Canta para mí


Una tarde cualquiera, sin avisar, su voz  pasó por mi lado, embaucándome como si de la de una sirena se tratase. Fue distinto a todas las veces que me había vuelto para mirar a una bonita mujer por la calle. Esta vez el giro no fue completo: me volví sólo lo suficiente para que mi pabellón auditivo izquierdo, el bueno, pudiera seguir recibiendo su señal el mayor tiempo posible, antes de que desapareciese en el aire. Aquella melodía se apoderó de mí, ahogando todos mis sentidos. No pude quitarme esa musiquilla de la cabeza en todo el día.

Un par de tardes cualquiera después, mis labios, sin ser conscientes de lo que hacían ni por qué, comenzaron a silbar aquella triste canción grabada en el vinilo rayado de mi mente… Y, como quien invoca a un espíritu con las palabras mágicas apropiadas, aquella chica apareció a mi lado sonriendo enormemente y con los ojos abiertos como platos. Me habló en un perfecto inglés. ¡Qué suerte! De algo había servido por fin la escapada a Londres de hacía unos años, donde, pese a vivir con otros nueve españoles, algo aprendí. Quizás, el único objetivo de aquella huida hacia adelante fuese poder medio mantener esta conversación. ¿Quién sabe?

Aquella niña de 22 años se llamaba… pongamos que Anna. Era brasileña, pequeña y delgada, como un saltarín muchacho de colegio. (Nos reímos mucho cuando le dije con mi pésimo acento anglosajón, que era extraño que fuese de allí, pues las mujeres que salen en la televisión en los carnavales de Río eran muy explosivas, pero que ella era… más tirando a “implosiva”. Menos mal que se lo tomó bien… jaja!)

Anna

“Cuando un problema no tiene solución, ya está solucionado.”

Su pelo corto, rizado y alborotado le daba un toque divertido que a mí me hacía sonreír a menudo, sobre todo cuando hablábamos de cosas serias, al no encontrar sentido a ninguno de sus bucles. -Muchas veces me enseñó fotos de cuando lo tenía largo y me preguntaba si estaba más guapa antes o ahora… Yo siempre la hacía rabiar, respondiendo simplemente que ahora estaba más graciosa.-

Le gustaba mucho el queso con membrillo. Bueno, era más como una obsesión. Compraba todo tipo de quesos y mermeladas en los pueblos que parábamos y, a la mínima oportunidad, se preparaba aquel combinado manjar. Yo casi disfrutaba más que ella viendo cómo lo devoraba con esa inigualable expresión de puro placer en los ojos. Siempre ofrecía a quien tenía cerca, pero cuando alguien aceptaba se lo daba con recelo… Era suyo. ¡Era su tesoro! ;) A mí me encantaba oírla pronunciar “quesssho” y “membrisssho”. De hecho, buscaba cualquier excusa para que volviera a decir una de esas palabras; al igual que se hace con los niños para que repitan algo que nos ha hecho gracia: –¿Qué animal es éste, Juanito? –Jo, papááá… Ya te lo he dicho antes… ¡un hipotálamo! jaja!

Anna cantaba. Cantaba bajo la lluvia y bajo el sol. Ya podíamos estar subiendo la cuesta con más pendiente del mundo que, mientras nosotros íbamos con la lengua fuera, ella iba tatareando alegremente. Cantaba en la ducha, como todos, pero ella lo hacía bien. A veces cantaba bajito, imagino que para ponerle banda sonora a nuestra aventura cuando más lo necesitábamos, o con todo el aire de sus minúsculos pulmones, cuando creía que nadie la escuchaba… Nadie, menos yo.

Firmamos, verbalmente, por supuesto, un contrato temporal: ella cantaría para mí y yo le enseñaría español a cambio. Debido a este acuerdo tácito, pasamos muchísimo tiempo andando a la par. Ella iba apuntando en un cuaderno de rayas las palabras y frases que llamaban su atención. ¡La mayoría! Nunca entendí qué misterio podían tener refranes como “Hasta el 40 de mayo no te quites el sayo”, pero como Anna los repetía hasta decirlos a la perfección, con el entusiasmo de quien ha descubierto la fórmula secreta de la Coca-Cola… ¿Quién era yo para quitarle la ilusión? Además, como habréis adivinado… entre otros muchos, le enseñé ése en concreto, únicamente para escucharla repetir una y otra vez las palabras “massshyo” y “sassshyo”. ;P

Foto de a 2

A veces se enfadaba por alguna de mis bromas o cuando salían temas políticos, y despotricaba en un rápido e incomprensible portugués durante un buen rato. Luego, volvía de nuevo… cantando aquella dulce canción que la trajo a mí la primera vez, y mil veces después. El tiempo se agotaba y teníamos un contrato que debíamos cumplir. (Cuando lo redactamos en su día se nos olvidó incluir la cláusula de rescisión y ambos lo sabíamos. Teníamos mucho que perder si lo rompíamos. No lo hicimos.)

Ahora que nuestros Caminos se han separado, no hay día que no me parezca escuchar la inconfundible voz de Anna revoloteando detrás de mí por la calle o por los pasillos. Y estoy seguro de que tampoco hay noche que ella, esté donde esté, no crea escuchar mis silencios diciéndole: Ahora te toca a ti… Canta para mí.

* Nota del autor: Muchos pensaréis que la historia que acabo de contar trata de amor… Os equivocáis. Habla de música y palabras. Habla de amistad y sueños. Habla de cientos de deseos y piedras con forma de lágrima. Habla de ganas y de alegría. Habla de contratos y proyectos. Habla de belleza y de tristeza. Habla de suerte y curiosidad. Habla de impulsos y miedos. Habla de queso con  membrillo. Habla de refranes que se cumplen sólo de vez en cuando. Habla de fados: de melancolía y de nostalgia. Sí, y sobre todo… Habla de pequeñas personas que hacen cosas grandes.

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