Recuerdos Fotosensibles


Como cada año por estas fechas, las fotografías clavadas con chinchetas en el corcho de mi pared han comenzado a combarse… Sé perfectamente que es debido a la reacción química producida por el calor en sus células fotosensibles (como sabrá cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad y acceso a la sabia wikipedia); pero yo prefiero pensar que es porque mis recuerdos son tan geniales que cada día pesan más. La gravedad y los años… Ya sabéis.

He llegado a la alegre conclusión de que soy como Dory, ese pececito-chica azul que lleva unas semanas chapoteando y saltando de pantalla en pantalla de cine, haciéndonos reír y emocionarnos tanto a los niños. Sí, me olvido de las cosas. Miento. Me olvido de las cosas malas. Pero tranquilos, este problemilla convierte las Buenas, por minúsculas que sean, en gigantescos momentos difíciles de borrar de este cerebro y corazón medio llenos. Como el vaso.

Sigue nadando

No te engañes, cenutrio, diréis. Y, ¿por qué no?, os digo yo. ¿De qué puede servir un recuerdo malo, además de para calzar una mesa? O mejor aún: para apilarlo encima de los otros en el suelo y subirte, llegando así a alcanzar los Buenos. Ésos que suelen estar en las baldas más altas de la estantería.

Quizás ése sea precisamente el motivo por el que se comban mis fotos, al igual que se me doblan los recuerdos. Para que las pueda mirar desde abajo embobado, cuando más lo necesito, y pensar: “Hay que ver… qué pedazo de vida estoy teniendo. Tú sólo sigue nadando, sigue nadando…”

¡Sí, quiero!


Jamás podré olvidar aquel Sí…

Tras dar cien mil vueltas en su busca, justo cuando estaba a punto de perder la esperanza… apareció. Y allí estábamos los dos: el uno al lado del otro, muy juntos. La miré. Me miró. Yo, gesticulando con una mano, no pudiendo esconder mi nerviosismo, dejé escapar mi pregunta en un susurro; casi sin voz…

Aquellos eternos segundos y la indiferencia reflejada en su mirada, casi acaban conmigo… Pero, al fin, leí en sus labios aquellas preciosas dos letras, mientras mi ángel asentía con una gran sonrisa y me dejaba ver tras la ventanilla cómo daba el intermitente… haciéndome el hombre más feliz del mundo.

-Perdona… ¿Te vas?

;)

anillos

Luciérnagas de Asfalto


Las Luciérnagas de Asfalto existen. Creedme. Las he visto, escuchado, e incluso tocado; aunque olerlas es lo que más me gusta. Son tierra mojada. Son regaliz. Son perfumes de mujer que te transportan a pasados que habías olvidado. Te traen paz en medio de tanto caos, tanto ruido, tanta velocidad. Te besan en los labios cuando te vuelves de cemento, cuando notan que tu corazón se está enfriando. Te derriten. Te salvan del miedo a menudo, recogiendo tu toalla del suelo y susurrándote “levántate”.

A las Luciérnagas de Asfalto no se las puede llamar. Ellas te encuentran a ti. Simplemente aparecen. Están ahí cuando más las necesitas, bailando entre los grises edificios que nublan tu ciudad, tu mente… Esos mismos que no te dejan ver el sol, y que, con toda seguridad, tú has ayudado a construir frente a tu ventana. Son psicólogas sin título colgado en la pared; con despacho en los bares, parques, camas y norias de feria. Cobran en cervezas, carcajadas, pipas de calabaza y furtivas miradas de gracias.

Pero las Luciérnagas de Asfalto son también frágiles. Sí, están hechas de un cristal finísimo para dejar pasar la luz; de un vidrio vapuleado por la polución y tristeza de los otros. Así que, trátalas con suma delicadeza cuando se te acerquen. Cuídalas. Eso es. Cuídalas como si su resplandor dependiese de tu alegría, de tus caricias, de tus palabras de perdón. Observa sus fisuras. Después atúsales el pelo y lame sus heridas, aunque te quemes la lengua y las manos. Porque si no lo haces a tiempo, terminarán rompiéndose en mil pedazos, apagándose para siempre.

¿Quién sabe? Quizás, esa figura desnuda que se refleja en tu espejo, brillando de forma intermitente… sea una de Ellas.

Luciérnagas de Asfalto

Matando el tiempo


Cuando te quieres dar cuenta, aquellos sueños quedaron atrás; con suerte, hechos realidad. Se alejan. Sí, se aleja la noche en que aquella estrella fugaz te despertó, sembrando en el jardín de tus cosas por hacer una semilla nueva. Adiós a ese sentimiento de duda; a ese por qué voy a arriesgarlo todo para hacer que germine este fruto… Sólo, porque lo he soñado.

Queda atrás el momento en el que soltaste el ancla, con manos temblorosas, luchando contra tantos y tantos “no lo hagas”, “valora lo que tienes”, “te vas a arrepentir”… Se te olvida el momento en el que te tapaste los oídos y conseguiste no volver la mirada hacia aquella pisoteada orilla, para que nadie viese el miedo reflejado en tus ojos.

Poco a poco, se va filtrando entre los pliegues de tu cerebro el brillo de aquel tesoro que encontraste al final del camino; esa euforia por haberlo logrado contra todo pronóstico… Se diluye hasta el dolor de tus huesos, neuronas y músculos, producido por el esfuerzo que te costó llegar hasta él.

Todo pasa.

Se pierde en el horizonte el día en el que, con el corazón, la mente y el ego hinchados, volviste. Ése en el que el engranaje que hace girar el reloj te masticó, con ansia, de nuevo entre sus dientes romos. De nada sirvió que pedalearas con fuerzas renovadas. Al final te dejaste mecer entre sus fauces, para convertirte en un recuerdo más.

Hoy miras hacia atrás y tus huellas están siendo borradas por el alzhéimer de un mundo que no da tregua. Miras hacia adelante y, una vez más, ya nada existe. Entonces cierras los ojos, tratando de dormir, poniendo todas tus esperanzas en que una nueva estrella fugaz cruce tu noche desvelada.

Por fin surca el techo de tu cuarto. Te asusta, pero la deseas. Reúnes todo el valor que habías olvidado que tenías, y la persigues hasta darle caza, aun sabiendo que te matará un poco más cada día. Pero sonríes, porque, también sabes, que si no lo hiciera ella… te matarían las ganas.

contando estrellas

De amores y miedos


Mi forma de ver el mundo ha cambiado. He empezado a escucharlo. Mis historias ya me conocen demasiado bien, así que, mi pluma, como una vara zahorí, me guía ahora hacia los ombligos de los otros, nutriéndome de nuevas ideas… Probadlo.

Salí por la boca de Metro de Sol, pensando cómo podía esquivar las hordas de comerciales de ONGs que te abordan sin piedad de camino a la Plaza de Callao, pues era allí donde había quedado con ella. Cascos de música en los oídos y gafas de sol cubriendo los ojos, fueron mi primer escudo de defensa. Si tú no oyes sus súplicas y ellos no adivinan tu mirada de póquer, es siempre más fácil no tener misericordia con el enemigo.

Alcé la vista. Allí estaban, estratégicamente colocados, sin dejar escapatoria posible, a lo largo y ancho de la Calle Preciados. Clavé de nuevo los ojos en el empedrado del suelo y comencé a andar a buen ritmo y, como un quarterback de fútbol americano, empecé a driblar a los jugadores del equipo contrario. Una yarda, dos, tres… La cosa iba muy bien. Si no perdía la concentración, nada podría impedir que anotara un touchdown en los cuatro minutos que me separaban de la línea de fondo, donde esperaba mi premio.

Pero cometí un error. Al hacer un movimiento brusco para zafarme de una chica armada con una carpeta naranja, una sonrisa Profident y unos inmensos ojos azules que habían fijado su objetivo en mi debilidad… me topé de frente con otro pequeño muchacho que hincó su mirada en el reflejo de mis gafas, y yo en su cara de clemencia. ¡Maldición, había caído en una emboscada!

Perdona, pero tengo mucha prisa”, le dije demasiado alto, pues no oía mi propia voz debido a la música que gritaba en mis orejas. “Yo no.”, pude leer en sus labios, amoratados por el frío. Me quité los cascos, como un acto reflejo de humanidad. Estaba perdido…

-De verdad, que no puedo pararme…

-No te preocupes. ¿Te importa que te acompañe? Me vendrá bien andar un poco…-respondió, frotándose los brazos.

Encogiéndome de hombros, retomé mi camino calle arriba, con mi nuevo amigo a la zaga. Vale que me había ganado el primer round, pero no iba a ponérselo fácil. El muchacho, situándose a mi altura en un santiamén, empezó a tratar de llamar mi atención, hablando de que ellos eran como las flores en primavera, saliendo de lugares inesperados, para dar un toque de color entre tanto gris. Sin pensarlo demasiado, yo respondí que era alérgico a las flores…

En lugar de ver rodar su cabeza por los adoquines como yo esperaba, él rió mi ocurrente bordería, haciéndome esbozar una sonrisa de triunfo, bajar la guardia y ralentizar mi paso. Entonces comenzó a narrar historias de aldeas infantiles, niños tristes y gente bondadosa. A la altura de El Corte Inglés no lo soporté más, y me detuve en seco.

-Mira, te voy a contar mi situación rápidamente para no alargar la agonía, ni hacernos perder el tiempo el uno al otro -solté un poco ofuscado, mientras el chico me observaba divertido. Obviamente, estaba orgulloso de haber conseguido que me parase a hablar con él-. Después de diez años de carrera profesional, he reseteado mi vida para empezar de cero, persiguiendo un sueño… Así que no tengo un puñetero duro. Lo siento. De verdad.

Después de escupir esta frase, el chico se quedó pensativo, en silencio.

Sin entender aún por qué demonios le estaba contando mis miserias e ilusiones a un total desconocido, volví a ponerme en marcha. Y él, por supuesto, también.

-¿Sabes?, hay decisiones que se toman desde el amor… y otras desde el miedo. -dijo el chaval según llegaba a mi altura, con toda la tranquilidad y seguridad que le permitía hablar en plena persecución.

De amores y miedos

Estas palabras produjeron un cortocircuito en mi encabritado y congelado cerebelo, mandando a mis pies y mis piernas una orden contradictoria. Clavé mis pies en el suelo helado y, quitándome las gafas de sol, busqué su mirada, preguntándole que qué quería decir con eso… Estaba muerto.

-Fácil -sonrió-. Tú has tomado esa decisión desde el amor, desde la pasión… No puede salir mal.

-Pero…

-Pero nada. La mayoría de las personas toman decisiones importantísimas desde el miedo, conformándose con el camino sencillo… Con la infeliz vida que les ha tocado. Pero tú no. Tú no.

Un leve “gracias…” salió de mis labios contrariados.

Tras contemplar por unos segundos las chispas que debían de estar saltando de mi cráneo, a punto de quemarme el pelo, el comercial de la ONG volvió a hablar:

-Son sólo diez euros al mes…

Levanté los ojos al cielo, sin poder creer lo que acababa de escuchar… Al ver mi reacción, el jovial muchacho no pudo contener una carcajada.

-Tenía que intentarlo… -dijo entre risas, a las que yo también me uní. Luego prosiguió:- Desde el amor, recuerda. Siempre.

Entonces, el chico me ofreció su mano para que se la estrechara, a modo de despedida, diciéndome su nombre y que le había encantado charlar un rato conmigo. Yo lo hice con cariño y agradecimiento, al tiempo que le revelaba el mío.

Cuando quise darme cuenta, Pedro ya estaba andando calle abajo dando graciosos saltitos, mientras se perdía entre una marabunta de gente que disimulaba, tratando de esquivarle… Por supuesto, todos lo hacían desde el miedo… Pero sólo yo lo sabía.

Entre bambalinas


Olvídate de mí. Olvida todo lo que fuimos y lo que pudimos haber sido. Ya no existimos. La palabra nosotros, se nos perdió entre las sábanas de aquella cama deshecha mil veces.

Lo sé… Cada día que pasa, yo también veo cómo esos recuerdos que inventamos entre los dos se vuelven más y más bonitos, alegres, perfectos. Sí, y que no cuesta nada llevarlos en el pecho… porque no pesan. Pero creo que tienen parte de mentira, y la mentira tiene las patas muy cortas y las caricias muy largas.

Olvídate de mí, por favor. No le hables de quién era yo. No le cuentes que te dejabas ganar siempre que jugábamos a ser mayor. Sólo por placer. Para sentir el castigo de mis manos y el indulto de mi boca; para verme cobrándome tus pecados… fotograma a fotograma.

No le digas que teníamos planes a cien años vista, de sofá y manta, de abrazos y arrugas; donde seguiríamos disfrutando de nuestros silencios juntos. Que no sepa ni tan siquiera mi nombre. En tus labios suena demasiado bien: a caballero de armadura brillante y corcel blanco. Si lo haces, él lo odiará cada vez que lo pronuncies, aunque sea al estornudar…

Olvídate de mí, amor. Nuestra historia es un cuento inacabado que no llegó a las estanterías de las librerías. Quizás porque gastamos demasiada tinta en los bellos dibujos que lo adornaban. Tinta azul, que se nos terminó antes de llegar a la última página. Pero qué paisajes…

Hazlo, pues yo juraré que te he olvidado… Aunque, en secreto, sabes que te esperaré cada noche entre bambalinas y sueños, justo en ese lugar donde nos encontró la palabra nosotros.

Entre bambalinas