Duelo al amanecer


Sé que lo que voy a contaros es aterrador, pero tengo que compartirlo con alguien antes de volver a entrar en mi casa, por si acaso desaparezco sin dejar rastro: nada más despertarme hoy, me he tenido que enfrentar, yo solito, a un despiadado monstruo que se había introducido sigilosamente en mi salón en mitad de la noche…

Sí, sí, lo que oís… ¡Un saltamontes enorme y asesino me esperaba repanchingao sobre el mando a distancia de la tele! ¿¿¿Holaaaa???

Al verlo me he quedado como una estatua griega (por el color blancuzco y la pose, no por los abdominales y la pitorra al aire): en calzoncillos, con la taza de café en una mano, la tostada de camino a la boca en la otra y las legañas aún a media asta en mis ojos hinchados. ¿Estaba soñando? Por desgracia, no.

Pues bien, así he permanecido durante unos eternos segundos, esperando a que mi cortocircuitado cerebro diera señales de vida inteligente y respondiera a la pregunta: ¿¡cómo leches ha podido llegar este señor bicho a un séptimo piso!? Menudas patas, chico… Al percibir mi presencia, el intruso se ha girado hacia mí y me ha mirado con altivez, como diciendo “¿Te piensas quedar ahí parado todo el día, o qué? Tráeme algo decente para comer, humano, y no esta mierda de migas que tienes en la mesa. ¡Ahora!”.

Haciendo alarde del coraje que me caracteriza, pese a no saber muy bien cómo hay que actuar en un caso claro de allanamiento de morada animal como ése, he dejado el desayuno en el suelo, me he quitado una chancla y he comenzado a dar pasitos de ninja-cojo hacia él, pensando: “Como salte, me cago…”

Pero el muy hijo de saltamontas… lo ha hecho. ¡Y hacia mí! A lo que yo he reaccionado, como podéis imaginaros, con total tranquilidad. Vamos, gritando como un poseso a las 6:20 a.m., mientras retrocedía haciendo el moonwalker con una sola chancla, desparramando el café por el parqué, pisando la tostada con el pie descalzo y, dando un portazo tras de mí, huyendo… Pero qué queréis que os diga. Soy de los que piensan que es mejor para la salud que, en el lugar donde debería estar tú lápida haya un cartón en el que ponga con rotulador “Aquí huyó un cobarde”; a que, bajo un angelito de mármol, con letras grabadas en oro, rece la solemne frase “Aquí murió un valiente”. jaja!

Y así, amiguitos, es como se pierde la poca dignidad y hombría que a uno podía quedarle a estas alturas de la película…

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El ojo izquierdo de Forest Whitaker


Siempre tratamos de ocultar aquellas cosas de nosotros mismos que nos hacen diferentes al resto. Porque las consideramos imperfecciones, y nos avergüenzan. Porque lo distinto es raro. Y nadie quiere ser raro. Todo es más fácil si estás dentro de unos cánones, de unos parámetros que antes marcaba la SuperPop, y hoy, ésos que se hacen llamar influencers y que te dan lecciones de cómo ser una persona exitosa sin levantarte de la silla… aun teniendo clarísimo, a base de leches, que para alcanzar metas y curar heridas -sobre todo las que tienen que ver con asuntos del corazón- sólo hay una fórmula secreta y magistral: mover el culo.

A ver, todos tenemos cosas que nos vienen de serie, y que poco podemos hacer para cambiarlas. Y no me refiero sólo al aspecto físico -aunque sea el que, sin duda, más nos atormente a la estúpida raza humana-, sino también al intelectual y a la forma de ser. Yo, sin ir más lejos, tengo una memoria de pez contra la que no puedo luchar. ¡Y que conste en acta que lo he intentado en mil ocasiones!, ¿eh? Pero la verdad es que un día dejé de enfrentarme a “mi tara”, y decidí empezar a disfrutar de sus ventajas. No os podéis hacer una idea de lo gratificante que es sorprenderte una y otra vez con películas o libros que sabes que te encantaron, pero que nunca te acuerdas del final. ¡Son una apuesta segura! Y ni qué decir de lo genial que es que me duren tan poco los enfados, por muy gorda que haya sido la causa que me los ha provocado… Llamadlo la felicidad del tonto, si queréis. ¡Me la refanfinfla! (Os lo digo desde el más profundo cariño que os profeso, por supuesto. jaja!)

¿Y por qué os decía yo esto…? ¡Ah, sí, por lo del mágico ojo izquierdo de Forest Whitaker!

Pues eso, que quizás en nuestras diferencias esté precisamente nuestra fortaleza; y si sabemos aprovecharlas, y las queremos y valoramos como se merecen, cuando menos lo esperemos puede que se conviertan en fieles aliadas. En un sello personal e intransferible. ¡En nuestro viento y nuestras velas! ;)

Y en ese preciso instante, los que sean perfectos, los que estén repes… ¡se morían de envidia!

¡Te vas a quedar con las ganas, idiota!


Sí, sí, tú… que estás leyendo estas líneas. Se nos acaba el tiempo. A ti y a mí. Y lo peor de todo, es que ninguno de los dos estamos haciendo nada para reclamar el trocito de playa que nos corresponde en el fondo de este reloj de arena. Te lo repito gritando, por si no te has enterado. Y esta vez me incluyo: ¡NOS VAMOS A QUEDAR CON LAS GANAS!

Sé que te mueres de miedo. A mí me pasa lo mismo a menudo. Incluso ahora mismo.  ¿Y si…? ¿Y si…? Pues te diré una verdad de la que me doy cuenta de Pascuas a Ramos, pero que, como buen cobarde que soy, he tratado de esconder en lo más profundo de mi montaña de temores hasta hoy: efectivamente, te mueres. Te estás muriendo y no dejas de hacerlo. Y yo también, aunque me mate reconocerlo. Tic-tac…

Por todo esto, y aunque sepa que con estas palabras podría estar cavando mi tumba más profunda y rápidamente; y sólo por si esta valentía mental transitoria me dura demasiado poco, quiero que sepas que me asusta perderte. Perdernos, eso es. Me asusta despertar y no encontrarte nunca en la cara oculta de mi luna. Ni esta noche, ni la de mañana, ni ninguna. Sólo por no habernos atrevido. Así que, ni se te ocurra morirte antes de que lo hagamos, ¿me oyes?

Porque a este idiota le sobran ganas, de hacerles un hueco a las tuyas.

De una vez por TODAS


Las mejores personas que conozco son mujeres. Las mejores estudiantes, mujeres. Las mejores maestras, mujeres. Las mejores jefas, mujeres. Las mejores amigas, mujeres. Las mejores amantes, mujeres. Las mejores, sin duda, mujeres…

Las personas más especiales con las que me he cruzado son mujeres. Las más divertidas, mujeres. Las más valientes, mujeres. Las más creativas, mujeres. Las más interesantes, mujeres. Las más luchadoras, mujeres…

La mayoría de las personas que admiro son mujeres. La mayoría de las que me dan lección tras lección, mujeres. La mayoría de las que echo de menos a menudo, mujeres. La mayoría de las que quiero, y sin las que no podría vivir, mujeres…

De una vez. Por Todas. Por Ellas. Mujeres.

Amores de maniquí


Hace unos días viví la historia de amor más breve e intensa de todos los tiempos. Bueno, quizás sea yo el único de los dos que se atreva a catalogarla como historia de amor. Pero eso es lo de menos, porque, aunque me hubiera encantado estar dentro de su mente en aquel momento y formar parte de su cuerpo el resto de esta cruel eternidad que ahora nos separa, ambos supimos al instante que lo nuestro era imposible…

La nieve me sorprendió deambulando por la abarrotada calle de Madrid que recorro a diario del trabajo a la estación de tren, cuando las farolas ya están incandescentes y el horario comercial da sus últimos coletazos. Mi intuición al mirar el cielo al despertar aquella mañana me había vuelto a fallar, y mi atuendo no era el apropiado para el imprevisible cambio climático del que no dejan de hablar en los telediarios.

Mis pasos cada vez más rápidos y mis pestañas llenas de escarcha, me condujeron por instinto hacia el escaparate de una de esas tiendas donde desproporcionados maniquíes se ríen de ti desde el refugio que les regalan sus carísimos abrigos de piel, sabiendo que tú nunca podrás permitirte uno de esos cálidos abrazos que ellos reciben cada febrero. Entonces fue cuando la vi reflejada en el cristal, a mi espalda. Aquellos enormes ojos azules robaron el vaho que salía de mi garganta, y apostaría -y no perdería- a que también cortaron el aliento a nuevo de los engreídos espantapájaros que, mirando por encima de mi hombro, se morían de envidia al ver esa mágica mirada insertada en mí nuca y no en sus estilizados cuerpos de plástico. Hasta ahora, inertes.

Cuando reuní el valor suficiente, giré sobre mí mismo y me la encontré frente a frente, más cerca de lo que su fantasma me había querido mostrar un par de segundos antes. Aquel par de zafiros brillaba de manera sobrenatural, multiplicando por diez la luz que emanaba de los fluorescentes del escaparate y quemando mis retinas; al tiempo que el color carmesí de sus labios asesinos dibujaba una sonrisa difícil de descifrar. Varios mechones rubios se escapaban irreverentes por debajo de un gorro de lana rojo, perfectamente conjuntado con un abrigo ceñido a su figura de muñeca, modelada por un genio. Los botones superiores de éste, desabrochados como por casualidad, dejaban al descubierto la piel de su cuello de porcelana, que se perdía hacia su pecho entre los estoicos remaches de su blusa de seda. Tragué saliva…

Dejó rodar desde su boca perfecta un “hola” con ecos del Este, tan dulce y seductor a la vez que el calor volvió a mi sangre y mis mejillas haciéndolas rozar el punto de ebullición en un santiamén. Os juro que hasta dejó de nevar… Aquella palabra, normalmente vacía, pero que en esta ocasión estaba llena hasta los topes de preguntas sólo inventadas para valientes, junto con el perturbador perfume que inundó todos y cada uno de mis sentidos, marcó el principio y el final de aquel sueño fugaz, demasiado bello como para que uno se niegue a creérselo de primeras.

Tardé un par de profundas y heladas inhalaciones en responder con un carraspeo, una sonrisa halagada y un poco original “hola” que sonó a despedida; aunque los dos fuimos conscientes de que no me habría movido jamás de su lado si me lo hubiese pedido.

Aquella preciosa hada madrina de ciudad, de ésas que cumplen deseos pese a tener las alas rotas y abrasadas, me miró con ternura, ladeó un poco su cabeza e hizo un mohín que tardaré siglos en olvidar. Luego emprendió su huida sin prisa, como si nunca hubiéramos existido ni ella ni yo. Como si nunca hubiese existido un nosotros. Una técnica letal que me dejó tan muerto como los maniquíes que esperaban impacientes a que tomara una decisión, a sus ojos, cristalina; aun sabiendo que aquella encantadora de serpientes solitarias la habría utilizado cientos de veces antes que conmigo…

Me quedé anclado al suelo un ridículo aunque placentero minuto, inmóvil, sonriendo como el tonto que se aferra a su mentira, negando con la cabeza mientras deslizaba la cremallera de mi chaqueta primaveral por sus dientes hasta mi barbilla. Y al fin reaccioné: metí las manos en los bolsillos y obligué a mis pies ateridos por aquel falso espejismo a seguir Calle Montera abajo… luchando con todas mis fuerzas contra las ganas de volver la cabeza y mirar atrás.

No lo hice. Pero lo hubiera hecho de no ser por ti.

El currículum invertido


Aprovechando que acaba de comenzar el nuevo año, y que éste sí que sí va a ser el bueno… tenemos que cambiar las cosas desde ya, compañer@s. Y creo que lo mejor será empezar por la forma de buscar trabajo. El primer paso es difícil pero esencial: valorarse a uno mismo para que los demás te valoren. Como todo en la vida, vamos.

En mitad de la escalada a mi último sueño, me he dado cuenta, afortunadamente no demasiado tarde, de que lo llevaba enfocando mal mucho tiempo. Y he llegado a la conclusión de que deberían ser las empresas las que se dejasen la piel por encontrar gente con talento y energía. Y no al revés. Yo, personalmente, me he hartado en varias ocasiones a rogar que me dieran una oportunidad, a veces con éxito y otras no, aun sabiendo que serían ellas las que sacarían el mayor beneficio de mis ganas y mis habilidades si accedían. Y lo peor de todo, es que ellas también lo sabían… ¡Hasta ahora!

Así pues, he decidido redactar un “currículum invertido”, que no es otra cosa que la suma de requisitos que debe cumplir una compañía si quiere contar conmigo entre sus filas. Y si no existe ninguna que lo haga… ¡inventaré mi propio trabajo! :) Ahí va:

A/A Dpto. de RR.HH. de XXXXX & Co.

Lo primero de todo, agradecerle que se haya puesto en contacto conmigo para ofrecerme un puesto como redactor/copy/guionista en su prestigiosa empresa audiovisual. Por favor, lea detalladamente los requerimientos que indico a continuación, y hágame saber si los cumple. De ser así, estudiaré la posibilidad de concertar una entrevista con usted:

1. Dado que exige que tenga 10 años de experiencia en redacción de contenidos y guiones audiovisuales en otras empresas de marketing, publicidad, cine y TV; cuyo requisito poseo, entiendo que el salario irá acorde con las funciones a desempeñar. Ha debido de haber un error, porque no lo he visto reflejado en su oferta. Me ha parecido leer algo así como “según valía del candidato”, pero le recuerdo que lo que aquí está evaluándose es SU valía. La mía queda patente con lo anterior expuesto.

2. Si desea contar en su equipo con un redactor/copy/guionista tan original e implicado como la experiencia y formación de un servidor demuestran, por favor, asegúrese de que, una vez dentro, dicho trabajador no tenga que ocuparse de otras tareas fuera de sus competencias, pues le robarían un tiempo precioso para llevar a buen puerto y en plazo las labores por las que se le pagan. Véase facturación, gestión de programas tecnológicos, reuniones con proveedores, etc. Para eso existen contables, ingenieros informáticos y jefes de compras muy bien cualificados. Lo sé, sale más barato contratar a uno que a cuatro, pero esos profesionales también tienen la mala costumbre de comer, y yo la de dormir y estar con mis amigos y familia. Y le aseguro que si quiere las cosas bien hechas, NO debería diversificar el potencial de su personal. Cada uno vale para lo suyo, y sobrecargarle con otras funciones ajenas le resta calidad a lo que se le da bien. Si lo necesita, puedo pasarle algunos contactos.

3. Si pide que hable inglés, que lo hablo, asegúrese de que vaya a necesitarlo realmente para llevar a cabo mi trabajo. Aunque, por pedir que no quede, ¿verdad? Total, hay miles de chavales exiliados en el extranjero que estarían encantadas de volver, si les ofrecieran un contrato en prácticas a cambio de la tarjeta mensual de transporte. Siga así, en serio… Ah, y apúntese a un curso de inglés; puede que me lo agradezca algún día si le tocase a usted emigrar esta vez, como me tocó a mí en su momento. Conozco un hotelito en Edimburgo, en el que buscan constantemente gente para hacer camas y limpiar los baños… Y pagan bastante mejor que algunas compañías españolas que te piden carrera y máster para cubrir puestos de mi****. (Que también tengo ambas cosas, por cierto).

4. Por último, hablaremos de diversión. Y con esto no le pido que deje campar por la oficina a las mascotas, que ponga un futbolín en mitad del hall para que las visitas vean lo modernita que es su “startup”, o que tenga una sala con paredes de colores estridentes y puffs mullidos para desconectar cuando toque hacer un “break” o para las reuniones “afterwork”. Tenga en cuenta que, para tener a los empleados contentos y que rindan al máximo en sus puestos de trabajo, la mayoría de las veces tan sólo hace falta respetar los horarios de entrada y salida y los días de vacaciones. Dé por sentado que si es así, su gente será la primera en arrimar el hombro las horas que hagan falta en los picos de trabajo que puedan surgir en SU empresa. Porque se lo habrá ganado usted antes. Ah, y no sea cutre con las cestas de Navidad, hombre… que un salchichón más o menos no se notará naíta entre tanto chorizo. ;)

Le doy las gracias de nuevo por haber pensado en mí para ser su próximo fichaje-estrella. Espero poder darle una contestación lo más rápido posible. Si en unos días (o semanas) no ha recibido noticias mías, significará que otra candidata ha sido la elegida. En tal caso, no desespere, me guardo su propuesta para futuros procesos de selección… [dibujito de mono tapándose la boca].

Un cordial saludo, y que le traigan muchos currículums invertidos los Reyes Magos…