Las dos caras de la moneda


Después de meterme para el cuerpo una sesión de elíptica que casi acaba conmigo, me he plantado delante de la máquina expendedora de refrescos del gimnasio y, como me ha pasado en otras ocasiones, un hecho tan simple como inesperado ha vuelto a hacer chocar mis mundos cerebrales…

Allí estábamos los dos, frente a frente: el hombre y la máquina. <<Tienes lo que yo quiero. ¡Dámelo, montón de chatarra!>>, le exigí. Pero, como suele suceder en este tipo de relaciones: ella también reclamó algo de mí… Hurgué en el bolsillo secreto de mi gastado pantalón de deporte; no por el uso, sino por el tiempo. Y tras trastear con dificultad en su interior con los dedos índice y corazón, con la destreza de un cirujano, saqué la sudorosa moneda de 2 euros que siempre llevo para casos de emergencia como este. ¡Bingo!

Apresurado, introduje mi preciada aleación prensada de zinc, níquel y cobre en la impaciente boca de mi salvadora-previo-pago. En el preciso momento en que escuchaba cómo su estómago la digería con un ruido sordo y metálico, sus ojos demoníacos se abrieron mostrando una frase inyectada en sangre: “Esta máquina no devuelve cambio”. Por supuesto, mi lata de Aquarius costaba poco más que la mitad del esa moneda… ¡Maldición!

Disponía de escasos segundos para elegir entre pulsar el botón de eyección, típico de los aviones de caza, y huir sin el botín, pero con mi dinero; o asumir que el coste de mi deseo carbonatado había duplicado su valor por arte de magia. Tic, tac, tic, tac… La apremiante mirada, clavada en mi nuca como un rejón; proveniente de la señora embutida en unas mallas a juego con los pendientes, que esperaba detrás de mí… tampoco ayudó mucho.

Según estaba cruzando la puerta de salida, con mi lata de agua con limón –y catorce o quince vitaminas, seguro que superbuenas para mi organismo– en la mano, me puse a pensar en lo ocurrido. Me di cuenta de que aquella máquina no distaba tanto de algunas personas; de mí mismo, incluso. Sí, las hay que lo dan todo sin pedir nada a cambio. (Creo que lo hacen porque disfrutan viendo felices a los demás, y punto.) También están esas que suelen recibir ese “todo” de las anteriores, pero que no ven la necesidad de dar las vueltas; además del “producto” por el que las otras han pagado el precio marcado en la etiqueta. (Me imagino que consideran ese excedente como una generosa propina por los servicios prestados. Además, si son felices así… ¿quiénes son ellos para quitarles la ilusión?)

Cuando la última gota de aquel líquido –mucho menos efectivo que sus anuncios en televisión, por cierto– resbalaba por mi garganta, sin saciarme; ya me estaba preguntando qué tipo de máquina sería yo…

Y ¿sabéis qué? He llegado a la conclusión de que soy de las que no devuelven cambio… Pero que, de vez en cuando, para sorpresa de esa bondadosa gente que tantas veces se ha quedado sin moneda de 2 euros pero con una sonrisa en los labios… dejo caer dos latas a la vez. ;)

Moneda de 2 caras

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