El pie fuera del precipicio


Siempre he estado de acuerdo con eso de que es bueno sentir “algo de miedo” cuando te enfrentas a la mayoría de las situaciones que te hacen avanzar.  Cuando vas a salir al escenario, cuando estás a las puertas de alcanzar o no un sueño, cuando has tomado la decisión de huir de lo que te ata a eso que te hace tan infeliz; o el miedo más terrorífico de todos: cuando vas a dar el primer beso. Yo lo llamo “el pie fuera del precipicio”. Porque, por mucho que hayas trabajado,  por mucho que creas en tus posibilidades, por mucho que sepas que es lo que quieres en realidad… puede salir cruz, puede salir rana, puede, simplemente, no salir. Y eso, camaradas, vaya que si da miedo.

Lo peor es escuchar a la gente de alrededor llamándote “valiente”, mientras tú luchas por aguantar las ganas de vomitar y te esfuerzas por maniatar al enjambre de preciosas mariposas y abejas asesinas que se te arremolinan en el estómago; que, sin preocuparles ni lo más mínimo tus taquicardias y apneas nocturnas, libran una encarnizada batalla a muerte en tu interior. Te dejan sin aliento, desnudo con todos mirándote expectantes, colgando de un hilo sobre el abismo. ¡Qué miedo, joder, qué miedo!

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Pero luego todo pasa. Sí, y menos mal. Si lo has logrado se te olvida el pavor que sentiste. Si fracasas, aprendes de tus errores y culpas al karma (o a los otros, que alivia más). Si te caes de bruces en mitad de las tablas, con el telón ya subido, el aplauso del público, humano al fin y al cabo, te da las fuerzas necesarias para levantarte y hacer una reverencia agradecida. No pasa nada. Todo se olvida al final. El  miedo se diluye.

Incluso la rojez y la vergüenza de tu mejilla tras la bofetada por aquel beso que robaste, se borran tarde o temprano. Porque al menos lo intentaste. Porque “la angustia de no saber qué habría pasado si…” ya no volverá jamás a darte punzadas en el pecho. Y, en ese preciso instante, te das cuenta de que aquellos ojos asombrados tenían razón: ¡eres un valiente! Apaleado, pero valiente. Son cosas compatibles.

Y sonríes, vaya que si sonríes.

El miedo es así. A veces un aliado, a veces un monstruo, a veces… sólo es uno mismo.

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Matando el tiempo


Cuando te quieres dar cuenta, aquellos sueños quedaron atrás; con suerte, hechos realidad. Se alejan. Sí, se aleja la noche en que aquella estrella fugaz te despertó, sembrando en el jardín de tus cosas por hacer una semilla nueva. Adiós a ese sentimiento de duda; a ese por qué voy a arriesgarlo todo para hacer que germine este fruto… Sólo, porque lo he soñado.

Queda atrás el momento en el que soltaste el ancla, con manos temblorosas, luchando contra tantos y tantos “no lo hagas”, “valora lo que tienes”, “te vas a arrepentir”… Se te olvida el momento en el que te tapaste los oídos y conseguiste no volver la mirada hacia aquella pisoteada orilla, para que nadie viese el miedo reflejado en tus ojos.

Poco a poco, se va filtrando entre los pliegues de tu cerebro el brillo de aquel tesoro que encontraste al final del camino; esa euforia por haberlo logrado contra todo pronóstico… Se diluye hasta el dolor de tus huesos, neuronas y músculos, producido por el esfuerzo que te costó llegar hasta él.

Todo pasa.

Se pierde en el horizonte el día en el que, con el corazón, la mente y el ego hinchados, volviste. Ése en el que el engranaje que hace girar el reloj te masticó, con ansia, de nuevo entre sus dientes romos. De nada sirvió que pedalearas con fuerzas renovadas. Al final te dejaste mecer entre sus fauces, para convertirte en un recuerdo más.

Hoy miras hacia atrás y tus huellas están siendo borradas por el alzhéimer de un mundo que no da tregua. Miras hacia adelante y, una vez más, ya nada existe. Entonces cierras los ojos, tratando de dormir, poniendo todas tus esperanzas en que una nueva estrella fugaz cruce tu noche desvelada.

Por fin surca el techo de tu cuarto. Te asusta, pero la deseas. Reúnes todo el valor que habías olvidado que tenías, y la persigues hasta darle caza, aun sabiendo que te matará un poco más cada día. Pero sonríes, porque, también sabes, que si no lo hiciera ella… te matarían las ganas.

contando estrellas

De amores y miedos


Mi forma de ver el mundo ha cambiado. He empezado a escucharlo. Mis historias ya me conocen demasiado bien, así que, mi pluma, como una vara zahorí, me guía ahora hacia los ombligos de los otros, nutriéndome de nuevas ideas… Probadlo.

Salí por la boca de Metro de Sol, pensando cómo podía esquivar las hordas de comerciales de ONGs que te abordan sin piedad de camino a la Plaza de Callao, pues era allí donde había quedado con ella. Cascos de música en los oídos y gafas de sol cubriendo los ojos, fueron mi primer escudo de defensa. Si tú no oyes sus súplicas y ellos no adivinan tu mirada de póquer, es siempre más fácil no tener misericordia con el enemigo.

Alcé la vista. Allí estaban, estratégicamente colocados, sin dejar escapatoria posible, a lo largo y ancho de la Calle Preciados. Clavé de nuevo los ojos en el empedrado del suelo y comencé a andar a buen ritmo y, como un quarterback de fútbol americano, empecé a driblar a los jugadores del equipo contrario. Una yarda, dos, tres… La cosa iba muy bien. Si no perdía la concentración, nada podría impedir que anotara un touchdown en los cuatro minutos que me separaban de la línea de fondo, donde esperaba mi premio.

Pero cometí un error. Al hacer un movimiento brusco para zafarme de una chica armada con una carpeta naranja, una sonrisa Profident y unos inmensos ojos azules que habían fijado su objetivo en mi debilidad… me topé de frente con otro pequeño muchacho que hincó su mirada en el reflejo de mis gafas, y yo en su cara de clemencia. ¡Maldición, había caído en una emboscada!

Perdona, pero tengo mucha prisa”, le dije demasiado alto, pues no oía mi propia voz debido a la música que gritaba en mis orejas. “Yo no.”, pude leer en sus labios, amoratados por el frío. Me quité los cascos, como un acto reflejo de humanidad. Estaba perdido…

-De verdad, que no puedo pararme…

-No te preocupes. ¿Te importa que te acompañe? Me vendrá bien andar un poco…-respondió, frotándose los brazos.

Encogiéndome de hombros, retomé mi camino calle arriba, con mi nuevo amigo a la zaga. Vale que me había ganado el primer round, pero no iba a ponérselo fácil. El muchacho, situándose a mi altura en un santiamén, empezó a tratar de llamar mi atención, hablando de que ellos eran como las flores en primavera, saliendo de lugares inesperados, para dar un toque de color entre tanto gris. Sin pensarlo demasiado, yo respondí que era alérgico a las flores…

En lugar de ver rodar su cabeza por los adoquines como yo esperaba, él rió mi ocurrente bordería, haciéndome esbozar una sonrisa de triunfo, bajar la guardia y ralentizar mi paso. Entonces comenzó a narrar historias de aldeas infantiles, niños tristes y gente bondadosa. A la altura de El Corte Inglés no lo soporté más, y me detuve en seco.

-Mira, te voy a contar mi situación rápidamente para no alargar la agonía, ni hacernos perder el tiempo el uno al otro -solté un poco ofuscado, mientras el chico me observaba divertido. Obviamente, estaba orgulloso de haber conseguido que me parase a hablar con él-. Después de diez años de carrera profesional, he reseteado mi vida para empezar de cero, persiguiendo un sueño… Así que no tengo un puñetero duro. Lo siento. De verdad.

Después de escupir esta frase, el chico se quedó pensativo, en silencio.

Sin entender aún por qué demonios le estaba contando mis miserias e ilusiones a un total desconocido, volví a ponerme en marcha. Y él, por supuesto, también.

-¿Sabes?, hay decisiones que se toman desde el amor… y otras desde el miedo. -dijo el chaval según llegaba a mi altura, con toda la tranquilidad y seguridad que le permitía hablar en plena persecución.

De amores y miedos

Estas palabras produjeron un cortocircuito en mi encabritado y congelado cerebelo, mandando a mis pies y mis piernas una orden contradictoria. Clavé mis pies en el suelo helado y, quitándome las gafas de sol, busqué su mirada, preguntándole que qué quería decir con eso… Estaba muerto.

-Fácil -sonrió-. Tú has tomado esa decisión desde el amor, desde la pasión… No puede salir mal.

-Pero…

-Pero nada. La mayoría de las personas toman decisiones importantísimas desde el miedo, conformándose con el camino sencillo… Con la infeliz vida que les ha tocado. Pero tú no. Tú no.

Un leve “gracias…” salió de mis labios contrariados.

Tras contemplar por unos segundos las chispas que debían de estar saltando de mi cráneo, a punto de quemarme el pelo, el comercial de la ONG volvió a hablar:

-Son sólo diez euros al mes…

Levanté los ojos al cielo, sin poder creer lo que acababa de escuchar… Al ver mi reacción, el jovial muchacho no pudo contener una carcajada.

-Tenía que intentarlo… -dijo entre risas, a las que yo también me uní. Luego prosiguió:- Desde el amor, recuerda. Siempre.

Entonces, el chico me ofreció su mano para que se la estrechara, a modo de despedida, diciéndome su nombre y que le había encantado charlar un rato conmigo. Yo lo hice con cariño y agradecimiento, al tiempo que le revelaba el mío.

Cuando quise darme cuenta, Pedro ya estaba andando calle abajo dando graciosos saltitos, mientras se perdía entre una marabunta de gente que disimulaba, tratando de esquivarle… Por supuesto, todos lo hacían desde el miedo… Pero sólo yo lo sabía.

Basado en hechos reales


San Valentín es todos los días

 

Amor, era presentarse el día de San Valentín en el colegio con una carta escrita a mano, repleta de frases robadas a canciones. Dedicación, era haberle arrancado con sumo cuidado todos los flecos a esa hoja de cuadritos, como si te fuese la vida en ello. Locura, era acompañar esos sentimientos a lápiz con un colgante de corazón bañado en oro de cero quilates, pero que a ti te había costado tres pagas semanales. Valentía, era entregarle tu declaración de amor a aquella popular chica, aun sabiendo que ella no recordaba ni tu nombre…

Eso, eso sigue siendo amor. Y, lo que no se le parezca… es otra cosa.

 

 

Yes you can


De un tiempo a esta parte, pese a que no me considero a mí mismo poseedor de un cerebro privilegiado, sino más bien de uno normalito, no puedo evitar sentirme uno de esos cerebros fugados de los que hablan en los telediarios nacionales.

Todo empieza con un pequeño desazón que un buen día entra por el dedo gordo de tu pie izquierdo, y va subiendo y subiendo, creciendo y creciendo, hasta colgarse como un mono histérico de esa neurona dormida, a la que casi nadie hace caso: la del inconformismo.

yes you can Así que, como un españolito más, de esos que están hartos del vapuleado país en el que viven, sin darle demasiadas vueltas (pues el exceso de vueltas suele ser el lastre más grande que tenemos para no salirnos nunca de la linde establecida), desempolvé el mapamundi en el cual todavía Rusia era una gran mancha amarilla y me lancé al vacío. Por supuesto, barajé destinos insólitos, paradisíacos, de película… para luego cerrar el círculo de acción a dos horas y media de avión; para estar a tiro de piedra de los guisos de mamá y por el idioma que últimamente es requisito indispensable para trabajar por el sueldo mínimo, aunque jamás vayas a usarlo: el inglés.

Como la mayoría de vosotros  sabéis, todo empezó en Dublín, hace casi un año. Luego salté a Edimburgo, el cual estoy a punto de abandonar hasta nueva orden… ¡La virgen, cómo pasa el tiempo! Allí me di cuenta de que aquel “My teacher is rich” (Mi profesor es rico) y “The window is blue” (La ventana es azul) que la Seño nacida en Algeciras nos enseñó en el cole hace un siglo por lo menos, con su exquisito acento anglosajón por los cataplines, no te sirve para nada… Sí, partes de cero pelotero.

Eeeiiinnnn?? Persiguiendo El Dorado, empiezas a repartir currículums por todos lados, como loco. Primero en el sector de la carrera que estudiaste, luego en el que trabajaste y, finalmente, de lo único para lo que se te requiere aquí, en el mejor de los casos: friegaplatos. ¡Pero ni por ésas! Para eso de “trabajar de lo que sea” llegas tarde. Hoy en día, tres cuartas partes del planeta está en tu misma situación y ha tenido exactamente la misma idea que tú; así que, ante tal marabunta de almas descarriadas, criban por el idioma de mala manera, y te echan de los sitios con cara de “¿Ánde vas con ese espaninglis, alma de cántaro…? Vete, y no vuelvas.) Ahí es cuando te das cuenta de que es cierto que no entiendes de la misa la media, y tomas la determinación de apuntarte a una academia de ésas que cuestan un ojo de la cara, en la que compartes clase con otros diez compatriotas y algún que otro chino mandarín. Y para más inri, una chica rubia de ojazos azules, el doble de grandes de cómo los tiene la raza humana, es la que trata de enseñarte su lengua nativa… ¡Vamos, que no hay forma de prestar atención! Una catástrofe, en resumen.

Después de unos meses sumergido en incomprensión y cerveza (mucha cerveza), comienzas a notar que ya no respondes “yes” a todo por inercia y que por fin cazas bastantes cosas de ese idioma que cada uno pronuncia como le da la real gana… Es en ese preciso instante cundo te planteas que ha llegado el momento de darle una segunda oportunidad a la búsqueda de empleo; y, tras muchos intentos y caras de tonto, consigues por fin un puesto en un hotel de mala muerte, haciendo camas y pasando la escobilla a los retretes ajenos. (Nota: Por favor, limpiad los vasos vosotros mismos cuando lleguéis a cualquier hotel por muy limpios que parezcan. Hacedme caso, insensatos…)

Fuga de cerebros De verdad, que al próximo que me diga que la forma de aprender inglés es trabajar a un país angloparlante en el que todo funciona al revés, no sólo los coches, me lo cargo. ¡Uy, sí! No sé si aprendo más cuando le digo a la polaca que limpia conmigo y que no me entiende un pimiento: “¡Joder, qué guarra es la gente!” o “¡Joder, cómo me duele la espalda!” jajaaaa!!

Pero, ¿sabéis qué? De todo se aprende algo en esta vida… En definitiva, todo suma.

Y no. No me arrepiento en absoluto de las cosas que he tenido que padecer para llegar donde estoy… Pues he disfrutado de muchísimas más. De hecho, tengo la balanza totalmente descompensada hacia el lado bueno de las cosas.

Y lo vuelvo a decir: lo importante son las personas que te vas encontrando por el Camino. Sí, y yo me he rodeado de gente excepcional, hablase el idioma que hablase. Supervivientes, soñadores, valientes, trotamundos, luchadores, incondicionales, verdaderos amigos… con los que compartir el lenguaje más importante. El universal. El que sólo se aprende después del mejor o del peor de los trabajos del universo. Por el que más merece la pena vivir, y del que no hay una escuela oficial: la risa.

beer

Donde el viento me llevó


Siguiendo uno de esos clicks de los que os hablé hace poco, dejé atrás Madrid de nuevo. El engranaje que guía mis pasos se había vuelto a poner en marcha después de un eterno instante de inactividad. Edimburgo sería mi próxima parada. A saber por cuánto tiempo…

Con mi magullada maleta azul a cuestas, repleta de recuerdos como piedras, de tabaco y calcetines de invierno en pleno mes de junio, me planté en esta antigua ciudad, gris y verde a la vez, en busca del verano de mi vida. Como era de esperar, Ella me recibió con lágrimas como puños, que me empaparon de arriba abajo nada más bajar del avión. Afortunadamente, Dublín me había hecho resistente al llanto desconsolado… Así que sonreí y disfruté del olor a tierra desconocida y mojada.

Royal Mile Edinburgh

Lo primero que llamó mi atención fue que la gente que me rodeaba hablaba un idioma extraño; muy diferente al que yo había tratado de mejorar en Irlanda. Era una mezcla de japonés con alemán, pero hablado como para adentro, para más inri. Como podréis imaginar, sentí pánico.

A ver, no puede ser tan complicado, tranquilo… me dije. Y tenía razón: poco a poco comencé a discernir palabras sueltas en el idioma de Shakespeare, pero con alguna que otra consonante de menos y vocal de más. Me hice gracia a mí mismo (lo hago a menudo, por cierto) al compararme con el extranjerito que aterriza en “Cái”, pensando que le van a hablar en un castellano cristalino. ¡Güelcon, Quillo! jaja!

Los primeros días de reconocimiento, vagabundeé por los cientos de empedrados callejones desparramados a los pies de su Castillo de cuento de hadas; por sus grandiosos parques, a reventar de gaviotas y escoceses haciendo barbacoas al primer rayo de sol que se escapa entre las nubes; y por sus preciosas aunque oxidadas arterias principales, siempre mirando a ambos lados al cruzar, por puro instinto de supervivencia. (Sí, sigo sin acostumbrarme a ver a través de las ventanillas de los coches lo mal que conducen los perros y los niños en esta parte del mundo…)

Princes Street Edinburgh

Poco a poco van pasando las veloces semanas y vuelve a comprobarse que cualquier lugar se convierte en el más especial del universo, tan solo por tener buena gente alrededor con quien compartirlo. Porque, como dice mi padre: “Todo paisaje, estatua o monumento ha sido atrapado miles de veces por una cámara, y puedes encontrarlo en Internet sin necesidad de levantarte del sofá. Lo que los hace diferentes, únicos… son las personas que aparecen delante de ellos en tus fotos.”

Y, precisamente con esa especie de personas, pero de las buenas de verdad, he tenido la gran suerte de poder contar desde que puse el primer pie en esta tierra acariciada de forma constante por el viento. Bueno, y con amapolas gigantes… que es un detalle que también ayuda a ser inesperadamente feliz.

Amapolas gigantes Edinburgh