Detrás de un café


SEC.1. LOFT DE MARÍA Y MARIO – INT. AMANECER.

Un reloj de cocina marca las 6:15h de la madrugada. Los primeros rayos de sol se cuelan por los agujeritos de una persiana a medio bajar. MARIO (37), de aspecto cansado, entra en su pequeño loft de Madrid y se encuentra a MARÍA (32) en el sofá, medio desnuda. Ella alza la vista con ojos juguetones, removiendo su café con la cucharilla. Él la saluda sin mucho afán, la besa en el pelo y se deja caer de bruces sobre la cama de matrimonio. María se queda chafada.

MARÍA
(tratando de contener su enfado)
¿Te tomas al menos un café conmigo, amor?

Si María le hubiese dicho esto a Mario, en lugar de mojar sus ganas en el café… el cuento habría tenido otro final. Sí, probablemente habría terminado de todas formas, pero seguro que no con otra cruz mintiendo en el noticiero.

Estoy convencido de que el secreto de la Felicidad no se encuentra tras una montaña de dinero o de un gurruño de sábanas revueltas con olor a desconocido; ni siquiera a la sombra de la fuente de la juventud eterna… Qué va. Se esconde detrás de un café.

No sé tú, pero yo he pasado los momentos más importantes de mi vida asomado a uno de ellos. Los más divertidos, los más bonitos, los más amargos, los más emocionantes, los más decisivos…

No ha habido una noche de pasión desenfrenada que me haya hecho sentir tantas cosas juntas como observándola desayunar frente a mí, con café y sueño en su mirada.

MARÍA
(atusándose el pelo, enfurruñada)
No me mires… ¡Tengo que estar horrible!

Pero tampoco ha habido un día más vacío, que ése en el que nos dimos cuenta de que ya no quedaban posos que leer en el fondo de nuestras dos tazas de IKEA.

MARÍA
(con un nudo en la garganta)
Este café… se ha quedado helado…

Detrás de un café, he reído a carcajadas con amigos. Mucho. Hemos arreglado mil y una veces el mundo, para llegar a la conclusión, al pagar la cuenta, de que debíamos dejarlo tal y como estaba. También he llorado con ellos, no te creas. Bastante. Nos hemos desahogado, insultado, aconsejado entre nosotros; y despachado a gusto con jefes sin alma tras sus galones y chicas sin corazón tras sus sujetadores. ¡Qué bien sienta, dios!

Pero, sin duda, lo mejor de ponerme detrás de un café… es que se me ocurren las mejores ideas, se me agolpan las rutinas y se me despiertan los sueños. En ese preciso instante, cuando veo que estoy a punto de mojarme las ganas –y las canas­– en él, llamo al gran almacén donde trabajo para decir que llegaré tarde. No, mejor, ¡que no voy a volver!, y corro a buscar a Mario a la salida de “El 33”. Pues, justo al lado, hay una preciosa cafetería, perfecta para cambiarlo todo… Para empezar de nuevo.

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¡Sí, quiero!


Jamás podré olvidar aquel Sí…

Tras dar cien mil vueltas en su busca, justo cuando estaba a punto de perder la esperanza… apareció. Y allí estábamos los dos: el uno al lado del otro, muy juntos. La miré. Me miró. Yo, gesticulando con una mano, no pudiendo esconder mi nerviosismo, dejé escapar mi pregunta en un susurro; casi sin voz…

Aquellos eternos segundos y la indiferencia reflejada en su mirada, casi acaban conmigo… Pero, al fin, leí en sus labios aquellas preciosas dos letras, mientras mi ángel asentía con una gran sonrisa y me dejaba ver tras la ventanilla cómo daba el intermitente… haciéndome el hombre más feliz del mundo.

-Perdona… ¿Te vas?

;)

anillos

Luciérnagas de Asfalto


Las Luciérnagas de Asfalto existen. Creedme. Las he visto, escuchado, e incluso tocado; aunque olerlas es lo que más me gusta. Son tierra mojada. Son regaliz. Son perfumes de mujer que te transportan a pasados que habías olvidado. Te traen paz en medio de tanto caos, tanto ruido, tanta velocidad. Te besan en los labios cuando te vuelves de cemento, cuando notan que tu corazón se está enfriando. Te derriten. Te salvan del miedo a menudo, recogiendo tu toalla del suelo y susurrándote “levántate”.

A las Luciérnagas de Asfalto no se las puede llamar. Ellas te encuentran a ti. Simplemente aparecen. Están ahí cuando más las necesitas, bailando entre los grises edificios que nublan tu ciudad, tu mente… Esos mismos que no te dejan ver el sol, y que, con toda seguridad, tú has ayudado a construir frente a tu ventana. Son psicólogas sin título colgado en la pared; con despacho en los bares, parques, camas y norias de feria. Cobran en cervezas, carcajadas, pipas de calabaza y furtivas miradas de gracias.

Pero las Luciérnagas de Asfalto son también frágiles. Sí, están hechas de un cristal finísimo para dejar pasar la luz; de un vidrio vapuleado por la polución y tristeza de los otros. Así que, trátalas con suma delicadeza cuando se te acerquen. Cuídalas. Eso es. Cuídalas como si su resplandor dependiese de tu alegría, de tus caricias, de tus palabras de perdón. Observa sus fisuras. Después atúsales el pelo y lame sus heridas, aunque te quemes la lengua y las manos. Porque si no lo haces a tiempo, terminarán rompiéndose en mil pedazos, apagándose para siempre.

¿Quién sabe? Quizás, esa figura desnuda que se refleja en tu espejo, brillando de forma intermitente… sea una de Ellas.

Luciérnagas de Asfalto

Entre bambalinas


Olvídate de mí. Olvida todo lo que fuimos y lo que pudimos haber sido. Ya no existimos. La palabra nosotros, se nos perdió entre las sábanas de aquella cama deshecha mil veces.

Lo sé… Cada día que pasa, yo también veo cómo esos recuerdos que inventamos entre los dos se vuelven más y más bonitos, alegres, perfectos. Sí, y que no cuesta nada llevarlos en el pecho… porque no pesan. Pero creo que tienen parte de mentira, y la mentira tiene las patas muy cortas y las caricias muy largas.

Olvídate de mí, por favor. No le hables de quién era yo. No le cuentes que te dejabas ganar siempre que jugábamos a ser mayor. Sólo por placer. Para sentir el castigo de mis manos y el indulto de mi boca; para verme cobrándome tus pecados… fotograma a fotograma.

No le digas que teníamos planes a cien años vista, de sofá y manta, de abrazos y arrugas; donde seguiríamos disfrutando de nuestros silencios juntos. Que no sepa ni tan siquiera mi nombre. En tus labios suena demasiado bien: a caballero de armadura brillante y corcel blanco. Si lo haces, él lo odiará cada vez que lo pronuncies, aunque sea al estornudar…

Olvídate de mí, amor. Nuestra historia es un cuento inacabado que no llegó a las estanterías de las librerías. Quizás porque gastamos demasiada tinta en los bellos dibujos que lo adornaban. Tinta azul, que se nos terminó antes de llegar a la última página. Pero qué paisajes…

Hazlo, pues yo juraré que te he olvidado… Aunque, en secreto, sabes que te esperaré cada noche entre bambalinas y sueños, justo en ese lugar donde nos encontró la palabra nosotros.

Entre bambalinas

Basado en hechos reales


San Valentín es todos los días

 

Amor, era presentarse el día de San Valentín en el colegio con una carta escrita a mano, repleta de frases robadas a canciones. Dedicación, era haberle arrancado con sumo cuidado todos los flecos a esa hoja de cuadritos, como si te fuese la vida en ello. Locura, era acompañar esos sentimientos a lápiz con un colgante de corazón bañado en oro de cero quilates, pero que a ti te había costado tres pagas semanales. Valentía, era entregarle tu declaración de amor a aquella popular chica, aun sabiendo que ella no recordaba ni tu nombre…

Eso, eso sigue siendo amor. Y, lo que no se le parezca… es otra cosa.

 

 

La última cita a ciegas


Cuando Dani me pidió que fuera en su lugar a una de las citas que cerraba con muchas de las chicas que conocía en internet, porque le había surgido otra mejor, creí que se trataba de una broma. ¡Y lo peor es que me convenció! Pero es que no conocéis a Dani… ¡Vendería helados de limón en el Polo Norte! Y ahí no queda la cosa… Justo antes de dejarme en la entrada del restaurante, va el desgraciado, y me suelta descojonándose: “Por cierto, Javier… No te preocupes por ser bastante más feo que yo, en serio… Ésta es una verdadera cita a ciegas, pues Lucía… lo es en realidad.

¡Seré estúpido!”, pensé yo, ya sentado en la mesa del fondo de aquel japonés, ¡con lo que odio el sushi!, esperando a alguien que no conocía de nada y que creía que yo era un pintor de éxito en EE.UU.; cosa que mi querido amigo le había contado para impresionarla.

Cuando la puerta se abrió y apareció aquella muchacha ciega, quise morirme. Era preciosa, de figura delicada y una tímida sonrisa en la cara. Me recordó a un hada, de esas pequeñas y graciosas que salen en las películas; con su vestido de verano verde por debajo de las rodillas y casi deslizándose al caminar. Os juro… que le faltaban las alas.

Me quedé observándola embobado, mientras el metre la traía del brazo hacia mí. Esperaba encontrarme los típicos ojos muy claros, casi transparentes; pero no: los suyos eran de un azul oscuro alucinante, enormes, fijos al frente. Me dio pena que no pudiera verse en ellos cada mañana, ni que yo tampoco fuese a hacerlo los próximos 70 años…

Sin saber muy bien cómo actuar, me levanté torpemente. Apoyé mi mano sobre uno de sus hombros desnudos, a la vez que le decía, un poco más alto de lo normal: <<¡Me alegro de verte por fin, Lucía…!>>. Ella dio un respingo al notar mi tacto y mis palabras muy cerca de su oreja perfecta. “¡Mierda! ¿Me alegro de verte? ¡¿Me alegro de verte?! ¡Seré imbécil!”, me increpé a mí mismo. <<Perdona… No quería decir “ver”…>>, intenté arreglarlo. “¡Cállate, joder!, ¡Cállate!”, volví a maldecir para mis adentros… Menos mal que ella rompió la tensión dándome un efusivo abrazo que me pilló por sorpresa, metiendo sus brazos por debajo de los míos y apoyando su cabeza ladeada en mi pecho por unos segundos. Luego, sin soltarme, dijo con voz dulce: <<Yo también me alegro mucho de verte… Daniel>>. Diosss… jamás había odiado tanto a una persona como lo hice en ese mismo instante a Dani, al escuchar salir un nombre que no fuera el mío de la boca de aquella chica increíble.

La ayudé a sentarse en su silla y nos pusimos a conversar, mientras esperábamos la cena. Yo la mentí sobre mis exposiciones de arte por América, tratando de explicarle mi estilo. (Creo que me pasé un poco cuando le describí, con todo detalle, el cuadro de “Los girasoles” de Van Gogh; como si fuera mío.) Ella me habló de su carrera de fisioterapia y de las ventajas que le aportaba su ceguera para la profesión. Yo, estaba fascinado.

Cuando el camarero nos sirvió, comencé a describirle los exóticos platos japoneses, con sus infinitos colores y formas,  tratando de indicarle dónde estaban colocados. Al principio, empecé a darle las coordenadas como si la mesita redonda se tratara de un reloj: “A tus 12 tienes la tempura. A las 3, el pescado crudo ése que me revuelve el estómago”… pero, viendo que ella soltaba una carcajada cada vez que utilizaba aquellos términos militares, de las cuales yo me iba enamorando una tras otra sin remedio, terminé guiando sus finas manos con las mías hacia los diferentes entrantes.

Mientras hablábamos de si habíamos hecho más veces lo de quedar con personas “a ciegas”, me pidió que le volviera a contar aquella historia, taaan divertida, en la que mi amigo Javier me había hecho ir a una cita en su lugar, pues le había dicho a la chica de turno que era mucho más alto y guapo de lo que lo era en realidad… Yo, que en ese momento estaba bebiendo, escupí el vino como un aspersor, pulverizándolo sobre el cristal del acuario de peces de colores que flanqueaba la mesa… “¡Será cabrón!”, creo que hasta dije en voz alta.

Al tratar de coger una servilleta de la mesa para limpiar el estropicio, volqué la botella de Ribera en dirección a Lucía, salpicándole el vestido. Ella, lejos de enfadarse, se levantó de un gracioso salto, intentando claramente esquivar el riachuelo escarlata que corría amenazante por el mantel hacia ella… Ante mi atónita mirada, rebuscó en su bolso hasta encontrar un paquete de pañuelitos de papel, comenzando a limpiarse las manchas del vestido sin parar de reír… De pronto, se paró en seco y se puso pálida. Luego levantó la vista de su falda, mirándome fijamente, con gesto avergonzado… ¡Pero qué ojos! Y encima… veían.

Me levanté con tranquilidad de mi silla, muy serio. Bordeé la mesa hasta ponerme frente a ella, que bajó la mirada al suelo. Le agarré de las manos, que entrelazaba a la altura de su ombligo, jugando con la servilleta como una niña castigada. Ella me miró de nuevo entre sus largas pestañas, pidiéndome perdón por el engaño. Yo respondí con una sonrisa cómplice y le pregunté: <<¿Cuál es tu nombre real?>> Ella, tragando saliva, dejó salir un tímido “María” de sus labios, y luego trató de darme una explicación: <<“Es que mi amiga Lucía…>>.

<<¡Me alegro de verte por fin, María…!>>, la interrumpí yo, tratando de imitar el ridículo y elevado tono de voz que había utilizado al conocerla, inclinándome sobre su oído de la misma forma. María sonrió, y yo terminé la frase, esta vez en un susurro: <<El mío es Javier…>>.

la última cita a ciegas