Aunque tú no lo sepas


¿Cuánto tiempo hace falta compartir con alguien para poder decirle que te ha cambiado la vida? ¿Cuarenta años? ¿Una década? ¿Meses? ¿Treinta y tres días? ¿Media hora? ¿Lo que dura una mirada en el tren? ¿O una palabra en el momento justo? ¿O quizás la fracción de segundo que tardó esa sonrisa en ponerte contra las cuerdas?

¡A saber! La verdad es que yo no tengo ni idea. (No soy ningún gurú; sólo un personaje de vuestra imaginación, que suelta lo que se le pasa por la patata caliente cuando ve que está empezando a quemarle demasiado dentro.) Pero sea cual sea la respuesta, en el fondo da lo mismo. Porque en raras ocasiones se lo decimos…

Sí, es triste ser consciente de que, incluso dándonos cuenta de algo tan importante, no seamos capaces (por vergüenza, miedo o “porque ya lo sabe”) de contarle a esa persona que le ha dado la vuelta a nuestro mundo. ¡Y que le debemos una bien gorda! O en el peor de los casos, que, cuando por fin hayamos reunido el valor para hacerlo… se estén cerrando ya las puertas del vagón, con ella fuera y nosotros dentro. ¡Pi, pi, piii…!

Pero tranquilos, ¿para qué creéis que están entonces ahí esas cajitas de cristal, a la vista y alcance de todos, con el cartel “Usar sólo en caso de emergencia” y una palanca roja detrás? Efectivamente. Yo no encuentro un motivo más urgente para descolgar ese martillo enano que todos hemos sentido alguna vez la tentación imperiosa de usar (repito: ¡todos!); hacer añicos la cajita con él y tirar del freno con todas tus ganas… que el de darle las gracias a ese alguien que, aunque aún no lo sepa, te cambió la vida.

Da igual cuándo te des cuenta, en serio… Porque (y ahora viene la parte complicada): sólo hay que ser valiente. Y decírselo. ;)

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Azul Princesa


La RAE define así la palabra Azul: “Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso”. Bonito, ¿verdad? Sí, esa misma sonrisilla de grata sorpresa que estáis poniendo vosotros, también se me ha quedado a mí al leerlo por primera vez…

Os estaréis preguntando que por qué este muchacho, a sus casi 40 primaveras, precisamente ahora se pone a buscar el significado de algo tan sencillo como un color en el diccionario. La explicación es fácil: hará un par de noches, mi cabezota, cansada de no poder dormir por el calor, decidió darse una vuelta por el mundo de los cuentos, para variar. Y se encasquilló en el término “príncipe azul”. ¿Por qué precisamente azul… y no rojo, verde o morado?, me pregunté durante un buen rato en bucle.

El siguiente pensamiento fue a parar al desprestigio actual que está sufriendo el gremio de príncipes azules. Tampoco creo que hayan hecho nada malo estos pobres, aparte de ser perfectos, despertar con besos de amor verdadero a princesas envenenadas por brujas y matar dragones, ¿no? Ah, claro, entendí al fin, que ponen las expectativas muy altas y luego el batacazo es más gordo cuando las damiselas del siglo XXI no dan más que con zoquetes como yo, al quedar tan pocos de los otros. Ya veo…

Pues ¿saben qué les digo, señoras? Que aunque no lo crean, nosotros, los del otro lado de la cama, también tenemos nuestro corazoncito, con sus sueños desteñidos incluidos. Y estoy seguro de que no hablo por mí solo cuando digo que, para que haya príncipes azules, también deben existir princesas del mismo tono… o no hay tu tía. ¡No nos carguen con toda la responsabilidad! Que sí, que puede costar mucho encontrarl@s, y mucho más, hacer que se queden para siempre jamás. Pero haberl@s, hayl@s.

Lo sé, es muy difícil que nos toque la lotería. Pero hay a quien le toca. Punto. Eso sí, hay que jugar… Dicho esto, dejémonos de una vez por todas de agarrarnos a esa película tan trillada últimamente de que nadie necesita que le rescaten, bla, bla, bla…; y soplemos con todas nuestras fuerzas para que desaparezcan las nubes del cielo, viendo al fin de qué color es realmente nuestro mar en un día soleado. Porque sólo así ocuparemos el lugar más brillante dentro del espectro luminoso de ese alguien que sueña cada noche con que le encaje nuestro zapato de cristal. Porque sí, lo habéis adivinado: nosotros somos los príncipes y princesas azules de los que hablan los cuentos. Y sólo nos falta creérnoslo.

El ojo izquierdo de Forest Whitaker


Siempre tratamos de ocultar aquellas cosas de nosotros mismos que nos hacen diferentes al resto. Porque las consideramos imperfecciones, y nos avergüenzan. Porque lo distinto es raro. Y nadie quiere ser raro. Todo es más fácil si estás dentro de unos cánones, de unos parámetros que antes marcaba la SuperPop, y hoy, ésos que se hacen llamar influencers y que te dan lecciones de cómo ser una persona exitosa sin levantarte de la silla… aun teniendo clarísimo, a base de leches, que para alcanzar metas y curar heridas -sobre todo las que tienen que ver con asuntos del corazón- sólo hay una fórmula secreta y magistral: mover el culo.

A ver, todos tenemos cosas que nos vienen de serie, y que poco podemos hacer para cambiarlas. Y no me refiero sólo al aspecto físico -aunque sea el que, sin duda, más nos atormente a la estúpida raza humana-, sino también al intelectual y a la forma de ser. Yo, sin ir más lejos, tengo una memoria de pez contra la que no puedo luchar. ¡Y que conste en acta que lo he intentado en mil ocasiones!, ¿eh? Pero la verdad es que un día dejé de enfrentarme a “mi tara”, y decidí empezar a disfrutar de sus ventajas. No os podéis hacer una idea de lo gratificante que es sorprenderte una y otra vez con películas o libros que sabes que te encantaron, pero que nunca te acuerdas del final. ¡Son una apuesta segura! Y ni qué decir de lo genial que es que me duren tan poco los enfados, por muy gorda que haya sido la causa que me los ha provocado… Llamadlo la felicidad del tonto, si queréis. ¡Me la refanfinfla! (Os lo digo desde el más profundo cariño que os profeso, por supuesto. jaja!)

¿Y por qué os decía yo esto…? ¡Ah, sí, por lo del mágico ojo izquierdo de Forest Whitaker!

Pues eso, que quizás en nuestras diferencias esté precisamente nuestra fortaleza; y si sabemos aprovecharlas, y las queremos y valoramos como se merecen, cuando menos lo esperemos puede que se conviertan en fieles aliadas. En un sello personal e intransferible. ¡En nuestro viento y nuestras velas! ;)

Y en ese preciso instante, los que sean perfectos, los que estén repes… ¡se morían de envidia!

Madurar de la risa


“Tú siempre te estás riendo, ¿no?”. Cuando mi jefa me regaló esa frase al poco de conocerme, alucinada por encontrarse frente a frente con un trabajador con un entusiasmo y una jovialidad inusuales en un lomo plateado como yo, me quedé paralizado. Más que nada, porque me recordó que hacía por lo menos una década que nadie me acusaba de algo así… Y me asusté. Mucho. Pese a darle por respuesta un “debe de ser que soy feliz” seguido de una carcajada, me horrorizó pensar que llevaba diez años con la risa floja perdida, y que ni siquiera me había dado cuenta. ¡Diez!

“Menos mal que mi subconsciente se ha debido de percatar de mi despiste… y ha abortado misión antes de que sea demasiado tarde”, me dije. :) Pero ¿qué me había pasado para olvidarme de reír por reír durante tanto tiempo? No podía creerme que eso estuviera englobado dentro de esa palabrota que tantas veces me han arrojado a la cara; quizás con razón en algunas, y por pura pataleta en otras: ¡madura!

Y digo yo, ¿no será al revés…?

Foto real tomada en mi oficina. Dicen que soy el limón.

En serio, adultos, ¿qué puede ser tan importante como para perder la risa? No podemos consentir que, después del dineral que se gastaron nuestros padres en ortodoncias, y las penurias que pasamos nosotros por llevar la boca repleta de hierros en plena adolescencia, nos cueste tanto sonreír ahora… ¡Venga ya!

Que sí, que lo sé, que esta vida tiene sus tristezas, injusticias y desamores; y hoy más que nunca. Pero no me negaréis que una de las cosas más bonitas y necesarias que tiene este mundo, es que exista ese alguien que te haga sonreír cuando estás llorando.

El Síndrome del Guapo


Yo nunca me he visto más guapo de lo que mi madre me ha dicho siempre que era. Tengo días, como todos, imagino. De ésos que te miras al espejo y dices: “¡Vaya, mi madre vuelve a tener razón!”, y sales a la calle con una sonrisa de oreja a oreja y la gente te mira raro. No porque te vea más guapo que ayer, pues probablemente no te conozca de nada y no pueda compararte con otros días, sino porque llevas la cabeza bien alta y tu cara refleja un “me importa una mierda lo que penséis porque hoy tengo el guapo subido”. Y lo saben. Y lo sabes. Y vosotros también lo sabéis.

Pero lo más maravilloso es que a esa misma gente se le escapa una sonrisa por ver a una persona feliz y segura de sí misma, en un mundo tan gris y acobardado. Lo más probable es que no te vean ni guapo ni feo, simplemente ven a alguien brillar sin motivo; y eso no pasa a menudo.

Esta reflexión viene porque una de mis últimas noches de vino y rosas, un gran amigo, hablando de todo un poco, me dijo, así, a puerta gayola: “A ti lo que te pasa, es que tienes el síndrome del guapo: nunca te conformas con nada ni nadie, por muy bueno que sea, porque siempre piensas que podrás encontrar algo mejor…”. ¡Mátame camión! Creo que fue de los pocos piropos que me han echado en mi vida. Pero en lugar de ruborizarme, su sabor agridulce me revolvió el estómago… ¿Sería verdad?

Corrí al baño con el único objetivo de mirarme al espejo: tenía aspecto cansado y mis iris habían apagado su color verde hasta casi volverse marrones por completo. Las arrugas se dibujaban más que nunca en mi frente y tiraban de las comisuras de mis ojos hacia mis orejas incandescentes; y mi barba de tres días ya no era tan sexy como yo la había querido verla tras salir de la ducha aquella tarde, sino, más bien, de vagabundo. Estaba feo. Qué digo feo, ¡estaba feo de cojones!

Pasé más de diez minutos allí encerrado, aunque la gente de aquel bar no dejaba de aporrear la puerta desde fuera. Pero es que no podía parar de observar mi reflejo, perplejo. Cómo si fuera la primera vez que ese demacrado desconocido y yo nos viésemos las caras.

Y en mi cabeza no dejaban de chocar tres ensordecedoras ideas, como las bolas de un billar francés intentando escapar a la desesperada de su cautiverio, buscando unos agujeros que no existían: la primera, que mi madre me había mentido desde bien pequeño para hacerme fuerte. La segunda, que mi amigo me quería mogollón, aunque no vea muy bien, el pobre, y además me destroce de vez en cuando con sus verdades a medias. Y la tercera, y no por ello menos dolorosa, que ahora entendía por qué las mujeres más bellas que he conocido y deseado a lo largo de toda mi vida… tienen siempre la mirada tan triste.

¡Te vas a quedar con las ganas, idiota!


Sí, sí, tú… que estás leyendo estas líneas. Se nos acaba el tiempo. A ti y a mí. Y lo peor de todo, es que ninguno de los dos estamos haciendo nada para reclamar el trocito de playa que nos corresponde en el fondo de este reloj de arena. Te lo repito gritando, por si no te has enterado. Y esta vez me incluyo: ¡NOS VAMOS A QUEDAR CON LAS GANAS!

Sé que te mueres de miedo. A mí me pasa lo mismo a menudo. Incluso ahora mismo.  ¿Y si…? ¿Y si…? Pues te diré una verdad de la que me doy cuenta de Pascuas a Ramos, pero que, como buen cobarde que soy, he tratado de esconder en lo más profundo de mi montaña de temores hasta hoy: efectivamente, te mueres. Te estás muriendo y no dejas de hacerlo. Y yo también, aunque me mate reconocerlo. Tic-tac…

Por todo esto, y aunque sepa que con estas palabras podría estar cavando mi tumba más profunda y rápidamente; y sólo por si esta valentía mental transitoria me dura demasiado poco, quiero que sepas que me asusta perderte. Perdernos, eso es. Me asusta despertar y no encontrarte nunca en la cara oculta de mi luna. Ni esta noche, ni la de mañana, ni ninguna. Sólo por no habernos atrevido. Así que, ni se te ocurra morirte antes de que lo hagamos, ¿me oyes?

Porque a este idiota le sobran ganas, de hacerles un hueco a las tuyas.

De una vez por TODAS


Las mejores personas que conozco son mujeres. Las mejores estudiantes, mujeres. Las mejores maestras, mujeres. Las mejores jefas, mujeres. Las mejores amigas, mujeres. Las mejores amantes, mujeres. Las mejores, sin duda, mujeres…

Las personas más especiales con las que me he cruzado son mujeres. Las más divertidas, mujeres. Las más valientes, mujeres. Las más creativas, mujeres. Las más interesantes, mujeres. Las más luchadoras, mujeres…

La mayoría de las personas que admiro son mujeres. La mayoría de las que me dan lección tras lección, mujeres. La mayoría de las que echo de menos a menudo, mujeres. La mayoría de las que quiero, y sin las que no podría vivir, mujeres…

De una vez. Por Todas. Por Ellas. Mujeres.