La punta del iceberg


Hemos escuchado en tantas ocasiones en las películas y en la vida real la frase: “Ojalá te hubiera conocido antes”, que ya la decimos por defecto cuando empezamos una relación. Pero muchas de estas veces, tendríamos que mirarnos a los ojos y, con idéntico tono apasionado, soltarnos sin paños calientes: “Ojalá te hubiera conocido… después”.

¡No pongáis esa cara! Ya veréis como llevo razón. A ver si con un ejemplo…

Imaginaos si Kate y Leo se hubieran conocido dos años antes de subir al Titanic. ¡Qué bien!, ¿no?, diréis, se habrían ahorrado un montón de sufrimiento: que si me tiro, que si te salvo; que si te esposan, que si te libero con el típico hacha… Y, además, él seguiría vivito y coleando, que nunca viene mal que ambas partes respiren para esto del amor.

Pues eso, que serían superfelices juntitos en un modesto piso de Southampton, Inglaterra: lugar de donde salió el barco, sin ellos dentro, siguiendo con nuestra hipótesis. Jack tendría un puesto en el mercadillo que ponen en la Plaza Mayor los sábados por la mañana, entre un tenderete de fruta y otro de tres bragas a una Libra, donde vendería sus caricaturas de jugadores de críquet (o a lo que jugasen por aquel entonces los ingleses), dibujadas a carboncillo. Y Rose… yo qué sé, regentaría una peluquería low cost llamada “Dawson’s style” o un chiringuito de nutrición y dietética. ¿A que sí…?

¡Sabéis perfectamente que NO! No se habrían dado ni los buenos días, vamos. ¿Por qué? Porque se habrían conocido… ¡pronto!

No somos conscientes de que si hubiéramos encontrado a ese ser que ahora nos parece tan especial en una etapa anterior de nuestras vidas, habría resultado una verdadera catástrofe. No porque fuéramos distintos entonces –siempre he defendido a muerte que las personas no cambiamos–, sino porque a ambas partes nos faltaría el equipaje que ahora llevamos sobre los hombros y bajo el corazón: palos, principalmente. Y estaríamos incompletos. Y ahí quería yo llegar: hay que embarcarse en relaciones con personas ya completitas. Aquí no estamos para curar o salvar a nadie, que ya bastante tenemos con lo que tenemos. No sobrecarguemos la red, o ya sabéis: cortocircuito y hasta nunqui.

¿No me digáis que no os ha pasado nunca eso de estar paseando de la mano de alguien, o lo que es peor, bajo un mismo paraguas, y que el otro dé unas zancadas tremendas o unos saltitos minúsculos que rompen el ritmo? Pues esto es lo mismo: si dejamos que el tiempo siga su curso, sin precipitarnos, nos volveremos a encontrar en un recodo del Camino, fijo. Justo cuando los dos tengamos sincronizados nuestros pasos. Y en ese preciso instante… ¡toma, de morros contra un iceberg! Fin. ¡jaja!

Qué le vamos a hacer, la vida es así: lo bueno dura poco. Pero si sucede cuando debe suceder… será tan grande lo que haya debajo de ese pequeño pico de hielo que sobresale de nuestro océano, que quizás un día hagan una peli de la tarde en que tú y yo nos conocimos. Y, quién sabe, hasta puede que lleguemos a ganar 11 Oscars. :)

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