Polvo de estrellas en el café


El mundo gira y gira. Ha cambiado, y nosotros con él. Nada es lo suficientemente bueno para quedarse. Ya nadie lucha. Ahora todo debe ir deprisa o nos aburrimos en un abrir y cerrar de ojos marrones. Una emoción, un éxito, una desilusión, un traspiés. Bah, mejor pongamos un capítulo nuevo…

Antes se decía que había que disfrutar del proceso, del Camino, del ascenso a la montaña. Hoy no. Hoy miramos hacia la cima y queremos estar allí. Y lo queremos ya. No existe nada más: sólo la meta. Tenemos mucha prisa y da igual lo que pase a toda velocidad por nuestro lado. Y lo que es peor aún, quién. Eso sí que es lo de menos.

Yo, personalmente, creo que me he perdido algo…

No nos interesan los preámbulos. Nos alimentamos de imágenes prediseñadas que se mueven hacia la izquierda o hacia la derecha: feo, bonito, bonito, feo; y con más filtros que los que se usan para hacer el café molido. O mejor dicho, en polvo. Eso es, ahora todo es polvo –y no precisamente de estrellas–.

Las personas ya no tenemos denominación de origen: ni aroma, ni textura, ni sabor. ¡Qué más dará! ¿Para qué? Total, sólo ansiamos tomarnos una taza bien cargada, la que sea (sin azúcar, eso sí), y tragárnosla sin importarnos siquiera su nombre. Déjate de cartas de amor, Romeo.

Lo siento, pero yo tiro del freno de mano aquí mismo. Si es necesario, hiberno hasta que pase esta nueva era del hielo. Pause. Stop. To be continued…

Porque no sé vosotros, pero yo no pienso pasarme la vida leyendo los posos de un café aguado de marca blanca, por muy barato y fácil de filtrar que sea. Sólo me conformaré con uno: ése que tiene el color exacto de su mirada. El único que me quita el sueño.

Y mientras tanto, que el mundo gire si quiere… que yo recojo mis estrellas y me bajo.

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Yes you can


De un tiempo a esta parte, pese a que no me considero a mí mismo poseedor de un cerebro privilegiado, sino más bien de uno normalito, no puedo evitar sentirme uno de esos cerebros fugados de los que hablan en los telediarios nacionales.

Todo empieza con un pequeño desazón que un buen día entra por el dedo gordo de tu pie izquierdo, y va subiendo y subiendo, creciendo y creciendo, hasta colgarse como un mono histérico de esa neurona dormida, a la que casi nadie hace caso: la del inconformismo.

yes you can Así que, como un españolito más, de esos que están hartos del vapuleado país en el que viven, sin darle demasiadas vueltas (pues el exceso de vueltas suele ser el lastre más grande que tenemos para no salirnos nunca de la linde establecida), desempolvé el mapamundi en el cual todavía Rusia era una gran mancha amarilla y me lancé al vacío. Por supuesto, barajé destinos insólitos, paradisíacos, de película… para luego cerrar el círculo de acción a dos horas y media de avión; para estar a tiro de piedra de los guisos de mamá y por el idioma que últimamente es requisito indispensable para trabajar por el sueldo mínimo, aunque jamás vayas a usarlo: el inglés.

Como la mayoría de vosotros  sabéis, todo empezó en Dublín, hace casi un año. Luego salté a Edimburgo, el cual estoy a punto de abandonar hasta nueva orden… ¡La virgen, cómo pasa el tiempo! Allí me di cuenta de que aquel “My teacher is rich” (Mi profesor es rico) y “The window is blue” (La ventana es azul) que la Seño nacida en Algeciras nos enseñó en el cole hace un siglo por lo menos, con su exquisito acento anglosajón por los cataplines, no te sirve para nada… Sí, partes de cero pelotero.

Eeeiiinnnn?? Persiguiendo El Dorado, empiezas a repartir currículums por todos lados, como loco. Primero en el sector de la carrera que estudiaste, luego en el que trabajaste y, finalmente, de lo único para lo que se te requiere aquí, en el mejor de los casos: friegaplatos. ¡Pero ni por ésas! Para eso de “trabajar de lo que sea” llegas tarde. Hoy en día, tres cuartas partes del planeta está en tu misma situación y ha tenido exactamente la misma idea que tú; así que, ante tal marabunta de almas descarriadas, criban por el idioma de mala manera, y te echan de los sitios con cara de “¿Ánde vas con ese espaninglis, alma de cántaro…? Vete, y no vuelvas.) Ahí es cuando te das cuenta de que es cierto que no entiendes de la misa la media, y tomas la determinación de apuntarte a una academia de ésas que cuestan un ojo de la cara, en la que compartes clase con otros diez compatriotas y algún que otro chino mandarín. Y para más inri, una chica rubia de ojazos azules, el doble de grandes de cómo los tiene la raza humana, es la que trata de enseñarte su lengua nativa… ¡Vamos, que no hay forma de prestar atención! Una catástrofe, en resumen.

Después de unos meses sumergido en incomprensión y cerveza (mucha cerveza), comienzas a notar que ya no respondes “yes” a todo por inercia y que por fin cazas bastantes cosas de ese idioma que cada uno pronuncia como le da la real gana… Es en ese preciso instante cundo te planteas que ha llegado el momento de darle una segunda oportunidad a la búsqueda de empleo; y, tras muchos intentos y caras de tonto, consigues por fin un puesto en un hotel de mala muerte, haciendo camas y pasando la escobilla a los retretes ajenos. (Nota: Por favor, limpiad los vasos vosotros mismos cuando lleguéis a cualquier hotel por muy limpios que parezcan. Hacedme caso, insensatos…)

Fuga de cerebros De verdad, que al próximo que me diga que la forma de aprender inglés es trabajar a un país angloparlante en el que todo funciona al revés, no sólo los coches, me lo cargo. ¡Uy, sí! No sé si aprendo más cuando le digo a la polaca que limpia conmigo y que no me entiende un pimiento: “¡Joder, qué guarra es la gente!” o “¡Joder, cómo me duele la espalda!” jajaaaa!!

Pero, ¿sabéis qué? De todo se aprende algo en esta vida… En definitiva, todo suma.

Y no. No me arrepiento en absoluto de las cosas que he tenido que padecer para llegar donde estoy… Pues he disfrutado de muchísimas más. De hecho, tengo la balanza totalmente descompensada hacia el lado bueno de las cosas.

Y lo vuelvo a decir: lo importante son las personas que te vas encontrando por el Camino. Sí, y yo me he rodeado de gente excepcional, hablase el idioma que hablase. Supervivientes, soñadores, valientes, trotamundos, luchadores, incondicionales, verdaderos amigos… con los que compartir el lenguaje más importante. El universal. El que sólo se aprende después del mejor o del peor de los trabajos del universo. Por el que más merece la pena vivir, y del que no hay una escuela oficial: la risa.

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