Todos para unooo…


Silvia abandonó todo lo que tenía en su país y emprendió su huida. No sabía adónde le llevarían sus pies ni su mente, pero no le importaba en absoluto. ¿Qué podía perder? Odiaba todo lo que dejaba atrás. Ya no confiaba en la gente, ni en el dinero, ni en el trabajo en equipo. Decidió que lo único que podía salvarla era respirar aire nuevo, no contaminado: se puso a andar…

Al principio, sus rasgos asiáticos le sirvieron como férreo escudo contra las personas que se cruzaban por su camino. Pocas se aventuraban a preguntarle cómo estaba o si necesitaba algo, pues temían una contestación que no entenderían: una pregunta sin respuesta. Ella lo agradecía en lo más profundo; quería estar sola, consigo misma… ¡y con nadie más!

Su padre era alemán y su madre japonesa, así que dominaba ambos idiomas. Además, desde pequeña había estudiado inglés y francés en el colegio, y, por lo tanto, entendía la mayoría de las palabras que revoloteaban a su alrededor… Aún así, había aleccionado a sus oscuros ojos rasgados a no mostrar expresión alguna, para mantenerse a la suficiente distancia del resto de incansables parlantes.

Pero, un buen día… bajó la guardia. Mientras descansaba al sol, sobre una piedra bastante retirada del camino, un espontáneo viajero se dirigió a ella en un dicharachero y exageradamente alto español, sacándola de su “meditation day”, como le gustaba llamar a esos días en los que necesitaba pensar. El muchacho se había despistado haciendo fotos y necesitaba ayuda. Silvia no entendía muy bien lo que le estaba tratando de decir, pero algunas palabras sueltas le sonaban, de tanto que las había escuchado durante el tiempo que llevaba de travesía: “hola”, “camino” y “perdido”. Con desgana levantó la vista hacia él, pero los risueños ojos del caminante y su saltarina actitud hicieron que Silvia perdiese la batalla: sonrió.

Primero probó con el japonés y después con el alemán… ¡Nada! Después pasó al francés… El chico, con una carcajada dijo “¡Ay, madre! ¿Español…?” Silvia meneó la cabeza de un lado a otro y pronunció con desconfianza “English?” (Por todo el mundo es sabido que el fuerte de los españoles, no es precisamente los idiomas…) “Ai ammm Pablo.” Respondió él, con la típica pronunciación de Vallecas que nos caracteriza a los de “sangre caliente”. Ella resopló con resignación, se apoyó en sus bastones y se levantó, haciéndole señas para que le siguiera.

Cuando se quiso dar cuenta, llevaba chapurreando inglés con aquel “intruso” más de cuatro horas, y no había parado de reír. Extrañamente, se sentía bien estando a su lado… Al llegar al destino de ese día, de repente, Pablo comenzó a gritar y a hacer frenéticas señas hacia un grupo de gente que esperaba sentado en la terraza de un bar de la entrada del pueblo. Miró a Silvia con los ojos muy abiertos y le dijo: “¡Com güiz mí! ¡Te presentaré a mis amigos!” No era precisamente lo que ella buscaba, pero se lo había pedido con tanto entusiasmo y alegría que no supo decirle que no…

El grupo los recibió con los brazos abiertos. Aquellos desconocidos se esforzaron tanto por complacerla y hacerse entender, a través de palabras sueltas en inglés y francés, gestos imposibles, mímica, canciones, y hasta con dibujos… que, sin ser consciente, Silvia comenzó a relajarse y a dejarse querer de nuevo.

Durante los días que duró su andanza en compañía, aquél fortuito y variopinto grupo la arropó, enseñó, cuidó, mimó, animó y ayudó a despertar de su decepción con el mundo entero. Incluso, en una ocasión intentó separarse de ellos, pues el pertenecer a aquella “familia” no era lo que ella tenía en mente, y, con gran pesar, se alejó sin mirar atrás… Ellos lo entendieron y, con fuertes abrazos, vítores, besos y “buenas suertes”… la despidieron.

A las 24 horas… Silvia volvió con regalos para cada uno de ellos, cerveza para compartir, y mil y una sonrisas que disfrutar con aquellos amigos, hermanos, confesores, amantes, vecinos, padres, hijos… que se lo habían dado todo, sin pedir nada a cambio.

–¡Todos para unooo…! –vociferó con su peculiar acento, cuando los vio a lo lejos… sentados en la terraza de un bar muy similar al que estaban cuando les conoció.

–¡…Y uno para todooos! –gritaron ellos, eufóricos y al unísono, saltando de sus sillas de jardín, en respuesta a la llamada de su amiga, hermana, confesora, amante, vecina, madre e hija… pródiga.

Nunca antes le habíamos visto con los ojos taaaan abiertos y, por primera vez, llenos de lágrimas de emoción.  Silvia estaba viva de nuevo. Estaba en casa… ¡Estaba con Nosotros! ;)))

Silvia

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4 pensamientos en “Todos para unooo…

  1. La foto lo refleja perfectamente,,, esta escondida pero perfectamente señalizada.
    No se si vino a encontrarse,,, se que nos encontramos y en ese largo encuentro, todos conseguimos perder cosas.

      • me da lo mismo perder cosas malas que encontrarlas buenas…al final todo es un “algo positivo” capaz de tapar todos “algo negativo”.
        no se si es abusar… pero encantado te tu manera de ver las cosas y tu manera de escribir sobre ellas… ganas tengo de ver como describes al siguiente personaje de tu grupo. ;-)

      • El bollo está en el horno! (horno en inglés es oven, no horn, que es cuerno… por cierto!! jaja!!) Dentro de poco… otro personaje saldrá a la luz de las luciérnagas! ;)

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