Estrella Polar


Hay estrellas preciosas y únicas que nos observan desde lo alto sin importarles nada más que nosotros. Da igual lo que hagamos: bueno o malo, justo o injusto, bonito o feo… siempre nos perdonan, siempre nos admiran. Sí, brillan con todas sus fuerzas, cambian hacia nuestro color favorito y titilan eufóricas para llamar nuestra atención cada vez que miramos al firmamento buscando una razón para seguir adelante, una señal. Pero lo hacen en vano. Porque no las vemos. Porque no funciona así, desgraciadamente…

Solo abrimos la boca asombrados cuando nos deslumbra una de esas otras Estrellas Fugaces que cruzan el universo a toda velocidad, sin ni siquiera fijarse en nuestras caras de tonto. Y nos autoconvencemos de que son las que llevábamos esperando toda la vida, eclipsando por completo el baile de las que encontramos ya hace mucho tiempo: nuestas Estrellas Polares. ¿Por qué seremos tan simples? Perdemos nuestra mirada en la estela de esas luciérnagas de temporada porque nos parece resplandecen más, tan solo por ese efímero fogonazo que se les cayó a nuestro lado sin querer. Y despreciamos el calor de las que alumbran con sus tímida luz azul nuestro camino a diario, por muy fundidas que tengan ya sus alas de cera. Qué mal, joder, qué mal…

Pero ¿sabéis lo peor? Que llegará la noche en que esa Estrella Fugaz se vaya a otro planeta más interesante que el que nosotros le ofrecemos. Y cuando gritemos con desesperación el nombre de nuestra Estrella Polar a un cielo ahora completamente negro, tampoco la encontraremos. Porque también se habrá marchado para no volver, cansada de ser invisible ante unos ojos ciegos.

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¡Feliz Día de los Desenamorados!


Corren tiempos difíciles para el amor. Cada 14 de febrero, puntualmente, tengo la mala costumbre de mirar alrededor buscando parejas de enamorados que me sirvan de impulso para seguir al pie del cañón en mi búsqueda particular. Pero 365 días tras 365 días, cuando giro la cabeza a un lado y al otro en los semáforos, cada vez veo menos referentes a los que agarrarme. El mundo se va al traste. Y por nuestra culpa. Porque estamos dejando de amar por decisión propia. ¡¿Pero estamos tontos o qué?!

Sí, definitivamente es eso. Hoy vivimos en un universo extraño, donde hacemos difícil lo fácil; donde nos hemos tragado sin rechistar esa leyenda urbana de que el amor nos hace débiles y que nuestra fortaleza está en ser independientes; donde hacemos el amor antes de estar enamorados…

Ni tú ni yo queremos sentirnos vulnerables, expuestos a que nos partan el corazón. (O a partírselo nosotros, evitándonos así tal responsabilidad.) Hemos dejado de creer en él. Y si por gracia divina lo encontramos, no nos esforzamos en absoluto en conservar algo tan valioso. Lo damos por sentado. Lo tapamos bajo la alfombra. Nos atrevemos incluso a posponerlo en ese calendario que se está quedando sin hojas. Como si fuéramos a vivir para siempre. Como si nadie pudiera adelantarnos por la derecha. Como si nos fueran a esperar toda la vida… Lo asfixiamos poco a poco como a un pobre gusano en una caja de zapatos; sin darle la oportunidad de convertirse en mariposa: majestuosa o despeinada, de alas enormes o minúsculas, efímera o eterna. Pero al fin y al cabo, mariposa. Nuestra mariposa. ¡Seremos cobardes!

Cada vez nos avergüenza más regalar flores, y no entiendo el porqué. Creo que el que tiene las agallas de ir por la calle con un ramo de rosas en ristre, y la cabeza y la sonrisa bien altas, se merece sin duda el segundo puesto en el pódium de los valientes. (El primero corresponde al que da el primer beso, como he comentado en alguna ocasión.) Nos horroriza el qué pensarán, cuando lo único que podemos conseguir llevándolas con orgullo es avivar llamas que nunca debimos dejar que menguaran, que es lo importante. Y lo que pueda opinar el resto, debería darnos igual. Porque a esas risillas de “menudo pringado”, les siguen las miradas perdidas de “ojalá me las regalasen a mí”.

Es más, de un tiempo a esta parte, está mal visto incluso brindar palabras que solo pretenden transmitir el lado bueno de las cosas. Todo se coge por el que quema, que es lo que está de moda. No podemos llamar príncipes a los hombres de nuestra vida porque, por lo que se ve, a todos se les destiñe el azul turquesa al tercer lavado; ni princesas, a las mujeres, también de nuestra vida, porque ahora se interpreta como una ofensa imperdonable…  ¡¿En serio?! Esto está pasando de castaño oscuro, señoras y señores. Y les aseguro que ese es un color la mar de feo para los vestidos de las hadas y los hados de los cuentos de final feliz que tanto echa de menos este planeta de seres casi vacíos, al borde de ganarse su propia extinción a pulso.

No sé vosotros, pero yo creo que deberíamos aprovechar este día (pese a que los odiadores-de-todo-y-de-todos digan que lo inventó El Corte Inglés) para pulsar el botón de reiniciar sistema, empezar de nuevo a creer en el amor verdadero y partirnos la cara por él -y los corazones que hagan falta, incluidos los nuestros-, de una vez por todas.

¡Menos madera!


Si hace dos semanas escasas estaba aquí mismo haciendo apología de coger trenes que solo pasan una vez en la vida, sin importarnos qué nos esperará en el lugar de destino… hoy os digo todo lo contrario: que si se tienen que ir, que se vayan sin nosotros dentro, ¡a la mierda! (Para que veáis lo difícil que es a veces ser yo… jaja!)

Porque sí, porque ya solo faltaba que tuviésemos que correr detrás de trenes (que probablemente no vayan a ninguna parte, además) y encima exigiéndonos que les roguemos para que nos dejen sentarnos en sus sillones de escay; como si fuesen los únicos en los que plantar nuestro precioso culo y ver nuevos paisajes por la ventanilla.

¡Que no, hombre, que no! Somos nosotros los que pasamos una vez en la vida, ¡leñe! Y si no nos quieren… son ellos los que nos pierden. Y no al revés. He dicho. ;)

Y así, amiguit@s, es como se levanta una luciérnaga un día de viento huracanado…

¡Más madera!


Hay que tenerlos muy bien puestos para hacerles caso a tus psicólogos de oficio (o séase, tus amigos a la séptima caña) cuando te sueltan eso de que hay trenes que debes coger porque solo pasan una vez en la vida… “¡No te lo pienses más y arriésgate, campeón!”, te alientan desde la seguridad del burladero. Pero ninguno de ellos te cuenta que si luego cambias de opinión, hay que tenerlos anclados con remaches a la entrepierna para bajarte en marcha de ese mismo tren, cuando ya cabalga a toda máquina por mitad de un desierto totalmente hostil…

Y ahí estás tú, en el balconcito del último vagón del convoy, mirando cómo tu estabilidad se aleja y parece prender en llamas en el horizonte; a tu lado solo pasan cactus repletos de pinchos y bolas de plantas secas empujadas por un desagradable viento caliente; y el traqueteo de ese tren, que antes sonaba a flamenquito-fusión-pop, ahora taladra tu cabeza con su tacatá, tacatá, tacatá… Y, claro, te acojonas. Mogollón.

Llegados a ese punto, las ruedas de metal chirrian y te lanzan chispas, haciéndote llorar los ojos. Los cierras. Huele a chamusquina. Ya no es todo tan bonito como te lo habías imaginado, y el miedo a haberte equivocado se apodera del poco coraje que te queda en la médula espinal, ya que utilizaste el noventa y tres por ciento del que tenías en subir aquella maldita escalerilla. Así que solo te quedan dos opciones: tirar o tirarte… Debes tomar una decisión. ¡Y rápido! Ahora o nunca…

Coges aire mirando las vías pasando a toda velocidad bajo tus pies paralizados, sueltas una mano de la barandilla… y justo cuando vas a saltar… una idea te golpea el corazón, porque el cerebro hace tiempo que dejó de funcionarte: “Vale, puede que este tren pase solo una vez en la vida, pero, que yo sepa, todas las vías son de doble sentido…”. Entonces metes la mano en el bolsillo y compruebas que tu billete es de ida y vuelta. Quien hizo la ley, hizo la trampa. ;)

Das un paso atrás, abres la portezuela que da al compartimento-bar y te cuelas dentro buscando la mirada del camarero, sabiendo que todo irá bien. Porque pase lo que pase ahí delante lo has intentado (cosa que casi nadie hace). Porque siempre puedes volver…

Pues eso, súbete conmigo a este tren único y grita con todas tus fuerzas: ¡más madera!

A cámara lenta


¿Os habéis dado cuenta de que las mejores cosas de esta vida nos pasan a cámara lenta? Esa salida al recreo, ese beso tan esperado, ese ascenso en el trabajo, ese sí quiero, ese nacimiento, esa jubilación… No sé, quizás sea porque todo lo que sucede a continuación se precipita irremediablemente al vacío con una aceleración de 9.8 m/s2, como una teja que se desprende de un rascacielos…

Hay que ver lo bien que está pensado este mundo nuestro, ¿a que sí? Debe de ser que ralentiza adrede esos instantes para que disfrutemos todo lo posible de los sueños, en el momento exacto en que se hacen realidad; imagino que para que se estiren como un chicle de clorofila (no, mejor de fresa ácida), antes de que esas bonitas tejas se hagan añicos contra el suelo. O, en el peor de los casos, como suele pasar… nos abran la puta cabeza. C’est la vie! jaja! Así que, aprovechemos esas pausas desde ya, ¿eh? Que se van…

¡Pero qué maravillosa es esa sensación mientras dura! Por favor, que El-que-está-ahí-arriba lanzándonos tejas a discreción y jugando con el mandito a distancia no deje de hacerlo jamás, que es lo importante. Aunque no estaría nada mal que también se acordase de vez en cuando de pulsar el botón de rebobinar, ¿verdad? ;)

(¡Joer!, qué mayor me acabo de sentir al usar la palabra “rebobinar”… jaja!)

Nota: Este videoclip fue dirigido por uno de los amigos más espectaculares que, por suerte, la vida me arrojó desde un tejado el día menos pensado. Pero en esta ocasión no fue en forma de teja sino de maceta repleta de flores, y me pegó de lleno. ¡Grande, Willy! (La risa del final es la suya, y lo dice todo de él. No os la perdáis…)

Di-amante


Solo hay algo más letal que estar enamorado de alguien que no lo está de ti: ser el amante de ese alguien. (Y no lo digo porque me haya pasado a mí, ¿eh? Le sucedió al amigo de un amigo……)

Y ahora que el amigo de ese amigo ha salido del círculo venenoso en el que estaba y me ha contado el tormento que vivió, yo me veo en la obligación de compartirlo contigo por si puedes evitar que una tormenta similar te ahogue a ti también; o por si estás ya hasta el cuello en el fango te sirve para ponerte nombre, y así atreverte a pararlo de una vez por todas. Porque no. No eres su tabla de salvación, ni su confidente, ni su diamante en bruto… por mucho que te lo haya llamado. Di, mejor, su amante. Amante.

Sí, duele escucharlo. Mata. Mucho. Pero, mira, hace poco el amigo de mi amigo me reveló las siete verdades del amante que tuvo que repetirse noche tras noche durante un año entero, para conseguir escapar de su propio engaño. Y ahora te las regalo yo a ti. Espero que las cuelgues en tu pared. Yo ya lo he hecho por si acaso vuelve a las andadas en algún momento y tengo que recordármelo (recordárselo, recordárselo… perdón):

1. Quien ama no lo hace a escondidas. Los secretos suelen ser mentiras o vergüenzas.

2. Si es amor, el juego debe acabar en tablas. No siempre tumbando a tu rey.

3. Cuando todo el mundo te dice lo mismo… quizás tenga razón: No-Te-Quiere.

4. Por lo menos las putas cobran por hacer lo que tú le haces. (Lo sé, esta ha escocido.)

5. Nadie que te quiera se va a dormir sin asegurarse de que has llegado bien…

6. El silencio, o una respuesta tres horas después, no significa “te amo”. Nunca.

7. Sí, al final dejará a su primer plato… Pero no por ti. Si no, lo habría hecho ya.

¡Feliz Año Viejo!


Tenemos la mala costumbre de echarle la culpa al año que se nos escapa entre los dedos de las cosas que no nos gusta que nos sucedan… De hecho deseamos que pase lo más rápido posible, el condenado. Que termine ya, por favor, que termine cuanto antes… ¡Vete, vete, vete!

¡¿Pero somos tontos, o qué?! Efectivamente, se va a ir mientras esperamos con la cabeza escondida bajo la almohada contando los segundos… pero llevándose también, junto con eso que nos ha parecido lo peor de nuestros últimos 365 días, todo lo bueno que esas mismas 8760 horas nos han envuelto para regalo. Sí, lo que nos ha mantenido vivos cuando creíamos que nos moríamos. Y no, eso tampoco va a volver…

Detrás de cada decepción, de cada fracaso, de cada caída, de cada golpetazo de la vida… hay un todo irá bien inesperado que ilumina tu cara en mitad de la noche, un beso (o mil) que te hacen sonreír entre lágrimas, un abrazo que te arranca de raíz de esa tierra cuarteada que rogabas que te tragase de una vez por todas… Y que ahora riegas. Pero no, a esas piedras preciosas no les prestamos atención, y dejamos que pasen a la historia sepultadas entre los feos ladrillos que arrojó contra nuestra ventana el maldito año que está a punto de terminar… ¡Vete, vete, vete!

Pues se acabó. A mí no me da la gana seguir empujando el tiempo con los hombros, ¿sabes? Porque ya avanza a toda velocidad él solito. Porque por cada minuto que pierdo lamentándome de la mala suerte que he tenido este año, no me permito ver a mí mismo todas esas puertas que se han abierto ante mí por sorpresa cuando más lo necesitaba. Y esas botellas de vino reservadas para una ocasión especial, al borde de echarse a perder. Y esas flores que parecía que no se iban a atrever nunca a enseñarme sus colores.

Y al echar la vista atrás, todas esas “curas colaterales” me hacen pensar que quizás, y solo quizás, sin la semilla que se plantó este año en el lado malo de mis cosas, no habrían brotado tampoco las del lado bueno. Que han sido muchas. O que justo esa pequeña catástrofe que me parecía un mundo entonces, era precisamente la pieza clave que debía sucederme para todo lo alucinante que me espera el año que viene… Sí, seguro que ocurrió por eso: ¡para que me pasases tú!

Y ahora que lo he descubierto, ya sí que puedo gritarlo… ¡Vete, vete, vete!