Cordero con piel de Lobo


Desde hace algún tiempo, llevo observando con tristeza cómo muchas chicas que se cruzan por mi camino se han cambiado al lado oscuro, pese a ser blancas como la nieve… Y no sólo eso, además alardean de ello. (Eso sí, sin mirarte a los ojos.)

Si mal no recuerdo, desde siempre, los chicos malos y rudos se hacían pasar por buenos y sensibles para conquistar a las muchachas… ya que eso era lo que ellas querían: un amante sincero que les hiciese reír, soñar y, sobre todo, Sentir. El mito de que se pirraban por los tipos duros, los líderes del grupo, no es del todo falso; pero al final preferían quedarse con los auténticos, con los que les hacían sentirse especiales, amadas, ¡únicas! Y si no lo hicieron… ahora se están arrepintiendo de su ansia de popularidad. ¿Me equivoco?

Pues bien, hoy todo se ha dado la vuelta. Imagino que, por haber visto tanto príncipe azul desteñido… estas corderitas, enamoradizas hasta la médula, han tomado un rumbo más fácil: desterrar cualquier tipo de sentimiento de sus relaciones. Con la excusa de que así no les hacen daño, se esfuerzan por dar la imagen fingida y distorsionada de ser frías, rocas, independientes y seguras de sí mismas; para llamar la atención de los James Deanes de turno. ¡Y lo consiguen! Pero… ¡ay, amiga!, sólo por una noche, o dos como mucho; casualmente las que al bandolero le queden libres en su apretado calendario de cacería. También, por casualidad, ese par de noches son suficientes para que la suave y blanca piel de cordero comience a asomar por las tensas y pardas costuras del disfraz de lobo. Coincidiendo además, por suerte sin duda, con el momento justo en el que el cazador se percata del ardid… y escapa despavorido.

“Lobo con piel de cordero” Por Acstacokid

A la mañana siguiente, desnudas en una cama desolada, sus amargas lágrimas les reafirman su ridícula e inventada teoría de autodefensa, de que el Amor es una farsa y sólo duele.

—¿Has visto? ¡No merece la pena sentir! ¡Ya lo sabía yo! ¡Así estoy mejor…! —se repiten, una y otra vez, mientras remiendan, con hilos cada vez más resistentes, su incómoda piel de fiera sobre un corazón un poco más magullado, roto, frío, muerto.

—¿Qué esperabas? ¡¿Que se quedase con alguien distinto al que le vendiste por catálogo, “sobre plano”…?! ¡Eres afortunada porque no se lo haya tragado! Es más, ¡porque ni tú te lo creas! ¡Aún estás a tiempo, Bella! Tienes que ser Tú misma… o nunca encontrarás lo que realmente buscas.” —les digo yo a todas, un martes cualquiera detrás de un café; mientras observo cómo un risueño chico las mira embobado desde la mesa del fondo… loco por tener la oportunidad de cruzar una sola palabra con esa preciosa niña de Cuento, con un feo traje de lobo asomando de su bolso.

Despertad de una vez, Princesas… ¡Despertad!

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