Noviembre


Noviembre es uno de esos meses en los que suelen pasar cosas sin saber por qué, sin planificar y, lo peor de todo, sin marcha atrás. No sé, debe de ser por la necesidad urgente de abrigo, de ilusión, de piel, que nos entra para combatir a la desesperada este maldito frío que llega de pronto, y que se nos cuela por las costuras al empecinarnos en seguir saliendo al mundo con menos ropa de la que debiéramos. O puede ser, quién sabe, por dormir aún con el culo al aire…

Además, es la época en la que se nos caen las hojas, las armaduras y los escudos, y nos mostramos tal y como somos: valientes, cabezotas, indefensos, kamikazes. Que nos dejamos llevar por las ganas de amar, sin tener en cuenta que pronto las luces de Navidad derretirán el muñeco de nieve que noviembre amasó con unas manos que no eran las nuestras, dejando que su agua turbia y templada se nos escape entre los dedos.

Sí, en noviembre pasan cosas que no deberían haber sucedido nunca. Porque queman. Porque dejan cicatriz. Pero si algo tengo claro, es que quizá sea la única forma de mantener el calor hasta el verano siguiente…

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