores-de-todo-y-de-todos digan que lo inventó El Corte Inglés) para pulsar el botón de reiniciar sistema, empezar de nuevo a creer en el amor verdadero y partirnos la cara por él -y los corazones que hagan falta, incluidos los nuestros-, de una vez por todas.

¡Menos madera!


Si hace dos semanas escasas estaba aquí mismo haciendo apología de coger trenes que solo pasan una vez en la vida, sin importarnos qué nos esperará en el lugar de destino… hoy os digo todo lo contrario: que si se tienen que ir, que se vayan sin nosotros dentro, ¡a la mierda! (Para que veáis lo difícil que es a veces ser yo… jaja!)

Porque sí, porque ya solo faltaba que tuviésemos que correr detrás de trenes (que probablemente no vayan a ninguna parte, además) y encima exigiéndonos que les roguemos para que nos dejen sentarnos en sus sillones de escay; como si fuesen los únicos en los que plantar nuestro precioso culo y ver nuevos paisajes por la ventanilla.

¡Que no, hombre, que no! Somos nosotros los que pasamos una vez en la vida, ¡leñe! Y si no nos quieren… son ellos los que nos pierden. Y no al revés. He dicho. ;)

Y así, amiguit@s, es como se levanta una luciérnaga un día de viento huracanado…

La niña que escribía cartas que nunca enviaba


Pese a estar seguro de que ella lo hacía con la mayor de las delicadezas para no molestarme a las tantas de la madrugada, a menudo me despertaba el rasgar de una hoja al ser arrancada de la espiral de su cuaderno de rayitas. “Ojalá yo también pudiese soñar así de alto, donde nada sea capaz de hacerme bajar”, me decía algunos amaneceres con ojillos cansados. Yo por aquel entonces no sabía a qué se refería. Y para cuando lo descubrí… ya era demasiado tarde. Espero poder perdonarme algún día.

Al principio, cuando la sorprendía en mitad de su ritual nocturno y le preguntaba que qué escribía, ella siempre respondía: “Cosas que no interesan a nadie, bobadas… pero que a mí me ayudan a llamar a los sueños si me desvelo”. Hasta que un día dejé de preguntarle… Y a partir de ahí, cuando sucedía, me limitaba a quedarme inmóvil, fingiendo dormir, conteniendo la respiración y las pestañas para no perderme ni un solo gesto de esa niña que inventaba mundos a los que escapar cada noche de insomnio. Mi niña. Mi mundo. (Ahora que lo pienso, creo que alguna vez me pareció verla llorar… Pero nunca dije nada por no romper su intimidad, convencido de que eran lágrimas de emoción. ¡Seré estúpido!)

Me podía pasar horas observándola sin que ella se diese cuenta: alumbrada por la luz de una vela con olor a vainilla, mordiéndose la lengua y mirando a través de sus gafas de cerca muy concentrada. Decía que con ellas estaba muy fea y que no quería que la viese cuando las llevaba puestas. Era cierto que quizás le quedasen un pelín grandes sobre su naricilla de botón, por lo que cada dos por tres se le resbalaban y tenía que ajustárselas de nuevo con fastidio. Pero a mí me parecía que estaba preciosa.

Un día encontré por casualidad aquel cuaderno oculto bajo el amasijo de ropa interior de nuestro cajón desastre compartido. He de reconocer que alguna vez tuve la tentación de echarle un vistazo, pero os juro que jamás lo hice; aunque ahora me castigue por no haberlo hecho cuando tuve la ocasión… Hallé su escondrijo buscando el par de calcetines que ella me había regalado por nuestro primer aniversario: eran demasiado coloridos y desiguales, pero me los había tejido con tanto cariño… que yo me los ponía sin falta cada vez que tenía una entrevista importante. Siempre pensé que me traían suerte al haber salido de sus manos y su ilusión. Y aunque ella me repetía que la suerte no estaba en las cosas sino en las personas como yo, no la quise creer nunca, y lo seguía haciendo por si acaso. (Miento, me los ponía en realidad porque me encantaban las carcajadas que soltaba cuando veía lo ridículo que estaba con ellos. Pero guardadme el secreto…)

Una mañana, al despertar, descubrí que no estaba a mi lado. La busqué por todos los rincones del que se había convertido en un piso hueco, muerto. Pero nada, se había ido… Revolví nuestro lejano universo buscando una pista, hasta que encontré su desnutrido cuaderno bajo la almohada. Encima de él, mis calcetines de la suerte. Dudé si abrirlo por unos largos minutos. No estaba seguro de si quería saber o no qué había dentro. Al fin lo hice: tras la tapa de cartón solo quedaba una página con la mitad de los flecos desgarrados (supongo que se arrepintió a medio camino de arrancarla por completo, por temor a llevarse también mi cordura entre sus alas de mariposa). Y en ella, escrita con caligrafía irregular y emborronada en algunas partes, la primera y última carta que ella me envió en toda su vida. Una carta de despedida:

“Perdóname, cielo, perdóname. Debería haberte enviado las cartas que te escribí cuando te sentía tan cerquita, a un palmo de mis miedos. Lo siento. Todo hubiera sido diferente. Porque sí, eran bobadas, cosas que no interesaban a nadie… salvo a ti. Ahora lo sé. Porque me quitaban el sueño, y por mucho que he buscado en mis mundos inventados, yo sola no he encontrado la fórmula mágica para recuperarlo sin romper el tuyo. Me muero de pena al pensar que si te las hubiese dejado leer, tan solo una de las tantas veces que me lo pediste, probablemente habrías encontrado la manera de subirme en tu cometa sonámbula. Pero no lo hice. Y ya no hay tiempo. Hoy he dejado de soñar contigo… Perdóname, cielo, perdóname.”

EPÍLOGO: Cerré el cuaderno sobre mis rodillas, al igual que los ojos. Y con un extraño nudo en el pecho, atado a partes iguales por cuerdas de tristeza, orgullo y felicidad que solo ella hubiera sido capaz de desenredar, susurré: “¡Sueña alto, pequeña, sueña alto! Hasta donde nada ni nadie pueda bajarte nunca. Ni siquiera yo”.