¡Calla! Que nos van a oír…


Siempre me ha llamado mucho la atención el nombre de una estrecha calle escondida en mi pequeño pueblo del norte de España. Con letras blancas sobre fondo azul descolorido, podía leerse “Calle del Silencio”. (Me he preguntado mil veces qué le debió de pasar esa mañana al concejal encargado de poner los nombres de las calles por aquel entonces, para decidir darle uno tan profundo a esta última, habiendo utilizado otros tan corrientes en las seis restantes que dibujan el pueblo: Mayor, Nueva, Escuelas, Fábrica, Calandria y Cantarranas. ¡Seguro que fue algo muy bueno!)

En su día, esta séptima calle, daba su orden desde dos oxidadas placas de metal, clavadas a conciencia en las paredes de adobe de las casas de entrada y salida de la calle. Pero hace muchos años, una noche de hoguera y vino… reunimos el valor para arrancar, no sin esfuerzo, una de ellas: la que quedaba más cerca del suelo y mayor holgura tenían los gruesos clavos que la doblegaban sin piedad contra el barro. Tras hacerlo, con sigilo (como indicaba su leyenda), emprendimos la huida para refugiarnos en la oscuridad. Entre risas nerviosas por el delito y jadeos por la carrera, contemplamos nuestro botín bajo la luz de mil estrellas y un mechero de gasolina.

Placa Calle del Silencio

Estaba doblada por las esquinas, a causa de los intentos de hurto fallidos de los últimos 50 años. Y abollada por el centro, a causa de los intentos de sobrevivir con dignidad a ese tiempo, también fallidos. Pero transmitía tanto misterio y guardaba tantas bocas tapadas… que poco importaba el estado en que se encontrase. Parecerá una tontería, o simple sugestión, pero en aquella callejuela nunca se oía nada. Silencio. Quizás, porque era el escondite perfecto para hacer, por primera vez, cosas prohibidas o íntimas: los primeros cigarros amargos, los primeros besos robados, las primeras historias de miedo y caricias, y las primeras lágrimas en soledad.

Por supuesto, todos queríamos llevarnos aquel trofeo. Estaba repleto de menguantes anhelos de niñez y eternos amores de verano; de inflamables proyectos de madurez y rotos corazones de invierno. ¡Era un tesoro único! (Nunca fuimos capaces de volver a beber el suficiente licor de la valentía, como para hacernos con la segunda placa… ) Además, nos daba muchísima pena dejar sin nombre una calle que tantos secretos amontonaba entre sus manos heladas, y sus pies descalzos. Y finalmente, como era de esperar… la chica del grupo se la quedó por mayoría absoluta; sólo a cambio de una mirada. Sí, habéis acertado… Esa noche, nuestro escuadrón de reconocimiento sólo estaba compuesto por dos personas: por ella y por mí.

Nunca volví a saber de aquellos grandes ojos chisporroteantes por la emoción y el reflejo de los míos… y mucho menos, de aquella vieja placa sin ruido.

Calle del Silencio

San Pedro de las Dueñas (León) – Marzo 2013

Ahora, décadas después de aquello, de vez en cuando me hago el despistado y paso por debajo de la hermana superviviente. Me imagino a su gemela, colgada y olvidada, en un ya deshabitado cuarto rosa… Me la invento con la mirada perdida, observando, en absoluto silencio, el tránsito de sus recuerdos azules; desgastados. Repasando una y otra vez cada uno de los momentos vividos en su antigua pared de barro y paja. Una y otra vez, una y otra vez… Siempre iguales. Siempre inacabados.

¿Se preguntará alguna de estas veces qué fue de nosotros, como lo hago yo de ella? ¡Sí, seguro que lo hace! Casi puedo sentir cómo sus dos letras C se abren un poco más -sin ser oídas ni vistas como entonces-, formando dos sonrisas de hojalata: la suya y la mía.

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