Piedras

Decirte que si estuvieses aquí conmigo, todo sería distinto, puede ser una obviedad. Sí, pero también, una verdad como castillo de grande.

Seguramente me levantarías del teclado y me arrastrarías a pasear por la playa. Como si lo viera: correrías de un lado a otro cargando mis bolsillos con piedrecitas de colores resplandecientes, que una vez en casa, cuando se secasen, se volverían parduzcas, mates, inertes. Y, aun así, no me dejarías tirarlas, alegando, con una sonrisa de oreja a oreja, que solo tendríamos que mojarlas para hacerlas recuperar la ilusión si algún día nos hiciese falta. “Como todo en esta vida”, soltarías con tu sonrisa pícara.

Pero no, no estás. Y solo me queda de ti una pecera de cristal repleta de cantos rodados, que suelo llenar de agua salada para perderme en futuros que ya no brillan. Porque ahora son solo piedras.

 

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