Jugando a ser mayor


Se enamoró del niño que él llevaba dentro, pues se le transparentaba… A la suya, con coletas, ya sólo se la intuía a trasluz, cuando miraba por la ventana. Pero aquel niño sí la vio. Necesitaba con urgencia una alta dosis de esa caótica y liberadora forma de vivir. Respirar.

Decidió, visto lo visto, embarcarse en un viaje suicida repleto de sueños de una noche que se olvidaban por el día por falta de recurso o impulso; o al ser sustituidos por los de la luna siguiente. El chico le recordó que el mañana no existe y que el pasado está formado de buenos recuerdos: los malos ya no contaban. <<¡Que te mueres!, créeme… Que Mañana te mueres y se acabó chin pum.>>, la decía con cara de preocupación. Luego sonreía y le preguntaba como si nada: <<¿Bailamos?>>

“Tengo 40 años, no estoy casado, no tengo perro y no soy piloto. De mayor seré un fracasado.” The Kid (2.000)

“Tengo 40 años, no estoy casado, no tengo perro y no soy piloto. De mayor seré un fracasado.” The Kid (2.000)

Pero a veces se cansaba de sus infantiles cambios de humor. Tan pronto se derretía en lágrimas de a litro por una tontería, casi ahogándose entre hipos; como le escuchaba tararear la canción de un anuncio de televisión o reírse a carcajadas él solo, sepultando su rabieta de un segundo para otro. Y no era sólo eso… Todo lo solucionaba de la misma forma: poniendo cara de bueno, abrazando y besando con bigote de chocolate. ¡Menudo sinvergüenza!

Podía pasarse horas contemplando sin prisa el mundo, como si fuera la primera vez que lo descubría: sus propias manos, las estrellas, el gotelé del techo, la nariz de ella… Y era peor aún cuando empleaba todo ese tiempo en jugar a ser mayor: construía impresionantes castillos en el aire lleno de ilusión, para nada más terminar derribarlos de un soplido, aburrido. La sacaba de quicio que hiciese eso, ya que no había forma de que dejase ni uno en pie… Al final encontraba un defecto en todos, por insignificante que fuese, y los derrumbaba como si nada; para, con los escombros del anterior, comenzar a moldear uno nuevo. “El problema está en los cimientos”, argumentaba siempre.

<<Debes pensar con la cabeza… ¡no con el corazón!>>, le repetía ella una y otra vez.

<<Debes sentir con el corazón… ¡no con la cabeza!>>, le respondía él cada una de esas veces.

Nunca supieron cuál de los dos llevaba la razón. Porque, de repente, un amanecer cualquiera… ya era Mañana.

niño en la sombra

Esclavos de élite


Me puse mi mejor traje y la corbata más elegante que encontré en el fondo del armario, y salí a la calle decidido. Estaba amaneciendo y aún hacía frío, pero daba igual: ¡por fin iba a tener una entrevista de trabajo! Después de volver de Londres habían sido muchos los currículums que había lanzado al espacio sin éxito: por tierra, mar y aire; había llegado mi oportunidad…

Después de dos transbordos de metro y una hora y cuarto de reloj, llegué a mi destino: Industrias Cárnicas Domingo e Hijos. Aquella sobria fábrica estaba perdida de la mano de Dios en mitad de un polígono, y, a esas horas, un hervidero de camiones que enturbiaron aún más mis pulmones y mis ilusiones.

Antes de cruzar la puerta de entrada, me paré en seco. Respiré hondo y me dije en voz alta: “Vamos, estás de sobra preparado. Confía en ti. ¡Te los vas a merendar!”. Una ráfaga de viento con aliento a lomo adobado casi me derriba al entrar, haciendo llorar mis ojos. Me acerqué al mostrador e informé a la señorita de recepción de que venía por lo del puesto de contable… “Espera en esa sala de ahí a que te avisen.”, me ladró sin dejarme terminar de hablar, señalando con el dedo una puerta quejumbrosa. Con el rabo entre las piernas seguí sus órdenes.

Me sorprendió encontrarme a ocho jóvenes candidatos más esperando en la habitación; con sus mejores trajes y las corbatas más elegantes que debían de haber encontrado en el fondo del armario… Ninguno me saludó. Resoplé y me dirigí a la única silla bicentenaria que quedaba libre, pegada a una cámara de las que continuamente entraban y salían hombres de blanco cargando con animales desollados y cubiertos de escarcha. En seguida entendí por qué el mío, era el único sitio vacante del lugar.

Tres de mis rivales fueron llamados antes que yo. Su semblante decidido era sustituido por uno de humillante derrota en los aproximadamente siete silenciosos minutos que permanecían tras la otra puerta: la caliente. Y por fin llegó mi turno… Tomé una bocanada del aire a 22 grados bajo cero que salía de la cámara frigorífica, erguí la espalda, apreté los puños y entre con mi mejor sonrisa dibujada en la cara. Lo que vi me aterrorizó: un hombre grueso, engominado y repantingado en su cómodo sillón de director, levantó con resignación la vista de su iphone al oírme carraspear desde el marco de la puerta.

–Tú eras… –escupió con desinterés, mientras rebuscaba entre el montón de papeles desordenados de la mesa y me invitaba a sentarme en la silla colocada en la otra punta de su gran mesa de roble macizo–.

–Verne, Verne… Julio. –respondí, recuperando la compostura. Luego me senté dejando mi maletín en el suelo y luchando con las ganas de cruzarme de brazos, que tanto desaconsejan los entendidos, pues demostraría rechazo hacia el entrevistador.

–Veamos… 27 años, licenciado en empresariales, postgrado en económicas, bla, bla, blaaa… –Leyó por encima, como quien ojea el menú de un restaurante en el que come todos los días. Y siguió repasando mis méritos, mientras yo asentía con la cabeza orgulloso:– Dos años de prácticas en el departamento de administración de Tara… (En ese momento, el que cruzó los brazos fue él, sin preocuparse en absoluto del lenguaje no verbal.)

–Sí, sí… –acerté a decir– Trabajé allí hasta que la empresa cerró por falta de liquidez. Por la crisis, ya sabe…

–¡Ja, ja! La crisis… ¡Algo harían mal! O quizás lo harías tú… –dijo entornando los ojos, a modo de burla. Yo sólo pude sonreír sin querer entender–. Al grano, como sabrás estamos buscando un jefe administrativo-contable para nuestra empresa familiar. ¿Qué puedes ofrecernos que no tengan todos ésos que has visto ahí afuera?

Inspiré profundamente un par de veces sin retirar mi vista de aquel individuo, que con cara de pocos amigos tamborileaba con las uñas sobre la madera esperando mi respuesta.

–Como habrá podido ver en mi carta de presentación, además de mi carrera, postgrado, seminarios y experiencia en el mundo laboral, acabo de realizar un máster especializado en marketing para pequeña y mediana empresa, que creo que podría ser interesante para la suya… –argumentaba yo con un tono lo más afable posible, hasta que me interrumpió de nuevo, meneando la mano de atrás a adelante como quien espanta una mosca…–

–Vale, vale… Pero, y… ¡¿a eso le llamas… experiencia?! –preguntó de mala gana, tirando mi currículum sobre la mesa– Estamos buscando a alguien con 6 o 7 años de experiencia real, como mínimo. –gruñó, haciendo hincapié en la palabra “real” con descaro.

–Hombre… En su oferta indicaban que el puesto era para alguien menor de 28 años… Y si también requieren una licenciatura, un máster, informática… Creo que no hay tiempo material para, además, haber trabajado en el sector tantos años, ¿no cree? –le increpé un poco ofuscado, pese a mis esfuerzos por mantener la calma–.

Me observó desafiante por unos segundos interminables, para luego… estallar en carcajadas:

–¡Tienes razón, chaval! ¡Ja, ja! Venga, continuemos… No te pongas así. Tus funciones serían organizar facturas, hacer fotocopias y echar una mano de vez en cuando a descargar mercancía. Aquí arrimamos todos el hombro… ¿sabes? –Dijo esto último mientras que se remangaba la camisa, dejando al descubierto su bronceada piel–. El sueldo variará entre 700 y 800 euros brutos al mes, en función de tu valía, en horario de 9 a 19h. –soltó con entusiasmo, como si aquello fuese a motivarme. Y no se calló aún:– Por cierto… ¿imagino que serás bilingüe en inglés, no?, ¿o estamos perdiendo el tiempo, joven?

Me quedé observando a aquel personaje sin escrúpulos durante unos instantes, intentando que mis ansias por estrangularle desapareciesen de mi sistema nervioso antes de hablar…

– Of course, sir. You can be sure that my english will be enough to know how to use the photocopier correctly… (Por supuesto, señor. Puede estar seguro de que mi inglés será suficiente para saber cómo usar la fotocopiadora.) –respondí a toda velocidad, con la pronunciación más cerrada que aprendí trabajando en mil bares londinenses durante los años que estuve allí haciendo el máster–.

Con las mejillas al rojo vivo, el Sr. Domingo se disculpó:

–Chico, chico… No, si yo no sé hablarlo… pero habiendo tanta gente en el paro de la que poder “tirar” hoy en día… ¿por qué quedarse corto pidiendo? –Se levantó de un respingo ofreciéndome su sudorosa mano– El puesto es suyo… si lo quiere. –sonrió–.

Comencé a desabrocharme la corbata sin prisa… (Ahora, el que miraba con desinterés era yo.) Y, con una voz sacada de la cámara refrigeradora de la salita de espera, dije lo que tantos y tantos jóvenes, y no tan jóvenes, deberíamos gritar ante la explotación que sufrimos por parte de las empresas que se aprovechan de la desesperación y el miedo provocado por la difícil situación actual:

–No, gracias por su suculenta oferta… No quiero desperdiciar mis conocimientos, mi esfuerzo y mis ganas en una compañía que abusa de sus altamente cualificados trabajadores, pagándoles unos sueldos miserables por desempeñar labores que podría hacer hasta un inútil como usted. Pues algún día, cuando las cosas vayan mejor en este país, que lo irán, “esos de ahí afuera” tendrán tantas grandes empresas de las que “tirar” que se irán de ésta sin importarles ver cómo se hunde un barco que apesta a chorizo congelado. Y ni en sueños pienso estar aquí para naufragar con él. ¡Buenos días!

Tras el portazo que di, sólo pudieron escucharse los vítores y aplausos del resto de candidatos que esperaban aún su turno y que lo habían escuchado todo. Y que, en lugar de quedarse… me siguieron hasta la calle sin mirar atrás.

<<El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía.>> (Filippo Marinetti)

Esclavos de élite

El misterioso caso del sobre en blanco en mi buzón


Una vez más, al llegar del trabajo que me mata lentamente, me detuve delante de la hilera de buzones de madera del portal e introduje la pequeña llave en el mío. No esperaba encontrar dentro nada especial, ya que desde hace ya muchos años nadie recibe cartas importantes; solo ofertas de clínicas odontológicas o el tradicional 2×1 de lunes a jueves para el chino del barrio. Esos panfletos a dos tintas que suelen acabar en la papelera que está justo debajo, donde se puede leer la palabra “publicidad” escrita con malicia; o dentro del cajetín de la vecina de arriba –como venganza por pisotear mis sueños a horas intempestivas–. Pero aquella ocasión fue distinta: solo había un sobre. Pero no el típico del Ayuntamiento diciéndote que había llegado la esperada hora de pagar el numerito del coche, o la del banco de turno recordándote los pocos ceros que hay en tu cuenta… No; era un sobre en blanco, por delante y por detrás, sin remite ni remitente, nada. Además, era de esos casi extinguidos que se cierran chupando la solapa, y no con la revolucionaria banda adhesiva que de un tiempo a esta parte nos ha evitado tantos momentos amargos. Así que, en mi subconsciente se encendió una alerta: ¡código rojo!, ¡código rojo!

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Cerré la puerta del piso y me senté en el sofá de orejas que reina en mi destronado salón, lanzando con un desinterés fingido mi tesoro encima del cristal de la mesita de fumador. Lo observé durante largo rato con preocupación, mientras éste me devolvía la mirada más vacía que había recibido en mi vida.

Lo que dura un cigarro en consumirse fue suficiente para darme cuenta de que necesitaba fumarme otro antes de abrir el sobre… Al tiempo que me encendía el tercero cogí el sobre entre mis manos llenas de humo. Lo sostuve sobre una palma calculando su peso por unos segundos. Pesaba más que uno normal y estaba mullido… Eso quería decir que podía contener perfectamente tres o cuatro folios doblados con esmero. Me lo acerqué a la nariz y respiré profundamente. El olor a papel mezclado con un leve rastro de crema hidratante, me hizo teletransportarme a un paraíso pasado, ya descolorido, recreándolo con todo detalle en aquel viejo salón: una de esas películas que no me cansaría de ver nunca.

Justo cuando me había decidido a abrirlo… me entró el pánico. Me aterrorizó la idea de que realmente se tratase de una estrategia comercial para llamar mi atención y que lo del sobre en blanco fuese solo para otorgarle un valor emocional a un folleto de venta por catálogo. Mi carrera en el mundo del marketing me había enseñado que no hay nada como crear una expectativa que despierte el interés del consumidor, para que tu inversión publicitaria no acabe en el cubo de la basura sin leer, o que el susodicho cambie rápidamente de canal… ¡Dios! De ser así, gran parte de mis esperanzas e ilusiones quedaría hecha añicos esparcidos por el gastado parquet… La falta de pestañeo, por estar mirando para dentro de mí en lugar de para afuera, hizo que el humo se me metiera en los ojos haciéndolos arder, llorar, cerrarse.

Cuando los abrí ya era demasiado tarde. Mis traicioneros dedos lo habían rasgado por la parte de arriba, y sobre mis piernas descansaban un montón de folletos con imágenes de bocas perfectas y rollitos de primavera… Mi alma rodó por el suelo en ese mismo instante, envuelto en el remolino de flyers bicolor. ¡Nooooo!

Pero el escozor de los ojos se me resbaló hasta el corazón de golpe… al descubrir entre todos ellos una cuartilla de cartulina con unas pocas frases escritas con una caligrafía preciosa. Al devorarlas con impaciencia, el alma volvió a introducirse en mi pecho tres veces más grande que cuando se me escapó instantes antes; ocupando el hueco que le había dejado la carcajada que salió de mi garganta. Decía así:

Querido vecino de abajo:

Sí, soy la chica a la que nunca te has atrevido a hablar; ni siquiera a mirarle a los ojos. La verdad es que yo tampoco he tenido el valor de decirte ni una palabra, pero he visto tantas veces cómo tu reflejo se ruborizaba en el espejo del ascensor…

Te escribo para agradecerte la infinidad de indirectas que me has estado dejando amablemente en mi buzón durante todo este tiempo… De hecho, esta mañana, después de dos largos años de suplicio, el dentista me ha quitado los brackets. Gracias a ti, ahora tengo una sonrisa profident y me encantaría poder compartirla contigo un día de estos. Así que, espero que me invites de una vez por todas a ese restaurante chino que tanto debe de gustarte y así poder aprovecharnos de su fantástico 2×1. Pero te recuerdo que ya estamos a miércoles…

No lo dudes más. Si me lo pides… te voy a decir que sí.

Un beso desde el 8ºB.

Buzón UP

Hay gente que mataría…


Como cada mañana, de lunes a viernes, la radio se despertó a las 6:55h sobre la mesilla izquierda de la habitación. Sonaba la nueva versión de “Devuélveme la vida” que Antonio Orozco había grabado junto a Malú el verano anterior. Javier resopló y estiró el brazo con la intención de apagarla por 10 minutos más, pero María le detuvo…

–Déjala. Me encanta esta canción… –le rogó con voz áspera, agarrándole dulcemente del hombro desnudo.–

–Cuando seamos ricos no pienso madrugar ni un solo día… –refunfuñó él mientras se giraba para dale un beso en los labios de buenos días y hacía amago de levantarse.

–Quédate un rato más conmigo en la cama, amor… –suplicó ella con los ojos aún cerrados y haciendo contrapeso con su cuerpo dibujado en el de él. No consiguió retenerle.

–María, sabes que no puedo… Si no me activo ya perderé el tren de menos veinticinco y volveré a llegar tarde.

–Pues llama y dile al pesado de tu jefe que estás enfermo, anda… Además hoy es nuestro aniversario… ¿recuerdas? –susurró María incorporándose y abrazándole por la espalda.

–Claro que lo sé… Pero no están las cosas ahí fuera como para jugarse el puesto de trabajo por algo así…

–¡Te odio tanto…! –le interrumpió malhumorada, a la vez que le empujaba con todas sus fuerzas intentando sin éxito tirarlo de la cama. Y continuó:– Está bien… vete, pero que quede claro que “por algo así”, como lo nuestro… hay gente que mataría.

Javier no contestó a esto último. Suspiró y se levantó en dirección al baño. El ruido de la ducha hizo que fuese María la que esta vez bufase indignada, cubriéndose la cara con la almohada. Mientras el agua fría devolvía a la vida a Javier, la canción de Orozco llegaba a su fin con tres pitidos: dos cortos y uno largo.

“¡Buenos días mundo! Son las siete de la mañana de este maravilloso 11 de marzo… ¡Arriba Madrid, que hoy va a ser un día inolvidable pese a la lluvia… ¡Ya veréis!”, dijo con tono alegre la locutora de radio, con la energía de quien lleva despierto ya varias horas. Y no se equivocaba… Al escuchar estas palabras, a María se le ocurrió algo: le haría caso y haría de aquel día gris uno muy especial; sorprendería a Javier, aunque solo fuese con el pequeño gesto de acompañarle al trabajo en tren sin que él sospechase nada. Siempre le decía que había que cuidar los detalles para mantener viva una relación y tenía que dar ejemplo. Además le apetecía. “¡Menuda cara iba a poner cuando la viese aparecer en el vagón junto a él…!”, se imaginó entusiasmada mientras se levantaba para preparar el desayuno.

El olor a tostadas recién hechas inundó el pequeño piso en cuestión de segundos, haciendo que a Javier se le hiciese la boca agua nada más cerrar el grifo. Sonrió. Miró el reloj empañado y vio que aún le quedaban unos minutos para compartir con María antes de irse… “¿Qué estaría tramando?”, pensó. Ella tenía turno de tarde en el hospital y le encantaba remolonear en la cama hasta un rato después de que él se hubiese marchado… Cuando llegó a la cocina vio cómo María se metía el último trozo de pan caliente en la boca y le hacía una mueca arrugando la nariz y meneando la cabeza, que le dejó totalmente chafado.

–Bueno, espero que se te pase el enfado antes de que vuelva esta noche… He reservado en ese restaurante… –Dijo con retintín Javier mientras buscaba las llaves del coche en el aparador de la entrada.

–¡Ah, perdona! Se me había olvidado decirte que lo necesito yo para llevar a mi madre a… –dijo burlona María, balanceando el llavero en su mano.

–¡Vale, no problem! Me da tiempo a llegar a la estación andando… –respondió él, mostrando una exagerada sonrisa repleta de dientes con sabor a clorofila– ¡Adiós, fea!

Cuando vio que ella le lanzaba medio riendo la zapatilla de estar por casa, cerró la puerta a toda prisa… Ambos suspiraron al unísono en lados opuestos de ésta. Después sonrieron echándose ya de menos.

María se vistió a toda prisa. Se asomó por la ventana para asegurarse de que Javier ya estaba lo suficientemente lejos del portal como para no verla salir del garaje, y cuando le vio doblar la esquina salió corriendo hacia el ascensor.

Cuando Javier llegó a la estación de Cercanías, observó en el reloj de la torre de metal que la cuida desde lo alto que faltaban tan solo un par de minutos para que saliese su tren, dirección Atocha… “No lo has conseguido, Pequeña…”, se regocijó recordando la última cara del enfado fingido de María. Se hizo hueco entre toda la gente que se apelotonaba en el andén para protegerse del frío, y esperó a que las puertas del tren se abriesen justo delante de donde él se encontraba. Lo había esperado tantas veces que ya sabía el lugar exacto donde se detendría. Esquivó el afilado paraguas de una señora que luchaba por cerrarlo en mitad de los escalones de acceso… y entró.

Durante un interminable minuto fueron entrando docenas de adormilados viajeros que se iban colocando estratégicamente en el vagón para que cupiesen los más posibles… Pero aquel día, por a la lluvia, más personas de lo normal debían de haber decidido ir en transporte público a trabajar y dejar los coches en casa; así que varios se tuvieron que quedar fuera esperando al próximo tren. Entre ellos… María.

Justo cuando aquel intermitente y molesto pitido rebotó en las paredes de plástico indicando que las puertas se estaban cerrando, Javier levantó la vista y la vio a través de la ventanilla de emergencia. Empapada, María observaba con frustración cómo su sorpresa se desvanecía arrastrada por los ríos de agua que corrían por fuera de los cristales, intentando distinguirle entre el vaho que comenzaba a blindar aquel vagón para siempre…

–¡María!, ¡María…! –acertó a gritar Javier, sabiendo que la rendija que aún quedaba abierta en la puerta no duraría los suficiente como para dejar que su propio nombre llegase a los oídos del amor de su vida… y de su muerte. Se rindió.

Pero, por arte de magia, el destino debió de decidir que aquella historia no tenía que acabar también aquel triste día de marzo, en el que ya se iban a romper demasiados sueños… Así que, hizo que la punta metálica del paraguas con el que forcejeaba la señora que casi le salta un ojo al entrar, se interpusiese entre las dos hojas de la puerta en el último instante, haciendo saltar el sistema de seguridad y volviéndola a abrir de golpe, entre los abucheos del resto de trabajadores que miraban impacientes sus muñecas.

La voz de María diciendo “Por algo así, como lo nuestro… hay gente que mataría” resonó en décimas de segundos en su cabeza y su corazón, sacándolo a empujones de su parálisis…

“¡A la mierda!”, se dijo… Y, tras varios <<Dejen paso, por favor.>>, <<Perdone, perdone.>>, y un sincero <<Le debo una, señora…>> (deuda que jamás podría saldar), Javier se encontró abrazando y besando a María en el andén, con la fuerza de quien lo hace por primera y última vez.

Cuando el aire les faltó y tuvieron que separar sus labios para dar paso a la mirada más emocionada de todos los tiempos, aquel tren maldito desaparecía ya a lo lejos… bajo un cielo deshecho en lágrimas.

En memoria de las víctimas de los atentados del 11 de Marzo de 2004 en Madrid.

Hay trenes que solo pasan una vez en la vida

Vive hoy, lucha mañana.


Cuando la conocí, ni siquiera Ella sabía que estaba compuesta por minúsculas e infinitas partículas de Amor en estado puro. Yo lo descubrí al poco tiempo… coincidiendo con el momento exacto en el que le perdí el miedo a esa pasión desmesurada suya que me arrollaba cada día y cada noche puntualmente, a esas interminables piernas que me dejaban siempre por debajo, a esa capacidad de poder con todo y con todos sin valorar sus victorias, y a esos ojos marrones o verdes, dependiendo de su estado de ánimo –Nunca supe identificar cuál era el que los ponía de un color o del otro–.  Y, como habría hecho cualquiera con dos dedos corazón y otros dos de frente… dejé que me inundara por completo con aquellas preciosas gemas hasta entonces sepultadas bajo una piel decepcionada.

Desde el primer día se olvidó de mi nombre, mientras que yo solo podía pronunciar el suyo. Me llamaba “Amorcito” cuando estaba contenta, “¡Amor!” cuando la sacaba de quicio o le hacía perder el control, y “Amooor…”, cuando veía que me sumergía de nuevo en mi pantanoso mundo inventado, del que solo su mano era capaz de sacarme a flote.

"La Historia Interminable" (1984)

“La Historia Interminable” (1984)

Ella me regaló un Puzzle sin montar. Dijo que era nuestro proyecto personal y que, una a una, teníamos que ir encajando las piezas… Juntos. Al principio cumplimos a rajatabla nuestro trato: sin faltar uno, cada mes íbamos escribiendo detrás de cada pieza un objetivo común a alcanzar –demasiado íntimos para poner aquí, lo siento– y poco a poco fue saliendo a la luz aquel dibujo infantil en el que un Caballero, seguido por un Dragón al que había derrotado sin duda y que ahora era su amigo, iba a rescatar a una bella Princesa de la torre de un castillo encantado. “¡Anda, es realmente nuestra Historia!”, pensaba yo. “Tú saldrías pitando si vieses un Dragón…”, pensaba ella. “¿Pero quién rescata a quién…?”, pensaba cualquiera que conociese a los dos protagonistas.

Tomé la decisión de seguirla adonde fuera, sin mirar atrás. Y, así pues, me convertí en su fiel escudero… para su sorpresa. “Nunca nadie lo había hecho antes por mí”, dijo. “Nunca ese tal nadie, he sido yo”, callé. Iluminado por el brillo de su armadura, crucé ríos, montañas y océanos a su lado; descubriendo lugares que jamás había imaginado poder pisar. Yo cargaba su escudo y su espada, intentando mantenerlos siempre a punto: limpios y sin ninguna grieta. Pero no siempre lo conseguía… Deseaba tanto volver a casa para cantar sus hazañas, que en ocasiones hasta se me olvidaba disfrutar del viaje. Era tal mi entrega, que incluso a veces me interponía entre Ella y los mandobles que asestaban los enemigos que se cruzaban por su camino; cosa que a ella no le hacía demasiada gracia: “Esta no es tu lucha”, me decía. Pero yo nunca la escuché. Acababa dolorido por los golpes y el peso del acero sobre mis espaldas, pero verla sana y salva era lo único que me importaba.

Durante más de mil hogueras compartimos todas las caricias, recuerdos, ilusiones y risas que habíamos ido conteniendo dentro a lo largo de los años. Todos esos tesoros que nunca nadie había conseguido sacar de nosotros mismos hasta aquel momento. Sí, creo que eso era lo mejor: las risas. Pero, como dijo el cantautor: “Como todas las historias de amor, al menos las más bellas… la nuestra, por supuesto, también acabó en tragedia.”

Una noche cualquiera me di cuenta de que había dejado atrás mis sueños por perseguir los suyos, coincidiendo desgraciadamente con la noche cualquiera en la que ella sintió que necesitaba un destino común para poder seguir avanzando… Ya no la llenaba seguir vagando de un reino a otro sin rumbo; justo al contrario que a mí. Así que, nuestras miradas comenzaron a separarse: una apuntaba hacia sí misma intentando vislumbrar sus pasiones dormidas, hacia el hoy; y la otra oteaba el horizonte de su reloj, hacia el mañana. Más y más fuimos distanciándonos, hasta contemplar con espanto que habíamos empezado a andar a distintos ritmos y que nuestros pasos ya no coincidían como lo habían hecho hasta entonces. Lo intentamos todo: yo, cuando veía que se alejaba demasiado, trotaba tras ella tratando de seguir su carrera, pero al rato me despistaba contemplando los pájaros del suelo y las piedras del cielo… desistiendo al final de alcanzarla. Ella, se detenía en seco de vez en cuando para darme tiempo a llegar hasta donde me esperaba con el gesto torcido… Pero yo no nunca oía al tic-tac de sus agujas, y al rato se desesperaba y seguía su camino.

Y así pasaron los días… Ya casi ni hablábamos, ni amábamos, ni reíamos. Eso era lo peor: la falta de risas. Cuando coincidíamos por casualidad en alguna de las paradas obligadas, reinaba el silencio, el cansancio, la duda. Hasta que una mañana, también cualquiera, nos miramos a los ojos y no nos reconocimos. Lloramos, nos abrazamos y nos relatamos los anhelos que jamás habíamos tenido el valor de destapar; pero ya era tarde: su armadura ya no brillaba; y el escudo y la espada que yo le guardaba se habían oxidado, haciéndolos inútiles, invisibles para el otro.

A toda prisa, pusimos patas arriba nuestras alforjas buscando las piezas de aquel viejo Puzzle que nos habíamos prometido construir juntos día a día, del que nos habíamos olvidado por completo. Tras encontrarlas nos sentamos en el suelo y nos pusimos a unirlas, observando con preocupación cómo algunas esquinas estaban dobladas y que a duras penas encajaban unas con otras. Pero lo que más llamó nuestra atención fue que cuando ya no quedaban más piezas que enlazar… ¡descubrimos que faltaban cuatro!, dejando unos feos vacíos imposibles de esconder. Y, aunque parezca una locura… nos miramos como hacía mucho que no nos reflejábamos en los ojos del otro, y supimos al instante lo que teníamos que hacer, por primera y última vez juntos…

Nos despedimos con tres besos: uno amargo, uno dulce y uno eterno (por ese orden), y nos alejamos cada uno por un Camino distinto, con la promesa de que si algún día aparecían esas malditas cuatro piezas que nos faltaban… seríamos inseparables. Las lágrimas no dejaban de brotar de nuestros ojos –dos de los cuales resplandecían más marrones que nunca–, pero ninguno volvimos la mirada. Ambos sabíamos que ese adiós era lo único que podría salvarnos de morir abrasados por el aliento de aquel Dragón que nunca nos atrevimos a matar…

“Vive hoy, lucha mañana.”, susurró ella con la vista fija en el atardecer.

“50 piezas de 54… ¡No está nada mal! Seguro que el resto de los Caballeros y Princesas no llegan ni a juntar 25… ¡y se conforman!”, le reproché yo al viento, sin poder evitar sonreír al imaginarme el “Amooor…” que seguro habría salido de sus labios si me hubiese escuchado soltar aquella gran verdad.

Puzzle Incompleto

La capa de Supermán


Como todos los días que escuchaba sirenas a través de la ventana, Supermán se embutió en su traje de malla rojo y azul, y se lanzó a las calles a ver en qué podía ayudar. Así, a primera vista de pájaro, aquel domingo parecía que la cosa andaba tranquila. Se encontró algún que otro altercado fácil de solucionar por la Guardia Civil (FBI español), así que decidió no intervenir en la gran mayoría de los casos, pues no quería que los débiles humanos se hiciesen comodones…

Pero, de pronto, algo le llamó la atención: desde las alturas divisó a una niña en un balcón con los brazos abiertos y la mirada perdida en las estrellas. No le pareció preocupante, pues aquella muchacha despeinada no tenía pinta de querer saltar… Eso sí, su séptimo sentido extraterrestre le permitió percibir la tristeza que la chica desprendía, así que decidió acercarse muy lentamente a ella para no asustarla.

–¿Qué te sucede Pequeña? ¿Necesitas ayuda? –dijo con su voz de superhéroe, mientras se posaba a su lado con la delicadeza con la que lo haría un bailarín al depositar a su compañera en la tarima–.

–Santo Dios… ¡Batman! –exclamó la niña con la boca abierta–.

–¡No! Soy Super… –comenzó a responder con irritación nuestro amigo–.

–¡Man! –le completó ella con voz chillona entre carcajadas–. ¡Era una broma! Yo soy Luisa, y sé perfectamente quién eres tú.

Supermán, un poco contrariado, dejó escapar una de sus forzadas sonrisas, con destello en los dientes incluido. Después lanzó un soplido hacia arriba intentando colocarse el rebelde mechón de la frente. Recuperando el color de la cara, preguntó:

–¿Qué le puede faltar a una jovencita tan… lista y valiente como tú, para estar así de triste?

Ella bajó la mirada con pesadumbre, fijándola en los calcetines de aquel hombre de película, sin entender por qué los llevaba por encima de los zapatos, al igual que los calzoncillos sobre el traje. (Pero eso no era lo importante ahora…)

–Lo que me pasa… tiene mucho que ver contigo –dijo Luisa, para asombro del superhéroe. Y prosiguió:– Me gustaría poder volar para llegar hasta el cielo y despedirme de mi abuelita, que hace poco se fue allí sin avisar…

Supermán la miró aturdido, pero, tras pensar un rato… dijo con voz firme:

–Se me está ocurriendo una idea… Te dejaré mi capa y así podrás volar hasta allí. Al fin y al cabo… yo no la necesito. Pero debes prometer que cuando vuelvas me la devolverás, pues es de los pocos recuerdos que me quedan de mi planeta. ¿Trato hecho?

–¡Sí! ¡Sííííí! –respondió la niña con los ojos resplandecientes por las lágrimas y una sonrisa de oreja a oreja– ¡Gracias Bat… ¡Supermán! ¡Ja, ja!

Y así lo hicieron. Supermán se quitó la capa, se puso en cuclillas al lado de la pequeña Luisa y se la puso por los hombros. Automáticamente, la capa se ajustó a su tamaño. (Cómo se nota que era made in Krypton y no in China, pensó ella…) Después, se despidió de él con un fuerte abrazo y se fue volando a toda velocidad, en pijama y todo.

El superhéroe se quedó allí pasmado, mirando cómo la niña se perdía entre las estrellas. No se esperaba que fuese a volar en realidad. Sólo era una forma de animarla, antes de decirle la verdad sobre su abuelita… Pero bueno, Luisa lo había conseguido y él se sentía muy feliz de que hubiese funcionado su idea; quizás más aún que tras salvar al mundo de tanta destrucción inminente. ¡Esto tenía muchísimo más valor! Echó un último vistazo al lugar por donde había desaparecido la niña, entre las constelaciones de Casiopea y Perseo, y saltó al vacío de la noche…

No os podéis imaginar el testarazo que se dio el pobre al caer desde un séptimo piso sobre un contenedor de basura, que, a diferencia de lo que sucede en el cine, no se encontraba precisamente lleno de mullidas bolsas de basura para amortiguar el golpe, sino en gran parte de escombros de una obra cercana.

Salió del contenedor a duras penas, y se plantó en la acera con cara de tonto. Le dolía todo el cuerpo y apestaba a restos de mil paellas domingueras. Sacudiéndose el polvo y los granitos de arroz comenzó a bajar la calle cojeando. No entendía qué podía haber pasado. En el fondo la capa solo era un complemento del traje de superhéroe, que su padre le había mandado en la nave cuando era todavía un crío. ¡Volar iba en su naturaleza…! ¿O no…?

La capa de Supermán

Cuando llegó a su piso de Villaverde Alto estaba ya amaneciendo. Se zarandeaba de un lado a otro de la calle, y más de uno creyó que era un borracho al que se le habían alargado los pacharanes de después de comer; o, por el disfraz roto y los moratones que le decoraban el rostro, que era otro al que la despedida de soltero se le había ido de las manos… Supermán, se desplomó en el sofá y se quedó profundamente dormido. Estaba totalmente acabado…

Cuando se despertó ya era otra vez de noche… Al verse aún con el traje sucio puesto sobre su maltrecho cuerpo, solo le hicieron falta unos pocos segundos para que el recuerdo de la niña volando con su capa le atropellara como un tren de Cercanías. Se incorporó como un resorte, se atusó el pelo y salió a la terraza. Levantó el puño hacia el cielo… ¡Nada! Probó por segunda vez… ¡Maldición! No lo había soñado… ¡No podía volar!

A toda prisa bajó las escaleras. Al llegar a la calle se puso a correr con su súper-velocidad pero poco a poco fue perdiendo fuelle… Se estaba fatigando… ¡Inconcebible! No solo había perdido la capacidad de volar, sino también su fuerza, su rapidez… y ya ni hablemos del láser de fuego de los ojos. ¡No podía creerlo! Se echó mano al bolsillito secreto que tenía detrás del cinturón y extrajo sus gafas de lejos, que además hacían que la gente no le reconociese (según dicen…). –Por lo que parecía, su súper-visión también le estaba fallando…– Un escalofrío le recorrió el espinazo al darse cuenta de que ¡se estaba convirtiendo en un ser humano! “¿¡En qué estaría pensando al deshacerme de mi capa!?”, se dijo desesperado, mientras tomaba rumbo hacia la casa de la muchacha.

Tardó unas tres horas en llegar a aquel alejado barrio del centro. “¡Qué duro era ser mortal!”, se reprochó… Debían faltarle unos doscientos cincuenta metros para llegar al portal de la niña. Paró para recuperar el aliento y miró hacia lo alto del edificio buscando la séptima planta, de la que se había despeñado la noche anterior. Tras enfocar su vista cansada, lo que vio le puso el bucle de la frente de punta: la pequeña Luisa, con la capa mágica hecha jirones –quizás por haberse acercado demasiado al sol–, se sujetaba a duras penas a la barandilla de su balcón… Por la cara de angustia y el temblor de sus bracitos, debía de quedar muy poco para que se precipitase al vacío. Y efectivamente… ¡sucedió! Con espanto, el que más que nunca podríamos llamar Clark Kent, contempló cómo aquellos diminutos dedos se escurrían de la barra de metal dejando a merced del viento el cuerpecito agotado de Luisa… ¡Y él no podía hacer nada! ¡Aún estaba muy lejos y ya no era un superhéroe! ¡Era un hombre normal y corriente! ¿O no…?

Lo que ocurrió a continuación sucedió en décimas de segundo, pero lo relataré a cámara lenta, como si de una película se tratase, para que podáis verlo con claridad; humanos…:

El “¡¡¡NOOOOO!!!” que salió de la garganta de nuestro protagonista tuvo tanta potencia… que todavía hoy retumba entre los edificios de Madrid. Su gesto de enfado hizo que las gafas le saltasen de la cara hechas añicos, según emprendía una desesperada carrera hacia el lugar donde iba a desplomarse trágicamente la niña. “¡Maldita sea! ¡Soy Supermán! ¡Con capa o sin capa!”, gritó. Sus pesados pasos fueron acelerándose hasta alcanzar el ritmo de sus latidos: Pum, pum, pum, pum… Y, de pronto, dejaron de hacer temblar el suelo… ¡Fffffffffiú! Ahora, como el antiguo Supermán, con el puño estirado hacia adelante estaba volando a ras de suelo. ¡Sí, estaba volandoooo! A su paso, las baldosas se iban despegando de la acera y saltando por los aires en mil pedazos. ¡El surco que iba dejando era sobrecogedor! Su mirada estaba clavada en el implacable descenso de la niña. ¡No podía dejarla morir! ¡Aquello era por su culpa…! Inyectó toda su frustración en aquella batalla contra la gravedad, convirtiéndose en un cohete. Cuando faltaban escasos centímetros para el brutal impacto… atrapó a la muchacha al vuelo, como un halcón que caza a su presa. La pequeña, aunque inconsciente, estaba a salvo… el superhéroe suspiró aliviado.

Con la mayor delicadeza y el cariño que pudo, depositó a la frágil niña en la hamaca de su terraza, y la desanudó la chamuscada capa del cuello. Por unos minutos se quedó allí, arrodillado junto a ella, para asegurarse de que se encontraba bien… Sí, estaba convencido de que a la mañana siguiente todo habría sido un mal sueño para la pequeña Luisa, que ahora descansaba plácidamente con una sonrisa en los labios. O quién sabe… Quizás uno muy bueno.

Ya, más tranquilo, observó la capa rota que tenía entre sus magulladas manos, dándose cuenta en ese preciso instante de que tan solo se trataba de un trozo de tela… Un trozo de tela que, con la ilusión y la fe suficientes, podía hacer que un superhéroe creyese que por no tenerla había dejado de serlo; o incluso, que una indefensa niña humana… pudiese tocar el cielo.

“Como todo en la vida”, pensó para sí Supermán mientras se elevaba en el aire sin prisa, regalándole al viento su capa. “Como todo en la vida…”

Cicatriz


Todos tenemos cicatrices que marcaron nuestras vidas desde el mismo instante en que se dibujaron sin permiso. Las hay enormes o pequeñas, visibles o casi imperceptibles ya; pero lo que tienen en común es que la mayoría guardan una historia que solo sus dueños conocemos…

De la que voy a hablaros hoy ya ha desaparecido por completo, junto con la blanca piel que la lucía orgullosa. Era una cicatriz de unos veinte centímetros… Sí, sí: ¡veinte! Y en plena cara.

Máscara

Yo, desde mi privilegiada aunque realmente incómoda butaca, no podía evitar mirar sin disimulo alguno aquella fea cicatriz, mientras ella me contaba, emocionada como siempre, una de sus increíbles aventuras. Incluso había veces que me perdía parte de la trama absorto en sus surcos, cuestionándome qué desalmado habría tenido la poca vergüenza de rajar ese rostro perfecto, y el porqué. Nunca obtuve respuesta a esas dos preguntas, pese a mis cientos de suposiciones. Lo más probable, pensaba, es que ese “alguien”, oculto entre las sombras… se hubiese deslizado hasta sus pies y, sin piedad, cortado su rostro con una navaja de bolsillo; o que, aprovechando un momento de alboroto en la sala, debido a alguna escena desternillante, aterradora o subida de tono, le hubiese lanzado algún objeto contundente, rasgando su belleza a la altura del mentón. Ya es tarde… Nunca lo sabré.

Diréis que dónde estaba por aquel entonces mi educación de colegio de pago, cuando me pasaba casi hora y media mirando fijamente cómo aquel amargo galardón distorsionaba sus gestos… No debía de ser nada agradable para ella sentirse observada como un bicho raro, y menos porque lo estuve haciendo prácticamente cada sábado durante toda mi infancia y parte de la adolescencia. No podía evitarlo… ¡No podía!

Pero, ¿sabéis qué? No lo siento en absoluto. No. Porque aquella impactante cicatriz de torcidas y desiguales puntadas –remendada casi con total seguridad por un matasanos contratado por horas–, convirtió en algo más especial aún el recuerdo que guardo hoy de cada una de las películas que vi en aquella vieja pantalla del Cine de las Margaritas; que actualmente es un frío supermercado… Sí, amigos, aquella cicatriz en la blanca tela multiplicaba por diez el encanto que proyectaban las bobinas de 35 milímetros, arropando con un misterio eterno a sus valientes Goonies, a sus traviesos Gremlins, a su indestructible RoboCop, a su temido Freddy Krueger (por esa época ya con gafas 3D de cartón, azules y rojas), a sus alucinantes Parques Jurásicos, a su prohibido Dirty Dancing, a su entrañable E.T. y a sus apasionantes Historias Interminables y Princesas Prometidas.

Porque hay cicatrices que guardamos como un tesoro, y suelen ser esas que están debajo de la piel… Muy adentro.