¡Feliz Año Viejo!


Tenemos la mala costumbre de echarle la culpa al año que se nos escapa entre los dedos de las cosas que no nos gusta que nos sucedan… De hecho deseamos que pase lo más rápido posible, el condenado. Que termine ya, por favor, que termine cuanto antes… ¡Vete, vete, vete!

¡¿Pero somos tontos, o qué?! Efectivamente, se va a ir mientras esperamos con la cabeza escondida bajo la almohada contando los segundos… pero llevándose también, junto con eso que nos ha parecido lo peor de nuestros últimos 365 días, todo lo bueno que esas mismas 8760 horas nos han envuelto para regalo. Sí, lo que nos ha mantenido vivos cuando creíamos que nos moríamos. Y no, eso tampoco va a volver…

Detrás de cada decepción, de cada fracaso, de cada caída, de cada golpetazo de la vida… hay un todo irá bien inesperado que ilumina tu cara en mitad de la noche, un beso (o mil) que te hacen sonreír entre lágrimas, un abrazo que te arranca de raíz de esa tierra cuarteada que rogabas que te tragase de una vez por todas… Y que ahora riegas. Pero no, a esas piedras preciosas no les prestamos atención, y dejamos que pasen a la historia sepultadas entre los feos ladrillos que arrojó contra nuestra ventana el maldito año que está a punto de terminar… ¡Vete, vete, vete!

Pues se acabó. A mí no me da la gana seguir empujando el tiempo con los hombros, ¿sabes? Porque ya avanza a toda velocidad él solito. Porque por cada minuto que pierdo lamentándome de la mala suerte que he tenido este año, no me permito ver a mí mismo todas esas puertas que se han abierto ante mí por sorpresa cuando más lo necesitaba. Y esas botellas de vino reservadas para una ocasión especial, al borde de echarse a perder. Y esas flores que parecía que no se iban a atrever nunca a enseñarme sus colores.

Y al echar la vista atrás, todas esas “curas colaterales” me hacen pensar que quizás, y solo quizás, sin la semilla que se plantó este año en el lado malo de mis cosas, no habrían brotado tampoco las del lado bueno. Que han sido muchas. O que justo esa pequeña catástrofe que me parecía un mundo entonces, era precisamente la pieza clave que debía sucederme para todo lo alucinante que me espera el año que viene… Sí, seguro que ocurrió por eso: ¡para que me pasases tú!

Y ahora que lo he descubierto, ya sí que puedo gritarlo… ¡Vete, vete, vete!

Anuncios

Las cosas que nunca te dije (o sí)


Aunque el niño que suele llevar mis riendas jamás reconocerá que su servidor, o sea, yo, ha confesado lo que está a punto de confesar… lo voy a hacer: me estoy dando cuenta de que lo de haber sobrevivido a una Navidad por cada ladrón de Alí Babá, también tiene su parte buena. Lo siento, chaval, pero así es. Y lo vas a escuchar, por mucho que te tapes los oídos. No tengo nada que perder. Y tú, tampoco.

Según pasan los años, esas palabras y sentimientos que antes se te hacían bola y no había forma de arrancarlos del espacio que todos tenemos entre el corazón y el estómago, reservado a deseos y miedos, lo hacen ahora con mucha más facilidad. Ese amasijo de flores y demonios ya no rasca tanto al ascender buscando la salida por la garganta de este gato, hoy pardo. Porque, como dijo el sabio: mejor fuera que dentro.

Digo lo que siento cuando lo siento. Y cuando no, también. Últimamente me descubro a menudo a mí mismo diciéndole a la gente que quiero, que la quiero. ¡Pero bueno!, ¿me estaré ablandando? Debe de ser eso… Pero es una sensación tan grande sorprenderte a ti mismo diciéndolo; y más, saber que lo estás haciendo totalmente en serio… Ufff…

También hay personas a las que odio; pocas, aunque haberlas, haylas. Pero no, a esas no se lo digo. Porque a todo el mundo que hoy odias, seguramente también lo quisiste de alguna manera en un tiempo lejano. Y si por aquel entonces no le dijiste eso tan bonito, ahora sí que no tiene ningún sentido revelarle esto tan feo. No sería justo. Y de hecho, no le importa. Y a ti tampoco debería.

Ahora que las arrugas van apareciendo en tu espejo… si te equivocas, pides perdón. Y se acabó. Cuesta, vaya que si cuesta, pero todos tenemos derecho a equivocarnos, ¿no? Sí, tú también. Ah, pero no olvides primero perdonarte a ti mismo… (Palabra del Señor. Amén. jaja!)

En definitiva, cuando eres consciente de que la cuenta atrás ha comenzado, de que quizás mañana sea tarde… te planteas que hay cosas que, o las sueltas ahora, o te las acabarás llevando a la tumba contigo. ¡Y te vas a quedar con las ganas, idiota! Así que, si lo estás dudando, la respuesta es siempre sí. Díselo. Es el momento perfecto.

Y ya para despedirme, y solo por si acaso esta es una de las pocas oportunidades que me quedan para que lo sepas, no podía morirme sin decirte… que eres el amor de mi vida. Supéralo de una vez. ;)

Ahora la pelota está en tu tejado.

Quién sujetará tu mano


Hará algún tiempo, me enzarcé en una acalorada discusión con unas compañeras de curro 17 años más jóvenes que yo, asfixiadas por el yugo del que quiere demostrar que vale a toda costa. Caiga quien caiga. Creo recordar que todo empezó con una de esas preguntas que yo hago porque sí. O más bien, porque si no, reviento… ¿Si tuvierais que elegir entre perder al amor de vuestra vida o el trabajo de vuestra vida, qué haríais?

Disparé aquel proyectil con trampa porque las veía un poco confundidas al respecto, y no podía dejarlas marchar sin llevarse incrustada esa semilla de la duda que algún día podría dar sentido a su existencia. (O arruinársela, quién sabe…)

Yo, después de darme cuenta a base de leches durante los últimos casi 40 años de que al final se trabaja por dinero, por mucho que te empeñes en agarrarte a la realización personal y esas mierdas… obviamente sabía cuál era la respuesta y estaba convencido de que ellas elegirían con el corazón. Pero me equivocaba… ¡No se lo pensaron ni un mísero segundo! Y ahora creo que el problema era precisamente ése: que les faltaba corazón. Mal asunto. «Me quedaría con el trabajo de mi vida. Amores, hay muchos…», dijeron todas sin pestañear. WHAT???!!!

Intenté desarmarlas de mil formas posibles, alegando que el amor verdadero es lo más complicado de encontrar (y de regar, más aún) en esta despiadada carrera de fondo. De hecho, utilicé la técnica más ruin que se me ocurrió para tratar de derretir esos cubitos de hielo que escondían en el pecho: «Sí, seguramente, cuando estéis en vuestro lecho de muerte, justo antes de iros al hoyo, vuestro último pensamiento será: ¡Adiós mundo! Me voy muy muy muy feliz por haber conseguido ser una profesional como la copa de un pino, con coche de empresa y cheques restaurante incluidos… ¡Buah, pero qué orgullosa estoy, la virgen!». De eso no os vais a acordar, creedme… Luego no digáis que no os lo advertí. ;)

Me duele todavía no haber sido capaz de convencerlas cuando tuve aquella oportunidad, porque me juego el pescuezo a que el batacazo que se van a dar tarde o temprano será monumental (que no irreversible)… Pero bueno, a lo mejor vosotros sí me escucháis. Aunque quizás tampoco debierais… Sí, mejor no me hagáis ni caso, en serio. Al fin y al cabo, ya sabéis que soy Mr. Consejos-Vendo-Que-Pa’-Mí-No-Tengo”. Vosotros mismos… Luego vendrán los lloros. jaja!

Pero hagáis lo que hagáis, sólo os deseo que el día que la palméis, que lo haréis… (dentro de mogollón de décadas, eso sí) sea el amor de vuestra vida quien os esté sujetando la mano. Porque vuestro jefe… ya os digo yo que no lo va a hacer, fijo.

De nada.

Donde nacen los besos


Los libros de historia y los periódicos de ayer están plagados de héroes y heroínas. Ya. Pero ¿sabéis cuál es la persona más valiente del universo, y la que sin duda debería aparecer en esas páginas, con foto y todo, y no lo hace? Fácil: la que besa primero…

Porque sí. Porque para dar un beso de ésos que van a alguna parte (no de los que son sólo otra muesca en nuestro revólver), hay que ser tremendamente valiente. ¡Ostras!, ¿y si me hace la cobra? ¡Ostras!, ¿y si no lo hago bien? ¡Ostras!, ¿y si deja los ojos abiertos…? ¡Ostras, ostras, ostras! Sí, amiguitos, hay que poseer un coraje para ser el primero en besar, que ya lo querría MARVEL para sus superhéroes en mallas. Y lo sabéis.

Es que, para empezar, y sin menospreciar a nadie, encontramos a quienes los piden por miedo a que sea ésa su única opotunidad de llevarse los tuyos a la tumba: «¿Pero no me vas a dar un beso de despedida?», te sueltan con ojitos de querer en el mejor de los casos; o, en el peor: «Llevo viendo toda mi vida pelis de Meg Ryan, y es lo que toca… Así que, ¿a qué estás esperando? ¡Bésame, tonto!»

He de confesar que yo, como soy muy facilón, y los besos me parecen el mejor invento del ser humano (después del Ibuprofeno y el Almax), es bastante probable que os los dé, siempre que me lo pidáis con cariño. En serio, no os cortéis… ¡Probad! ;)  Pero no, no se deben pedir los besos. O correremos el riesgo de recibir uno con el mismo efecto afrodisíaco que los que os va a enchufar vuestra tía Amparo en Nochevieja tras cuatro copas de champán. (Y os aseguro que mi tía Amparo le pone mucha, pero que mucha pasión. jaja!) Repito, NO. Los besos no se piden. No funciona así…

Luego está el/la caradura por excelencia (que no es valiente ni es na’, por cierto) que deja caer, a modo de avanzadilla, la frase: «Tengo ganas de besarte…», mirando fijamente tus morritos carnosos, por supuesto. Y después llega la fase dos: esperar atentamente una caidita de ojos, o una apertura exagerada de los mismos en tu cara, antes de lanzarse o no a la piscina… ¡Eso es trampa, sinvergüenzas! ¡Cooo, co, co, co…!

No serás un gallina, McFly…

Bueno, bueno, y con esto hemos llegado a… ¡los besos robados! Y que conste en acta que me refiero a los que “ambas partes” son conscientes de que les pueden ser arrebatados al más mínimo descuido (no por la calle a cualquiera, ¡animalitos!). Quizás éstos sean los más arriesgados porque, aunque te puedan llevar en picado a una torta con la mano abierta… también te pueden catapultar a una aventura que ni siquiera tú imaginabas poder vivir algún día. Y la otra persona, tampoco.

No puedo irme de aquí sin mirar de soslayo esos besos-que-nunca-se-dieron. Lo sé, a mí también me duele cuando los busco en mi memoria y no los encuentro… Siento tener que ser yo quien os lo diga, pero, ¿cómo van a estar ahí? Jamás nos atrevimos, ¿recordáis? Así que… que no me entere yo de que nos quedamos ni una sola vez más con las ganas, ¡¿me oís?! Al fin y al cabo, ¿qué podría salir mal…? Ejem, ejem…

Y este viaje acaba con el buque insignia de todos los besos. Con ése que nadie sabe por qué, ni cómo, ni cuándo. Tan sólo sucede, nace, explota dándole sentido a todo en mitad de nuestro baile. Sin forzarlo, sin pedirlo, sin robarlo. En definitiva, sin venir a cuento. Y lo mejor de ese beso, mis queridos héroes y heroínas, es que para darlo o recibirlo no es necesario ser valiente… ¡Eso es! Sólo hace falta ser uno mismo.

PD: Ahí va un beso a oscuras en vuestro portal, que no me he olvidado de él… Y os lo debía.

Cosas que sucedieron (o no)


Soy como ese niño pequeño que ve una y otra vez las mismas películas porque sabe lo que va a pasar a continuación. Sin sorpresas… Llámalo ir sobre seguro; o si lo prefieres, cobardía. Sí, debo controlar con un minimísimo margen de error lo que va a suceder, o no lo hago. Pero con Ella fue distinto: en cuestión de pocas horas de vinos y rosas, me vi a mí mismo cayendo al abismo como una roca. Sin paracaídas, sin ramas a las que agarrarme, y lo peor de todo, sin importarme no saber adónde me llevaría ese camino inventado entre los dos.

Pero ¿cómo no lo había visto venir? ¿Cómo me podía haber pasado eso a mí? ¡¿A mí?! Míster Previsor. Mi superpoder arácnido me había fallado en un momento crucial. ¡Maldita canción!

Y ahora estoy desnudo, aterrorizado, vulnerable por primera vez, sin saber qué hacer. Mi cinta VHS se ha atascado de pronto; y al volver a pulsar el play, una película completamente desconocida (que ahora sé que llevaba esperando ver toda la vida) ha aparecido delante de mis ojos en este viejo televisor.

Tengo miedo. Mucho. No voy a negarlo. Pero por otro lado, me encanta la sensación de riesgo que me revolotea asesina y dulce al unísono en el pecho. Un riesgo que me abrasa, me horroriza y me excita al mismo tiempo. Sí, esta ruptura de esquemas me está haciendo sentir más vivo que nunca. Mi auténtico yo.

Aunque, como suele pasar en la gran mayoría de los cuentos que se escriben sin saber el final de antemano… no tengo ninguna duda de que, además de los esquemas, esta aventura que no todo el mundo vivirá, me acabará rompiendo el corazón.

Pero ¿quieres que te diga una cosa que ya sabes? No nos podíamos morir sin permitirnos a nosotros mismos sucedernos el uno al otro. (O no.)

Aunque tú no lo sepas


¿Cuánto tiempo hace falta compartir con alguien para poder decirle que te ha cambiado la vida? ¿Cuarenta años? ¿Una década? ¿Meses? ¿Treinta y tres días? ¿Media hora? ¿Lo que dura una mirada en el tren? ¿O una palabra en el momento justo? ¿O quizás la fracción de segundo que tardó esa sonrisa en ponerte contra las cuerdas?

¡A saber! La verdad es que yo no tengo ni idea. (No soy ningún gurú; sólo un personaje de vuestra imaginación, que suelta lo que se le pasa por la patata caliente cuando ve que está empezando a quemarle demasiado dentro.) Pero sea cual sea la respuesta, en el fondo da lo mismo. Porque en raras ocasiones se lo decimos…

Sí, es triste ser consciente de que, incluso dándonos cuenta de algo tan importante, no seamos capaces (por vergüenza, miedo o “porque ya lo sabe”) de contarle a esa persona que le ha dado la vuelta a nuestro mundo. ¡Y que le debemos una bien gorda! O en el peor de los casos, que, cuando por fin hayamos reunido el valor para hacerlo… se estén cerrando ya las puertas del vagón, con ella fuera y nosotros dentro. ¡Pi, pi, piii…!

Pero tranquilos, ¿para qué creéis que están entonces ahí esas cajitas de cristal, a la vista y alcance de todos, con el cartel “Usar sólo en caso de emergencia” y una palanca roja detrás? Efectivamente. Yo no encuentro un motivo más urgente para descolgar ese martillo enano que todos hemos sentido alguna vez la tentación imperiosa de usar (repito: ¡todos!); hacer añicos la cajita con él y tirar del freno con todas tus ganas… que el de darle las gracias a ese alguien que, aunque aún no lo sepa, te cambió la vida.

Da igual cuándo te des cuenta, en serio… Porque (y ahora viene la parte complicada): sólo hay que ser valiente. Y decírselo. ;)

Que nunca den las 12…


Era como una princesa de ésas que, con gesto dulce, posaban en las portadas de los cuentos que nos leían nuestros padres de niños antes de dormir: preciosa, delicada, rubia y con los ojos de un color azul-aceituna (sí, su mirada se había inventado un nuevo tono) que me mataban al parpadear; y más aún si los abría cuando estábamos a oscuras.

Y ahí no queda la cosa: su forma de caminar no era humana. ¡Os juro que flotaba en lugar de andar! Eso era algo que me dejaba alucinado cada vez que ella aparecía a lo lejos y se acercaba a mí como a cámara lenta. Y ni qué decir de cuando me daba la espalda, y la veía marcharse…

Además, como toda princesa del siglo XXI que se precie, apaleada por mil hechizos de amor eterno que se rompieron un día cualquiera sin venir a cuento (y nunca mejor dicho), se había hecho con su propio castillo. ¡Valiente, donde las hubiera o hubiese, claro que sí! Pero había un problemilla… Sobre aquel palacio pesaba una terrible maldición hipotecaria, a cuyo dragón guardián ella decidió encadenarse para protegerse. Sí, sí, a un dragón blanco (no de la suerte, precisamente) y en custodia compartida con su ex príncipe encantador, del que ya nada ni nadie podía separarla. Ni siquiera yo, que, con la estúpida mentalidad de todo caballero-de-armadura-oxidada del siglo XV que se precie… venía con la cizalla ya en ristre para rescatarla.

“Rescatarla, dice… ¡Pobre iluso!”, debía de pensar aquel monstruo perlado cada vez que ella prefería que yo durmiera solo, en lugar de que lo hiciese él; no fuera a despertarse el muchacho de madrugada, y entrase en pánico al ver que su dueña y señora había osado fugarse a cenar a un italiano (con lambrusco y todo, ¡a lo loco!) para después pasar una noche, sin tiempo ni Escolta Real, con el que podría haber sido el amor de su vida, de haberse dado la oportunidad.

Photographer Randel Urbauer Stylist Sheryl

“¡El amor de su vida soy yo, mequetrefe! ¡Y lo seré siempre! ¡Bueno… o lo que duren los dragones, que creo que son unos 17 años! ¡Vuelve entonces si aún vives!”, me ladraba por lo bajo el cruel animal… (o lo que sea que hagan los dragones de 20 centímetros encadenados al tobillo de damiselas en apuros que prefieren tragarse la llave de su celda antes que arriesgarse a ser libres de nuevo; no sea que, después de todo, vuelva a romperse la magia y se queden otra vez compuestas y sin príncipe.)

¡¿Por dónde iba, jolín?! Ah, sí, perdón, que me he calentao: …me ladraba por lo bajo el cruel animal, poniendo su típica carita de no haber roto nunca un plato, “nininininini…”, mientras me veía salir a mí, ¡a mí!, con el rabo entre las piernas por la puerta de aquel palacio de cristal venido a menos; de aquella casita de muñecas… para nunca volver.

Fin.

Nota del autor: El animal que aparece en este cuento no fue lastimado durante la creación del mismo. De hecho fue tratado con mucho cariño, pese a la tirria que le tenía al jodío…