Mosquita viva

Me equivoqué. Otra vez.

Se han cumplido poco más de dos años del día que algo desconocido para nosotros, que hasta entonces solo sucedía en esos países que están tan lejos que nos daban igual, empezó a matar gente a nuestro alrededor indiscriminadamente y sin vara de medir. Mayores, jóvenes, pobres, ricos, deportistas, sedentarios, malos, buenos, de derechas, de izquierdas, creyentes y ateos estábamos, por una vez, todos en el mismo saco. Sí, ese algo que nos tapó la boca, y no me refiero solo a las mascarillas…

Digo que me equivoqué porque, cuando me preguntaban al principio, yo siempre respondía, estúpido de mí, que esto no nos habría cambiado en absoluto una vez que estuviese en nuestro pasado. Pero, ahora que han quitado la obligación de seguir «protegiendo a los demás» en la mayoría de los sitios públicos, es evidente que el miedo sigue ahí. ¡Todo era mucho más fácil detrás del disfraz de superhéroe impuesto a la fuerza!

Este revolcón nos ha robado demasiadas cosas, y me da que muchas de ellas no volverán. No van a volver los besos y abrazos de bienvenida, por ejemplo. Ahora, cada vez que conocemos a alguien o que nos encontramos a quien hace mucho que no veíamos (pese a la necesidad urgente que gritábamos tener de salir de la asfixiante burbuja), levantamos instintivamente una barrera de defensa. «¡Quieto parao! ¿Dos besos? ¡Estamos locos o qué!» Nos imaginamos una nube de feos virus hambrientos alrededor de ese hostil individuo, deseosos de invadir nuestro apetitoso cuerpo. Nos comportamos como cuando se planta cerca de nosotros una de esas moscas gordas y verdes: «¡Atrás, bicho asqueroso! A saber qué mierda has tocado con esas patitas y esa boquita (que, por cierto, te quedaba mejor tras la tela azul clarito…)».

No sé, ojalá me esté equivocando de nuevo (que soy experto) y dentro de otros dos años hayamos hecho lo que mejor se le da al ser humano: olvidar. Porque no me digáis que no es increíblemente triste que hasta besar a vuestros padres, madres, hermanos y mejores amigos ahora nos suponga un cortocircuito ético-emocional por unos instantes. Sí que lo es. Mucho. Y no podemos consentirlo.

Porque, si hay que morir, que sea besando.

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