Luciérnagas de Asfalto


Las Luciérnagas de Asfalto existen. Creedme. Las he visto, escuchado, e incluso tocado; aunque olerlas es lo que más me gusta. Son tierra mojada. Son regaliz. Son perfumes de mujer que te transportan a pasados que habías olvidado. Te traen paz en medio de tanto caos, tanto ruido, tanta velocidad. Te besan en los labios cuando te vuelves de cemento, cuando notan que tu corazón se está enfriando. Te derriten. Te salvan del miedo a menudo, recogiendo tu toalla del suelo y susurrándote “levántate”.

A las Luciérnagas de Asfalto no se las puede llamar. Ellas te encuentran a ti. Simplemente aparecen. Están ahí cuando más las necesitas, bailando entre los grises edificios que nublan tu ciudad, tu mente… Esos mismos que no te dejan ver el sol, y que, con toda seguridad, tú has ayudado a construir frente a tu ventana. Son psicólogas sin título colgado en la pared; con despacho en los bares, parques, camas y norias de feria. Cobran en cervezas, carcajadas, pipas de calabaza y furtivas miradas de gracias.

Pero las Luciérnagas de Asfalto son también frágiles. Sí, están hechas de un cristal finísimo para dejar pasar la luz; de un vidrio vapuleado por la polución y tristeza de los otros. Así que, trátalas con suma delicadeza cuando se te acerquen. Cuídalas. Eso es. Cuídalas como si su resplandor dependiese de tu alegría, de tus caricias, de tus palabras de perdón. Observa sus fisuras. Después atúsales el pelo y lame sus heridas, aunque te quemes la lengua y las manos. Porque si no lo haces a tiempo, terminarán rompiéndose en mil pedazos, apagándose para siempre.

¿Quién sabe? Quizás, esa figura desnuda que se refleja en tu espejo, brillando de forma intermitente… sea una de Ellas.

Luciérnagas de Asfalto

Matando el tiempo


Cuando te quieres dar cuenta, aquellos sueños quedaron atrás; con suerte, hechos realidad. Se alejan. Sí, se aleja la noche en que aquella estrella fugaz te despertó, sembrando en el jardín de tus cosas por hacer una semilla nueva. Adiós a ese sentimiento de duda; a ese por qué voy a arriesgarlo todo para hacer que germine este fruto… Sólo, porque lo he soñado.

Queda atrás el momento en el que soltaste el ancla, con manos temblorosas, luchando contra tantos y tantos “no lo hagas”, “valora lo que tienes”, “te vas a arrepentir”… Se te olvida el momento en el que te tapaste los oídos y conseguiste no volver la mirada hacia aquella pisoteada orilla, para que nadie viese el miedo reflejado en tus ojos.

Poco a poco, se va filtrando entre los pliegues de tu cerebro el brillo de aquel tesoro que encontraste al final del camino; esa euforia por haberlo logrado contra todo pronóstico… Se diluye hasta el dolor de tus huesos, neuronas y músculos, producido por el esfuerzo que te costó llegar hasta él.

Todo pasa.

Se pierde en el horizonte el día en el que, con el corazón, la mente y el ego hinchados, volviste. Ése en el que el engranaje que hace girar el reloj te masticó, con ansia, de nuevo entre sus dientes romos. De nada sirvió que pedalearas con fuerzas renovadas. Al final te dejaste mecer entre sus fauces, para convertirte en un recuerdo más.

Hoy miras hacia atrás y tus huellas están siendo borradas por el alzhéimer de un mundo que no da tregua. Miras hacia adelante y, una vez más, ya nada existe. Entonces cierras los ojos, tratando de dormir, poniendo todas tus esperanzas en que una nueva estrella fugaz cruce tu noche desvelada.

Por fin surca el techo de tu cuarto. Te asusta, pero la deseas. Reúnes todo el valor que habías olvidado que tenías, y la persigues hasta darle caza, aun sabiendo que te matará un poco más cada día. Pero sonríes, porque, también sabes, que si no lo hiciera ella… te matarían las ganas.

contando estrellas

De amores y miedos


Mi forma de ver el mundo ha cambiado. He empezado a escucharlo. Mis historias ya me conocen demasiado bien, así que, mi pluma, como una vara zahorí, me guía ahora hacia los ombligos de los otros, nutriéndome de nuevas ideas… Probadlo.

Salí por la boca de Metro de Sol, pensando cómo podía esquivar las hordas de comerciales de ONGs que te abordan sin piedad de camino a la Plaza de Callao, pues era allí donde había quedado con ella. Cascos de música en los oídos y gafas de sol cubriendo los ojos, fueron mi primer escudo de defensa. Si tú no oyes sus súplicas y ellos no adivinan tu mirada de póquer, es siempre más fácil no tener misericordia con el enemigo.

Alcé la vista. Allí estaban, estratégicamente colocados, sin dejar escapatoria posible, a lo largo y ancho de la Calle Preciados. Clavé de nuevo los ojos en el empedrado del suelo y comencé a andar a buen ritmo y, como un quarterback de fútbol americano, empecé a driblar a los jugadores del equipo contrario. Una yarda, dos, tres… La cosa iba muy bien. Si no perdía la concentración, nada podría impedir que anotara un touchdown en los cuatro minutos que me separaban de la línea de fondo, donde esperaba mi premio.

Pero cometí un error. Al hacer un movimiento brusco para zafarme de una chica armada con una carpeta naranja, una sonrisa Profident y unos inmensos ojos azules que habían fijado su objetivo en mi debilidad… me topé de frente con otro pequeño muchacho que hincó su mirada en el reflejo de mis gafas, y yo en su cara de clemencia. ¡Maldición, había caído en una emboscada!

Perdona, pero tengo mucha prisa”, le dije demasiado alto, pues no oía mi propia voz debido a la música que gritaba en mis orejas. “Yo no.”, pude leer en sus labios, amoratados por el frío. Me quité los cascos, como un acto reflejo de humanidad. Estaba perdido…

-De verdad, que no puedo pararme…

-No te preocupes. ¿Te importa que te acompañe? Me vendrá bien andar un poco…-respondió, frotándose los brazos.

Encogiéndome de hombros, retomé mi camino calle arriba, con mi nuevo amigo a la zaga. Vale que me había ganado el primer round, pero no iba a ponérselo fácil. El muchacho, situándose a mi altura en un santiamén, empezó a tratar de llamar mi atención, hablando de que ellos eran como las flores en primavera, saliendo de lugares inesperados, para dar un toque de color entre tanto gris. Sin pensarlo demasiado, yo respondí que era alérgico a las flores…

En lugar de ver rodar su cabeza por los adoquines como yo esperaba, él rió mi ocurrente bordería, haciéndome esbozar una sonrisa de triunfo, bajar la guardia y ralentizar mi paso. Entonces comenzó a narrar historias de aldeas infantiles, niños tristes y gente bondadosa. A la altura de El Corte Inglés no lo soporté más, y me detuve en seco.

-Mira, te voy a contar mi situación rápidamente para no alargar la agonía, ni hacernos perder el tiempo el uno al otro -solté un poco ofuscado, mientras el chico me observaba divertido. Obviamente, estaba orgulloso de haber conseguido que me parase a hablar con él-. Después de diez años de carrera profesional, he reseteado mi vida para empezar de cero, persiguiendo un sueño… Así que no tengo un puñetero duro. Lo siento. De verdad.

Después de escupir esta frase, el chico se quedó pensativo, en silencio.

Sin entender aún por qué demonios le estaba contando mis miserias e ilusiones a un total desconocido, volví a ponerme en marcha. Y él, por supuesto, también.

-¿Sabes?, hay decisiones que se toman desde el amor… y otras desde el miedo. -dijo el chaval según llegaba a mi altura, con toda la tranquilidad y seguridad que le permitía hablar en plena persecución.

De amores y miedos

Estas palabras produjeron un cortocircuito en mi encabritado y congelado cerebelo, mandando a mis pies y mis piernas una orden contradictoria. Clavé mis pies en el suelo helado y, quitándome las gafas de sol, busqué su mirada, preguntándole que qué quería decir con eso… Estaba muerto.

-Fácil -sonrió-. Tú has tomado esa decisión desde el amor, desde la pasión… No puede salir mal.

-Pero…

-Pero nada. La mayoría de las personas toman decisiones importantísimas desde el miedo, conformándose con el camino sencillo… Con la infeliz vida que les ha tocado. Pero tú no. Tú no.

Un leve “gracias…” salió de mis labios contrariados.

Tras contemplar por unos segundos las chispas que debían de estar saltando de mi cráneo, a punto de quemarme el pelo, el comercial de la ONG volvió a hablar:

-Son sólo diez euros al mes…

Levanté los ojos al cielo, sin poder creer lo que acababa de escuchar… Al ver mi reacción, el jovial muchacho no pudo contener una carcajada.

-Tenía que intentarlo… -dijo entre risas, a las que yo también me uní. Luego prosiguió:- Desde el amor, recuerda. Siempre.

Entonces, el chico me ofreció su mano para que se la estrechara, a modo de despedida, diciéndome su nombre y que le había encantado charlar un rato conmigo. Yo lo hice con cariño y agradecimiento, al tiempo que le revelaba el mío.

Cuando quise darme cuenta, Pedro ya estaba andando calle abajo dando graciosos saltitos, mientras se perdía entre una marabunta de gente que disimulaba, tratando de esquivarle… Por supuesto, todos lo hacían desde el miedo… Pero sólo yo lo sabía.

Entre bambalinas


Olvídate de mí. Olvida todo lo que fuimos y lo que pudimos haber sido. Ya no existimos. La palabra nosotros, se nos perdió entre las sábanas de aquella cama deshecha mil veces.

Lo sé… Cada día que pasa, yo también veo cómo esos recuerdos que inventamos entre los dos se vuelven más y más bonitos, alegres, perfectos. Sí, y que no cuesta nada llevarlos en el pecho… porque no pesan. Pero creo que tienen parte de mentira, y la mentira tiene las patas muy cortas y las caricias muy largas.

Olvídate de mí, por favor. No le hables de quién era yo. No le cuentes que te dejabas ganar siempre que jugábamos a ser mayor. Sólo por placer. Para sentir el castigo de mis manos y el indulto de mi boca; para verme cobrándome tus pecados… fotograma a fotograma.

No le digas que teníamos planes a cien años vista, de sofá y manta, de abrazos y arrugas; donde seguiríamos disfrutando de nuestros silencios juntos. Que no sepa ni tan siquiera mi nombre. En tus labios suena demasiado bien: a caballero de armadura brillante y corcel blanco. Si lo haces, él lo odiará cada vez que lo pronuncies, aunque sea al estornudar…

Olvídate de mí, amor. Nuestra historia es un cuento inacabado que no llegó a las estanterías de las librerías. Quizás porque gastamos demasiada tinta en los bellos dibujos que lo adornaban. Tinta azul, que se nos terminó antes de llegar a la última página. Pero qué paisajes…

Hazlo, pues yo juraré que te he olvidado… Aunque, en secreto, sabes que te esperaré cada noche entre bambalinas y sueños, justo en ese lugar donde nos encontró la palabra nosotros.

Entre bambalinas

Basado en hechos reales


San Valentín es todos los días

 

Amor, era presentarse el día de San Valentín en el colegio con una carta escrita a mano, repleta de frases robadas a canciones. Dedicación, era haberle arrancado con sumo cuidado todos los flecos a esa hoja de cuadritos, como si te fuese la vida en ello. Locura, era acompañar esos sentimientos a lápiz con un colgante de corazón bañado en oro de cero quilates, pero que a ti te había costado tres pagas semanales. Valentía, era entregarle tu declaración de amor a aquella popular chica, aun sabiendo que ella no recordaba ni tu nombre…

Eso, eso sigue siendo amor. Y, lo que no se le parezca… es otra cosa.

 

 

La última cita a ciegas


Cuando Dani me pidió que fuera en su lugar a una de las citas que cerraba con muchas de las chicas que conocía en internet, porque le había surgido otra mejor, creí que se trataba de una broma. ¡Y lo peor es que me convenció! Pero es que no conocéis a Dani… ¡Vendería helados de limón en el Polo Norte! Y ahí no queda la cosa… Justo antes de dejarme en la entrada del restaurante, va el desgraciado, y me suelta descojonándose: “Por cierto, Javier… No te preocupes por ser bastante más feo que yo, en serio… Ésta es una verdadera cita a ciegas, pues Lucía… lo es en realidad.

¡Seré estúpido!”, pensé yo, ya sentado en la mesa del fondo de aquel japonés, ¡con lo que odio el sushi!, esperando a alguien que no conocía de nada y que creía que yo era un pintor de éxito en EE.UU.; cosa que mi querido amigo le había contado para impresionarla.

Cuando la puerta se abrió y apareció aquella muchacha ciega, quise morirme. Era preciosa, de figura delicada y una tímida sonrisa en la cara. Me recordó a un hada, de esas pequeñas y graciosas que salen en las películas; con su vestido de verano verde por debajo de las rodillas y casi deslizándose al caminar. Os juro… que le faltaban las alas.

Me quedé observándola embobado, mientras el metre la traía del brazo hacia mí. Esperaba encontrarme los típicos ojos muy claros, casi transparentes; pero no: los suyos eran de un azul oscuro alucinante, enormes, fijos al frente. Me dio pena que no pudiera verse en ellos cada mañana, ni que yo tampoco fuese a hacerlo los próximos 70 años…

Sin saber muy bien cómo actuar, me levanté torpemente. Apoyé mi mano sobre uno de sus hombros desnudos, a la vez que le decía, un poco más alto de lo normal: <<¡Me alegro de verte por fin, Lucía…!>>. Ella dio un respingo al notar mi tacto y mis palabras muy cerca de su oreja perfecta. “¡Mierda! ¿Me alegro de verte? ¡¿Me alegro de verte?! ¡Seré imbécil!”, me increpé a mí mismo. <<Perdona… No quería decir “ver”…>>, intenté arreglarlo. “¡Cállate, joder!, ¡Cállate!”, volví a maldecir para mis adentros… Menos mal que ella rompió la tensión dándome un efusivo abrazo que me pilló por sorpresa, metiendo sus brazos por debajo de los míos y apoyando su cabeza ladeada en mi pecho por unos segundos. Luego, sin soltarme, dijo con voz dulce: <<Yo también me alegro mucho de verte… Daniel>>. Diosss… jamás había odiado tanto a una persona como lo hice en ese mismo instante a Dani, al escuchar salir un nombre que no fuera el mío de la boca de aquella chica increíble.

La ayudé a sentarse en su silla y nos pusimos a conversar, mientras esperábamos la cena. Yo la mentí sobre mis exposiciones de arte por América, tratando de explicarle mi estilo. (Creo que me pasé un poco cuando le describí, con todo detalle, el cuadro de “Los girasoles” de Van Gogh; como si fuera mío.) Ella me habló de su carrera de fisioterapia y de las ventajas que le aportaba su ceguera para la profesión. Yo, estaba fascinado.

Cuando el camarero nos sirvió, comencé a describirle los exóticos platos japoneses, con sus infinitos colores y formas,  tratando de indicarle dónde estaban colocados. Al principio, empecé a darle las coordenadas como si la mesita redonda se tratara de un reloj: “A tus 12 tienes la tempura. A las 3, el pescado crudo ése que me revuelve el estómago”… pero, viendo que ella soltaba una carcajada cada vez que utilizaba aquellos términos militares, de las cuales yo me iba enamorando una tras otra sin remedio, terminé guiando sus finas manos con las mías hacia los diferentes entrantes.

Mientras hablábamos de si habíamos hecho más veces lo de quedar con personas “a ciegas”, me pidió que le volviera a contar aquella historia, taaan divertida, en la que mi amigo Javier me había hecho ir a una cita en su lugar, pues le había dicho a la chica de turno que era mucho más alto y guapo de lo que lo era en realidad… Yo, que en ese momento estaba bebiendo, escupí el vino como un aspersor, pulverizándolo sobre el cristal del acuario de peces de colores que flanqueaba la mesa… “¡Será cabrón!”, creo que hasta dije en voz alta.

Al tratar de coger una servilleta de la mesa para limpiar el estropicio, volqué la botella de Ribera en dirección a Lucía, salpicándole el vestido. Ella, lejos de enfadarse, se levantó de un gracioso salto, intentando claramente esquivar el riachuelo escarlata que corría amenazante por el mantel hacia ella… Ante mi atónita mirada, rebuscó en su bolso hasta encontrar un paquete de pañuelitos de papel, comenzando a limpiarse las manchas del vestido sin parar de reír… De pronto, se paró en seco y se puso pálida. Luego levantó la vista de su falda, mirándome fijamente, con gesto avergonzado… ¡Pero qué ojos! Y encima… veían.

Me levanté con tranquilidad de mi silla, muy serio. Bordeé la mesa hasta ponerme frente a ella, que bajó la mirada al suelo. Le agarré de las manos, que entrelazaba a la altura de su ombligo, jugando con la servilleta como una niña castigada. Ella me miró de nuevo entre sus largas pestañas, pidiéndome perdón por el engaño. Yo respondí con una sonrisa cómplice y le pregunté: <<¿Cuál es tu nombre real?>> Ella, tragando saliva, dejó salir un tímido “María” de sus labios, y luego trató de darme una explicación: <<“Es que mi amiga Lucía…>>.

<<¡Me alegro de verte por fin, María…!>>, la interrumpí yo, tratando de imitar el ridículo y elevado tono de voz que había utilizado al conocerla, inclinándome sobre su oído de la misma forma. María sonrió, y yo terminé la frase, esta vez en un susurro: <<El mío es Javier…>>.

la última cita a ciegas