Estrellas en el trastero


Hay historias de amor que merecen ser vividas en primera persona… Porque si te las cuentan, o no te las crees, o deseas tanto que te hubieran pasado a ti, que preferirías no haberlas escuchado. Os pido perdón de antemano:

Como pronto se convertiría en habitual, ya en su primera cita, ella le hizo esperar bajo la lluvia. Pero, como también pasaría a partir de entonces, a él se le pasó el enfado al verla aparecer con el pelo aún mojado; cegándole con aquellos ojos juguetones y esa sonrisa infantil que derretía icebergs.

Para una ocasión tan especial, cualquier habitante de este mundo habría reservado mesa en uno de esos restaurantes caros, donde los amantes se prometen la luna al son de los violines… pero ellos, como en unos instantes descubriréis, no eran de este planeta; ni se conformaban con un insulso satélite lleno de cráteres y sin luz propia.

Decidieron pasar sus primeras horas a solas en un trastero de escasos dos metros cuadrados, decorado únicamente por cajas de cartón y estanterías de metal. Sobre unas mantas, acompañados tan sólo por un par de velas, una botella de vino y unos sándwiches comprados a toda prisa en la única tienda abierta del lugar… se miraron como nunca nadie lo había hecho antes. No necesitaron más que el aire que circulaba de una boca a otra en aquel minúsculo palacio inventado. Se enamoraron.

Parece mentira que aquella cárcel sin ventanas pudiera haber sido capaz de atrapar hasta el último destello del universo, tan sólo porque sus dos presos se tuviesen el uno al otro. Pero sucedió.

Cuando la botella de cristal tocó fondo ya habían recorrido, sin respirar apenas, los pedregosos caminos que los habían llevado hasta aquel pequeño cuarto (injustamente olvidado por las más prestigiosas guías gastronómicas…) Habían reído, llorado, recordado, e incluso oteado el futuro al unísono… Entonces llegó el momento: soplaron las velas para poder verse a oscuras.

Ya con sus miradas apagadas, se acurrucaron sin prisa entre las mantas. No se besaron siquiera. Aquella noche no era para eso… Tan sólo pararon el reloj acariciando el rostro del otro. Sus labios. Su miedo. Sus cuerpos. Su latido. Sus silencios… Hasta quedarse profundamente dormidos en los brazos de los que nunca nadie querría despertar.

Y también me parece mentira que, aún después de tantos años, si cierro los ojos, todavía pueda percibir cómo el olor de la cera, el vino y su risa, enredado con el de su pelo húmedo, alimenta mis pulmones; mientras mi mano viaja sin luz entre sus sueños y pasiones… Cada una de las veces que mis párpados mueren para reunirme a traición con ella, le susurro al oído, amarrado a su espalda:

Quedémonos para siempre en este trastero, Bella… O dejaremos escapar las estrellas.

cazando estrellas

Viaje de ida


Que yo recuerde… en toda mi vida no me he arrepentido de nada que haya hecho. Siempre he pensado que las flechas erradas forman parte de mi Camino, de mi Diana. Y que sin ellas hoy no sería lo que soy: un Ser Humano. Sí, un ser humano de esos a los que les tiemblan el pulso, los ojos y los labios a menudo; casi en cada ocasión que han tenido que acariciar por primera vez, mantener audaces miradas y pronunciar las palabras que más miedo dan: Te quiero, Ya no te quiero, ¿Me quieres?, Quiéreme… ¡maldita sea!

Que yo recuerde… en toda mi vida quizás me haya arrepentido de las cosas que he tenido la valentía de callar… por pura cobardía. De esos pensamientos que, justo cuando están en el trampolín de la punta de mi lengua gastada, resbalan y se rompen la crisma contra la piscina vacía de mi propia vergüenza. De esas declaraciones de amor que se dicen cuando ya el viento grita demasiado fuerte: promesas con alas de plomo que sobrevuelan preciosas orejas que, cansadas de escuchar mis inoportunos silencios, se han quedado ciegas.

Que yo recuerde… en toda mi vida sólo me he arrepentido de todo aquello que no he hecho por falta de tiempo, coraje o reflejos. Pero, sin duda, lo peor ha sido ver cómo otro lo hacía por mí…

Que yo recuerde… en toda mi vida me he arrepentido una única vez. Pero ya era demasiado tarde. Me perdoné, y seguí caminando.

one way

La Niña Bonita


Casi todo lo bueno que me ha pasado en 2014 tenía nombre de niña…
La más pequeña me enseñó que vivir es mucho más que dejar pasar los días. La más valiente, que aquí no se rinde nadie hasta que yo lo diga. La más alta, que hay que amar con los ojos bien abiertos para ver hacia dónde vas. La más fotogénica, que la belleza es una actitud, pero no la más importante. La más soñadora, que otra oportunidad es un regalo que hay que saber abrir a tiempo. La más incondicional, que para que alguien esté siempre ahí, debes estarlo tú también. La más amiga, que si te equivocas, pides perdón y punto. Y la más veterana, que “que tú no te atrevas”, no quiere decir “que yo no lo vaya a intentar”.
Todo lo demás… me lo ha enseñado una ciudad. :)
¡Feliz Niña Bonita! (Ahora ya sabes por qué.)

la niña bonita

El-hada


Nunca me había gustado aquel día. Siempre me había parecido una americanada más. Una noche en la que los chicos se disfrazan de vampiro o momia con lo primero que pillan por casa, y las chicas de enfermera de peli de dos rombos o de bruja de saldo y esquina (como diría Sabina); justificando su estival modelito derramándose estratégicamente unas gotas de sangre artificial por el escote. Pero bueno, como mis compañeros de piso me convencieron de que realmente la fiesta de Halloween la habían exportado los irlandeses al resto del mundo, me dejé arrastrar… Lo sé, soy muy facilón. ;)

Pero claro, si quería formar parte de la tradición, tenía que improvisar un atuendo adecuado… Y rápido. Así que, en un alarde de originalidad, y ante la atónita mirada de los otros, rescaté un trozo de cartón de la papelera y escribí con un rotulador rojo-hematocrito: “Soy el típico chico guapo que muere el primero en las películas de terror”. Luego hice un par de agujeritos en la parte superior y me lo colgué al cuello con uno de los cordones de mis botas de montaña. Ready!

La noche no parecía muy diferente a las mil anteriores que había pasado en los bares dublineses: gente con diez o doce Guinness de más, con poquísima ropa y con una pizca más de maquillaje que el Joker de Batman. Así que, a las 4 horas, cuando ya había contado unas doscientas treinta y siete diablesas y alrededor de trescientos veinticuatro zombis, y estaba a punto de marcharme… sentí unos golpecitos en el hombro. Me giré con cara de pocos amigos, pensando que iba a ser otro Ernesto de Hannover preguntándome que de qué iba disfrazado. Pero me equivocaba: era una chica menuda, pelirroja y con la nariz salpicada de diminutas pecas, que me miraba con unos ojos enormes, verdes y divertidos.

Sin mediar ni una palabra, hizo aparecer como por arte de magia entre sus dedos una barra de labios con purpurina plateada y tachó la palabra “primero” de mi cartel, escribiendo justo encima “último” con una caligrafía preciosa. Mientras lo hacía, pude ver que llevaba un escueto vestido del mismo color de sus ojos (en el cual no localicé la mancha de sangre) y que estaba descalza… Cuando terminó la restauración de mi obra maestra me lanzó una rápida mirada de orgullo infantil. Después, con un guiño de esos que pueden levantar un vendaval con las pestañas, se dio media vuelta como si nada, dejándome allí plantado con la boca abierta.

Haciendo uso de la valentía que debía de haberme regalado Sir Jameson, previo pago, evité su huida sujetándola con delicadeza por sus hombros semidesnudos. Se detuvo en seco, me agarró por las muñecas y esperó dándome la espalda lo que me pareció un siglo entero. Luego rodó de pronto por uno de mis brazos hasta plantearse frente a mí de nuevo, haciendo que mi corazón cayera al vacío. Durante aquel paso de baile inesperado, fue cuando me di cuenta de que tenía alas, pero estaban quemadas… ¡Dios, me acababa de enamorar hasta la médula… de un hada!

–¿Por qué has hecho eso? –grité en inglés, luchando contra la atronadora música y mi horrible acento…

La muchacha me observó pensativa por unos segundos con la cabeza levemente ladeada. Después, poniéndose de puntillas, me susurró a voces al oído:

–Porque soy yo la que va a morir primero, tonto…

Aquellas  tristes palabras con olor a regaliz rojo y cerveza light, me paralizaron.

–Estás de broma, ¿no…? –dije forzando una tirante sonrisa, siendo consciente ahora de que el giro que la había devuelto a mí se había convertido en un íntimo abrazo.

–¿Crees en las hadas, Peter? –me preguntó a escasos 7 milímetros de mi respiración agitada.

Pese a que sabía que se trataba de una pregunta trampa, y que me estaba jugando un beso a una sola carta… mi cerebro primario ganó la batalla, haciéndome mover la cabeza de un lado a otro lentamente. En ese mismo instante… la muchacha se desmoronó entre mis brazos.

Creyendo que se estaba burlando de mí, le reí la gracia con una exagerada (a la par que ridícula) carcajada de ultratumba, mientras intentaba mantener erguido su frágil cuerpo contra el mío… Pero no. Aquello estaba empezando a durar demasiado… Traté sin éxito de mantener los ojos de la que creí la mejor actriz que había conocido nunca a la altura de los míos, pero su cuello parecía de goma… ¡No me lo podía creer! ¡Estaba inconsciente de verdad! Sin pensarlo dos veces la subí a mi hombro como un saco de patatas. <<¡Vaya!, pesa más de lo que parecía…>>, pensé. (Lo sé, ni el gesto ni el pensamiento fueron muy caballerosos… pero, ¿qué queríais que hiciera? ¡Estaba aterrorizado y he visto muchas películas!) En fin, después de abrirme paso a empujones entre enormes y ebrios tipos que me miraban con estúpidas caras de “Has triunfado, ¿eeeh?”, saqué al hada malherida de aquel bar sin aire…

El hada

En la calle estaba helando. <<Bien, este frío despertaría a un muerto…>>, pensé. Pero mi propio chispazo de humor negro me produjo una escalofrío, que nada tenía que ver con el maldito clima irlandés. La llevé a un banco de espaldas al río Liffey, la desprendí de sus alas abrasadas y la cubrí con ellas, pues me había dejado el abrigo dentro del local… ¡con mi móvil en el bolsillo! ¡Fantástico! Comencé a zarandearla con angustia…

–¡Hey!, ¡hey! –¡Mierda, no sabes ni su nombre!, me reproché–. ¡Chica! ¡Girl, girl! ¡Despierta, por favor! –Pero nada… Ni por ésas.

Miré alrededor para pedir ayuda, pero no había ni un alma… Y con razón. El vaho no dejaba de emanar de mi boca y mis dientes estaban empezando a castañetear. <<¡Eso es! ¡Aire!>>, pensé, acercando mi oído a su cara para comprobar si al menos respiraba… <<¡Ni regaliz, ni cerveza light, ni nada de nada! ¡Estaba muerta, joder!>>

Entonces se me ocurrió una tontería. Bueno… dos. (A situaciones desesperadas… medidas-Princesa-Prometida desesperadas. Ya sabéis.)

–¡Creo en las hadas! ¡Creo en las hadas! ¡Te lo juro! –dije con un tono más agudo de lo normal por el frío y el mal trago, mientras acariciaba su mejilla, ya de mármol.

La muchacha no reaccionaba ante mis palabras, y el color aún más blanquecino de su piel me estaba asustando de verdad. Así que pasé al Plan B, poniendo en él todas mis esperanzas… Recurriendo a todos los cuentos de final feliz que me vinieron a la mente en aquellos eternos instantes, hice aquello para lo que llevaba toda la vida preparándome: la besé.

No puedo decir cuánto duró aquella idea descabellada, pues el tiempo se paró. Pero poco a poco, comencé a sentir cómo sus labios entreabiertos recobraban el calor, hasta por fin responder con dulzura a mi beso robado… Respiré hondo y me alejé unos centímetros para comprobar con entusiasmo cómo sus ojos se abrían muy despacio… ¡Estaba viva! ¡Estaba viva!

Y sin apartar la mirada del chisporroteante verde de la suya, susurré:

–Aquí no se muere nadie hasta que yo lo diga… Capisci? –Dije esto muy serio, mientras me recreaba separando uno a uno los tensos dedos con los que ella aún apretaba con fuerza el pintalabios plateado. Después, se lo arrebaté con un gesto rápido y lo lancé por encima del muro de piedra al fondo del río Liffey.

La sonriente hada, por aquel entonces aún sin nombre, dibujó en su cara un gracioso mohín al ver que yo empezaba a hablar de nuevo.

– Y sí, “ahora” creo en las…

Pero no me dejó terminar la frase.

Estrella fugaz


Lo malo de conocer a tanta gente nueva, que además tiene las mismas inquietudes que tú por viajar y aprender de los otros, es que, tarde o temprano… se van.

Sí, a lo largo de mi vida he dicho adiós muchas veces. Algunas de ellas, las que más, ha sido de forma voluntaria; por esa estupidez de la búsqueda de la perfección que desde pequeño me atormenta. Pero en otras –y no digo que sean peores que las anteriores, como todo el mundo cree–, no hay nada que yo haya podido hacer. En ambos casos, aquella persona que parecía encajar contigo como nadie lo había hecho antes, simplemente da media vuelta y desaparece. Pero nada, por fortuna, el mundo sigue rodando y rodando; y gracias a su desgaste mañana habremos olvidado y sido olvidados… ¡Pero qué bien hechos estamos!

A veces me planteo si esas almas gemelas que perdemos por el Camino, y que creíamos eternas, eran en realidad la horma de nuestro zapato; o si, por el contrario, la soledad (o la sociedad, que es peor) nos hizo meterlas bajo nuestra piel con calzador. No sé… No quiero pensarlo demasiado, por si llego a alguna conclusión a la que no me apetece llegar.

Despídete

Llevo en estas húmedas tierras irlandesas tres meses y ya he asistido a más de una docena de despedidas. ¡¿Podéis creéroslo?! La última, la de una compañera de piso brasileña que se reía a carcajadas de mis chistes fáciles ­–aunque estoy seguro de que apenas entendía la mitad– y que me robaba mil horas de sueño cuando necesitaba empapar un hombro de confianza, como si yo hubiese sido su fiel consejero durante cien años invisibles. Y lo más gracioso de todo… es que se fue sin saber pronunciar bien mi nombre: Jejús, me llamaba… ¡jaja! Sí, la voy a echar de menos.

¿Pero sabéis qué es lo peor de tanto adiós precipitado? Que, casi con total seguridad, a la mayoría de estas Estrellas Fugaces jamás las volveremos a ver, por mucho que nos deshiciéramos en promesas de reencuentro mientras duró aquel último abrazo…

¿Y lo mejor? Pues fácil: que siempre recordaremos a esas personas como perfectas, pues no tuvimos tiempo de ver el lado oscuro de su Luna. –Menuda suerte que ellas también se marchasen antes de descubrir lo fríos que tiene este Sol los pies…–