¡ULTREYA! (Camino de Baldosas de Arenilla – Etapas 17 y 18)


* LO BUENO Y LO MALO:
Quizás, ayer fue uno de esos días imposibles de olvidar para mí. Sí, de esos que te pillan desprevenido y están a punto de hacerte caer, o lo que es peor: abandonar…
Una vez atravesada la puerta de Sahagún, custodiada por las temibles esfinges de piedra, no pude resistir la tentación de pasar la noche en la casa de mis abuelos, en San Pedro de las Dueñas. Mi amado pueblo estaba a tan sólo 5 kms de allí, así que decidí salirme del Camino, y recorrer esta distancia, aunque a la mañana siguiente tuviese que desandarla para continuar hacia Santiago… ¡Me hacía mucha ilusión llegar allí a pie, pero entendí que mi grupo prefiriese no tener que hacer al día siguiente 10 kms extra, así que… fui solo.
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Llegué cansado pero mereció la pena. Atravesé mi calle predilecta (que como muchos ya sabéis es “La Calle del Silencio”) y por fin entré en quella vieja casa que, como siempre, me estaba esperando con los brazos de adobe bien abiertos: la lumbre caldeando el ambiente, comida y bebida en la despensa, una gran cama (con sábanas y todo), un baño con agua caliente y un ¡pulcro váter para mí solito! ¿Qué más se podía pedir? Disfruté de tantísimo lujo por unas horas y después me acosté plácidamente…
Cuando el despertador gritó impertinentemente a las 6 de la mañana, estuve a punto de apagarlo y tomarme un par de días de reposo, con la excusa de que mi pie se recuperase del todo; pero si lo hacía, no estaba seguro de que pudiese retomar mis andanzas tras volver a probar los placeres de una vida corriente… así que, me levanté sin pensarlo mucho, metí las cosas rápidamente en mi macuto y salí por la puerta sin mirar atrás. Si quería volver a reunirme dentro de dos días con mi grupo de nuevos pero fieles amigos en León, tenía que andar 34 kms esa jornada (hasta el pueblo de Reliegos) y otros 24 a la siguiente.
Al poco de empezar a andar, el dolor producido por la tendinitis en mi empeine derecho empezó a hacerse notar, así que el “paseo” iba a ser largo, como mínimo… Fueron pasando las horas y los pueblos a mi alrededor, sin prisa pero sin pausa. Como iba tarde y no quería perder mi reserva en el albergue de destino, no paré ni siquiera a comer en la última parada del recorrido, antes de enfrentarme a los 13 kms de despoblado camino que me separaban de mi destino. A la salida de aquel pueblito, vi una extraña flecha en el suelo formada a base de cacas de perro (¡o a saber de qué enorme bicho!), que alguien había colocado así, a modo de advertencia. (Normalmente la gente construye estas flechas con piedras para indicar la dirección y motivar a los caminantes.) No hice caso de la “señal de peligro” y seguí adelante… ¡Menudo insensato!
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El pie me latía con fuerza entre pinchazo y pinchazo, pero sabía que si me detenía y se enfriaba, luego sería peor… Me puse a andar. ¡Ya faltaba menos!
A la media hora de caminata el cielo se encapotó de pronto. Precía que se iba a poner a llover, así que (muy previsor yo) me puse la capa y los guantes. ¡Que empiece el show!:
Notaba cómo pequeñas gotitas golpeaban mi capucha de vez en cuando, pero poco a poco comenzaron a galopar sobre mí, eufóricas. No… Espera… Eso no eran gotas… ¡Era granizo! Cloc… Cloc… ¡Cloc, cloc, cloc, cloc…!
Al principio me hizo hasta gracia, pero en un abrir y cerrar de ojos aquello era lo más parecido a un campo de batalla, en el que yo era el único enemigo a la vista. Era ya media tarde y todos los peregrinos estarían a salvo en sus albergues, como era lo normal: estaba completamente solo… No tenía por delante ni un árbol para refugiarme del bombardeo, y el pueblo hacía ya rato que había desaparecido detrás de mí. No me quedaba otra opción: seguir.
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Apreté el paso al mismo tiempo que lo hacía la “tormenta perfecta” que me estaba dando caza sin piedad. El granizo comenzaba a formar montoncitos en el sendero, que yo intentaba sortear con cuidado, ignorando los gritos de auxilio de mi tobillo; ¡no podía resbalar! A esas alturas ya no sólo caía hielo del cielo: chorros de agua congelada competían ahora con él por ver quién era el primero de los dos en alcanzarme. El viento empezó a soplar también… haciendo que mi capa se elevara, y dejándome al descubierto constantemente. Pensé que no podía permitir que mi mochila se mojase. Total, yo ya estaba empapado… Así que, me la quité de cabeza y cuello, y la enrollé como puede, protegiendo mi valioso y seco equipaje.
Cuando terminé de impermeabilizalo, ríos de agua y miles de trocitos helados corrían entre mis pies. Avanzaba con dificultad, pisando charcos enormes… Las botas y los calcetines ya estaban encharcados y pesaban muchísimo. Tenía un frío increíble y a duras penas veía lo que tenía delante, pero ¡no podía parar! Empecé a sentir cómo se me congelaban los dedos de las manos, y cómo el miedo se apoderaba de mi mente… ¡No me podía estar pasando esto a mí!
Por fin vi un grupo de árboles y me acerqué con la esperanza de encontrar “un poco de sombra” y poder llamar al albergue para decirles que, por favor, mandaran un taxi a recogerme. (Si os digo la verdad, no sé que dirección le habría dado al taxista en caso de haber podido realizar finalmente la llamada: la del albergue del siguiente pueblo o la de mi casa de Madrid… ¡No lo soportaba más!)
Cuando intenté sacar mi móvil del bolsillo, mis dedos estaban agarrotados y se me cayó al suelo… ¡Noooo!
Allí, de rodillas sobre un gran charco de agua helada, empapado, tiritando, con el teléfono muerto entre mis manos y el pánico invadiendo cada una de mis neuronas… cerré los ojos y respiré profundo. Me vino a la mente una idea que me escandalizó: ¡Claro! ¡Esto era como las 7 Plagas de Egipto! Las picaduras de distintos bichos, las llagas en los pies, las enfermedades varias debilitando a los de mi alrededor, el agua convertida en vino en los menús de peregrinos (¡Ah nooo, que ésa es otra historia! jaja!)…Y la última plaga… ¡La muerte de los primogénitos!… ¡Me cago en la leche! :O ¡No podía consentirlo! Había cumplido a rajatabla todas y cada una de las reglas del Camino… ¡No era justo que “El Señor Éste” me castigase así!
Meditando sobre esto, me di cuenta de otra cosa: el granizo y el agua glaciar que se habían filtrado sin permiso en mis botas, habían insensibilizado mi tobillo… ¡Ya no me dolía! (Pensé incluso que mis tendones se habían vuelto de “adamiántum”, como los huesos de Lobezno: ¡indestructibles! :P)
Desenvainé mis bastones de la mochila por encima de los hombros, como un ninja. Apoyé mi pie malo con firmeza en el barro, y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, me impulsé para ponerme en pie de nuevo… Miré para arriba, levanté los palos apuntando al epicentro de la tormenta y grité: ¡No vas a poder conmigo…! ¡¡¡ULTREYAAAAA!!!
(Sí, soy un poco peliculero, ya me conocéis… Además, tuve suerte de que no me cayera un rayo en ese mismo instante, ¡por “flipao”! jaja!!)
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Liberar mi miedo, mi impotencia y mi rabia, me ayudó a reaccionar… ¡No pensaba rendirme!
Me puse en marcha de nuevo; sin descanso, sin mirar al horizonte, sin pensar. Sólo caminaba… Hasta que, por fin, el ansiado pueblo apareció ante mis ojos empañados. Entré en el albergue y me desplomé, exhausto, en la litera que me habían asignado (con la ropa mojada y todo). Nada más tocar el mugriento pero cálido colchón, me quedé profundamente dormido…
¡Había sobrevivido a uno de los peores días de mi vida!

* Nota: La palabra “Ultreya” o “Ultreia” viene del latín y significa “Más allá”. La utilizaban los antiguos peregrinos para darse ánimos entre sí, a modo de saludo: ¡No te pares! ¡Avanza! ¡Buen Camino! ;)))

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