El pie fuera del precipicio


Siempre he estado de acuerdo con eso de que es bueno sentir “algo de miedo” cuando te enfrentas a la mayoría de las situaciones que te hacen avanzar.  Cuando vas a salir al escenario, cuando estás a las puertas de alcanzar o no un sueño, cuando has tomado la decisión de huir de lo que te ata a eso que te hace tan infeliz; o el miedo más terrorífico de todos: cuando vas a dar el primer beso. Yo lo llamo “el pie fuera del precipicio”. Porque, por mucho que hayas trabajado,  por mucho que creas en tus posibilidades, por mucho que sepas que es lo que quieres en realidad… puede salir cruz, puede salir rana, puede, simplemente, no salir. Y eso, camaradas, vaya que si da miedo.

Lo peor es escuchar a la gente de alrededor llamándote “valiente”, mientras tú luchas por aguantar las ganas de vomitar y te esfuerzas por maniatar al enjambre de preciosas mariposas y abejas asesinas que se te arremolinan en el estómago; que, sin preocuparles ni lo más mínimo tus taquicardias y apneas nocturnas, libran una encarnizada batalla a muerte en tu interior. Te dejan sin aliento, desnudo con todos mirándote expectantes, colgando de un hilo sobre el abismo. ¡Qué miedo, joder, qué miedo!

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Pero luego todo pasa. Sí, y menos mal. Si lo has logrado se te olvida el pavor que sentiste. Si fracasas, aprendes de tus errores y culpas al karma (o a los otros, que alivia más). Si te caes de bruces en mitad de las tablas, con el telón ya subido, el aplauso del público, humano al fin y al cabo, te da las fuerzas necesarias para levantarte y hacer una reverencia agradecida. No pasa nada. Todo se olvida al final. El  miedo se diluye.

Incluso la rojez y la vergüenza de tu mejilla tras la bofetada por aquel beso que robaste, se borran tarde o temprano. Porque al menos lo intentaste. Porque “la angustia de no saber qué habría pasado si…” ya no volverá jamás a darte punzadas en el pecho. Y, en ese preciso instante, te das cuenta de que aquellos ojos asombrados tenían razón: ¡eres un valiente! Apaleado, pero valiente. Son cosas compatibles.

Y sonríes, vaya que si sonríes.

El miedo es así. A veces un aliado, a veces un monstruo, a veces… sólo es uno mismo.

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Detrás de un café


SEC.1. LOFT DE MARÍA Y MARIO – INT. AMANECER.

Un reloj de cocina marca las 6:15h de la madrugada. Los primeros rayos de sol se cuelan por los agujeritos de una persiana a medio bajar. MARIO (37), de aspecto cansado, entra en su pequeño loft de Madrid y se encuentra a MARÍA (32) en el sofá, medio desnuda. Ella alza la vista con ojos juguetones, removiendo su café con la cucharilla. Él la saluda sin mucho afán, la besa en el pelo y se deja caer de bruces sobre la cama de matrimonio. María se queda chafada.

MARÍA
(tratando de contener su enfado)
¿Te tomas al menos un café conmigo, amor?

Si María le hubiese dicho esto a Mario, en lugar de mojar sus ganas en el café… el cuento habría tenido otro final. Sí, probablemente habría terminado de todas formas, pero seguro que no con otra cruz mintiendo en el noticiero.

Estoy convencido de que el secreto de la Felicidad no se encuentra tras una montaña de dinero o de un gurruño de sábanas revueltas con olor a desconocido; ni siquiera a la sombra de la fuente de la juventud eterna… Qué va. Se esconde detrás de un café.

No sé tú, pero yo he pasado los momentos más importantes de mi vida asomado a uno de ellos. Los más divertidos, los más bonitos, los más amargos, los más emocionantes, los más decisivos…

No ha habido una noche de pasión desenfrenada que me haya hecho sentir tantas cosas juntas como observándola desayunar frente a mí, con café y sueño en su mirada.

MARÍA
(atusándose el pelo, enfurruñada)
No me mires… ¡Tengo que estar horrible!

Pero tampoco ha habido un día más vacío, que ése en el que nos dimos cuenta de que ya no quedaban posos que leer en el fondo de nuestras dos tazas de IKEA.

MARÍA
(con un nudo en la garganta)
Este café… se ha quedado helado…

Detrás de un café, he reído a carcajadas con amigos. Mucho. Hemos arreglado mil y una veces el mundo, para llegar a la conclusión, al pagar la cuenta, de que debíamos dejarlo tal y como estaba. También he llorado con ellos, no te creas. Bastante. Nos hemos desahogado, insultado, aconsejado entre nosotros; y despachado a gusto con jefes sin alma tras sus galones y chicas sin corazón tras sus sujetadores. ¡Qué bien sienta, dios!

Pero, sin duda, lo mejor de ponerme detrás de un café… es que se me ocurren las mejores ideas, se me agolpan las rutinas y se me despiertan los sueños. En ese preciso instante, cuando veo que estoy a punto de mojarme las ganas –y las canas­– en él, llamo al gran almacén donde trabajo para decir que llegaré tarde. No, mejor, ¡que no voy a volver!, y corro a buscar a Mario a la salida de “El 33”. Pues, justo al lado, hay una preciosa cafetería, perfecta para cambiarlo todo… Para empezar de nuevo.

Recuerdos Fotosensibles


Como cada año por estas fechas, las fotografías clavadas con chinchetas en el corcho de mi pared han comenzado a combarse… Sé perfectamente que es debido a la reacción química producida por el calor en sus células fotosensibles (como sabrá cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad y acceso a la sabia wikipedia); pero yo prefiero pensar que es porque mis recuerdos son tan geniales que cada día pesan más. La gravedad y los años… Ya sabéis.

He llegado a la alegre conclusión de que soy como Dory, ese pececito-chica azul que lleva unas semanas chapoteando y saltando de pantalla en pantalla de cine, haciéndonos reír y emocionarnos tanto a los niños. Sí, me olvido de las cosas. Miento. Me olvido de las cosas malas. Pero tranquilos, este problemilla convierte las Buenas, por minúsculas que sean, en gigantescos momentos difíciles de borrar de este cerebro y corazón medio llenos. Como el vaso.

Sigue nadando

No te engañes, cenutrio, diréis. Y, ¿por qué no?, os digo yo. ¿De qué puede servir un recuerdo malo, además de para calzar una mesa? O mejor aún: para apilarlo encima de los otros en el suelo y subirte, llegando así a alcanzar los Buenos. Ésos que suelen estar en las baldas más altas de la estantería.

Quizás ése sea precisamente el motivo por el que se comban mis fotos, al igual que se me doblan los recuerdos. Para que las pueda mirar desde abajo embobado, cuando más lo necesito, y pensar: “Hay que ver… qué pedazo de vida estoy teniendo. Tú sólo sigue nadando, sigue nadando…”

¡Sí, quiero!


Jamás podré olvidar aquel Sí…

Tras dar cien mil vueltas en su busca, justo cuando estaba a punto de perder la esperanza… apareció. Y allí estábamos los dos: el uno al lado del otro, muy juntos. La miré. Me miró. Yo, gesticulando con una mano, no pudiendo esconder mi nerviosismo, dejé escapar mi pregunta en un susurro; casi sin voz…

Aquellos eternos segundos y la indiferencia reflejada en su mirada, casi acaban conmigo… Pero, al fin, leí en sus labios aquellas preciosas dos letras, mientras mi ángel asentía con una gran sonrisa y me dejaba ver tras la ventanilla cómo daba el intermitente… haciéndome el hombre más feliz del mundo.

-Perdona… ¿Te vas?

;)

anillos

Luciérnagas de Asfalto


Las Luciérnagas de Asfalto existen. Creedme. Las he visto, escuchado, e incluso tocado; aunque olerlas es lo que más me gusta. Son tierra mojada. Son regaliz. Son perfumes de mujer que te transportan a pasados que habías olvidado. Te traen paz en medio de tanto caos, tanto ruido, tanta velocidad. Te besan en los labios cuando te vuelves de cemento, cuando notan que tu corazón se está enfriando. Te derriten. Te salvan del miedo a menudo, recogiendo tu toalla del suelo y susurrándote “levántate”.

A las Luciérnagas de Asfalto no se las puede llamar. Ellas te encuentran a ti. Simplemente aparecen. Están ahí cuando más las necesitas, bailando entre los grises edificios que nublan tu ciudad, tu mente… Esos mismos que no te dejan ver el sol, y que, con toda seguridad, tú has ayudado a construir frente a tu ventana. Son psicólogas sin título colgado en la pared; con despacho en los bares, parques, camas y norias de feria. Cobran en cervezas, carcajadas, pipas de calabaza y furtivas miradas de gracias.

Pero las Luciérnagas de Asfalto son también frágiles. Sí, están hechas de un cristal finísimo para dejar pasar la luz; de un vidrio vapuleado por la polución y tristeza de los otros. Así que, trátalas con suma delicadeza cuando se te acerquen. Cuídalas. Eso es. Cuídalas como si su resplandor dependiese de tu alegría, de tus caricias, de tus palabras de perdón. Observa sus fisuras. Después atúsales el pelo y lame sus heridas, aunque te quemes la lengua y las manos. Porque si no lo haces a tiempo, terminarán rompiéndose en mil pedazos, apagándose para siempre.

¿Quién sabe? Quizás, esa figura desnuda que se refleja en tu espejo, brillando de forma intermitente… sea una de Ellas.

Luciérnagas de Asfalto

Matando el tiempo


Cuando te quieres dar cuenta, aquellos sueños quedaron atrás; con suerte, hechos realidad. Se alejan. Sí, se aleja la noche en que aquella estrella fugaz te despertó, sembrando en el jardín de tus cosas por hacer una semilla nueva. Adiós a ese sentimiento de duda; a ese por qué voy a arriesgarlo todo para hacer que germine este fruto… Sólo, porque lo he soñado.

Queda atrás el momento en el que soltaste el ancla, con manos temblorosas, luchando contra tantos y tantos “no lo hagas”, “valora lo que tienes”, “te vas a arrepentir”… Se te olvida el momento en el que te tapaste los oídos y conseguiste no volver la mirada hacia aquella pisoteada orilla, para que nadie viese el miedo reflejado en tus ojos.

Poco a poco, se va filtrando entre los pliegues de tu cerebro el brillo de aquel tesoro que encontraste al final del camino; esa euforia por haberlo logrado contra todo pronóstico… Se diluye hasta el dolor de tus huesos, neuronas y músculos, producido por el esfuerzo que te costó llegar hasta él.

Todo pasa.

Se pierde en el horizonte el día en el que, con el corazón, la mente y el ego hinchados, volviste. Ése en el que el engranaje que hace girar el reloj te masticó, con ansia, de nuevo entre sus dientes romos. De nada sirvió que pedalearas con fuerzas renovadas. Al final te dejaste mecer entre sus fauces, para convertirte en un recuerdo más.

Hoy miras hacia atrás y tus huellas están siendo borradas por el alzhéimer de un mundo que no da tregua. Miras hacia adelante y, una vez más, ya nada existe. Entonces cierras los ojos, tratando de dormir, poniendo todas tus esperanzas en que una nueva estrella fugaz cruce tu noche desvelada.

Por fin surca el techo de tu cuarto. Te asusta, pero la deseas. Reúnes todo el valor que habías olvidado que tenías, y la persigues hasta darle caza, aun sabiendo que te matará un poco más cada día. Pero sonríes, porque, también sabes, que si no lo hiciera ella… te matarían las ganas.

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