La última cita a ciegas


Cuando Dani me pidió que fuera en su lugar a una de las citas que cerraba con muchas de las chicas que conocía en internet, porque le había surgido otra mejor, creí que se trataba de una broma. ¡Y lo peor es que me convenció! Pero es que no conocéis a Dani… ¡Vendería helados de limón en el Polo Norte! Y ahí no queda la cosa… Justo antes de dejarme en la entrada del restaurante, va el desgraciado, y me suelta descojonándose: “Por cierto, Javier… No te preocupes por ser bastante más feo que yo, en serio… Ésta es una verdadera cita a ciegas, pues Lucía… lo es en realidad.

¡Seré estúpido!”, pensé yo, ya sentado en la mesa del fondo de aquel japonés, ¡con lo que odio el sushi!, esperando a alguien que no conocía de nada y que creía que yo era un pintor de éxito en EE.UU.; cosa que mi querido amigo le había contado para impresionarla.

Cuando la puerta se abrió y apareció aquella muchacha ciega, quise morirme. Era preciosa, de figura delicada y una tímida sonrisa en la cara. Me recordó a un hada, de esas pequeñas y graciosas que salen en las películas; con su vestido de verano verde por debajo de las rodillas y casi deslizándose al caminar. Os juro… que le faltaban las alas.

Me quedé observándola embobado, mientras el metre la traía del brazo hacia mí. Esperaba encontrarme los típicos ojos muy claros, casi transparentes; pero no: los suyos eran de un azul oscuro alucinante, enormes, fijos al frente. Me dio pena que no pudiera verse en ellos cada mañana, ni que yo tampoco fuese a hacerlo los próximos 70 años…

Sin saber muy bien cómo actuar, me levanté torpemente. Apoyé mi mano sobre uno de sus hombros desnudos, a la vez que le decía, un poco más alto de lo normal: <<¡Me alegro de verte por fin, Lucía…!>>. Ella dio un respingo al notar mi tacto y mis palabras muy cerca de su oreja perfecta. “¡Mierda! ¿Me alegro de verte? ¡¿Me alegro de verte?! ¡Seré imbécil!”, me increpé a mí mismo. <<Perdona… No quería decir “ver”…>>, intenté arreglarlo. “¡Cállate, joder!, ¡Cállate!”, volví a maldecir para mis adentros… Menos mal que ella rompió la tensión dándome un efusivo abrazo que me pilló por sorpresa, metiendo sus brazos por debajo de los míos y apoyando su cabeza ladeada en mi pecho por unos segundos. Luego, sin soltarme, dijo con voz dulce: <<Yo también me alegro mucho de verte… Daniel>>. Diosss… jamás había odiado tanto a una persona como lo hice en ese mismo instante a Dani, al escuchar salir un nombre que no fuera el mío de la boca de aquella chica increíble.

La ayudé a sentarse en su silla y nos pusimos a conversar, mientras esperábamos la cena. Yo la mentí sobre mis exposiciones de arte por América, tratando de explicarle mi estilo. (Creo que me pasé un poco cuando le describí, con todo detalle, el cuadro de “Los girasoles” de Van Gogh; como si fuera mío.) Ella me habló de su carrera de fisioterapia y de las ventajas que le aportaba su ceguera para la profesión. Yo, estaba fascinado.

Cuando el camarero nos sirvió, comencé a describirle los exóticos platos japoneses, con sus infinitos colores y formas,  tratando de indicarle dónde estaban colocados. Al principio, empecé a darle las coordenadas como si la mesita redonda se tratara de un reloj: “A tus 12 tienes la tempura. A las 3, el pescado crudo ése que me revuelve el estómago”… pero, viendo que ella soltaba una carcajada cada vez que utilizaba aquellos términos militares, de las cuales yo me iba enamorando una tras otra sin remedio, terminé guiando sus finas manos con las mías hacia los diferentes entrantes.

Mientras hablábamos de si habíamos hecho más veces lo de quedar con personas “a ciegas”, me pidió que le volviera a contar aquella historia, taaan divertida, en la que mi amigo Javier me había hecho ir a una cita en su lugar, pues le había dicho a la chica de turno que era mucho más alto y guapo de lo que lo era en realidad… Yo, que en ese momento estaba bebiendo, escupí el vino como un aspersor, pulverizándolo sobre el cristal del acuario de peces de colores que flanqueaba la mesa… “¡Será cabrón!”, creo que hasta dije en voz alta.

Al tratar de coger una servilleta de la mesa para limpiar el estropicio, volqué la botella de Ribera en dirección a Lucía, salpicándole el vestido. Ella, lejos de enfadarse, se levantó de un gracioso salto, intentando claramente esquivar el riachuelo escarlata que corría amenazante por el mantel hacia ella… Ante mi atónita mirada, rebuscó en su bolso hasta encontrar un paquete de pañuelitos de papel, comenzando a limpiarse las manchas del vestido sin parar de reír… De pronto, se paró en seco y se puso pálida. Luego levantó la vista de su falda, mirándome fijamente, con gesto avergonzado… ¡Pero qué ojos! Y encima… veían.

Me levanté con tranquilidad de mi silla, muy serio. Bordeé la mesa hasta ponerme frente a ella, que bajó la mirada al suelo. Le agarré de las manos, que entrelazaba a la altura de su ombligo, jugando con la servilleta como una niña castigada. Ella me miró de nuevo entre sus largas pestañas, pidiéndome perdón por el engaño. Yo respondí con una sonrisa cómplice y le pregunté: <<¿Cuál es tu nombre real?>> Ella, tragando saliva, dejó salir un tímido “María” de sus labios, y luego trató de darme una explicación: <<“Es que mi amiga Lucía…>>.

<<¡Me alegro de verte por fin, María…!>>, la interrumpí yo, tratando de imitar el ridículo y elevado tono de voz que había utilizado al conocerla, inclinándome sobre su oído de la misma forma. María sonrió, y yo terminé la frase, esta vez en un susurro: <<El mío es Javier…>>.

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