¡Más madera!


Hay que tenerlos muy bien puestos para hacerles caso a tus psicólogos de oficio (o séase, tus amigos a la séptima caña) cuando te sueltan eso de que hay trenes que debes coger porque solo pasan una vez en la vida… “¡No te lo pienses más y arriésgate, campeón!”, te alientan desde la seguridad del burladero. Pero ninguno de ellos te cuenta que si luego cambias de opinión, hay que tenerlos anclados con remaches a la entrepierna para bajarte en marcha de ese mismo tren, cuando ya cabalga a toda máquina por mitad de un desierto totalmente hostil…

Y ahí estás tú, en el balconcito del último vagón del convoy, mirando cómo tu estabilidad se aleja y parece prender en llamas en el horizonte; a tu lado solo pasan cactus repletos de pinchos y bolas de plantas secas empujadas por un desagradable viento caliente; y el traqueteo de ese tren, que antes sonaba a flamenquito-fusión-pop, ahora taladra tu cabeza con su tacatá, tacatá, tacatá… Y, claro, te acojonas. Mogollón.

Llegados a ese punto, las ruedas de metal chirrian y te lanzan chispas, haciéndote llorar los ojos. Los cierras. Huele a chamusquina. Ya no es todo tan bonito como te lo habías imaginado, y el miedo a haberte equivocado se apodera del poco coraje que te queda en la médula espinal, ya que utilizaste el noventa y tres por ciento del que tenías en subir aquella maldita escalerilla. Así que solo te quedan dos opciones: tirar o tirarte… Debes tomar una decisión. ¡Y rápido! Ahora o nunca…

Coges aire mirando las vías pasando a toda velocidad bajo tus pies paralizados, sueltas una mano de la barandilla… y justo cuando vas a saltar… una idea te golpea el corazón, porque el cerebro hace tiempo que dejó de funcionarte: “Vale, puede que este tren pase solo una vez en la vida, pero, que yo sepa, todas las vías son de doble sentido…”. Entonces metes la mano en el bolsillo y compruebas que tu billetes es de ida y vuelta. Quien hizo la ley, hizo la trampa. ;)

Das un paso atrás, abres la portezuela que da al compartimento-bar y te cuelas dentro buscando la mirada del camarero, sabiendo que todo irá bien. Porque pase lo que pase ahí delante lo has intentado (cosa que casi nadie hace). Porque siempre puedes volver…

Pues eso, súbete conmigo a este tren único y grita con todas tus fuerzas: ¡más madera!

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Di-amante


Solo hay algo más letal que estar enamorado de alguien que no lo está de ti: ser el amante de ese alguien. (Y no lo digo porque me haya pasado a mí, ¿eh? Le sucedió al amigo de un amigo……)

Y ahora que el amigo de ese amigo ha salido del círculo venenoso en el que estaba y me ha contado el tormento que vivió, yo me veo en la obligación de compartirlo contigo por si puedes evitar que una tormenta similar te ahogue a ti también; o por si estás ya hasta el cuello en el fango te sirve para ponerte nombre, y así atreverte a pararlo de una vez por todas. Porque no. No eres su tabla de salvación, ni su confidente, ni su diamante en bruto… por mucho que te lo haya llamado. Di, mejor, su amante. Amante.

Sí, duele escucharlo. Mata. Mucho. Pero, mira, hace poco el amigo de mi amigo me reveló las siete verdades del amante que tuvo que repetirse noche tras noche durante un año entero, para conseguir escapar de su propio engaño. Y ahora te las regalo yo a ti. Espero que las cuelgues en tu pared. Yo ya lo he hecho por si acaso vuelve a las andadas en algún momento y tengo que recordármelo (recordárselo, recordárselo… perdón):

1. Quien ama no lo hace a escondidas. Los secretos suelen ser mentiras o vergüenzas.

2. Si es amor, el juego debe acabar en tablas. No siempre tumbando a tu rey.

3. Cuando todo el mundo te dice lo mismo… quizás tenga razón: No-Te-Quiere.

4. Por lo menos las putas cobran por hacer lo que tú le haces. (Lo sé, esta ha escocido.)

5. Nadie que te quiera se va a dormir sin asegurarse de que has llegado bien…

6. El silencio, o una respuesta tres horas después, no significa “te amo”. Nunca.

7. Sí, al final dejará a su primer plato… Pero no por ti. Si no, lo habría hecho ya.

¡Feliz Año Viejo!


Tenemos la mala costumbre de echarle la culpa al año que se nos escapa entre los dedos de las cosas que no nos gusta que nos sucedan… De hecho deseamos que pase lo más rápido posible, el condenado. Que termine ya, por favor, que termine cuanto antes… ¡Vete, vete, vete!

¡¿Pero somos tontos, o qué?! Efectivamente, se va a ir mientras esperamos con la cabeza escondida bajo la almohada contando los segundos… pero llevándose también, junto con eso que nos ha parecido lo peor de nuestros últimos 365 días, todo lo bueno que esas mismas 8760 horas nos han envuelto para regalo. Sí, lo que nos ha mantenido vivos cuando creíamos que nos moríamos. Y no, eso tampoco va a volver…

Detrás de cada decepción, de cada fracaso, de cada caída, de cada golpetazo de la vida… hay un todo irá bien inesperado que ilumina tu cara en mitad de la noche, un beso (o mil) que te hacen sonreír entre lágrimas, un abrazo que te arranca de raíz de esa tierra cuarteada que rogabas que te tragase de una vez por todas… Y que ahora riegas. Pero no, a esas piedras preciosas no les prestamos atención, y dejamos que pasen a la historia sepultadas entre los feos ladrillos que arrojó contra nuestra ventana el maldito año que está a punto de terminar… ¡Vete, vete, vete!

Pues se acabó. A mí no me da la gana seguir empujando el tiempo con los hombros, ¿sabes? Porque ya avanza a toda velocidad él solito. Porque por cada minuto que pierdo lamentándome de la mala suerte que he tenido este año, no me permito ver a mí mismo todas esas puertas que se han abierto ante mí por sorpresa cuando más lo necesitaba. Y esas botellas de vino reservadas para una ocasión especial, al borde de echarse a perder. Y esas flores que parecía que no se iban a atrever nunca a enseñarme sus colores.

Y al echar la vista atrás, todas esas “curas colaterales” me hacen pensar que quizás, y solo quizás, sin la semilla que se plantó este año en el lado malo de mis cosas, no habrían brotado tampoco las del lado bueno. Que han sido muchas. O que justo esa pequeña catástrofe que me parecía un mundo entonces, era precisamente la pieza clave que debía sucederme para todo lo alucinante que me espera el año que viene… Sí, seguro que ocurrió por eso: ¡para que me pasases tú!

Y ahora que lo he descubierto, ya sí que puedo gritarlo… ¡Vete, vete, vete!

Las cosas que nunca te dije (o sí)


Aunque el niño que suele llevar mis riendas jamás reconocerá que su servidor, o sea, yo, ha confesado lo que está a punto de confesar… lo voy a hacer: me estoy dando cuenta de que lo de haber sobrevivido a una Navidad por cada ladrón de Alí Babá, también tiene su parte buena. Lo siento, chaval, pero así es. Y lo vas a escuchar, por mucho que te tapes los oídos. No tengo nada que perder. Y tú, tampoco.

Según pasan los años, esas palabras y sentimientos que antes se te hacían bola y no había forma de arrancarlos del espacio que todos tenemos entre el corazón y el estómago, reservado a deseos y miedos, lo hacen ahora con mucha más facilidad. Ese amasijo de flores y demonios ya no rasca tanto al ascender buscando la salida por la garganta de este gato, hoy pardo. Porque, como dijo el sabio: mejor fuera que dentro.

Digo lo que siento cuando lo siento. Y cuando no, también. Últimamente me descubro a menudo a mí mismo diciéndole a la gente que quiero, que la quiero. ¡Pero bueno!, ¿me estaré ablandando? Debe de ser eso… Pero es una sensación tan grande sorprenderte a ti mismo diciéndolo; y más, saber que lo estás haciendo totalmente en serio… Ufff…

También hay personas a las que odio; pocas, aunque haberlas, haylas. Pero no, a esas no se lo digo. Porque a todo el mundo que hoy odias, seguramente también lo quisiste de alguna manera en un tiempo lejano. Y si por aquel entonces no le dijiste eso tan bonito, ahora sí que no tiene ningún sentido revelarle esto tan feo. No sería justo. Y de hecho, no le importa. Y a ti tampoco debería.

Ahora que las arrugas van apareciendo en tu espejo… si te equivocas, pides perdón. Y se acabó. Cuesta, vaya que si cuesta, pero todos tenemos derecho a equivocarnos, ¿no? Sí, tú también. Ah, pero no olvides primero perdonarte a ti mismo… (Palabra del Señor. Amén. jaja!)

En definitiva, cuando eres consciente de que la cuenta atrás ha comenzado, de que quizás mañana sea tarde… te planteas que hay cosas que, o las sueltas ahora, o te las acabarás llevando a la tumba contigo. ¡Y te vas a quedar con las ganas, idiota! Así que, si lo estás dudando, la respuesta es siempre sí. Díselo. Es el momento perfecto.

Y ya para despedirme, y solo por si acaso esta es una de las pocas oportunidades que me quedan para que lo sepas, no podía morirme sin decirte… que eres el amor de mi vida. Supéralo de una vez. ;)

Ahora la pelota está en tu tejado.

Quién sujetará tu mano


Hará algún tiempo, me enzarcé en una acalorada discusión con unas compañeras de curro 17 años más jóvenes que yo, asfixiadas por el yugo del que quiere demostrar que vale a toda costa. Caiga quien caiga. Creo recordar que todo empezó con una de esas preguntas que yo hago porque sí. O más bien, porque si no, reviento… ¿Si tuvierais que elegir entre perder al amor de vuestra vida o el trabajo de vuestra vida, qué haríais?

Disparé aquel proyectil con trampa porque las veía un poco confundidas al respecto, y no podía dejarlas marchar sin llevarse incrustada esa semilla de la duda que algún día podría dar sentido a su existencia. (O arruinársela, quién sabe…)

Yo, después de darme cuenta a base de leches durante los últimos casi 40 años de que al final se trabaja por dinero, por mucho que te empeñes en agarrarte a la realización personal y esas mierdas… obviamente sabía cuál era la respuesta y estaba convencido de que ellas elegirían con el corazón. Pero me equivocaba… ¡No se lo pensaron ni un mísero segundo! Y ahora creo que el problema era precisamente ése: que les faltaba corazón. Mal asunto. «Me quedaría con el trabajo de mi vida. Amores, hay muchos…», dijeron todas sin pestañear. WHAT???!!!

Intenté desarmarlas de mil formas posibles, alegando que el amor verdadero es lo más complicado de encontrar (y de regar, más aún) en esta despiadada carrera de fondo. De hecho, utilicé la técnica más ruin que se me ocurrió para tratar de derretir esos cubitos de hielo que escondían en el pecho: «Sí, seguramente, cuando estéis en vuestro lecho de muerte, justo antes de iros al hoyo, vuestro último pensamiento será: ¡Adiós mundo! Me voy muy muy muy feliz por haber conseguido ser una profesional como la copa de un pino, con coche de empresa y cheques restaurante incluidos… ¡Buah, pero qué orgullosa estoy, la virgen!». De eso no os vais a acordar, creedme… Luego no digáis que no os lo advertí. ;)

Me duele todavía no haber sido capaz de convencerlas cuando tuve aquella oportunidad, porque me juego el pescuezo a que el batacazo que se van a dar tarde o temprano será monumental (que no irreversible)… Pero bueno, a lo mejor vosotros sí me escucháis. Aunque quizás tampoco debierais… Sí, mejor no me hagáis ni caso, en serio. Al fin y al cabo, ya sabéis que soy Mr. Consejos-Vendo-Que-Pa’-Mí-No-Tengo”. Vosotros mismos… Luego vendrán los lloros. jaja!

Pero hagáis lo que hagáis, sólo os deseo que el día que la palméis, que lo haréis… (dentro de mogollón de décadas, eso sí) sea el amor de vuestra vida quien os esté sujetando la mano. Porque vuestro jefe… ya os digo yo que no lo va a hacer, fijo.

De nada.

Que nunca den las 12…


Era como una princesa de ésas que, con gesto dulce, posaban en las portadas de los cuentos que nos leían nuestros padres de niños antes de dormir: preciosa, delicada, rubia y con los ojos de un color azul-aceituna (sí, su mirada se había inventado un nuevo tono) que me mataban al parpadear; y más aún si los abría cuando estábamos a oscuras.

Y ahí no queda la cosa: su forma de caminar no era humana. ¡Os juro que flotaba en lugar de andar! Eso era algo que me dejaba alucinado cada vez que ella aparecía a lo lejos y se acercaba a mí como a cámara lenta. Y ni qué decir de cuando me daba la espalda, y la veía marcharse…

Además, como toda princesa del siglo XXI que se precie, apaleada por mil hechizos de amor eterno que se rompieron un día cualquiera sin venir a cuento (y nunca mejor dicho), se había hecho con su propio castillo. ¡Valiente, donde las hubiera o hubiese, claro que sí! Pero había un problemilla… Sobre aquel palacio pesaba una terrible maldición hipotecaria, a cuyo dragón guardián ella decidió encadenarse para protegerse. Sí, sí, a un dragón blanco (no de la suerte, precisamente) y en custodia compartida con su ex príncipe encantador, del que ya nada ni nadie podía separarla. Ni siquiera yo, que, con la estúpida mentalidad de todo caballero-de-armadura-oxidada del siglo XV que se precie… venía con la cizalla ya en ristre para rescatarla.

“Rescatarla, dice… ¡Pobre iluso!”, debía de pensar aquel monstruo perlado cada vez que ella prefería que yo durmiera solo, en lugar de que lo hiciese él; no fuera a despertarse el muchacho de madrugada, y entrase en pánico al ver que su dueña y señora había osado fugarse a cenar a un italiano (con lambrusco y todo, ¡a lo loco!) para después pasar una noche, sin tiempo ni Escolta Real, con el que podría haber sido el amor de su vida, de haberse dado la oportunidad.

Photographer Randel Urbauer Stylist Sheryl

“¡El amor de su vida soy yo, mequetrefe! ¡Y lo seré siempre! ¡Bueno… o lo que duren los dragones, que creo que son unos 17 años! ¡Vuelve entonces si aún vives!”, me ladraba por lo bajo el cruel animal… (o lo que sea que hagan los dragones de 20 centímetros encadenados al tobillo de damiselas en apuros que prefieren tragarse la llave de su celda antes que arriesgarse a ser libres de nuevo; no sea que, después de todo, vuelva a romperse la magia y se queden otra vez compuestas y sin príncipe.)

¡¿Por dónde iba, jolín?! Ah, sí, perdón, que me he calentao: …me ladraba por lo bajo el cruel animal, poniendo su típica carita de no haber roto nunca un plato, “nininininini…”, mientras me veía salir a mí, ¡a mí!, con el rabo entre las piernas por la puerta de aquel palacio de cristal venido a menos; de aquella casita de muñecas… para nunca volver.

Fin.

Nota del autor: El animal que aparece en este cuento no fue lastimado durante la creación del mismo. De hecho fue tratado con mucho cariño, pese a la tirria que le tenía al jodío…

El ojo izquierdo de Forest Whitaker


Siempre tratamos de ocultar aquellas cosas de nosotros mismos que nos hacen diferentes al resto. Porque las consideramos imperfecciones, y nos avergüenzan. Porque lo distinto es raro. Y nadie quiere ser raro. Todo es más fácil si estás dentro de unos cánones, de unos parámetros que antes marcaba la SuperPop, y hoy, ésos que se hacen llamar influencers y que te dan lecciones de cómo ser una persona exitosa sin levantarte de la silla… aun teniendo clarísimo, a base de leches, que para alcanzar metas y curar heridas -sobre todo las que tienen que ver con asuntos del corazón- sólo hay una fórmula secreta y magistral: mover el culo.

A ver, todos tenemos cosas que nos vienen de serie, y que poco podemos hacer para cambiarlas. Y no me refiero sólo al aspecto físico -aunque sea el que, sin duda, más nos atormente a la estúpida raza humana-, sino también al intelectual y a la forma de ser. Yo, sin ir más lejos, tengo una memoria de pez contra la que no puedo luchar. ¡Y que conste en acta que lo he intentado en mil ocasiones!, ¿eh? Pero la verdad es que un día dejé de enfrentarme a “mi tara”, y decidí empezar a disfrutar de sus ventajas. No os podéis hacer una idea de lo gratificante que es sorprenderte una y otra vez con películas o libros que sabes que te encantaron, pero que nunca te acuerdas del final. ¡Son una apuesta segura! Y ni qué decir de lo genial que es que me duren tan poco los enfados, por muy gorda que haya sido la causa que me los ha provocado… Llamadlo la felicidad del tonto, si queréis. ¡Me la refanfinfla! (Os lo digo desde el más profundo cariño que os profeso, por supuesto. jaja!)

¿Y por qué os decía yo esto…? ¡Ah, sí, por lo del mágico ojo izquierdo de Forest Whitaker!

Pues eso, que quizás en nuestras diferencias esté precisamente nuestra fortaleza; y si sabemos aprovecharlas, y las queremos y valoramos como se merecen, cuando menos lo esperemos puede que se conviertan en fieles aliadas. En un sello personal e intransferible. ¡En nuestro viento y nuestras velas! ;)

Y en ese preciso instante, los que sean perfectos, los que estén repes… ¡se morían de envidia!