Lo importante de lo importante


Y entonces un día te levantas con la necesidad de avanzar. ¡Basta ya!, gritas, y te sientas enfrente de tu vida después de mucho tiempo sin miraros a los ojos.

Y comienzas a arrancar páginas de ese guión que tanto esfuerzo te ha costado escribir: dieciséis de ciento cuarenta. ¡Dieciséis! Quizás las que tú sigues creyendo que son las más bonitas, sí, pero que no aportan nada nuevo a la historia. Ésas que desde el principio querías que estuviesen ahí sí o sí; porque son trozos de ti, aunque a nadie le interesen lo más mínimo. Pero también sabes que son las que te anclaban a un recuerdo que te inventaste, que ya no existe, que ya no eres. Y que debes guardarlas en secreto. Sssshh.

Y te quedas con lo que en verdad te mantiene vivo: con lo importante de lo importante.

Y no, no duele tanto como pensabas. Tal vez un poco más que una tirita despegada a traición de tus entrañas, sin avisar. Pero no te desgarra ni desangra. Ni siquera te mata, como temías. De hecho, sientes alivio… dejándote un cierto sabor a valor en la boca.

Y, por fin, avanzas.

Lo importante de lo importante

Anuncios

El pie fuera del precipicio


Siempre he estado de acuerdo con eso de que es bueno sentir “algo de miedo” cuando te enfrentas a la mayoría de las situaciones que te hacen avanzar.  Cuando vas a salir al escenario, cuando estás a las puertas de alcanzar o no un sueño, cuando has tomado la decisión de huir de lo que te ata a eso que te hace tan infeliz; o el miedo más terrorífico de todos: cuando vas a dar el primer beso. Yo lo llamo “el pie fuera del precipicio”. Porque, por mucho que hayas trabajado,  por mucho que creas en tus posibilidades, por mucho que sepas que es lo que quieres en realidad… puede salir cruz, puede salir rana, puede, simplemente, no salir. Y eso, camaradas, vaya que si da miedo.

Lo peor es escuchar a la gente de alrededor llamándote “valiente”, mientras tú luchas por aguantar las ganas de vomitar y te esfuerzas por maniatar al enjambre de preciosas mariposas y abejas asesinas que se te arremolinan en el estómago; que, sin preocuparles ni lo más mínimo tus taquicardias y apneas nocturnas, libran una encarnizada batalla a muerte en tu interior. Te dejan sin aliento, desnudo con todos mirándote expectantes, colgando de un hilo sobre el abismo. ¡Qué miedo, joder, qué miedo!

el-pie-fuera-del-precipicio

Pero luego todo pasa. Sí, y menos mal. Si lo has logrado se te olvida el pavor que sentiste. Si fracasas, aprendes de tus errores y culpas al karma (o a los otros, que alivia más). Si te caes de bruces en mitad de las tablas, con el telón ya subido, el aplauso del público, humano al fin y al cabo, te da las fuerzas necesarias para levantarte y hacer una reverencia agradecida. No pasa nada. Todo se olvida al final. El  miedo se diluye.

Incluso la rojez y la vergüenza de tu mejilla tras la bofetada por aquel beso que robaste, se borran tarde o temprano. Porque al menos lo intentaste. Porque “la angustia de no saber qué habría pasado si…” ya no volverá jamás a darte punzadas en el pecho. Y, en ese preciso instante, te das cuenta de que aquellos ojos asombrados tenían razón: ¡eres un valiente! Apaleado, pero valiente. Son cosas compatibles.

Y sonríes, vaya que si sonríes.

El miedo es así. A veces un aliado, a veces un monstruo, a veces… sólo es uno mismo.

De amores y miedos


Mi forma de ver el mundo ha cambiado. He empezado a escucharlo. Mis historias ya me conocen demasiado bien, así que, mi pluma, como una vara zahorí, me guía ahora hacia los ombligos de los otros, nutriéndome de nuevas ideas… Probadlo.

Salí por la boca de Metro de Sol, pensando cómo podía esquivar las hordas de comerciales de ONGs que te abordan sin piedad de camino a la Plaza de Callao, pues era allí donde había quedado con ella. Cascos de música en los oídos y gafas de sol cubriendo los ojos, fueron mi primer escudo de defensa. Si tú no oyes sus súplicas y ellos no adivinan tu mirada de póquer, es siempre más fácil no tener misericordia con el enemigo.

Alcé la vista. Allí estaban, estratégicamente colocados, sin dejar escapatoria posible, a lo largo y ancho de la Calle Preciados. Clavé de nuevo los ojos en el empedrado del suelo y comencé a andar a buen ritmo y, como un quarterback de fútbol americano, empecé a driblar a los jugadores del equipo contrario. Una yarda, dos, tres… La cosa iba muy bien. Si no perdía la concentración, nada podría impedir que anotara un touchdown en los cuatro minutos que me separaban de la línea de fondo, donde esperaba mi premio.

Pero cometí un error. Al hacer un movimiento brusco para zafarme de una chica armada con una carpeta naranja, una sonrisa Profident y unos inmensos ojos azules que habían fijado su objetivo en mi debilidad… me topé de frente con otro pequeño muchacho que hincó su mirada en el reflejo de mis gafas, y yo en su cara de clemencia. ¡Maldición, había caído en una emboscada!

Perdona, pero tengo mucha prisa”, le dije demasiado alto, pues no oía mi propia voz debido a la música que gritaba en mis orejas. “Yo no.”, pude leer en sus labios, amoratados por el frío. Me quité los cascos, como un acto reflejo de humanidad. Estaba perdido…

-De verdad, que no puedo pararme…

-No te preocupes. ¿Te importa que te acompañe? Me vendrá bien andar un poco…-respondió, frotándose los brazos.

Encogiéndome de hombros, retomé mi camino calle arriba, con mi nuevo amigo a la zaga. Vale que me había ganado el primer round, pero no iba a ponérselo fácil. El muchacho, situándose a mi altura en un santiamén, empezó a tratar de llamar mi atención, hablando de que ellos eran como las flores en primavera, saliendo de lugares inesperados, para dar un toque de color entre tanto gris. Sin pensarlo demasiado, yo respondí que era alérgico a las flores…

En lugar de ver rodar su cabeza por los adoquines como yo esperaba, él rió mi ocurrente bordería, haciéndome esbozar una sonrisa de triunfo, bajar la guardia y ralentizar mi paso. Entonces comenzó a narrar historias de aldeas infantiles, niños tristes y gente bondadosa. A la altura de El Corte Inglés no lo soporté más, y me detuve en seco.

-Mira, te voy a contar mi situación rápidamente para no alargar la agonía, ni hacernos perder el tiempo el uno al otro -solté un poco ofuscado, mientras el chico me observaba divertido. Obviamente, estaba orgulloso de haber conseguido que me parase a hablar con él-. Después de diez años de carrera profesional, he reseteado mi vida para empezar de cero, persiguiendo un sueño… Así que no tengo un puñetero duro. Lo siento. De verdad.

Después de escupir esta frase, el chico se quedó pensativo, en silencio.

Sin entender aún por qué demonios le estaba contando mis miserias e ilusiones a un total desconocido, volví a ponerme en marcha. Y él, por supuesto, también.

-¿Sabes?, hay decisiones que se toman desde el amor… y otras desde el miedo. -dijo el chaval según llegaba a mi altura, con toda la tranquilidad y seguridad que le permitía hablar en plena persecución.

De amores y miedos

Estas palabras produjeron un cortocircuito en mi encabritado y congelado cerebelo, mandando a mis pies y mis piernas una orden contradictoria. Clavé mis pies en el suelo helado y, quitándome las gafas de sol, busqué su mirada, preguntándole que qué quería decir con eso… Estaba muerto.

-Fácil -sonrió-. Tú has tomado esa decisión desde el amor, desde la pasión… No puede salir mal.

-Pero…

-Pero nada. La mayoría de las personas toman decisiones importantísimas desde el miedo, conformándose con el camino sencillo… Con la infeliz vida que les ha tocado. Pero tú no. Tú no.

Un leve “gracias…” salió de mis labios contrariados.

Tras contemplar por unos segundos las chispas que debían de estar saltando de mi cráneo, a punto de quemarme el pelo, el comercial de la ONG volvió a hablar:

-Son sólo diez euros al mes…

Levanté los ojos al cielo, sin poder creer lo que acababa de escuchar… Al ver mi reacción, el jovial muchacho no pudo contener una carcajada.

-Tenía que intentarlo… -dijo entre risas, a las que yo también me uní. Luego prosiguió:- Desde el amor, recuerda. Siempre.

Entonces, el chico me ofreció su mano para que se la estrechara, a modo de despedida, diciéndome su nombre y que le había encantado charlar un rato conmigo. Yo lo hice con cariño y agradecimiento, al tiempo que le revelaba el mío.

Cuando quise darme cuenta, Pedro ya estaba andando calle abajo dando graciosos saltitos, mientras se perdía entre una marabunta de gente que disimulaba, tratando de esquivarle… Por supuesto, todos lo hacían desde el miedo… Pero sólo yo lo sabía.

Entre bambalinas


Olvídate de mí. Olvida todo lo que fuimos y lo que pudimos haber sido. Ya no existimos. La palabra nosotros, se nos perdió entre las sábanas de aquella cama deshecha mil veces.

Lo sé… Cada día que pasa, yo también veo cómo esos recuerdos que inventamos entre los dos se vuelven más y más bonitos, alegres, perfectos. Sí, y que no cuesta nada llevarlos en el pecho… porque no pesan. Pero creo que tienen parte de mentira, y la mentira tiene las patas muy cortas y las caricias muy largas.

Olvídate de mí, por favor. No le hables de quién era yo. No le cuentes que te dejabas ganar siempre que jugábamos a ser mayor. Sólo por placer. Para sentir el castigo de mis manos y el indulto de mi boca; para verme cobrándome tus pecados… fotograma a fotograma.

No le digas que teníamos planes a cien años vista, de sofá y manta, de abrazos y arrugas; donde seguiríamos disfrutando de nuestros silencios juntos. Que no sepa ni tan siquiera mi nombre. En tus labios suena demasiado bien: a caballero de armadura brillante y corcel blanco. Si lo haces, él lo odiará cada vez que lo pronuncies, aunque sea al estornudar…

Olvídate de mí, amor. Nuestra historia es un cuento inacabado que no llegó a las estanterías de las librerías. Quizás porque gastamos demasiada tinta en los bellos dibujos que lo adornaban. Tinta azul, que se nos terminó antes de llegar a la última página. Pero qué paisajes…

Hazlo, pues yo juraré que te he olvidado… Aunque, en secreto, sabes que te esperaré cada noche entre bambalinas y sueños, justo en ese lugar donde nos encontró la palabra nosotros.

Entre bambalinas

Basado en hechos reales


San Valentín es todos los días

 

Amor, era presentarse el día de San Valentín en el colegio con una carta escrita a mano, repleta de frases robadas a canciones. Dedicación, era haberle arrancado con sumo cuidado todos los flecos a esa hoja de cuadritos, como si te fuese la vida en ello. Locura, era acompañar esos sentimientos a lápiz con un colgante de corazón bañado en oro de cero quilates, pero que a ti te había costado tres pagas semanales. Valentía, era entregarle tu declaración de amor a aquella popular chica, aun sabiendo que ella no recordaba ni tu nombre…

Eso, eso sigue siendo amor. Y, lo que no se le parezca… es otra cosa.