ImpresiónaTe


Hace poco escuché que Monet empezó a pintar a los 40 años. Este descubrimiento corroboró algo que llevo repitiéndome durante cuatro décadas a mí mismo, tratando de insuflarme el valor que me falta justo antes de embarcarme en otra de mis locuras: los sueños no tienen edad.

Aunque por todos es ya sabido que llego tarde a todos lados y, lamentablemente, a algunas personas, también es verdad que soy muy cabezota como para no intentarlo cuando me doy cuenta de lo que quiero. Más que nada, porque si al final me doy de bruces contra el suelo, me levanto sacudiéndome el polvo con disimulo y grito: “¡Ahí te quedas, sueño, haber aparecido antes!“. Y a otra cosa, mariposa. Que si todo va bien, solo me quedan otros 40 años con la mala vida que llevo… y no hay tiempo que perder.

Nota: Por supuesto, al escuchar lo de Monet no quise ni mirarlo en la Wikipedia para no contrastar ese dato, como buen no-periodista que soy, y poder quedarme con lo romántico del tema. Hoy lo he hecho, y en realidad lo que sucedió es que este señor pintó su primera obra de éxito a los 33 años: “Impresión, sol naciente”, dando nombre al Impresionismo (que no es moco de pavo, por cierto). Pero haced como yo, y pensad en verde; que la leche contra el cemento es probable, además de gorda… pero el vuelo es muy emocionante. ;)

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40 Luciérnagas en la tarta


40 años después, justo un 16 de marzo, me he quedado sin palabras… Y, ¿cómo no?, sólo lo ha podido conseguir Mi Ejército de Luciérnagas Supernovas. ¡Gracias, familia y amig@s, por tanto amor, tanta ilusión y tanta emoción! ¡¡¡No se os puede querer más!!!

Hoy, viniendo a cuento más que nunca, la palabra es vuestra… ¡Sois alucinantes!:

Érase una vez, un chico color “azul princesa”. Un guionista novel en adopción, con la cabeza llena de letras.

Sus historias recién nacidas vivían en un mundo aparte, en interminables noches de vino, rosas y risas; entre palabras increíbles.

Andaba siempre caminos de baldosas de arenilla… para que nunca se le metiera una rutina en el ojo.

Era un cazador de sueños, un incesable contador de cuentos a cámara lenta, de hechos reales que abrillantaba con cuatro capas de barniz.

Se preguntaba continuamente cosas como: ¿dónde nacen los besos?, ¿dónde están las amapolas esta primavera?, ¿he sido infiel a ese mocoso insolente que jugaba a ser mayor?

Le gustaba endulzarse el café con polvo de estrellas, mientras planeaba viajes de ida a ninguna parte en busca de esa luz en la oscuridad; de esa chispa, de ese resplandor que te lanza sin remedio a la aventura de una vez por TODAS.

Se esforzaba en poner neuronas en su corazón y mirar para otro lado, mientras descontaba latidos para evitar mirar la cara oculta de la luna.

Una de esas mañanas de días rojos, en los que la rutina le atrapaba, uno de esos días de mierda, miró por la ventana, le dió el último sorbo al café y gritó: ¡maldito paraíso!, ¡se acabó rendirse al miedo!, ¡ahí te quedas!

Colgó un cartel bien grande en lo alto de su atalaya que decía así: “Se alquila zona de confort”. Dejó una breve nota encima de la mesa que empezaba con un típico “Queridos papá y mamá” y que terminaba con un misterioso “lo que solo yo sé”…

Corrió a por la maleta, tiró su bote caducado de pastillas para no amar, y metió cuidadosamente su capa de Supermán, unas cuantas estrellas que encontró en el trastero, y todos los sueños que le quedaban. ¡Más vale un “por si acaso” que un “yo creía”!, se dijo.

Bajó las escaleras de dos en dos, abrió el buzón con valentía, y allí estaba: ese misterioso sobre en blanco, en el que se leía “sólo abrir en caso de que no se acabe el mundo”.

Dejó el sobre en el rellano de la escalera, salió por la puerta grande, con el alma llena hasta los topes de entusiasmo, soltando lastres y sin echar la vista atrás.

No sabía qué le iba a deparar el futuro, derritió la punta del iceberg con su mechero y decidió no seguir esperando detrás de ningún café. ¡Había llegado la hora! Debía cambiar la melodía gris, cantarla en clave de sol, y borrar de una vez todos aquellos recuerdos fotosensibles. Ni siquiera sabía dónde ir, pero algo había hecho click por fin dentro de él. Sólo le quedaba una frase en la que quedarse a “vivir a muerte”.

Y de aquella forma tan sencilla, cambió su rumbo. ¿Había empezado a madurar? Sí, pero a madurar de la risa. Esos cantos de sirena nunca más le volverían a repetir aquello de: ¡Te vas a quedar con las ganas, idiota! Y decidió ir sólo dónde el viento le llevara, dejar de andar como pollo sin cabeza y encontrar el “Donde fueres, haz lo que vieres”. Se repitió mil veces “Yes you can”, hasta que los dos millones de hispanos… hablaron en cristiano, dejó su Oda a la soledad, en la que tanto se refugiaba y escribió su curriculum invertido.

Desde entonces, puede que si le ves pienses que es una simple mariposa, una flor que escapó de su maceta. Tiene la certeza de que hay amores de maniquí, pero que él sólo se entregará a los amores que matan. Puede contarte mil historias, sobre cosas que sucedieron (o no), relatarte cuentos sin fin sobre las aventuras de una abeja alérgica a las flores, a la que nunca le darán las doce.

Si tienes la suerte de cruzarte con él, rétale a un duelo al amanecer. Él cantará para ti sin tapujos, lo mismo un “Let it go” a todo pulmón que un “All you need is love” con coros incluidos. Cualquier cosa que le haga disfrutar la vida al máximo, porque de eso nunca tendrá suficiente, porque queda mucho para Julio y porque mañana podría estar muerto.

Sólo hay algo que él aún desconoce. No sabe que ha conseguido que veamos con sus ojos, que encontremos las dos caras de la moneda. No sabe que nos ha enseñado que reír no alarga la vida; la agranda. A comprender que las luciérnagas no saben que brillan, que sólo avanzan porque ven lo que tienen delante.

Si alguna vez te topas con él, entenderás -con una hora de retraso- que para llegar tarde siempre hay tiempo. Te habrá abierto su puerta giratoria a “lo importante de lo importante”, y habrás aprendido que a veces en la vida necesitaremos ¡más madera!, y otras veces, menos.

Con su luz, nos ha ido convirtiendo en luciérnagas de asfalto y nos has regalado el jarabe perfecto, el remedio que todo lo cura. Para que todos, absolutamente todos sus seres importantes… ¡brillemos!

Sí pequeño jovencito azul princesa, ¡eso has hecho!.
¿No nos crees?
¡Ahora!, ¡ya!, ¡en este instante!, ¡ha llegado el momento!
¡Deja de escuchar estas letras y mira a tu alrededor!, pregúntanoslo a los ojos, y grita ¡Ultreya!

Porque aunque tú no lo sepas… ¡TE QUEREMOS SIN VENIR A CUENTO!

Voz: Ían Rosendo Aranda

La niña que escribía cartas que nunca enviaba


Pese a estar seguro de que ella lo hacía con la mayor de las delicadezas para no molestarme a las tantas de la madrugada, a menudo me despertaba el rasgar de una hoja al ser arrancada de la espiral de su cuaderno de rayitas. “Ojalá yo también pudiese soñar así de alto, donde nada sea capaz de hacerme bajar”, me decía algunos amaneceres con ojillos cansados. Yo por aquel entonces no sabía a qué se refería. Y para cuando lo descubrí… ya era demasiado tarde. Espero poder perdonarme algún día.

Al principio, cuando la sorprendía en mitad de su ritual nocturno y le preguntaba que qué escribía, ella siempre respondía: “Cosas que no interesan a nadie, bobadas… pero que a mí me ayudan a llamar a los sueños si me desvelo”. Hasta que un día dejé de preguntarle… Y a partir de ahí, cuando sucedía, me limitaba a quedarme inmóvil, fingiendo dormir, conteniendo la respiración y las pestañas para no perderme ni un solo gesto de esa niña que inventaba mundos a los que escapar cada noche de insomnio. Mi niña. Mi mundo. (Ahora que lo pienso, creo que alguna vez me pareció verla llorar… Pero nunca dije nada por no romper su intimidad, convencido de que eran lágrimas de emoción. ¡Seré estúpido!)

Me podía pasar horas observándola sin que ella se diese cuenta: alumbrada por la luz de una vela con olor a vainilla, mordiéndose la lengua y mirando a través de sus gafas de cerca muy concentrada. Decía que con ellas estaba muy fea y que no quería que la viese cuando las llevaba puestas. Era cierto que quizás le quedasen un pelín grandes sobre su naricilla de botón, por lo que cada dos por tres se le resbalaban y tenía que ajustárselas de nuevo con fastidio. Pero a mí me parecía que estaba preciosa.

Un día encontré por casualidad aquel cuaderno oculto bajo el amasijo de ropa interior de nuestro cajón desastre compartido. He de reconocer que alguna vez tuve la tentación de echarle un vistazo, pero os juro que jamás lo hice; aunque ahora me castigue por no haberlo hecho cuando tuve la ocasión… Hallé su escondrijo buscando el par de calcetines que ella me había regalado por nuestro primer aniversario: eran demasiado coloridos y desiguales, pero me los había tejido con tanto cariño… que yo me los ponía sin falta cada vez que tenía una entrevista importante. Siempre pensé que me traían suerte al haber salido de sus manos y su ilusión. Y aunque ella me repetía que la suerte no estaba en las cosas sino en las personas como yo, no la quise creer nunca, y lo seguía haciendo por si acaso. (Miento, me los ponía en realidad porque me encantaban las carcajadas que soltaba cuando veía lo ridículo que estaba con ellos. Pero guardadme el secreto…)

Una mañana, al despertar, descubrí que no estaba a mi lado. La busqué por todos los rincones del que se había convertido en un piso hueco, muerto. Pero nada, se había ido… Revolví nuestro lejano universo buscando una pista, hasta que encontré su desnutrido cuaderno bajo la almohada. Encima de él, mis calcetines de la suerte. Dudé si abrirlo por unos largos minutos. No estaba seguro de si quería saber o no qué había dentro. Al fin lo hice: tras la tapa de cartón solo quedaba una página con la mitad de los flecos desgarrados (supongo que se arrepintió a medio camino de arrancarla por completo, por temor a llevarse también mi cordura entre sus alas de mariposa). Y en ella, escrita con caligrafía irregular y emborronada en algunas partes, la primera y última carta que ella me envió en toda su vida. Una carta de despedida:

“Perdóname, cielo, perdóname. Debería haberte enviado las cartas que te escribí cuando te sentía tan cerquita, a un palmo de mis miedos. Lo siento. Todo hubiera sido diferente. Porque sí, eran bobadas, cosas que no interesaban a nadie… salvo a ti. Ahora lo sé. Porque me quitaban el sueño, y por mucho que he buscado en mis mundos inventados, yo sola no he encontrado la fórmula mágica para recuperarlo sin romper el tuyo. Me muero de pena al pensar que si te las hubiese dejado leer, tan solo una de las tantas veces que me lo pediste, probablemente habrías encontrado la manera de subirme en tu cometa sonámbula. Pero no lo hice. Y ya no hay tiempo. Hoy he dejado de soñar contigo… Perdóname, cielo, perdóname.”

EPÍLOGO: Cerré el cuaderno sobre mis rodillas, al igual que los ojos. Y con un extraño nudo en el pecho, atado a partes iguales por cuerdas de tristeza, orgullo y felicidad que solo ella hubiera sido capaz de desenredar, susurré: “¡Sueña alto, pequeña, sueña alto! Hasta donde nada ni nadie pueda bajarte nunca. Ni siquiera yo”.

A cámara lenta


¿Os habéis dado cuenta de que las mejores cosas de esta vida nos pasan a cámara lenta? Esa salida al recreo, ese beso tan esperado, ese ascenso en el trabajo, ese sí quiero, ese nacimiento, esa jubilación… No sé, quizás sea porque todo lo que sucede a continuación se precipita irremediablemente al vacío con una aceleración de 9.8 m/s2, como una teja que se desprende de un rascacielos…

Hay que ver lo bien que está pensado este mundo nuestro, ¿a que sí? Debe de ser que ralentiza adrede esos instantes para que disfrutemos todo lo posible de los sueños, en el momento exacto en que se hacen realidad; imagino que para que se estiren como un chicle de clorofila (no, mejor de fresa ácida), antes de que esas bonitas tejas se hagan añicos contra el suelo. O, en el peor de los casos, como suele pasar… nos abran la puta cabeza. C’est la vie! jaja! Así que, aprovechemos esas pausas desde ya, ¿eh? Que se van…

¡Pero qué maravillosa es esa sensación mientras dura! Por favor, que El-que-está-ahí-arriba lanzándonos tejas a discreción y jugando con el mandito a distancia no deje de hacerlo jamás, que es lo importante. Aunque no estaría nada mal que también se acordase de vez en cuando de pulsar el botón de rebobinar, ¿verdad? ;)

(¡Joer!, qué mayor me acabo de sentir al usar la palabra “rebobinar”… jaja!)

Nota: Este videoclip fue dirigido por uno de los amigos más espectaculares que, por suerte, la vida me arrojó desde un tejado el día menos pensado. Pero en esta ocasión no fue en forma de teja sino de maceta repleta de flores, y me pegó de lleno. ¡Grande, Willy! (La risa del final es la suya, y lo dice todo de él. No os la perdáis…)

Cosas que sucedieron (o no)


Soy como ese niño pequeño que ve una y otra vez las mismas películas porque sabe lo que va a pasar a continuación. Sin sorpresas… Llámalo ir sobre seguro; o si lo prefieres, cobardía. Sí, debo controlar con un minimísimo margen de error lo que va a suceder, o no lo hago. Pero con Ella fue distinto: en cuestión de pocas horas de vinos y rosas, me vi a mí mismo cayendo al abismo como una roca. Sin paracaídas, sin ramas a las que agarrarme, y lo peor de todo, sin importarme no saber adónde me llevaría ese camino inventado entre los dos.

Pero ¿cómo no lo había visto venir? ¿Cómo me podía haber pasado eso a mí? ¡¿A mí?! Míster Previsor. Mi superpoder arácnido me había fallado en un momento crucial. ¡Maldita canción!

Y ahora estoy desnudo, aterrorizado, vulnerable por primera vez, sin saber qué hacer. Mi cinta VHS se ha atascado de pronto; y al volver a pulsar el play, una película completamente desconocida (que ahora sé que llevaba esperando ver toda la vida) ha aparecido delante de mis ojos en este viejo televisor.

Tengo miedo. Mucho. No voy a negarlo. Pero por otro lado, me encanta la sensación de riesgo que me revolotea asesina y dulce al unísono en el pecho. Un riesgo que me abrasa, me horroriza y me excita al mismo tiempo. Sí, esta ruptura de esquemas me está haciendo sentir más vivo que nunca. Mi auténtico yo.

Aunque, como suele pasar en la gran mayoría de los cuentos que se escriben sin saber el final de antemano… no tengo ninguna duda de que, además de los esquemas, esta aventura que no todo el mundo vivirá, me acabará rompiendo el corazón.

Pero ¿quieres que te diga una cosa que ya sabes? No nos podíamos morir sin permitirnos a nosotros mismos sucedernos el uno al otro. (O no.)

Azul Princesa


La RAE define así la palabra Azul: “Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso”. Bonito, ¿verdad? Sí, esa misma sonrisilla de grata sorpresa que estáis poniendo vosotros, también se me ha quedado a mí al leerlo por primera vez…

Os estaréis preguntando que por qué este muchacho, a sus casi 40 primaveras, precisamente ahora se pone a buscar el significado de algo tan sencillo como un color en el diccionario. La explicación es fácil: hará un par de noches, mi cabezota, cansada de no poder dormir por el calor, decidió darse una vuelta por el mundo de los cuentos, para variar, y se encasquilló en el término “príncipe azul”. ¿Por qué precisamente azul… y no rojo, verde o morado?, me pregunté durante un buen rato en bucle.

El siguiente pensamiento fue a parar al desprestigio actual que está sufriendo el gremio de príncipes azules. Tampoco creo que hayan hecho nada malo estos pobres, aparte de ser perfectos, despertar con besos de amor verdadero a princesas envenenadas por brujas y matar dragones, ¿no? Ah, claro, entendí al fin, que ponen las expectativas muy altas y luego el batacazo es más gordo cuando las damiselas del siglo XXI no dan más que con zoquetes como yo, al quedar tan pocos de los otros. Ya veo…

Pues ¿saben qué les digo, señoras? Que aunque no lo crean, nosotros, los del otro lado de la cama, también tenemos nuestro corazoncito, con sus sueños desteñidos incluidos. Y estoy seguro de que no hablo por mí solo cuando digo que, para que haya príncipes azules, también deben existir princesas del mismo tono… o no hay tu tía. ¡No nos carguen con toda la responsabilidad! Que sí, que puede costar mucho encontrarl@s, y mucho más, hacer que se queden para siempre jamás. Pero haberl@s, hayl@s.

Lo sé, es muy difícil que nos toque la lotería. Pero hay a quien le toca. Punto. Eso sí, hay que jugar… Dicho esto, dejémonos de una vez por todas de agarrarnos a esa película tan trillada últimamente de que nadie necesita que le rescaten, bla, bla, bla…; y soplemos con todas nuestras fuerzas para que desaparezcan las nubes del cielo, viendo al fin de qué color es realmente nuestro mar en un día soleado. Porque sólo así ocuparemos el lugar más brillante dentro del espectro luminoso de ese alguien que sueña cada noche con que le encaje nuestro zapato de cristal. Porque sí, lo habéis adivinado: nosotros somos los príncipes y princesas azules de los que hablan los cuentos. Y sólo nos falta creérnoslo.

De una vez por TODAS


Las mejores personas que conozco son mujeres. Las mejores estudiantes, mujeres. Las mejores maestras, mujeres. Las mejores jefas, mujeres. Las mejores amigas, mujeres. Las mejores amantes, mujeres. Las mejores, sin duda, mujeres…

Las personas más especiales con las que me he cruzado son mujeres. Las más divertidas, mujeres. Las más valientes, mujeres. Las más creativas, mujeres. Las más interesantes, mujeres. Las más luchadoras, mujeres…

La mayoría de las personas que admiro son mujeres. La mayoría de las que me dan lección tras lección, mujeres. La mayoría de las que echo de menos a menudo, mujeres. La mayoría de las que quiero, y sin las que no podría vivir, mujeres…

De una vez. Por Todas. Por Ellas. Mujeres.