Mentiras bonitas para noches oscuras


Hace poco escuché en una peli de ésas que veo en Netflix cuando tengo un día rojo, una frase que decía algo así como: Las noches más oscuras producen las estrellas más brillantes.” ¡Olé tú, señor/a guionista!, solté en voz alta intentando contener la lagrimilla y el hipo, al mismo tiempo que rellenaba mi copa de vino para emergencias…

Entonces le di adelante y atrás unas setecientas treinta y siete veces, tratando de memorizar aquellas palabras para repetírmelas a mí mismo en esos momentos en los que no sé si cortarme las venas o dejármelas largas… O lo que es peor: en esos otros en los que tú necesitas desesperadamente que te susurre una mentira bonita al oído cuando estás hecha añicos entre mis brazos, y mis cuerdas vocales sólo me permiten hacer lo de siempre en estos casos: apretarte contra mi cuerpo aún más fuerte.

Pero quiero que sepas, bella, que, aunque lo más probable es que mis labios hayan olvidado para entonces aquella frase de Netflix, estoy seguro de que de tu próxima noche oscura brotará la estrella más brillante que jamás hayan visto tus ojos de niña. Porque cerraré los míos, a la vez que mi abrazo, pidiéndole al que apaga y enciende el firmamento -dependiendo de la tonalidad de rojo que él haya tenido su día- que así sea.

¡Brilla!

Anuncios

El eslabón circular


Siempre se me ha llenado la boca diciendo que el amor era fortuito, una coincidencia, un atardecer de suerte en el que dos personitas se miraban a los ojos y a los labios sin venir a cuento, se decían a sí mismos “¿y por qué no?” y, ¡plas!, beso al canto. ¡Bienvenidos a una relación eterna con los días contados!

Sí, sí, hace años funcionaba así… Sólo dependía de algo tan grande e improbable como una alineación de planetas, o tan pequeño y simple como una mirada. ¡Y vamos que nos vamos! Pero hoy no… Hoy es una locura, una exceso de demanda frente a una oferta en números rojos; una ecuación de segundo grado en la que, después de estrujarte los sesos y el corazón durante más noches de las que nadie en su sano juicio debería ser capaz de soportar por ley, ese alguien que te quita el sueño y el habla, va y despeja la “x” sin preguntarte siquiera. Y, ¡vaya por dios!, esa “x”… eres tú. C’est la vie, mon ami!

Porque sí, porque con el tiempo todos nos volvemos más resabiados, más exigentes o simplemente más tontos (de los palos que nos hemos llevado en la cabeza y en la patata, casi con total seguridad), y creemos que el amor debe ser blanco o negro, o no lo queremos. Sin grises ni rosas intermedios. ¡Y así vamos fatal! En serio, escúchame, como sigamos forzando la máquina… nos extinguimos y vuelven los dinosaurios.

Sí, tú ríete, pero no sé si a ti también te habrá pasado alguna vez eso de darte cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, sólo porque has tenido la desdicha de enamorarte de quien no debías, te has convertido en un débil eslabón de lo que yo llamo (redoble de tambores y voz de ultratumba): “La cadena de amor disléxica”.  Me explico…

Tú eres Juani, ¿vale? Pues bien, Juani está enamorada de Eusebio. Pero, fíjate qué cosas, Eusebio está enamorado de Luisa, a la que conoció justo el día que él pretendía dejar de fumar. Pero nada más encontrarla tras el mostrador de aquel nuevo estanco, decidió que ya dejaría ese vicio en otra vida, porque quería tener la excusa de ver a diario a ese ángel caído del cielo patrocinado por Marlboro. Pero, claro, nadie es perfecto, y Luisa está enamorada de Mafalda, que a su vez está casada con Tomás -personaje que no nos importa en absoluto, porque su matrimonio fue por acuerdo entre familias y jamás quiso a Mafalda, sino a su prima Antonia del pueblo-.

Pues eso, que aunque Mafalda le pone ojitos a Luisa de vez en cuando, esta última tiene claro que Mafalda no piensa ni por asomo arriesgarse, por un ramalazo de pasión adolescente con ella (y por muchos tulipanes, girasoles y gladiolos sisados a su jefa que le regale cada martes por la mañana en la trastienda), a perder el apartamento de Marina d’Or que posee en bienes gananciales con Tomás. Pero, ¡ay, amiga!, otro gallo le cantaría a la floristera si la hiciese caso Julio, el conductor de La 441, ¿eeeh? Que, a todo esto, pasa de ella como de comer… dejémoslo en “tierra”, porque el muchacho está enamorado de Sebastián. Pero lo que Julio no sabe, es que Sebastián sólo tuvo aquel affaire con él en la cena de empresa de autobuseros de 2012 por despecho, en un intento desesperado y fallido de darle celos a Encarni, de quien lleva enamorado desde parvulitos; y a la que nunca se ha atrevido a declararle su amor al tener la certeza (porque le ha pagado muchas fantas, obviamente) de que está colada desde que el mundo es mundo… (y aquí viene el bombazo, agárrate a la silla, Juani)  ¡¡¡de ti!!!

Bueno, pues con este repaso del amor desorientado de mi barrio (pero amor fortuito y real al fin y al cabo, que sigue siendo el motor de todo) sólo te quería decir, mi queridísimo Piscis, que quizás debamos dejar de sentirnos el eslabón débil (que por si no lo sabías, es circular) y empezar a ser conscientes de que la vida suele estar en dirección contraria a la que hasta ahora creíamos de sentido único… Y si por lo que sea, ése tampoco fuera nuestro camino… recuerda que no hay mejor cadena, que la rota. ;)

40 Luciérnagas en la tarta


40 años después, justo un 16 de marzo, me he quedado sin palabras… Y, ¿cómo no?, sólo lo ha podido conseguir Mi Ejército de Luciérnagas Supernovas. ¡Gracias, familia y amig@s, por tanto amor, tanta ilusión y tanta emoción! ¡¡¡No se os puede querer más!!!

Hoy, viniendo a cuento más que nunca, la palabra es vuestra… ¡Sois alucinantes!:

Érase una vez, un chico color “azul princesa”. Un guionista novel en adopción, con la cabeza llena de letras.

Sus historias recién nacidas vivían en un mundo aparte, en interminables noches de vino, rosas y risas; entre palabras increíbles.

Andaba siempre caminos de baldosas de arenilla… para que nunca se le metiera una rutina en el ojo.

Era un cazador de sueños, un incesable contador de cuentos a cámara lenta, de hechos reales que abrillantaba con cuatro capas de barniz.

Se preguntaba continuamente cosas como: ¿dónde nacen los besos?, ¿dónde están las amapolas esta primavera?, ¿he sido infiel a ese mocoso insolente que jugaba a ser mayor?

Le gustaba endulzarse el café con polvo de estrellas, mientras planeaba viajes de ida a ninguna parte en busca de esa luz en la oscuridad; de esa chispa, de ese resplandor que te lanza sin remedio a la aventura de una vez por TODAS.

Se esforzaba en poner neuronas en su corazón y mirar para otro lado, mientras descontaba latidos para evitar mirar la cara oculta de la luna.

Una de esas mañanas de días rojos, en los que la rutina le atrapaba, uno de esos días de mierda, miró por la ventana, le dió el último sorbo al café y gritó: ¡maldito paraíso!, ¡se acabó rendirse al miedo!, ¡ahí te quedas!

Colgó un cartel bien grande en lo alto de su atalaya que decía así: “Se alquila zona de confort”. Dejó una breve nota encima de la mesa que empezaba con un típico “Queridos papá y mamá” y que terminaba con un misterioso “lo que solo yo sé”…

Corrió a por la maleta, tiró su bote caducado de pastillas para no amar, y metió cuidadosamente su capa de Supermán, unas cuantas estrellas que encontró en el trastero, y todos los sueños que le quedaban. ¡Más vale un “por si acaso” que un “yo creía”!, se dijo.

Bajó las escaleras de dos en dos, abrió el buzón con valentía, y allí estaba: ese misterioso sobre en blanco, en el que se leía “sólo abrir en caso de que no se acabe el mundo”.

Dejó el sobre en el rellano de la escalera, salió por la puerta grande, con el alma llena hasta los topes de entusiasmo, soltando lastres y sin echar la vista atrás.

No sabía qué le iba a deparar el futuro, derritió la punta del iceberg con su mechero y decidió no seguir esperando detrás de ningún café. ¡Había llegado la hora! Debía cambiar la melodía gris, cantarla en clave de sol, y borrar de una vez todos aquellos recuerdos fotosensibles. Ni siquiera sabía dónde ir, pero algo había hecho click por fin dentro de él. Sólo le quedaba una frase en la que quedarse a “vivir a muerte”.

Y de aquella forma tan sencilla, cambió su rumbo. ¿Había empezado a madurar? Sí, pero a madurar de la risa. Esos cantos de sirena nunca más le volverían a repetir aquello de: ¡Te vas a quedar con las ganas, idiota! Y decidió ir sólo dónde el viento le llevara, dejar de andar como pollo sin cabeza y encontrar el “Donde fueres, haz lo que vieres”. Se repitió mil veces “Yes you can”, hasta que los dos millones de hispanos… hablaron en cristiano, dejó su Oda a la soledad, en la que tanto se refugiaba y escribió su curriculum invertido.

Desde entonces, puede que si le ves pienses que es una simple mariposa, una flor que escapó de su maceta. Tiene la certeza de que hay amores de maniquí, pero que él sólo se entregará a los amores que matan. Puede contarte mil historias, sobre cosas que sucedieron (o no), relatarte cuentos sin fin sobre las aventuras de una abeja alérgica a las flores, a la que nunca le darán las doce.

Si tienes la suerte de cruzarte con él, rétale a un duelo al amanecer. Él cantará para ti sin tapujos, lo mismo un “Let it go” a todo pulmón que un “All you need is love” con coros incluidos. Cualquier cosa que le haga disfrutar la vida al máximo, porque de eso nunca tendrá suficiente, porque queda mucho para Julio y porque mañana podría estar muerto.

Sólo hay algo que él aún desconoce. No sabe que ha conseguido que veamos con sus ojos, que encontremos las dos caras de la moneda. No sabe que nos ha enseñado que reír no alarga la vida; la agranda. A comprender que las luciérnagas no saben que brillan, que sólo avanzan porque ven lo que tienen delante.

Si alguna vez te topas con él, entenderás -con una hora de retraso- que para llegar tarde siempre hay tiempo. Te habrá abierto su puerta giratoria a “lo importante de lo importante”, y habrás aprendido que a veces en la vida necesitaremos ¡más madera!, y otras veces, menos.

Con su luz, nos ha ido convirtiendo en luciérnagas de asfalto y nos has regalado el jarabe perfecto, el remedio que todo lo cura. Para que todos, absolutamente todos sus seres importantes… ¡brillemos!

Sí pequeño jovencito azul princesa, ¡eso has hecho!.
¿No nos crees?
¡Ahora!, ¡ya!, ¡en este instante!, ¡ha llegado el momento!
¡Deja de escuchar estas letras y mira a tu alrededor!, pregúntanoslo a los ojos, y grita ¡Ultreya!

Porque aunque tú no lo sepas… ¡TE QUEREMOS SIN VENIR A CUENTO!

Voz: Ían Rosendo Aranda

¡Menos madera!


Si hace dos semanas escasas estaba aquí mismo haciendo apología de coger trenes que solo pasan una vez en la vida, sin importarnos qué nos esperará en el lugar de destino… hoy os digo todo lo contrario: que si se tienen que ir, que se vayan sin nosotros dentro, ¡a la mierda! (Para que veáis lo difícil que es a veces ser yo… jaja!)

Porque sí, porque ya solo faltaba que tuviésemos que correr detrás de trenes (que probablemente no vayan a ninguna parte, además) y encima exigiéndonos que les roguemos para que nos dejen sentarnos en sus sillones de escay; como si fuesen los únicos en los que plantar nuestro precioso culo y ver nuevos paisajes por la ventanilla.

¡Que no, hombre, que no! Somos nosotros los que pasamos una vez en la vida, ¡leñe! Y si no nos quieren… son ellos los que nos pierden. Y no al revés. He dicho. ;)

Y así, amiguit@s, es como se levanta una luciérnaga un día de viento huracanado…

¡Más madera!


Hay que tenerlos muy bien puestos para hacerles caso a tus psicólogos de oficio (o séase, tus amigos a la séptima caña) cuando te sueltan eso de que hay trenes que debes coger porque solo pasan una vez en la vida… “¡No te lo pienses más y arriésgate, campeón!”, te alientan desde la seguridad del burladero. Pero ninguno de ellos te cuenta que si luego cambias de opinión, hay que tenerlos anclados con remaches a la entrepierna para bajarte en marcha de ese mismo tren, cuando ya cabalga a toda máquina por mitad de un desierto totalmente hostil…

Y ahí estás tú, en el balconcito del último vagón del convoy, mirando cómo tu estabilidad se aleja y parece prender en llamas en el horizonte; a tu lado solo pasan cactus repletos de pinchos y bolas de plantas secas empujadas por un desagradable viento caliente; y el traqueteo de ese tren, que antes sonaba a flamenquito-fusión-pop, ahora taladra tu cabeza con su tacatá, tacatá, tacatá… Y, claro, te acojonas. Mogollón.

Llegados a ese punto, las ruedas de metal chirrian y te lanzan chispas, haciéndote llorar los ojos. Los cierras. Huele a chamusquina. Ya no es todo tan bonito como te lo habías imaginado, y el miedo a haberte equivocado se apodera del poco coraje que te queda en la médula espinal, ya que utilizaste el noventa y tres por ciento del que tenías en subir aquella maldita escalerilla. Así que solo te quedan dos opciones: tirar o tirarte… Debes tomar una decisión. ¡Y rápido! Ahora o nunca…

Coges aire mirando las vías pasando a toda velocidad bajo tus pies paralizados, sueltas una mano de la barandilla… y justo cuando vas a saltar… una idea te golpea el corazón, porque el cerebro hace tiempo que dejó de funcionarte: “Vale, puede que este tren pase solo una vez en la vida, pero, que yo sepa, todas las vías son de doble sentido…”. Entonces metes la mano en el bolsillo y compruebas que tu billete es de ida y vuelta. Quien hizo la ley, hizo la trampa. ;)

Das un paso atrás, abres la portezuela que da al compartimento-bar y te cuelas dentro buscando la mirada del camarero, sabiendo que todo irá bien. Porque pase lo que pase ahí delante lo has intentado (cosa que casi nadie hace). Porque siempre puedes volver…

Pues eso, súbete conmigo a este tren único y grita con todas tus fuerzas: ¡más madera!

El ojo izquierdo de Forest Whitaker


Siempre tratamos de ocultar aquellas cosas de nosotros mismos que nos hacen diferentes al resto. Porque las consideramos imperfecciones, y nos avergüenzan. Porque lo distinto es raro. Y nadie quiere ser raro. Todo es más fácil si estás dentro de unos cánones, de unos parámetros que antes marcaba la SuperPop, y hoy, ésos que se hacen llamar influencers y que te dan lecciones de cómo ser una persona exitosa sin levantarte de la silla… aun teniendo clarísimo, a base de leches, que para alcanzar metas y curar heridas -sobre todo las que tienen que ver con asuntos del corazón- sólo hay una fórmula secreta y magistral: mover el culo.

A ver, todos tenemos cosas que nos vienen de serie, y que poco podemos hacer para cambiarlas. Y no me refiero sólo al aspecto físico -aunque sea el que, sin duda, más nos atormente a la estúpida raza humana-, sino también al intelectual y a la forma de ser. Yo, sin ir más lejos, tengo una memoria de pez contra la que no puedo luchar. ¡Y que conste en acta que lo he intentado en mil ocasiones!, ¿eh? Pero la verdad es que un día dejé de enfrentarme a “mi tara”, y decidí empezar a disfrutar de sus ventajas. No os podéis hacer una idea de lo gratificante que es sorprenderte una y otra vez con películas o libros que sabes que te encantaron, pero que nunca te acuerdas del final. ¡Son una apuesta segura! Y ni qué decir de lo genial que es que me duren tan poco los enfados, por muy gorda que haya sido la causa que me los ha provocado… Llamadlo la felicidad del tonto, si queréis. ¡Me la refanfinfla! (Os lo digo desde el más profundo cariño que os profeso, por supuesto. jaja!)

¿Y por qué os decía yo esto…? ¡Ah, sí, por lo del mágico ojo izquierdo de Forest Whitaker!

Pues eso, que quizás en nuestras diferencias esté precisamente nuestra fortaleza; y si sabemos aprovecharlas, y las queremos y valoramos como se merecen, cuando menos lo esperemos puede que se conviertan en fieles aliadas. En un sello personal e intransferible. ¡En nuestro viento y nuestras velas! ;)

Y en ese preciso instante, los que sean perfectos, los que estén repes… ¡se morían de envidia!

Madurar de la risa


“Tú siempre te estás riendo, ¿no?”. Cuando mi jefa me regaló esa frase al poco de conocerme, alucinada por encontrarse frente a frente con un trabajador con un entusiasmo y una jovialidad inusuales en un lomo plateado como yo, me quedé paralizado. Más que nada, porque me recordó que hacía por lo menos una década que nadie me acusaba de algo así… Y me asusté. Mucho. Pese a darle por respuesta un “debe de ser que soy feliz” seguido de una carcajada, me horrorizó pensar que llevaba diez años con la risa floja perdida, y que ni siquiera me había dado cuenta. ¡Diez!

“Menos mal que mi subconsciente se ha debido de percatar de mi despiste… y ha abortado misión antes de que sea demasiado tarde”, me dije. :) Pero ¿qué me había pasado para olvidarme de reír por reír durante tanto tiempo? No podía creerme que eso estuviera englobado dentro de esa palabrota que tantas veces me han arrojado a la cara; quizás con razón en algunas, y por pura pataleta en otras: ¡madura!

Y digo yo, ¿no será al revés…?

Foto real tomada en mi oficina. Dicen que soy el limón.

En serio, adultos, ¿qué puede ser tan importante como para perder la risa? No podemos consentir que, después del dineral que se gastaron nuestros padres en ortodoncias, y las penurias que pasamos nosotros por llevar la boca repleta de hierros en plena adolescencia, nos cueste tanto sonreír ahora… ¡Venga ya!

Que sí, que lo sé, que esta vida tiene sus tristezas, injusticias y desamores; y hoy más que nunca. Pero no me negaréis que una de las cosas más bonitas y necesarias que tiene este mundo, es que exista ese alguien que te haga sonreír cuando estás llorando.