Cofres vacíos. Corazones llenos.


Cuando su padre le entregó aquel objeto envuelto en papel de estraza no le hizo gran ilusión. Papá siempre le traía de sus viajes por tierras lejanas utensilios y adornos sin utilidad, y éste sería uno más que poner en la colección de la pared de su cuarto… Por la forma aguitarrada del paquete, estaba convencido de que se trataba de un instrumento musical; de esos fabricados con cocos y de solo tres o cuatro cuerdas, de las que no podían sacarse más que unos pocos estridentes chirridos.

Tras una sonrisa de compromiso dirigida a los ojos expectantes de su, extrañamente emocionado progenitor, comenzó a tirar sin prisa de las esquinas del grueso papel marrón hasta dejar aquel artilugio al descubierto… “Sí, había acertado”, pensó Nico: sin lugar a dudas era una especie de instrumento, pero esta vez no era de madera sino de un tipo duro de plástico y no tenía cuerdas. Quizás era de viento y había que soplar por aquel tubo alargado para sacar las notas por el lado opuesto, en el que había una parte redonda y plana. Le recordaba al pie de un micrófono, pero más pequeño. Sopló con todas sus fuerzas, pero no… aquello no sonaba.

Levantó la cabeza hacia su padre con cara de “¿¡Pero cómo demonios funciona este trasto…!?”, que le observaba desafiante y divertido. Justo cuando éste, desde lo alto, se disponía a abrir la boca, se detuvo al ver a su hijo llevándose el dedo índice a los labios cerrados para que no le ayudase… (“¡Igual de cabezota que su madre!”, se dijo a sí mismo tragando saliva.) Su curiosidad y orgullo infantiles le ganaron la partida una vez más a Nico. Bajó la vista de nuevo hacia aquel extraño regalo y, frunciendo el ceño, le dio la vuelta. Por fin lo vio: había un pequeño botón justo debajo del mango, que por cierto era como el de una pistola. ¡No entendía nada! ¿Era un arma…? Con algo de respeto la empuñó, y le lanzó una rápida y sorprendida mirada a su padre; que con un entusiasmado movimiento vertical de cabeza y una sonrisa, le dio su consentimiento…

Nico levantó con una mano aquel raro objeto, apuntando hacia el sofá… Se encogió de hombros, entrecerró los ojos… y apretó el gatillo.

“Clic…” Nada. “Clic, clic, clic.” Nada… tampoco. “Clic, clic, clic, clic, clic…”

-Papáááá… ¡este cacharro está roto! –exclamó decepcionado el niño, mientras se giraba hacia él, apuntándole a la cintura con aquel sofisticado rifle…

Justo en ese preciso instante, el aparato soltó un leve pitido distorsionado… y una lucecita roja se encendió y apagó en la parte superior del platillo. Nico se sobresaltó, pero no dejó de apuntar en esa dirección… Se levantó con cuidado y se acercó un poco más, con la boca abierta: “Piu. Piu. Piu…” Volvió a emitir el chisme… Y tres ráfagas de luz se reflejaron en los ojos del chico, que siguió avanzando hacia su objetivo. Cuando estaba a escasos centímetros de la hebilla del cinturón de su padre, el pitido se hizo nítido y constante, y el piloto rojo se quedó encendido de forma permanente; recordándole al sensor de aparcamiento del coche de mamá… Por fin lo entendió.

-¡Halaaaa! ¡Un detector de metales! ¡Qué pasadaaaa! ¡Gracias, papáááá! –gritó Nico, eufórico.

Quizás, aquel era el regalo más alucinante que le habían hecho jamás, y no pensaba desperdiciar ni un minuto… Le dio un abrazo fortísimo en las piernas a su padre, que reía orgulloso por haber acertado después de tantos intentos fallidos, y salió disparado hacia la playa…

-¡Viva! ¡Vivaaa! ¡Éste va a ser el mejor verano de mi vidaaa! –se le oyó vociferar ya a lo lejos; entre cientos de pitidos y destellos rojos… -¡A por el tesoroooo!

Buscando el Tesoro

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