Cosas que sucedieron (o no)


Soy como ese niño pequeño que ve una y otra vez las mismas películas porque sabe lo que va a pasar a continuación. Sin sorpresas… Llámalo ir sobre seguro; o si lo prefieres, cobardía. Sí, debo controlar con un minimísimo margen de error lo que va a suceder, o no lo hago. Pero con Ella fue distinto: en cuestión de pocas horas de vinos y rosas, me vi a mí mismo cayendo al abismo como una roca. Sin paracaídas, sin ramas a las que agarrarme, y lo peor de todo, sin importarme no saber adónde me llevaría ese camino inventado entre los dos.

Pero ¿cómo no lo había visto venir? ¿Cómo me podía haber pasado eso a mí? ¡¿A mí?! Míster Previsor. Mi superpoder arácnido me había fallado en un momento crucial. ¡Maldita canción!

Y ahora estoy desnudo, aterrorizado, vulnerable por primera vez, sin saber qué hacer. Mi cinta VHS se ha atascado de pronto; y al volver a pulsar el play, una película completamente desconocida (que ahora sé que llevaba esperando ver toda la vida) ha aparecido delante de mis ojos en este viejo televisor.

Tengo miedo. Mucho. No voy a negarlo. Pero por otro lado, me encanta la sensación de riesgo que me revolotea asesina y dulce al unísono en el pecho. Un riesgo que me abrasa, me horroriza y me excita al mismo tiempo. Sí, esta ruptura de esquemas me está haciendo sentir más vivo que nunca. Mi auténtico yo.

Aunque, como suele pasar en la gran mayoría de los cuentos que se escriben sin saber el final de antemano… no tengo ninguna duda de que, además de los esquemas, esta aventura que no todo el mundo vivirá, me acabará rompiendo el corazón.

Pero ¿quieres que te diga una cosa que ya sabes? No nos podíamos morir sin permitirnos a nosotros mismos sucedernos el uno al otro. (O no.)

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Azul Princesa


La RAE define así la palabra Azul: “Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso”. Bonito, ¿verdad? Sí, esa misma sonrisilla de grata sorpresa que estáis poniendo vosotros, también se me ha quedado a mí al leerlo por primera vez…

Os estaréis preguntando que por qué este muchacho, a sus casi 40 primaveras, precisamente ahora se pone a buscar el significado de algo tan sencillo como un color en el diccionario. La explicación es fácil: hará un par de noches, mi cabezota, cansada de no poder dormir por el calor, decidió darse una vuelta por el mundo de los cuentos, para variar. Y se encasquilló en el término “príncipe azul”. ¿Por qué precisamente azul… y no rojo, verde o morado?, me pregunté durante un buen rato en bucle.

El siguiente pensamiento fue a parar al desprestigio actual que está sufriendo el gremio de príncipes azules. Tampoco creo que hayan hecho nada malo estos pobres, aparte de ser perfectos, despertar con besos de amor verdadero a princesas envenenadas por brujas y matar dragones, ¿no? Ah, claro, entendí al fin, que ponen las expectativas muy altas y luego el batacazo es más gordo cuando las damiselas del siglo XXI no dan más que con zoquetes como yo, al quedar tan pocos de los otros. Ya veo…

Pues ¿saben qué les digo, señoras? Que aunque no lo crean, nosotros, los del otro lado de la cama, también tenemos nuestro corazoncito, con sus sueños desteñidos incluidos. Y estoy seguro de que no hablo por mí solo cuando digo que, para que haya príncipes azules, también deben existir princesas del mismo tono… o no hay tu tía. ¡No nos carguen con toda la responsabilidad! Que sí, que puede costar mucho encontrarl@s, y mucho más, hacer que se queden para siempre jamás. Pero haberl@s, hayl@s.

Lo sé, es muy difícil que nos toque la lotería. Pero hay a quien le toca. Punto. Eso sí, hay que jugar… Dicho esto, dejémonos de una vez por todas de agarrarnos a esa película tan trillada últimamente de que nadie necesita que le rescaten, bla, bla, bla…; y soplemos con todas nuestras fuerzas para que desaparezcan las nubes del cielo, viendo al fin de qué color es realmente nuestro mar en un día soleado. Porque sólo así ocuparemos el lugar más brillante dentro del espectro luminoso de ese alguien que sueña cada noche con que le encaje nuestro zapato de cristal. Porque sí, lo habéis adivinado: nosotros somos los príncipes y princesas azules de los que hablan los cuentos. Y sólo nos falta creérnoslo.

De una vez por TODAS


Las mejores personas que conozco son mujeres. Las mejores estudiantes, mujeres. Las mejores maestras, mujeres. Las mejores jefas, mujeres. Las mejores amigas, mujeres. Las mejores amantes, mujeres. Las mejores, sin duda, mujeres…

Las personas más especiales con las que me he cruzado son mujeres. Las más divertidas, mujeres. Las más valientes, mujeres. Las más creativas, mujeres. Las más interesantes, mujeres. Las más luchadoras, mujeres…

La mayoría de las personas que admiro son mujeres. La mayoría de las que me dan lección tras lección, mujeres. La mayoría de las que echo de menos a menudo, mujeres. La mayoría de las que quiero, y sin las que no podría vivir, mujeres…

De una vez. Por Todas. Por Ellas. Mujeres.

¡Sí, quiero!


Jamás podré olvidar aquel Sí…

Tras dar cien mil vueltas en su busca, justo cuando estaba a punto de perder la esperanza… apareció. Y allí estábamos los dos: el uno al lado del otro, muy juntos. La miré. Me miró. Yo, gesticulando con una mano, no pudiendo esconder mi nerviosismo, dejé escapar mi pregunta en un susurro; casi sin voz…

Aquellos eternos segundos y la indiferencia reflejada en su mirada, casi acaban conmigo… Pero, al fin, leí en sus labios aquellas preciosas dos letras, mientras mi ángel asentía con una gran sonrisa y me dejaba ver tras la ventanilla cómo daba el intermitente… haciéndome el hombre más feliz del mundo.

-Perdona… ¿Te vas?

;)

anillos

Matando el tiempo


Cuando te quieres dar cuenta, aquellos sueños quedaron atrás; con suerte, hechos realidad. Se alejan. Sí, se aleja la noche en que aquella estrella fugaz te despertó, sembrando en el jardín de tus cosas por hacer una semilla nueva. Adiós a ese sentimiento de duda; a ese por qué voy a arriesgarlo todo para hacer que germine este fruto… Sólo, porque lo he soñado.

Queda atrás el momento en el que soltaste el ancla, con manos temblorosas, luchando contra tantos y tantos “no lo hagas”, “valora lo que tienes”, “te vas a arrepentir”… Se te olvida el momento en el que te tapaste los oídos y conseguiste no volver la mirada hacia aquella pisoteada orilla, para que nadie viese el miedo reflejado en tus ojos.

Poco a poco, se va filtrando entre los pliegues de tu cerebro el brillo de aquel tesoro que encontraste al final del camino; esa euforia por haberlo logrado contra todo pronóstico… Se diluye hasta el dolor de tus huesos, neuronas y músculos, producido por el esfuerzo que te costó llegar hasta él.

Todo pasa.

Se pierde en el horizonte el día en el que, con el corazón, la mente y el ego hinchados, volviste. Ése en el que el engranaje que hace girar el reloj te masticó, con ansia, de nuevo entre sus dientes romos. De nada sirvió que pedalearas con fuerzas renovadas. Al final te dejaste mecer entre sus fauces, para convertirte en un recuerdo más.

Hoy miras hacia atrás y tus huellas están siendo borradas por el alzhéimer de un mundo que no da tregua. Miras hacia adelante y, una vez más, ya nada existe. Entonces cierras los ojos, tratando de dormir, poniendo todas tus esperanzas en que una nueva estrella fugaz cruce tu noche desvelada.

Por fin surca el techo de tu cuarto. Te asusta, pero la deseas. Reúnes todo el valor que habías olvidado que tenías, y la persigues hasta darle caza, aun sabiendo que te matará un poco más cada día. Pero sonríes, porque, también sabes, que si no lo hiciera ella… te matarían las ganas.

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