Plumas rotas entre las mantas


Siempre supe que ella no me quería. Bueno, matizo: no me quería como yo deseaba que lo hiciera. Aun así, como solemos actuar los kamikazes en estos casos, decidí no creérmelo y lanzarme en picado, directo a una muerte segura: “¡¿Pero cómo no va a quererme, si me explota el universo dentro cuando me roza?!”, me decía a mí mismo cada vez que sus ojos me miraban sin verme, como si yo fuese de cristal. Y proseguía con mi propio engaño: “Es imposible que este sentimiento no se transmita al tacto, ¡imposible! Que no se contagie, que no perciba como mínimo una leve réplica de este terremoto que a mí no me deja hormona y neurona en su sitio; y del que su boca es el epicentro”. Pues debe de ser que no, amigo mío… Una vez más, me equivocaba.

Sin darle tiempo de reacción, desplegué mi colorido abanico de plumas de gala, no importándome dejar mi pecho al descubierto, hasta arrancarle, sin saber cómo lo había conseguido en realidad, lo que más ansiaba… Y aquel primer beso improvisado se selló con un segundo, que trajo otro a continuación. Y otro más… Y así, creo que conté hasta mil. Después, caricias furtivas, gemidos con ojos cerrados, risas abiertas y puños apretados. Quizás con prisa y a destiempo, sí, pero, para mí, en el momento perfecto.

Pero, con el amanecer… ¡ay!, con el amanecer llegaron los miedos. Y las dudas. Y las promesas incumplidas. Y los reproches. Y las verdades. Y al final, la más grande de las mentiras que puede decir un ser humano: “No te preocupes, que yo estaré bien…”

Ya solo en el cuarto, mientras recogía las plumas esparcidas sobre la alfombra y alguna rota entre las mantas, que intentaba volver a enhebrar con desesperación y sin éxito en mi piel enrojecida, avergonzada e hipersensible, lloré de impotencia. De rabia. De odio, incluso. No entendía nada. Y me enfadé. Mucho. ¡No era justo! “¡Qué pena, joder, qué pena!”, le grité a la noche hasta quedarme sin voz. ¡¿Por qué me hacía esto, después de lo que me había esforzado para que me quisiese?!  Espera, espera… “que me había esforzado… para que me quisiese…” ¡Pero qué estúpido! ¡¿Quién me creía que era?!

Y ahí lo comprendí todo: ¡no podía enfadarme con ella por no amarme! ¡Eso sí que era injusto! De hecho, seguro que si había llegado hasta donde lo había hecho conmigo, había sido precisamente por todo lo que me quería… aunque no fuera de la forma que yo siempre había soñado. Eso es, ella también había tratado de inventarnos con todas sus fuerzas. Pero, pese a unir nuestras ganas, no lo habíamos conseguido. Y ya está. (Aunque yo siguiese teniendo razón: ¡qué pena, joder, qué pena!)

Y entonces la perdoné por no amarme. Porque el amor no se puede forzar. Porque es de esas cosas que no se deben pedir si no salen solas. Porque no funciona así.

Y entonces me perdoné por amarla. Porque el amor no se puede ocultar. Porque es de esas cosas que deben salir solas aunque no te las pidan. Porque funciona así.

Y en ese preciso instante, vi con asombro cómo unas minúsculas plumas comenzaban a nacer sobre la reciente cicatriz que surcaba mi pecho… hasta cubrirla por completo. Y dejó de doler.

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Mentiras bonitas para noches oscuras


Hace poco escuché en una peli de ésas que veo en Netflix cuando tengo un día rojo, una frase que decía algo así como: Las noches más oscuras producen las estrellas más brillantes.” ¡Olé tú, señor/a guionista!, solté en voz alta intentando contener la lagrimilla y el hipo, al mismo tiempo que rellenaba mi copa de vino para emergencias…

Entonces le di adelante y atrás unas setecientas treinta y siete veces, tratando de memorizar aquellas palabras para repetírmelas a mí mismo en esos momentos en los que no sé si cortarme las venas o dejármelas largas… O lo que es peor: en esos otros en los que tú necesitas desesperadamente que te susurre una mentira bonita al oído cuando estás hecha añicos entre mis brazos, y mis cuerdas vocales sólo me permiten hacer lo de siempre en estos casos: apretarte contra mi cuerpo aún más fuerte.

Pero quiero que sepas, bella, que, aunque lo más probable es que mis labios hayan olvidado para entonces aquella frase de Netflix, estoy seguro de que de tu próxima noche oscura brotará la estrella más brillante que jamás hayan visto tus ojos de niña. Porque cerraré los míos, a la vez que mi abrazo, pidiéndole al que apaga y enciende el firmamento -dependiendo de la tonalidad de rojo que él haya tenido su día- que así sea.

¡Brilla!

El tiempo no mata monstruos


Dicen que el tiempo todo lo cura. ¡Mentira! Yo más bien creo que lo que hace con ese “todo”, es diluirlo entre otras muchas cosas con el paso de los días. Es un truco, una distracción, una ilusión óptica… El monstruo de tu armario seguirá estando allí por mucha ropa sucia que le eches encima. Lo sabes, ¿no? De hecho, así es como perdemos a menudo, uno tras otro, los calcetines izquiedos de nuestros pares favoritos. Sí, siempre están ahí, al fondo: justo en el lugar donde no nos atrevemos a meter la mano…

Y que conste que esto te lo dice un cobarde hasta la médula; de ésos que prefieren salir corriendo cuando la cosa se pone fea y resguardarse en un rincón con la cabeza entre las rodillas hasta que pase la tormenta. Pero, tranqui, me lo estoy haciendo mirar, cucharada a cucharada… ;)

Es más, tengo claro que llegará un anochecer, en el que abriré de par en par ese maldito ropero, meteré el brazo hasta el hombro en él y sacaré por la solapa a la bestia escondida. Luego la miraré directamente a sus ojos inyectados en sangre; y aunque me muera de miedo al ver sus grandes dientes afilados, le soltaré (tratando por todos los medios de que no me dé un infarto): “Hola, mi nombre es Íñigo Montoya. Tú mataste a MI calcetín… ¡Prepárate a morir!”. Y se acabó.

Lo sé, estarás pensando que por hacerme el héroe, en el mejor de los casos perderé algún dedo en el intento… Pues ¿sabes qué te digo? Que los dedos arrancados de cuajo sí se curan con el tiempo (y mucha mercromina), pero los corazones rotos, no. Porque éstos sólo sanan si dejamos que estallen antes de convertirse en piedra, para que su onda expansiva de mariposas enfadadas haga pedazos a esos ladrones de minutos, horas, años… ¡Ya me he hartado de huir de lo que más quiero, aunque me aterrorice! Y si muero, que sea con mis calcetines de la suerte puestos. ¡Sólo porque son míos!

Venga, valiente, extiende el brazo con la palma de la mano hacia arriba, flexiona sobre ella varias veces los dedos (que te queden), a lo Bruce Lee, y grita con todas tus ganas: “¡Eh, tú, bicho!, ¿a qué estás esperando? ¡Ven a por mí, que no tengo toda la vida!”

Porque la mayoría de las veces, el tiempo no mata monstruos… los alimenta.

40 Luciérnagas en la tarta


40 años después, justo un 16 de marzo, me he quedado sin palabras… Y, ¿cómo no?, sólo lo ha podido conseguir Mi Ejército de Luciérnagas Supernovas. ¡Gracias, familia y amig@s, por tanto amor, tanta ilusión y tanta emoción! ¡¡¡No se os puede querer más!!!

Hoy, viniendo a cuento más que nunca, la palabra es vuestra… ¡Sois alucinantes!:

Érase una vez, un chico color “azul princesa”. Un guionista novel en adopción, con la cabeza llena de letras.

Sus historias recién nacidas vivían en un mundo aparte, en interminables noches de vino, rosas y risas; entre palabras increíbles.

Andaba siempre caminos de baldosas de arenilla… para que nunca se le metiera una rutina en el ojo.

Era un cazador de sueños, un incesable contador de cuentos a cámara lenta, de hechos reales que abrillantaba con cuatro capas de barniz.

Se preguntaba continuamente cosas como: ¿dónde nacen los besos?, ¿dónde están las amapolas esta primavera?, ¿he sido infiel a ese mocoso insolente que jugaba a ser mayor?

Le gustaba endulzarse el café con polvo de estrellas, mientras planeaba viajes de ida a ninguna parte en busca de esa luz en la oscuridad; de esa chispa, de ese resplandor que te lanza sin remedio a la aventura de una vez por TODAS.

Se esforzaba en poner neuronas en su corazón y mirar para otro lado, mientras descontaba latidos para evitar mirar la cara oculta de la luna.

Una de esas mañanas de días rojos, en los que la rutina le atrapaba, uno de esos días de mierda, miró por la ventana, le dió el último sorbo al café y gritó: ¡maldito paraíso!, ¡se acabó rendirse al miedo!, ¡ahí te quedas!

Colgó un cartel bien grande en lo alto de su atalaya que decía así: “Se alquila zona de confort”. Dejó una breve nota encima de la mesa que empezaba con un típico “Queridos papá y mamá” y que terminaba con un misterioso “lo que solo yo sé”…

Corrió a por la maleta, tiró su bote caducado de pastillas para no amar, y metió cuidadosamente su capa de Supermán, unas cuantas estrellas que encontró en el trastero, y todos los sueños que le quedaban. ¡Más vale un “por si acaso” que un “yo creía”!, se dijo.

Bajó las escaleras de dos en dos, abrió el buzón con valentía, y allí estaba: ese misterioso sobre en blanco, en el que se leía “sólo abrir en caso de que no se acabe el mundo”.

Dejó el sobre en el rellano de la escalera, salió por la puerta grande, con el alma llena hasta los topes de entusiasmo, soltando lastres y sin echar la vista atrás.

No sabía qué le iba a deparar el futuro, derritió la punta del iceberg con su mechero y decidió no seguir esperando detrás de ningún café. ¡Había llegado la hora! Debía cambiar la melodía gris, cantarla en clave de sol, y borrar de una vez todos aquellos recuerdos fotosensibles. Ni siquiera sabía dónde ir, pero algo había hecho click por fin dentro de él. Sólo le quedaba una frase en la que quedarse a “vivir a muerte”.

Y de aquella forma tan sencilla, cambió su rumbo. ¿Había empezado a madurar? Sí, pero a madurar de la risa. Esos cantos de sirena nunca más le volverían a repetir aquello de: ¡Te vas a quedar con las ganas, idiota! Y decidió ir sólo dónde el viento le llevara, dejar de andar como pollo sin cabeza y encontrar el “Donde fueres, haz lo que vieres”. Se repitió mil veces “Yes you can”, hasta que los dos millones de hispanos… hablaron en cristiano, dejó su Oda a la soledad, en la que tanto se refugiaba y escribió su curriculum invertido.

Desde entonces, puede que si le ves pienses que es una simple mariposa, una flor que escapó de su maceta. Tiene la certeza de que hay amores de maniquí, pero que él sólo se entregará a los amores que matan. Puede contarte mil historias, sobre cosas que sucedieron (o no), relatarte cuentos sin fin sobre las aventuras de una abeja alérgica a las flores, a la que nunca le darán las doce.

Si tienes la suerte de cruzarte con él, rétale a un duelo al amanecer. Él cantará para ti sin tapujos, lo mismo un “Let it go” a todo pulmón que un “All you need is love” con coros incluidos. Cualquier cosa que le haga disfrutar la vida al máximo, porque de eso nunca tendrá suficiente, porque queda mucho para Julio y porque mañana podría estar muerto.

Sólo hay algo que él aún desconoce. No sabe que ha conseguido que veamos con sus ojos, que encontremos las dos caras de la moneda. No sabe que nos ha enseñado que reír no alarga la vida; la agranda. A comprender que las luciérnagas no saben que brillan, que sólo avanzan porque ven lo que tienen delante.

Si alguna vez te topas con él, entenderás -con una hora de retraso- que para llegar tarde siempre hay tiempo. Te habrá abierto su puerta giratoria a “lo importante de lo importante”, y habrás aprendido que a veces en la vida necesitaremos ¡más madera!, y otras veces, menos.

Con su luz, nos ha ido convirtiendo en luciérnagas de asfalto y nos has regalado el jarabe perfecto, el remedio que todo lo cura. Para que todos, absolutamente todos sus seres importantes… ¡brillemos!

Sí pequeño jovencito azul princesa, ¡eso has hecho!.
¿No nos crees?
¡Ahora!, ¡ya!, ¡en este instante!, ¡ha llegado el momento!
¡Deja de escuchar estas letras y mira a tu alrededor!, pregúntanoslo a los ojos, y grita ¡Ultreya!

Porque aunque tú no lo sepas… ¡TE QUEREMOS SIN VENIR A CUENTO!

Voz: Ían Rosendo Aranda

Estrella Polar


Hay estrellas preciosas y únicas que nos observan desde lo alto sin importarles nada más que nosotros. Da igual lo que hagamos: bueno o malo, justo o injusto, bonito o feo… siempre nos perdonan, siempre nos admiran. Sí, brillan con todas sus fuerzas, cambian hacia nuestro color favorito y titilan eufóricas para llamar nuestra atención cada vez que miramos al firmamento buscando una razón para seguir adelante, una señal. Pero lo hacen en vano. Porque no las vemos. Porque no funciona así, desgraciadamente…

Solo abrimos la boca asombrados cuando nos deslumbra una de esas otras Estrellas Fugaces que cruzan el universo a toda velocidad, sin ni siquiera fijarse en nuestras caras de tonto. Y nos autoconvencemos de que son las que llevábamos esperando toda la vida, eclipsando por completo el baile de las que encontramos ya hace mucho tiempo: nuestas Estrellas Polares. ¿Por qué seremos tan simples? Perdemos nuestra mirada en la estela de esas luciérnagas de temporada porque parecen resplandecer más, tan solo por ese efímero fogonazo que se les cayó a nuestro lado sin querer. Y despreciamos el calor de las que alumbran con sus tímida luz azul nuestro camino a diario, por muy fundidas que tengan ya sus alas de cera. Qué mal, joder, qué mal…

Pero ¿sabéis lo peor? Que llegará la noche en que esa Estrella Fugaz se vaya a otro planeta más interesante que el que nosotros le ofrecemos. Y cuando gritemos con desesperación el nombre de nuestra Estrella Polar a un cielo ahora completamente negro, tampoco la encontraremos. Porque también se habrá marchado para no volver, cansada de ser invisible ante unos ojos ciegos.

¡Feliz Día de los Desenamorados!


Corren tiempos difíciles para el amor. Cada 14 de febrero, puntualmente, tengo la mala costumbre de mirar alrededor buscando parejas de enamorados que me sirvan de impulso para seguir al pie del cañón en mi búsqueda particular. Pero 365 días tras 365 días, cuando giro la cabeza a un lado y al otro en los semáforos, cada vez veo menos referentes a los que agarrarme. El mundo se va al traste. Y por nuestra culpa. Porque estamos dejando de amar por decisión propia. ¡¿Pero estamos tontos o qué?!

Sí, definitivamente es eso. Hoy vivimos en un universo extraño, donde hacemos difícil lo fácil; donde nos hemos tragado sin rechistar esa leyenda urbana de que el amor nos hace débiles y que nuestra fortaleza está en ser independientes; donde hacemos el amor antes de estar enamorados…

Ni tú ni yo queremos sentirnos vulnerables, expuestos a que nos partan el corazón. (O a partírselo nosotros, evitándonos así tal responsabilidad.) Hemos dejado de creer en él. Y si por gracia divina lo encontramos, no nos esforzamos en absoluto en conservar algo tan valioso. Lo damos por sentado. Lo tapamos bajo la alfombra. Nos atrevemos incluso a posponerlo en ese calendario que se está quedando sin hojas. Como si fuéramos a vivir para siempre. Como si nadie pudiera adelantarnos por la derecha. Como si nos fueran a esperar toda la vida… Lo asfixiamos poco a poco como a un pobre gusano en una caja de zapatos; sin darle la oportunidad de convertirse en mariposa: majestuosa o despeinada, de alas enormes o minúsculas, efímera o eterna. Pero al fin y al cabo, mariposa. Nuestra mariposa. ¡Seremos cobardes!

Cada vez nos avergüenza más regalar flores, y no entiendo el porqué. Creo que el que tiene las agallas de ir por la calle con un ramo de rosas en ristre, y la cabeza y la sonrisa bien altas, se merece sin duda el segundo puesto en el pódium de los valientes. (El primero corresponde al que da el primer beso, como he comentado en alguna ocasión.) Nos horroriza el qué pensarán, cuando lo único que podemos conseguir llevándolas con orgullo es avivar llamas que nunca debimos dejar que menguaran, que es lo importante. Y lo que pueda opinar el resto, debería darnos igual. Porque a esas risillas de “menudo pringado”, les siguen las miradas perdidas de “ojalá me las regalasen a mí”.

Es más, de un tiempo a esta parte, está mal visto incluso brindar palabras que solo pretenden transmitir el lado bueno de las cosas. Todo se coge por el que quema, que es lo que está de moda. No podemos llamar príncipes a los hombres de nuestra vida porque, por lo que se ve, a todos se les destiñe el azul turquesa al tercer lavado; ni princesas, a las mujeres, también de nuestra vida, porque ahora se interpreta como una ofensa imperdonable…  ¡¿En serio?! Esto está pasando de castaño oscuro, señoras y señores. Y les aseguro que ese es un color la mar de feo para los vestidos de las hadas y los hados de los cuentos de final feliz que tanto echa de menos este planeta de seres casi vacíos, al borde de ganarse su propia extinción a pulso.

No sé vosotros, pero yo creo que deberíamos aprovechar este día (pese a que los odiadores-de-todo-y-de-todos digan que lo inventó El Corte Inglés) para pulsar el botón de reiniciar sistema, empezar de nuevo a creer en el amor verdadero y partirnos la cara por él -y los corazones que hagan falta, incluidos los nuestros-, de una vez por todas.

¡Menos madera!


Si hace dos semanas escasas estaba aquí mismo haciendo apología de coger trenes que solo pasan una vez en la vida, sin importarnos qué nos esperará en el lugar de destino… hoy os digo todo lo contrario: que si se tienen que ir, que se vayan sin nosotros dentro, ¡a la mierda! (Para que veáis lo difícil que es a veces ser yo… jaja!)

Porque sí, porque ya solo faltaba que tuviésemos que correr detrás de trenes (que probablemente no vayan a ninguna parte, además) y encima exigiéndonos que les roguemos para que nos dejen sentarnos en sus sillones de escay; como si fuesen los únicos en los que plantar nuestro precioso culo y ver nuevos paisajes por la ventanilla.

¡Que no, hombre, que no! Somos nosotros los que pasamos una vez en la vida, ¡leñe! Y si no nos quieren… son ellos los que nos pierden. Y no al revés. He dicho. ;)

Y así, amiguit@s, es como se levanta una luciérnaga un día de viento huracanado…