El Síndrome del Guapo


Yo nunca me he visto más guapo de lo que mi madre me ha dicho siempre que era. Tengo días, como todos, imagino. De ésos que te miras al espejo y dices: “¡Vaya, mi madre vuelve a tener razón!”, y sales a la calle con una sonrisa de oreja a oreja y la gente te mira raro. No porque te vea más guapo que ayer, pues probablemente no te conozca de nada y no pueda compararte con otros días, sino porque llevas la cabeza bien alta y tu cara refleja un “me importa una mierda lo que penséis porque hoy tengo el guapo subido”. Y lo saben. Y lo sabes. Y vosotros también lo sabéis.

Pero lo más maravilloso es que a esa misma gente se le escapa una sonrisa por ver a una persona feliz y segura de sí misma, en un mundo tan gris y acobardado. Lo más probable es que no te vean ni guapo ni feo, simplemente ven a alguien brillar sin motivo; y eso no pasa a menudo.

Esta reflexión viene porque una de mis últimas noches de vino y rosas, un gran amigo, hablando de todo un poco, me dijo, así, a puerta gayola: “A ti lo que te pasa, es que tienes el síndrome del guapo: nunca te conformas con nada ni nadie, por muy bueno que sea, porque siempre piensas que podrás encontrar algo mejor…”. ¡Mátame camión! Creo que fue de los pocos piropos que me han echado en mi vida. Pero en lugar de ruborizarme, su sabor agridulce me revolvió el estómago… ¿Sería verdad?

Corrí al baño con el único objetivo de mirarme al espejo: tenía aspecto cansado y mis iris habían apagado su color verde hasta casi volverse marrones por completo. Las arrugas se dibujaban más que nunca en mi frente y tiraban de las comisuras de mis ojos hacia mis orejas incandescentes; y mi barba de tres días ya no era tan sexy como yo la había querido verla tras salir de la ducha aquella tarde, sino, más bien, de vagabundo. Estaba feo. Qué digo feo, ¡estaba feo de cojones!

Pasé más de diez minutos allí encerrado, aunque la gente de aquel bar no dejaba de aporrear la puerta desde fuera. Pero es que no podía parar de observar mi reflejo, perplejo. Cómo si fuera la primera vez que ese demacrado desconocido y yo nos viésemos las caras.

Y en mi cabeza no dejaban de chocar tres ensordecedoras ideas, como las bolas de un billar francés intentando escapar a la desesperada de su cautiverio, buscando unos agujeros que no existían: la primera, que mi madre me había mentido desde bien pequeño para hacerme fuerte. La segunda, que mi amigo me quería mogollón, aunque no vea muy bien, el pobre, y además me destroce de vez en cuando con sus verdades a medias. Y la tercera, y no por ello menos dolorosa, que ahora entendía por qué las mujeres más bellas que he conocido y deseado a lo largo de toda mi vida… tienen siempre la mirada tan triste.

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¡Ahí te quedas!


Lo que estoy a punto de decirte te va a doler, lo siento… Intentaré hacerlo de forma rápida, al igual que debe arrancarse una tirita: no le caes bien a todo el mundo. Aunque no entiendas por qué, no sea justo, y pongas tus mejores ganas y sonrisas en conseguirlo. Le caes mal. Punto. Supéralo.

Si te digo esto, es porque yo lo he sufrido en alguna ocasión reciente, y, hasta que no acepté que las personas somos como los colores -unos te gustan y otros no, sin más- me sentía miserable por ser rechazado. Y, encima, sin siquiera darme la oportunidad de demostrar lo genial que soy… Sí, sí, ya puedes ser el verde oliva más bonito del universo, que siempre va a haber alguien al que le den grima las aceitunas. Y, por consiguiente, tú. C’est la vie!

Es una batalla perdida. No es racional, no te lo tomes tan a pecho. Sólo tenemos que mirar alrededor y pensar en esa gente que nos cae mal a nosotros. Haz la prueba. La mayoría de las veces no hay un motivo, sólo una afirmación: “Porque sí. ¡Porque es gilipichis!”, ¿verdad? Pues ahí lo tienes: igual de gilipichis somos nosotros para otr@s, aunque nuestras madres nos hayan dicho siempre que somos simpatiquísimos, guapísimos y listísimos. A ell@s también se lo han dicho las suyas hasta la saciedad. Y las madres siempre llevan la razón, nunca lo olvides.

En serio, basta ya de esforzarnos tanto en caerles bien a personas que no merecen la pena, y que nos hacen más y más pequeños cada vez que tratamos de acercarnos. ¡Ellas se lo pierden! Así que, cabeza bien altita y media vuelta, camaradas. Más que nada, porque nos están robando una energía y un tiempo valiosísimos para dedicar a esas otras que nos quieren tal y como somos: sin careta y de un precioso color aceituna. Aunque, efectivamente, de vez en cuando, y sólo de vez en cuando… seamos un poco gilipichis. :)

La punta del iceberg


Hemos escuchado en tantas ocasiones en las películas y en la vida real la frase: “Ojalá te hubiera conocido antes”, que ya la decimos por defecto cuando empezamos una relación. Pero muchas de estas veces, tendríamos que mirarnos a los ojos y, con idéntico tono apasionado, soltarnos sin paños calientes: “Ojalá te hubiera conocido… después”.

¡No pongáis esa cara! Ya veréis como llevo razón. A ver si con un ejemplo…

Imaginaos si Kate y Leo se hubieran conocido dos años antes de subir al Titanic. ¡Qué bien!, ¿no?, diréis, se habrían ahorrado un montón de sufrimiento: que si me tiro, que si te salvo; que si te esposan, que si te libero con el típico hacha… Y, además, él seguiría vivito y coleando, que nunca viene mal que ambas partes respiren para esto del amor.

Pues eso, que serían superfelices juntitos en un modesto piso de Southampton, Inglaterra: lugar de donde salió el barco, sin ellos dentro, siguiendo con nuestra hipótesis. Jack tendría un puesto en el mercadillo que ponen en la Plaza Mayor los sábados por la mañana, entre un tenderete de fruta y otro de tres bragas a una Libra, donde vendería sus caricaturas de jugadores de críquet (o a lo que jugasen por aquel entonces los ingleses), dibujadas a carboncillo. Y Rose… yo qué sé, regentaría una peluquería low cost llamada “Dawson’s style” o un chiringuito de nutrición y dietética. ¿A que sí…?

¡Sabéis perfectamente que NO! No se habrían dado ni los buenos días, vamos. ¿Por qué? Porque se habrían conocido… ¡pronto!

No somos conscientes de que si hubiéramos encontrado a ese ser que ahora nos parece tan especial en una etapa anterior de nuestras vidas, habría resultado una verdadera catástrofe. No porque fuéramos distintos entonces –siempre he defendido a muerte que las personas no cambiamos–, sino porque a ambas partes nos faltaría el equipaje que ahora llevamos sobre los hombros y bajo el corazón: palos, principalmente. Y estaríamos incompletos. Y ahí quería yo llegar: hay que embarcarse en relaciones con personas ya completitas. Aquí no estamos para curar o salvar a nadie, que ya bastante tenemos con lo que tenemos. No sobrecarguemos la red, o ya sabéis: cortocircuito y hasta nunqui.

¿No me digáis que no os ha pasado nunca eso de estar paseando de la mano de alguien, o lo que es peor, bajo un mismo paraguas, y que el otro dé unas zancadas tremendas o unos saltitos minúsculos que rompen el ritmo? Pues esto es lo mismo: si dejamos que el tiempo siga su curso, sin precipitarnos, nos volveremos a encontrar en un recodo del Camino, fijo. Justo cuando los dos tengamos sincronizados nuestros pasos. Y en ese preciso instante… ¡toma, de morros contra un iceberg! Fin. ¡jaja!

Qué le vamos a hacer, la vida es así: lo bueno dura poco. Pero si sucede cuando debe suceder… será tan grande lo que haya debajo de ese pequeño pico de hielo que sobresale de nuestro océano, que quizás un día hagan una peli de la tarde en que tú y yo nos conocimos. Y, quién sabe, hasta puede que lleguemos a ganar 11 Oscars. :)

Lo importante de lo importante


Y entonces un día te levantas con la necesidad de avanzar. ¡Basta ya!, gritas, y te sientas enfrente de tu vida después de mucho tiempo sin miraros a los ojos.

Y comienzas a arrancar páginas de ese guión que tanto esfuerzo te ha costado escribir: dieciséis de ciento cuarenta. ¡Dieciséis! Quizás las que tú sigues creyendo que son las más bonitas, sí, pero que no aportan nada nuevo a la historia. Ésas que desde el principio querías que estuviesen ahí sí o sí; porque son trozos de ti, aunque a nadie le interesen lo más mínimo. Pero también sabes que son las que te anclaban a un recuerdo que te inventaste, que ya no existe, que ya no eres. Y que debes guardarlas en secreto. Sssshh.

Y te quedas con lo que en verdad te mantiene vivo: con lo importante de lo importante.

Y no, no duele tanto como pensabas. Tal vez un poco más que una tirita despegada a traición de tus entrañas, sin avisar. Pero no te desgarra ni desangra. Ni siquera te mata, como temías. De hecho, sientes alivio… dejándote un cierto sabor a valor en la boca.

Y, por fin, avanzas.

Lo importante de lo importante

El pie fuera del precipicio


Siempre he estado de acuerdo con eso de que es bueno sentir “algo de miedo” cuando te enfrentas a la mayoría de las situaciones que te hacen avanzar.  Cuando vas a salir al escenario, cuando estás a las puertas de alcanzar o no un sueño, cuando has tomado la decisión de huir de lo que te ata a eso que te hace tan infeliz; o el miedo más terrorífico de todos: cuando vas a dar el primer beso. Yo lo llamo “el pie fuera del precipicio”. Porque, por mucho que hayas trabajado,  por mucho que creas en tus posibilidades, por mucho que sepas que es lo que quieres en realidad… puede salir cruz, puede salir rana, puede, simplemente, no salir. Y eso, camaradas, vaya que si da miedo.

Lo peor es escuchar a la gente de alrededor llamándote “valiente”, mientras tú luchas por aguantar las ganas de vomitar y te esfuerzas por maniatar al enjambre de preciosas mariposas y abejas asesinas que se te arremolinan en el estómago; que, sin preocuparles ni lo más mínimo tus taquicardias y apneas nocturnas, libran una encarnizada batalla a muerte en tu interior. Te dejan sin aliento, desnudo con todos mirándote expectantes, colgando de un hilo sobre el abismo. ¡Qué miedo, joder, qué miedo!

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Pero luego todo pasa. Sí, y menos mal. Si lo has logrado se te olvida el pavor que sentiste. Si fracasas, aprendes de tus errores y culpas al karma (o a los otros, que alivia más). Si te caes de bruces en mitad de las tablas, con el telón ya subido, el aplauso del público, humano al fin y al cabo, te da las fuerzas necesarias para levantarte y hacer una reverencia agradecida. No pasa nada. Todo se olvida al final. El  miedo se diluye.

Incluso la rojez y la vergüenza de tu mejilla tras la bofetada por aquel beso que robaste, se borran tarde o temprano. Porque al menos lo intentaste. Porque “la angustia de no saber qué habría pasado si…” ya no volverá jamás a darte punzadas en el pecho. Y, en ese preciso instante, te das cuenta de que aquellos ojos asombrados tenían razón: ¡eres un valiente! Apaleado, pero valiente. Son cosas compatibles.

Y sonríes, vaya que si sonríes.

El miedo es así. A veces un aliado, a veces un monstruo, a veces… sólo es uno mismo.