El ojo izquierdo de Forest Whitaker


Siempre tratamos de ocultar aquellas cosas de nosotros mismos que nos hacen diferentes al resto. Porque las consideramos imperfecciones, y nos avergüenzan. Porque lo distinto es raro. Y nadie quiere ser raro. Todo es más fácil si estás dentro de unos cánones, de unos parámetros que antes marcaba la SuperPop, y hoy, ésos que se hacen llamar influencers y que te dan lecciones de cómo ser una persona exitosa sin levantarte de la silla… aun teniendo clarísimo, a base de leches, que para alcanzar metas y curar heridas -sobre todo las que tienen que ver con asuntos del corazón- sólo hay una fórmula secreta y magistral: mover el culo.

A ver, todos tenemos cosas que nos vienen de serie, y que poco podemos hacer para cambiarlas. Y no me refiero sólo al aspecto físico -aunque sea el que, sin duda, más nos atormente a la estúpida raza humana-, sino también al intelectual y a la forma de ser. Yo, sin ir más lejos, tengo una memoria de pez contra la que no puedo luchar. ¡Y que conste en acta que lo he intentado en mil ocasiones!, ¿eh? Pero la verdad es que un día dejé de enfrentarme a “mi tara”, y decidí empezar a disfrutar de sus ventajas. No os podéis hacer una idea de lo gratificante que es sorprenderte una y otra vez con películas o libros que sabes que te encantaron, pero que nunca te acuerdas del final. ¡Son una apuesta segura! Y ni qué decir de lo genial que es que me duren tan poco los enfados, por muy gorda que haya sido la causa que me los ha provocado… Llamadlo la felicidad del tonto, si queréis. ¡Me la refanfinfla! (Os lo digo desde el más profundo cariño que os profeso, por supuesto. jaja!)

¿Y por qué os decía yo esto…? ¡Ah, sí, por lo del mágico ojo izquierdo de Forest Whitaker!

Pues eso, que quizás en nuestras diferencias esté precisamente nuestra fortaleza; y si sabemos aprovecharlas, y las queremos y valoramos como se merecen, cuando menos lo esperemos puede que se conviertan en fieles aliadas. En un sello personal e intransferible. ¡En nuestro viento y nuestras velas! ;)

Y en ese preciso instante, los que sean perfectos, los que estén repes… ¡se morían de envidia!

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Madurar de la risa


“Tú siempre te estás riendo, ¿no?”. Cuando mi jefa me regaló esa frase al poco de conocerme, alucinada por encontrarse frente a frente con un trabajador con un entusiasmo y una jovialidad inusuales en un lomo plateado como yo, me quedé paralizado. Más que nada, porque me recordó que hacía por lo menos una década que nadie me acusaba de algo así… Y me asusté. Mucho. Pese a darle por respuesta un “debe de ser que soy feliz” seguido de una carcajada, me horrorizó pensar que llevaba diez años con la risa floja perdida, y que ni siquiera me había dado cuenta. ¡Diez!

“Menos mal que mi subconsciente se ha debido de percatar de mi despiste… y ha abortado misión antes de que sea demasiado tarde”, me dije. :) Pero ¿qué me había pasado para olvidarme de reír por reír durante tanto tiempo? No podía creerme que eso estuviera englobado dentro de esa palabrota que tantas veces me han arrojado a la cara; quizás con razón en algunas, y por pura pataleta en otras: ¡madura!

Y digo yo, ¿no será al revés…?

Foto real tomada en mi oficina. Dicen que soy el limón.

En serio, adultos, ¿qué puede ser tan importante como para perder la risa? No podemos consentir que, después del dineral que se gastaron nuestros padres en ortodoncias, y las penurias que pasamos nosotros por llevar la boca repleta de hierros en plena adolescencia, nos cueste tanto sonreír ahora… ¡Venga ya!

Que sí, que lo sé, que esta vida tiene sus tristezas, injusticias y desamores; y hoy más que nunca. Pero no me negaréis que una de las cosas más bonitas y necesarias que tiene este mundo, es que exista ese alguien que te haga sonreír cuando estás llorando.

El currículum invertido


Aprovechando que acaba de comenzar el nuevo año, y que éste sí que sí va a ser el bueno… tenemos que cambiar las cosas desde ya, compañer@s. Y creo que lo mejor será empezar por la forma de buscar trabajo. El primer paso es difícil pero esencial: valorarse a uno mismo para que los demás te valoren. Como todo en la vida, vamos.

En mitad de la escalada a mi último sueño, me he dado cuenta, afortunadamente no demasiado tarde, de que lo llevaba enfocando mal mucho tiempo. Y he llegado a la conclusión de que deberían ser las empresas las que se dejasen la piel por encontrar gente con talento y energía. Y no al revés. Yo, personalmente, me he hartado en varias ocasiones a rogar que me dieran una oportunidad, a veces con éxito y otras no, aun sabiendo que serían ellas las que sacarían el mayor beneficio de mis ganas y mis habilidades si accedían. Y lo peor de todo, es que ellas también lo sabían… ¡Hasta ahora!

Así pues, he decidido redactar un “currículum invertido”, que no es otra cosa que la suma de requisitos que debe cumplir una compañía si quiere contar conmigo entre sus filas. Y si no existe ninguna que lo haga… ¡inventaré mi propio trabajo! :) Ahí va:

A/A Dpto. de RR.HH. de XXXXX & Co.

Lo primero de todo, agradecerle que se haya puesto en contacto conmigo para ofrecerme un puesto como redactor/copy/guionista en su prestigiosa empresa audiovisual. Por favor, lea detalladamente los requerimientos que indico a continuación, y hágame saber si los cumple. De ser así, estudiaré la posibilidad de concertar una entrevista con usted:

1. Dado que exige que tenga 10 años de experiencia en redacción de contenidos y guiones audiovisuales en otras empresas de marketing, publicidad, cine y TV; cuyo requisito poseo, entiendo que el salario irá acorde con las funciones a desempeñar. Ha debido de haber un error, porque no lo he visto reflejado en su oferta. Me ha parecido leer algo así como “según valía del candidato”, pero le recuerdo que lo que aquí está evaluándose es SU valía. La mía queda patente con lo anterior expuesto.

2. Si desea contar en su equipo con un redactor/copy/guionista tan original e implicado como la experiencia y formación de un servidor demuestran, por favor, asegúrese de que, una vez dentro, dicho trabajador no tenga que ocuparse de otras tareas fuera de sus competencias, pues le robarían un tiempo precioso para llevar a buen puerto y en plazo las labores por las que se le pagan. Véase facturación, gestión de programas tecnológicos, reuniones con proveedores, etc. Para eso existen contables, ingenieros informáticos y jefes de compras muy bien cualificados. Lo sé, sale más barato contratar a uno que a cuatro, pero esos profesionales también tienen la mala costumbre de comer, y yo la de dormir y estar con mis amigos y familia. Y le aseguro que si quiere las cosas bien hechas, NO debería diversificar el potencial de su personal. Cada uno vale para lo suyo, y sobrecargarle con otras funciones ajenas le resta calidad a lo que se le da bien. Si lo necesita, puedo pasarle algunos contactos.

3. Si pide que hable inglés, que lo hablo, asegúrese de que vaya a necesitarlo realmente para llevar a cabo mi trabajo. Aunque, por pedir que no quede, ¿verdad? Total, hay miles de chavales exiliados en el extranjero que estarían encantadas de volver, si les ofrecieran un contrato en prácticas a cambio de la tarjeta mensual de transporte. Siga así, en serio… Ah, y apúntese a un curso de inglés; puede que me lo agradezca algún día si le tocase a usted emigrar esta vez, como me tocó a mí en su momento. Conozco un hotelito en Edimburgo, en el que buscan constantemente gente para hacer camas y limpiar los baños… Y pagan bastante mejor que algunas compañías españolas que te piden carrera y máster para cubrir puestos de mi****. (Que también tengo ambas cosas, por cierto).

4. Por último, hablaremos de diversión. Y con esto no le pido que deje campar por la oficina a las mascotas, que ponga un futbolín en mitad del hall para que las visitas vean lo modernita que es su “startup”, o que tenga una sala con paredes de colores estridentes y puffs mullidos para desconectar cuando toque hacer un “break” o para las reuniones “afterwork”. Tenga en cuenta que, para tener a los empleados contentos y que rindan al máximo en sus puestos de trabajo, la mayoría de las veces tan sólo hace falta respetar los horarios de entrada y salida y los días de vacaciones. Dé por sentado que si es así, su gente será la primera en arrimar el hombro las horas que hagan falta en los picos de trabajo que puedan surgir en SU empresa. Porque se lo habrá ganado usted antes. Ah, y no sea cutre con las cestas de Navidad, hombre… que un salchichón más o menos no se notará naíta entre tanto chorizo. ;)

Le doy las gracias de nuevo por haber pensado en mí para ser su próximo fichaje-estrella. Espero poder darle una contestación lo más rápido posible. Si en unos días (o semanas) no ha recibido noticias mías, significará que otra candidata ha sido la elegida. En tal caso, no desespere, me guardo su propuesta para futuros procesos de selección… [dibujito de mono tapándose la boca].

Un cordial saludo, y que le traigan muchos currículums invertidos los Reyes Magos…

Lo importante de lo importante


Y entonces un día te levantas con la necesidad de avanzar. ¡Basta ya!, gritas, y te sientas enfrente de tu vida después de mucho tiempo sin miraros a los ojos.

Y comienzas a arrancar páginas de ese guión que tanto esfuerzo te ha costado escribir: dieciséis de ciento cuarenta. ¡Dieciséis! Quizás las que tú sigues creyendo que son las más bonitas, sí, pero que no aportan nada nuevo a la historia. Ésas que desde el principio querías que estuviesen ahí sí o sí; porque son trozos de ti, aunque a nadie le interesen lo más mínimo. Pero también sabes que son las que te anclaban a un recuerdo que te inventaste, que ya no existe, que ya no eres. Y que debes guardarlas en secreto. Sssshh.

Y te quedas con lo que en verdad te mantiene vivo: con lo importante de lo importante.

Y no, no duele tanto como pensabas. Tal vez un poco más que una tirita despegada a traición de tus entrañas, sin avisar. Pero no te desgarra ni desangra. Ni siquera te mata, como temías. De hecho, sientes alivio… dejándote un cierto sabor a valor en la boca.

Y, por fin, avanzas.

Lo importante de lo importante

Mi posesión demoníaca particular


Hay veces que todos necesitamos un exorcismo. De los gordos, además. Debemos sacar esos demonios de nuestro interior, cuanto antes, o acabarán devorándonos vivos. No tenemos ni idea de cómo hacerlo. Nadie lo sabe. Ni siquiera yo, que me he puesto a escribir esto, sólo por probar si funcionaba… Ya os contaré.

Tus propios demonios

Siempre se ha dicho, por lo menos en el mundo del espectáculo, que es más fácil hacer llorar que reír. Mucho más. Y estoy de acuerdo. En los casos en los que sientes que todo va mal, lo más sencillo es meter la cabeza entre las rodillas y atormentarse a uno mismo sin descanso, diciéndote: <<De ésta no salgo. Estoy muerto. Quiero estar muerto. Dejadme solo. ¡Alejaos de mí, joder! ¿Pero es que no veis que estoy triste y no soy buena compañía? ¡Fueraaaaa!>>. Nadie puede ayudarte. Nadie. Y cuanto más lo intentan, más los desprecias: <<¡Volved a vuestras perfectas y asquerosas vidas y dejadme en paz de una maldita vez!>>. Y si guardan silencio es casi peor: <<¡Eso, eso! ¡Muchas gracias, amigo de mierda! Eso es todo lo que te importo, ¿verdad?>>.

Qué ridículos somos, de verdad… ¡Qué ridículos!

Recuerdo una discusión con una de mis ellas favoritas del pasado. Quizás fue el principio del fin, no sé. Estaba muy ofuscada por un asunto laboral y la inestabilidad que eso le hacía sentir. Yo, con toda mi buena intención, le dije que no se preocupara; que vendrían buenos tiempos, y que, al fin y al cabo, nos teníamos el uno al otro mientras tanto… ¡Error! Empeoré las cosas aún más: estuvo sin hablarme dos largos días.

A la tercera noche, cuando el que estaba empezando a enfadarse era yo, volví a sacar el tema… Ella respondió que a veces no necesitaba que le dijese que todo iba a solucionarse, sino que me pusiese de su lado; que le dijera simplemente que eran unos cabrones por hacerle eso, la abrazara, y ya.

En el momento no lo entendí. De hecho, creo que no lo he hecho hasta ahora mismo, según lo estaba recordando: hay demonios que de pronto se sientan en tu sofá preferido. Ahora es suyo y sólo suyo, y no piensan consentir que los eches hasta que se aburran de verte suplicar, llorar e insultar. Entonces, y sólo entonces, se irán con sus llamas a otra parte.

Así que, después de agotar nuestras reservas de lágrimas, arrancar el viejo papel de las paredes y echarle la culpa al resto del mundo por confabular contra nosotros… es hora de llevar a cabo nuestro propio exorcismo. Sí, porque somos los únicos que tenemos el agua bendita y los crucifijos adecuados para nuestra posesión demoníaca particular: acomodémonos sobre la alfombra, miremos a los ojos a esos bastardos y digámosles sin titubear: “Sacad las cartas de póker, ¡cabrones!, que esta noche va a ser larga… ¡Ese sofá es mío, y lo voy a recuperar!”.

Enfrentando demonios

El pie fuera del precipicio


Siempre he estado de acuerdo con eso de que es bueno sentir “algo de miedo” cuando te enfrentas a la mayoría de las situaciones que te hacen avanzar.  Cuando vas a salir al escenario, cuando estás a las puertas de alcanzar o no un sueño, cuando has tomado la decisión de huir de lo que te ata a eso que te hace tan infeliz; o el miedo más terrorífico de todos: cuando vas a dar el primer beso. Yo lo llamo “el pie fuera del precipicio”. Porque, por mucho que hayas trabajado,  por mucho que creas en tus posibilidades, por mucho que sepas que es lo que quieres en realidad… puede salir cruz, puede salir rana, puede, simplemente, no salir. Y eso, camaradas, vaya que si da miedo.

Lo peor es escuchar a la gente de alrededor llamándote “valiente”, mientras tú luchas por aguantar las ganas de vomitar y te esfuerzas por maniatar al enjambre de preciosas mariposas y abejas asesinas que se te arremolinan en el estómago; que, sin preocuparles ni lo más mínimo tus taquicardias y apneas nocturnas, libran una encarnizada batalla a muerte en tu interior. Te dejan sin aliento, desnudo con todos mirándote expectantes, colgando de un hilo sobre el abismo. ¡Qué miedo, joder, qué miedo!

el-pie-fuera-del-precipicio

Pero luego todo pasa. Sí, y menos mal. Si lo has logrado se te olvida el pavor que sentiste. Si fracasas, aprendes de tus errores y culpas al karma (o a los otros, que alivia más). Si te caes de bruces en mitad de las tablas, con el telón ya subido, el aplauso del público, humano al fin y al cabo, te da las fuerzas necesarias para levantarte y hacer una reverencia agradecida. No pasa nada. Todo se olvida al final. El  miedo se diluye.

Incluso la rojez y la vergüenza de tu mejilla tras la bofetada por aquel beso que robaste, se borran tarde o temprano. Porque al menos lo intentaste. Porque “la angustia de no saber qué habría pasado si…” ya no volverá jamás a darte punzadas en el pecho. Y, en ese preciso instante, te das cuenta de que aquellos ojos asombrados tenían razón: ¡eres un valiente! Apaleado, pero valiente. Son cosas compatibles.

Y sonríes, vaya que si sonríes.

El miedo es así. A veces un aliado, a veces un monstruo, a veces… sólo es uno mismo.