La Reina Blanca


Un día cualquiera, Él emprendió un viaje sin retorno. Ella, uno sin final.

Sus caminos se cruzaron nada más dar el primer paso sobre la arena mojada. A ella le atrapó su verde mirada, esmeralda. A él su blanca piel, nieve. Sin necesidad de decirse ni una palabra ya habían conectado, hasta el punto de no poder separarse durante una intensa semana; llena de brillantes soles y lunas menguantes. Casi se negaron a dormir durante los siete días, con sus siete noches, que duró su aventura: eligieron soñar despiertos.

Se confesaron mil miedos y mil y una ilusiones, secretos y vergüenzas, deseos y mentiras, derrotas y conquistas. Sin tocarse, completaron los huecos que ambos anhelaban llenar. Contemplaron sorprendidos cómo las piezas inacabadas de dos puzles totalmente distintos encajaban a la perfección…

Pero los minutos y las horas iban marcándose en sus relojes, imparables… Ella debía volver a su vida real, mientras él tendría que continuar con su vida inventada. Tarde o temprano llegaría el momento de separarse para siempre. Ambos lo sabían, pero prefirieron no pensarlo mientras durase la tregua. Y, casi sin darse cuenta, el séptimo amanecer brilló en el horizonte, cegando sus ojos con un último beso en los párpados; coincidiendo además con el último roce de sus labios. Cuando los abrieron, ella ya había desaparecido.

Él tenía que proseguir su Camino, pero se prometió a sí mismo llevarla consigo, fuese cual fuese su destino; para así poder compartir con ella cada detalle, cada motivo. Irían de la mano. Le había salvado… ¡Se lo debía!

Decidido, entró en una tienda de antigüedades y compró un viejo ajedrez. Después de rebuscar por un rato entre las piezas, encontró la que buscaba; la única que le faltaba: “La Reina Blanca”… Abandonó a su suerte el resto de fichas. Estaba convencido de que no había torre lo bastante firme, peón lo bastante valiente, caballo lo bastante rápido, alfil lo bastante audaz o rey que no fuese Él… que pudiese ocupar su trono.

Con el cordel que ella le había puesto en la muñeca la noche en que se bebieron el mar sin saciarse, anudó la figura y la ató con fuerza a su equipaje. Comenzó a andar de nuevo.

Ahora ya podían continuar su viaje. Sí, un viaje sin retorno… pero con Ella. Sí, un viaje sin final… pero con Él.

La Reina Blanca

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3 pensamientos en “La Reina Blanca

  1. Qué bien le ha sentado el Camino a tu neurona escritora ;D ¡”La Reina Blanca” es una verdadera PASADA! Aunque siempre parece imposible, con cada relato superas con creces al anterior. Enhorabuena por esa experiencia, por tu “despertar”, por ese grandísimo don que tienes para tejer historias y GRACIAS por compartirlas con el mundo que, de un tiempo a esta parte, está cada vez más poblado de adictos a tu mágica medicina :)

  2. “Un dia cualquiera sin saber que hora es…….”
    Enhorabuena por el relato. Una pregunta de Principito…..si tanto le debes a la Reina, por que la ahorcas? ;)

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