¡Ahí te quedas!


Lo que estoy a punto de decirte te va a doler, lo siento… Intentaré hacerlo de forma rápida, al igual que debe arrancarse una tirita: no le caes bien a todo el mundo. Aunque no entiendas por qué, no sea justo, y pongas tus mejores ganas y sonrisas en conseguirlo. Le caes mal. Punto. Supéralo.

Si te digo esto, es porque yo lo he sufrido en alguna ocasión reciente, y, hasta que no acepté que las personas somos como los colores -unos te gustan y otros no, sin más- me sentía miserable por ser rechazado. Y, encima, sin siquiera darme la oportunidad de demostrar lo genial que soy… Sí, sí, ya puedes ser el verde oliva más bonito del universo, que siempre va a haber alguien al que le den grima las aceitunas. Y, por consiguiente, tú. C’est la vie!

Es una batalla perdida. No es racional, no te lo tomes tan a pecho. Sólo tenemos que mirar alrededor y pensar en esa gente que nos cae mal a nosotros. Haz la prueba. La mayoría de las veces no hay un motivo, sólo una afirmación: “Porque sí. ¡Porque es gilipichis!”, ¿verdad? Pues ahí lo tienes: igual de gilipichis somos nosotros para otr@s, aunque nuestras madres nos hayan dicho siempre que somos simpatiquísimos, guapísimos y listísimos. A ell@s también se lo han dicho las suyas hasta la saciedad. Y las madres siempre llevan la razón, nunca lo olvides.

En serio, basta ya de esforzarnos tanto en caerles bien a personas que no merecen la pena, y que nos hacen más y más pequeños cada vez que tratamos de acercarnos. ¡Ellas se lo pierden! Así que, cabeza bien altita y media vuelta, camaradas. Más que nada, porque nos están robando una energía y un tiempo valiosísimos para dedicar a esas otras que nos quieren tal y como somos: sin careta y de un precioso color aceituna. Aunque, efectivamente, de vez en cuando, y sólo de vez en cuando… seamos un poco gilipichis. :)

La punta del iceberg


Hemos escuchado en tantas ocasiones en las películas y en la vida real la frase: “Ojalá te hubiera conocido antes”, que ya la decimos por defecto cuando empezamos una relación. Pero muchas de estas veces, tendríamos que mirarnos a los ojos y, con idéntico tono apasionado, soltarnos sin paños calientes: “Ojalá te hubiera conocido… después”.

¡No pongáis esa cara! Ya veréis como llevo razón. A ver si con un ejemplo…

Imaginaos si Kate y Leo se hubieran conocido dos años antes de subir al Titanic. ¡Qué bien!, ¿no?, diréis, se habrían ahorrado un montón de sufrimiento: que si me tiro, que si te salvo; que si te esposan, que si te libero con el típico hacha… Y, además, él seguiría vivito y coleando, que nunca viene mal que ambas partes respiren para esto del amor.

Pues eso, que serían superfelices juntitos en un modesto piso de Southampton, Inglaterra: lugar de donde salió el barco, sin ellos dentro, siguiendo con nuestra hipótesis. Jack tendría un puesto en el mercadillo que ponen en la Plaza Mayor los sábados por la mañana, entre un tenderete de fruta y otro de tres bragas a una Libra, donde vendería sus caricaturas de jugadores de críquet (o a lo que jugasen por aquel entonces los ingleses), dibujadas a carboncillo. Y Rose… yo qué sé, regentaría una peluquería low cost llamada “Dawson’s style” o un chiringuito de nutrición y dietética. ¿A que sí…?

¡Sabéis perfectamente que NO! No se habrían dado ni los buenos días, vamos. ¿Por qué? Porque se habrían conocido… ¡pronto!

No somos conscientes de que si hubiéramos encontrado a ese ser que ahora nos parece tan especial en una etapa anterior de nuestras vidas, habría resultado una verdadera catástrofe. No porque fuéramos distintos entonces –siempre he defendido a muerte que las personas no cambiamos–, sino porque a ambas partes nos faltaría el equipaje que ahora llevamos sobre los hombros y bajo el corazón: palos, principalmente. Y estaríamos incompletos. Y ahí quería yo llegar: hay que embarcarse en relaciones con personas ya completitas. Aquí no estamos para curar o salvar a nadie, que ya bastante tenemos con lo que tenemos. No sobrecarguemos la red, o ya sabéis: cortocircuito y hasta nunqui.

¿No me digáis que no os ha pasado nunca eso de estar paseando de la mano de alguien, o lo que es peor, bajo un mismo paraguas, y que el otro dé unas zancadas tremendas o unos saltitos minúsculos que rompen el ritmo? Pues esto es lo mismo: si dejamos que el tiempo siga su curso, sin precipitarnos, nos volveremos a encontrar en un recodo del Camino, fijo. Justo cuando los dos tengamos sincronizados nuestros pasos. Y en ese preciso instante… ¡toma, de morros contra un iceberg! Fin. ¡jaja!

Qué le vamos a hacer, la vida es así: lo bueno dura poco. Pero si sucede cuando debe suceder… será tan grande lo que haya debajo de ese pequeño pico de hielo que sobresale de nuestro océano, que quizás un día hagan una peli de la tarde en que tú y yo nos conocimos. Y, quién sabe, hasta puede que lleguemos a ganar 11 Oscars. :)

Polvo de estrellas en el café


El mundo gira y gira. Ha cambiado, y nosotros con él. Nada es lo suficientemente bueno para quedarse. Ya nadie lucha. Ahora todo debe ir deprisa o nos aburrimos en un abrir y cerrar de ojos marrones. Una emoción, un éxito, una desilusión, un traspiés. Bah, mejor pongamos un capítulo nuevo…

Antes se decía que había que disfrutar del proceso, del Camino, del ascenso a la montaña. Hoy no. Hoy miramos hacia la cima y queremos estar allí. Y lo queremos ya. No existe nada más: sólo la meta. Tenemos mucha prisa y da igual lo que pase a toda velocidad por nuestro lado. Y lo que es peor aún, quién. Eso sí que es lo de menos.

Yo, personalmente, creo que me he perdido algo…

No nos interesan los preámbulos. Nos alimentamos de imágenes prediseñadas que se mueven hacia la izquierda o hacia la derecha: feo, bonito, bonito, feo; y con más filtros que los que se usan para hacer el café molido. O mejor dicho, en polvo. Eso es, ahora todo es polvo –y no precisamente de estrellas–.

Las personas ya no tenemos denominación de origen: ni aroma, ni textura, ni sabor. ¡Qué más dará! ¿Para qué? Total, sólo ansiamos tomarnos una taza bien cargada, la que sea (sin azúcar, eso sí), y tragárnosla sin importarnos siquiera su nombre. Déjate de cartas de amor, Romeo.

Lo siento, pero yo tiro del freno de mano aquí mismo. Si es necesario, hiberno hasta que pase esta nueva era del hielo. Pause. Stop. To be continued…

Porque no sé vosotros, pero yo no pienso pasarme la vida leyendo los posos de un café aguado de marca blanca, por muy barato y fácil de filtrar que sea. Sólo me conformaré con uno: ése que tiene el color exacto de su mirada. El único que me quita el sueño.

Y mientras tanto, que el mundo gire si quiere… que yo recojo mis estrellas y me bajo.

Lo importante de lo importante


Y entonces un día te levantas con la necesidad de avanzar. ¡Basta ya!, gritas, y te sientas enfrente de tu vida después de mucho tiempo sin miraros a los ojos.

Y comienzas a arrancar páginas de ese guión que tanto esfuerzo te ha costado escribir: dieciséis de ciento cuarenta. ¡Dieciséis! Quizás las que tú sigues creyendo que son las más bonitas, sí, pero que no aportan nada nuevo a la historia. Ésas que desde el principio querías que estuviesen ahí sí o sí; porque son trozos de ti, aunque a nadie le interesen lo más mínimo. Pero también sabes que son las que te anclaban a un recuerdo que te inventaste, que ya no existe, que ya no eres. Y que debes guardarlas en secreto. Sssshh.

Y te quedas con lo que en verdad te mantiene vivo: con lo importante de lo importante.

Y no, no duele tanto como pensabas. Tal vez un poco más que una tirita despegada a traición de tus entrañas, sin avisar. Pero no te desgarra ni desangra. Ni siquera te mata, como temías. De hecho, sientes alivio… dejándote un cierto sabor a valor en la boca.

Y, por fin, avanzas.

Lo importante de lo importante

Mi posesión demoníaca particular


Hay veces que todos necesitamos un exorcismo. De los gordos, además. Debemos sacar esos demonios de nuestro interior, cuanto antes, o acabarán devorándonos vivos. No tenemos ni idea de cómo hacerlo. Nadie lo sabe. Ni siquiera yo, que me he puesto a escribir esto, sólo por probar si funcionaba… Ya os contaré.

Tus propios demonios

Siempre se ha dicho, por lo menos en el mundo del espectáculo, que es más fácil hacer llorar que reír. Mucho más. Y estoy de acuerdo. En los casos en los que sientes que todo va mal, lo más sencillo es meter la cabeza entre las rodillas y atormentarse a uno mismo sin descanso, diciéndote: <<De ésta no salgo. Estoy muerto. Quiero estar muerto. Dejadme solo. ¡Alejaos de mí, joder! ¿Pero es que no veis que estoy triste y no soy buena compañía? ¡Fueraaaaa!>>. Nadie puede ayudarte. Nadie. Y cuanto más lo intentan, más los desprecias: <<¡Volved a vuestras perfectas y asquerosas vidas y dejadme en paz de una maldita vez!>>. Y si guardan silencio es casi peor: <<¡Eso, eso! ¡Muchas gracias, amigo de mierda! Eso es todo lo que te importo, ¿verdad?>>.

Qué ridículos somos, de verdad… ¡Qué ridículos!

Recuerdo una discusión con una de mis ellas favoritas del pasado. Quizás fue el principio del fin, no sé. Estaba muy ofuscada por un asunto laboral y la inestabilidad que eso le hacía sentir. Yo, con toda mi buena intención, le dije que no se preocupara; que vendrían buenos tiempos, y que, al fin y al cabo, nos teníamos el uno al otro mientras tanto… ¡Error! Empeoré las cosas aún más: estuvo sin hablarme dos largos días.

A la tercera noche, cuando el que estaba empezando a enfadarse era yo, volví a sacar el tema… Ella respondió que a veces no necesitaba que le dijese que todo iba a solucionarse, sino que me pusiese de su lado; que le dijera simplemente que eran unos cabrones por hacerle eso, la abrazara, y ya.

En el momento no lo entendí. De hecho, creo que no lo he hecho hasta ahora mismo, según lo estaba recordando: hay demonios que de pronto se sientan en tu sofá preferido. Ahora es suyo y sólo suyo, y no piensan consentir que los eches hasta que se aburran de verte suplicar, llorar e insultar. Entonces, y sólo entonces, se irán con sus llamas a otra parte.

Así que, después de agotar nuestras reservas de lágrimas, arrancar el viejo papel de las paredes y echarle la culpa al resto del mundo por confabular contra nosotros… es hora de llevar a cabo nuestro propio exorcismo. Sí, porque somos los únicos que tenemos el agua bendita y los crucifijos adecuados para nuestra posesión demoníaca particular: acomodémonos sobre la alfombra, miremos a los ojos a esos bastardos y digámosles sin titubear: “Sacad las cartas de póker, ¡cabrones!, que esta noche va a ser larga… ¡Ese sofá es mío, y lo voy a recuperar!”.

Enfrentando demonios