Cuatro capas de barniz


No quería despertar. Bueno, más bien no me atrevía… Saqué mi brazo desnudo fuera de la manta y comprobé que hacía mucho frío. Pero, ¿el suficiente como para que hubiese cuajado? Me decidí, y de un tirón inesperado me quedé al descubierto. Mis ojos ya estaban abiertos como platos y podía sentir la claridad del día incidiendo en ellos desde la ventana. Por fin miré. Los cristales estaban cegados por el vaho y no podía ver a través, pero en su parte inferior se dibujaba una pequeña cordillera que impedía pasar la luz. Y eso sólo podía significar una cosa: ¡nieve!

Nieve en mi ventanaA toda prisa me puse, encima del pijama, la gruesa ropa de lana que con tanto mimo había preparado semanas antes sobre mi silla; siempre a punto para cuando llegase el momento. Tras una pasada rápida por el baño, para ocultar bajo el gorro los rebeldes mechones rojos, bajé los escalones de dos en dos gritando “¡hurra, hurra!”

Mi madre ya estaba preparando el desayuno cuando entré como un huracán en la cocina. Me observaba llegar con esa sonrisa que sólo yo sé que pone cuando está ansiosa por verme aparecer.

—Buenos días, hijo. —exhaló rápido, al estar recibiendo un abrazo de esos que sólo ella sabe que le regalo cuando quiero tenerla contenta. —Pero come algo antes de salir, que necesitarás fuerzas. ¡Y ponte el chubasquero o te empaparás! —dijo sin esperanzas de que le hiciese caso a lo segundo, mientras me ofrecía una tostada recién hecha y me colocaba bien la bufanda alrededor del cuello.

—Sí, sí. No te preocupes, mamá. —contesté masticando una mitad del pan crujiente, y la otra mitad ya de camino.

Deslicé, no sin esfuerzo, el cerrojo de la pesada puerta de entrada. La abrí y, tras lanzar el “adiós” más rápido de los últimos tiempos, cerré dando un portazo. El impacto hizo que la nieve acumulada en el marco cayera sobre mi cabeza desprevenida, haciéndome encoger de hombros. La sacudí de mis brazos entre risas, y salí disparado hacia la caseta de las herramientas. “Ups, olvidé el impermeable…”, pensé al sentir cómo la tela del pijama comenzaba a pegarse a la piel templada de mi espalda. Pero ya no había vuelta atrás.

Cuando llegué me faltaba el aliento, por lo pesadas que se habían ido haciendo mis botas a cada paso, a causa de la cariñosa nieve virgen. El poco que me quedaba, formaba pequeñas nubes de vapor alrededor de mi boca. Retiré el tablón de la entrada como si mi vida dependiese de ello y encendí rápidamente la luz. Estaba emocionado.

¿Qué? ¡No podía ser! No estaba… ¡Mi Trineo!

Aún sabiendo que, por el tamaño de mi corcel, era imposible que estuviese detrás de los cachivaches llenos de telarañas que guardábamos allí desde hacía años, lo busqué desesperado. Lo revolví todo, pero nada… ¡Había desaparecido!

El trastero

Cuando comencé a tomar aire para lanzar el “mamáááá” más fuerte que me permitiesen mis asustados pulmones, lo noté: Ese olor… ¿Pero cómo no me había dado cuenta antes! Era distinto al rancio que me había envuelto tantas y tantas tardes después del colegio, mientras lijaba y desempolvaba sin parar, ni necesidad, a “Cuatrineo”. (Lo llamaba así porque, si “tri-neo” se podía traducir como <<tres veces nuevo>>, y el mío en concreto había pasado por mis tres hermanos mayores antes de llegar a mis manos… ésta era la cuarta vez que se estrenaba.) Era un aroma agradable, aunque un poco ácido… ¡Barniz!

Me dispuse a salir del cuartucho aquel. Giré la cabeza fatigado, con la frente llena de gotitas de sudor y varios mechones fuera del gorro de nuevo, que empezaban a transformarse en estalactitas de fuego por el frío. Y allí, bajo el dintel de la puerta, aguardaba mi madre muy quieta, a contraluz. Cuando mis ojos se acostumbraron al contraste pude distinguir su cara de satisfacción incontenible; y atado a su mano izquierda, el fino pero resistente cordel. Seguí con la mirada el metro y medio de cuerda en zigzag, hasta que lo vi por fin…

—¡Cuatrineo! —grité con voz rota y entusiasmada al mismo tiempo, signo de que había contenido las lágrimas durante un buen rato, como un hombre… —¿Dónde te habías metido?

¡Brillaba más que nunca! Y no sólo lo había barnizado. Mamá también había reparado alguna tabla, raída ya por la humedad y el trote del tiempo, y sustituido su gastada cuerda por una de ésas más ligeras y de colores chillones, que usan los montañeros para escalar.

Anuda2—¡Qué pasada! ¡Gracias, gracias! —voceé mientras volvía a abrazarme a la cintura de mi salvadora. Lo hice con tantas ganas, que ambos caímos sobre un montón de nieve entre carcajadas, sin darnos cuenta de que el cordón se había escurrido del guante que lo sostenía y mi querido amigo de madera había comenzado un veloz descenso hacia el río, cubierto ya por una finísima capa de hielo…

Cuando nos repusimos de la emoción de ese tonto, pero precioso momento, busqué sus ojos, agradecido. Y, al ver tanta dulzura en su reflejo, algo cambió de pronto en mí: Ya no quería salir corriendo a surcar las olas blancas sobre Cuatrineo… ¡quería algo mucho mejor!

—Mami… ¿Te ha sobrado algún madero de los que has usado para arreglarlo? ¿Y barniz?

—¿No te gusta cómo ha quedado? —susurró, sin poder disimular su disgusto.

—Sí, sí. ¡Mucho! Es que… ¡Quiero que hagamos uno para ti! ¡Para galopar Juntos! Le llamaremos… Mmmm… “Neo”.

En ese preciso instante, mi madre inventó una nueva Mirada: Una de ésas que sólo ella y yo sabemos lo que significan… Coincidiendo, además, con el momento justo en el que la recién estrenada cuerda se enredaba en una de las ramas de la orilla del río, deteniendo a Cuatrineo antes de caer al agua helada…

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2 pensamientos en “Cuatro capas de barniz

  1. La hermosa ornamentación del cariño es el deseo más hermoso que pueden exhalar los seres irracionales y los racionales; el compartir la ternura con los seres queridos y sentir la felicidad de los otros, es algo que enajena en conjunción de misterio, sostenible de alegría; el corazón es un regalo que no tiene precio material. Un camino lindo el que ha escogido, joven Pingarrón. Que tu trayectoria sea larga y fructífera. Un cordial saludo. Laura Olalla (Olwid)

    • Gracias por tus palabras Laura. Siempre son bien recibidas y almacenadas, con ilusión y a buen recaudo, en el cajón de las cosas importantes.
      Porque ese corazón del que hablas, ese regalo, es lo que me mueve día a día, y no dejaré de alimentarlo con los más ricos manjares: los que me ofrecen, sin pedir nada a cambio, mi familia, mis amigos y las hadas madrinas que de pronto aparecen para dibujar mis alas.
      ¡Gracias, de verdad!
      Un fuerte abrazo.
      Jesús.

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