El-hada


Nunca me había gustado aquel día. Siempre me había parecido una americanada más. Una noche en la que los chicos se disfrazan de vampiro o momia con lo primero que pillan por casa, y las chicas de enfermera de peli de dos rombos o de bruja de saldo y esquina (como diría Sabina); justificando su estival modelito derramándose estratégicamente unas gotas de sangre artificial por el escote. Pero bueno, como mis compañeros de piso me convencieron de que realmente la fiesta de Halloween la habían exportado los irlandeses al resto del mundo, me dejé arrastrar… Lo sé, soy muy facilón. ;)

Pero claro, si quería formar parte de la tradición, tenía que improvisar un atuendo adecuado… Y rápido. Así que, en un alarde de originalidad, y ante la atónita mirada de los otros, rescaté un trozo de cartón de la papelera y escribí con un rotulador rojo-hematocrito: “Soy el típico chico guapo que muere el primero en las películas de terror” Luego hice un par de agujeritos en la parte superior y me lo colgué al cuello con uno de los cordones de mis botas de montaña. Ready!

La noche no parecía muy diferente a las mil anteriores que había pasado en los bares dublineses: gente con diez o doce Guinness de más, con poquísima ropa y con una pizca más de maquillaje que el Joker de Batman. Así que, a las 4 horas, –cuando ya había contado unas doscientas treinta y siete diablesas, y alrededor de trescientos veinticuatro zombis– y estaba a punto de marcharme… sentí unos golpecitos en el hombro. Me giré con cara de pocos amigos, pensando que iba a ser otro Ernesto de Hannover preguntándome que de qué iba disfrazado. Pero me equivocaba: era una chica menuda, pelirroja y con la nariz salpicada de diminutas pecas, que me miraba con unos ojos enormes, verdes y divertidos.

Sin mediar ni una palabra sacó de la nada una barra de labios con purpurina plateada y tachó la palabra “primero” de mi cartel, escribiendo justo encima “último” con una letra infantil. Mientras lo hacía pude ver que llevaba un escueto vestido de hada (en el cual no localicé la mancha de sangre) y que estaba descalza… Cuando terminó la restauración de mi obra maestra me lanzó una rápida mirada de orgullo. Después, con un guiño de esos que pueden levantar un vendaval con las pestañas, se dio media vuelta con la intención de dejarme allí plantado con la boca abierta. Pero, haciendo uso de la valentía que debía de haberme regalado Sir Jameson, previo pago, evité su huida sujetándola con delicadeza por sus hombros semidesnudos. Fue ahí cuando me di cuenta de que sus alas estaban quemadas…

“¿Por qué has hecho eso?”, le dije en inglés, luchando contra la atronadora música y mi horrible acento… Poniéndose de puntillas, la muchacha me susurró a voces al oído: “¡Porque soy yo la que va a morir primero, tonto!”

Aquellas  tristes palabras con olor a regaliz rojo y cerveza light, me paralizaron.

–¡Hey! Estás de broma, ¿no…?” –dije, forzando una tirante sonrisa en mis labios secos, siendo consciente ahora de que el giro que la había devuelto a mí se había convertido en un íntimo abrazo.

–¿Crees en las hadas, Peter? –me preguntó a escasos 7 milímetros de mi respiración agitada.

Pese a que sabía que se trataba de una pregunta trampa, y que me estaba jugando un beso a una sola carta… mi cerebro primario ganó la batalla, haciéndome mover la cabeza de un lado a otro lentamente. En ese mismo instante… la muchacha se derrumbó entre mis brazos.

Al principio creí que se trataba de una broma y me reí a carcajadas, mientras intentaba mantener erguido su frágil cuerpo contra el mío… Pero no. Aquello estaba empezando a durar demasiado… Traté sin éxito de mantener los ojos de la mejor actriz que había conocido nunca a la altura de los míos, pero su cuello parecía de goma… ¡No me lo podía creer! ¡Se había desmayado! Sin pensarlo dos veces la subí a mi hombro como un saco de patatas. <<¡Vaya! Pesa más de lo que parecía.>>, pensé. (Lo sé, ni el gesto ni el pensamiento fueron muy caballerosos… pero, ¿qué queríais que hiciera? ¡Estaba aterrorizado y he visto muchas películas!) En fin, después de luchar por abrirme camino entre enormes y ebrios tipos que me miraban con cara de “Has triunfado, ¿eeeh?” saqué al hada malherida de aquel bar sin aire…

El hada

En la calle estaba helando. Si aquello no la despertaba es que realmente estaba muerta, como ella me había dicho… Solo de pensarlo, un escalofrío, que nada tenía que ver con el maldito clima irlandés, recorrió mi espina dorsal. La llevé a un banco de espaldas al río Liffey, la desprendí de sus alas de plumas abrasadas y la cubrí con ellas, pues me había dejado el abrigo dentro del local… ¡con mi móvil en el bolsillo! ¡Fantástico! Luego comencé a zarandearla con angustia…

–¡Hey!, ¡hey! –¡Mierda, no sabes ni su nombre!, me reproché– ¡Chical! ¡Girl, girl! ¡Despierta, por favor! –Pero nada… Ni por esas.

Miré alrededor para pedir ayuda, pero no había un alma… Y con razón. El vaho no dejaba de emanar de mi boca y mis dientes estaban empezando a castañetear. <<¡Eso es!>>, me grité, acercando mi oído a su cara para comprobar si al menos respiraba… <<¡Ni regaliz, ni cerveza light, ni nada de nada! ¡Está muerta, joder!>>

Entonces se me ocurrió una tontería. Bueno… dos. (Ya sabéis que soy un poco teatrero…)

–¡Creo en las hadas! ¡Creo en las hadas! ¡Te lo juro! –Dije con un tono más agudo de lo normal, mientras acariciaba su mejilla, ya de mármol.

La muchacha no reaccionaba ante mis palabras y el color aún más blanquecino de su piel me estaba asustando de verdad. Así que pasé al Plan B a la desesperada: recurriendo a todos los cuentos de final feliz que me vinieron a la mente en aquellos eternos instantes, solo me quedaba una cosa por intentar… La besé.

No puedo decir cuánto duró aquello, pues el tiempo se paró. Pero, poco a poco, comencé a sentir cómo sus labios entreabiertos recobraban el calor, hasta por fin devolverme con dulzura aquel beso robado… Respiré hondo y me alejé unos centímetros para comprobar con entusiasmo cómo sus ojos se abrían muy despacio… ¡Estaba viva! ¡Estaba viva!

Y sin apartar la mirada del chisporroteante verde de la suya, susurré:

–Aquí no se muere nadie hasta que yo lo diga… ¿Capisci? –Dije esto muy serio, mientras me recreaba separando uno a uno los tensos dedos con los que ella aún apretaba con fuerza el pintalabios plateado; para después arrebatárselo con un gesto rápido y lanzarlo por encima del muro de piedra al fondo del río Liffey.

La sonriente hada, por aquel entonces aún sin nombre, dibujó en su cara un gracioso mohín al ver que yo empezaba a hablar de nuevo.

– Y sí, “ahora”, creo en… – Pero no pude terminar la frase.

Estrella fugaz


Lo malo de conocer a tanta gente nueva, que además tiene las mismas inquietudes que tú por viajar y aprender de los otros, es que, tarde o temprano… se van.

Sí, a lo largo de mi vida he dicho adiós muchas veces. Algunas de ellas, las que más, ha sido de forma voluntaria; por esa estupidez de la búsqueda de la perfección que desde pequeño me atormenta. Pero en otras –y no digo que sean peores que las anteriores, como todo el mundo cree–, no hay nada que yo haya podido hacer. En ambos casos, aquella persona que parecía encajar contigo como nadie lo había hecho antes, simplemente da media vuelta y desaparece. Pero nada, por fortuna, el mundo sigue rodando y rodando; y gracias a su desgaste mañana habremos olvidado y sido olvidados… ¡Pero qué bien hechos estamos!

A veces me planteo si esas almas gemelas que perdemos por el Camino, y que creíamos eternas, eran en realidad la horma de nuestro zapato; o si, por el contrario, la soledad (o la sociedad, que es peor) nos hizo meterlas bajo nuestra piel con calzador. No sé… No quiero pensarlo demasiado, por si llego a alguna conclusión a la que no me apetece llegar.

Despídete

Llevo en estas húmedas tierras irlandesas tres meses y ya he asistido a más de una docena de despedidas. ¡¿Podéis creéroslo?! La última, la de una compañera de piso brasileña que se reía a carcajadas de mis chistes fáciles ­–aunque estoy seguro de que apenas entendía la mitad– y que me robaba mil horas de sueño cuando necesitaba empapar un hombro de confianza, como si yo hubiese sido su fiel consejero durante cien años invisibles. Y lo más gracioso de todo… es que se fue sin saber pronunciar bien mi nombre: Jejús, me llamaba… ¡jaja! Sí, la voy a echar de menos.

¿Pero sabéis qué es lo peor de tanto adiós precipitado? Que, casi con total seguridad, a la mayoría de estas Estrellas Fugaces jamás las volveremos a ver, por mucho que nos deshiciéramos en promesas de reencuentro mientras duró aquel último abrazo…

¿Y lo mejor? Pues fácil: que siempre recordaremos a esas personas como perfectas, pues no tuvimos tiempo de ver el lado oscuro de su Luna. –Menuda suerte que ellas también se marchasen antes de descubrir lo fríos que tiene este Sol los pies…–

Llueve sobre mojado


Nunca pensé que una aventura como aquella estuviese a punto de irse al traste por un motivo tan estúpido como no encontrar una mísera habitación donde quedarme… Me parecía increíble. ¡Tenía dinero! ¿Cuál era el problema entonces? Pues muy fácil: yo, que siempre he presumido de original… había tenido la misma fantástica idea que otro par de cientos de miles de personas, provenientes de tooodos los países que están de capa caída por el mundo: irme a Irlanda a buscarme la vida… o la muerte. Bravo, Jesús. ¡Bravíssimo! jaja!

Spire

Después de veinte días removiendo Roma con Santiago para encontrar un alojamiento permanente, por pequeño, frío, caro o desolado que fuese… mis fuerzas, mis ganas y mi esperanza estaban empezando a ser arrastradas por los riachuelos de agua helada que discurrían silenciosos por las alcantarillas de aquella ciudad venida a menos. Todo aquél al que me quejaba de mi mala suerte, de aquí y de allí, me decía que aguantase; que algo saldría si tenía paciencia y no me daba por vencido… Pero, por aquel entonces, yo ya había dejado de creer en los milagros. Cuando parecía que tenía un techo definitivo bajo el que dormir, en el último momento giraba la rueda y volvía a estar en la calle.

Pero justo el día más crítico, cuando ya estaba mirando vuelos a la desesperada para volverme con las orejas gachas al regazo de mi madre… mi móvil irlandés, hasta entonces inerte, dio su mejor grito: ¡Por fin tenía habitación! El hermano de un conocido del primo de uno que me había hablado por casualidad en un famoso bar de aquí, del que aún no sé ni pronunciar el nombre, dejaba libre la suya… y se habían acordado de mí. ¡Aleluya! Sí, amigos míos, si algo estoy aprendiendo de esta historia, es que tu vida cambia del día a la noche: hoy no tienes nada, mañana lo tienes todo. Hoy lo tienes todo, mañana ese todo te parece nada… y vuelta a empezar. La historia de mi vida. En fin, prosigamos…

Y desde aquel entonces vivo aquí: en Dublín. Un minúsculo pueblo, venido a más, del que te sales como te despistes en uno de los típicos paseos por sus calles empedradas; donde todas las tardes los efluvios de la fábrica de Guinness hacen que el aire huela a castañas asadas, y de vez en cuando -creo que los domingos por la noche-, a regaliz. Donde la gente habla un inglés bastante extraño; aunque seguro que, para ellos, el que lo habla más raro aún… soy yo. Este es un lugar donde la mayoría de las personas es amable, hasta los yonkis (que creía extinguidos allá por los años 80 y que aquí hay por doquier) te hablan de forma amistosa pidiéndote una “ayudita” o uno de esos cigarros que, por el precio, deben de ser de 24 quilates. Donde, por el contrario, nadie se agacha a por las minúsculas monedas de uno y dos céntimos de euro; ni siquiera la gente sin hogar de la que os hablaba antes. Pero claro, ya sabéis cómo soy yo para esto de las supersticiones… No sé quién demonios me dijo en su día que si ves dinero en el suelo y no lo recoges, por poco valor que tenga, es porque no necesitas más… y el maldito karma no te lo dará. Así que… tengo los riñones hechos polvo y una jarra de cerveza llena de inútiles monedillas rojizas en mi habitación… ¡Hey, que tengo habitación! ;)

Liffey

Cuando la gente te recordaba entre risas que en las tierras de U2 llueve mucho… no te advertía de lo más importante: ¡que lo hace desde todos los puntos cardinales! Sí, sí… ¡hasta desde abajo! Que como te pille en una de esas caminatas de 20 minutos, que es la distancia a lo que está todo en este lugar, te calas… ya lleves paraguas, chubasquero de bolsillo o una bolsa en la cabeza como las “señoras que” de España. Yo, en este par de meses, me he convencido de que es mejor dejar que esas rabiosas tormentas te hagan suyo, y punto. Ya sabéis: si no puedes con tu enemigo… ¡únete a él! Porque, al fin y al cabo, no siempre se tiene la oportunidad de que te lluevan gotas (del cielo o del suelo) con sabor a castañas asadas y, de vez en cuando -creo que los domingos por la noche- a regaliz.

PD: Perdonad mi tardanza en volver a encender la máquina de hacer jarabe. He estado tratando de cazar una nueva especie de Luciérnaga… ¡Y ya está en el “tarro”! ;)

Cazadora Cazada

El botón rojo de la máquina del tiempo


Siempre me había preguntado para qué demonios serviría ese gran botón rojo, protegido por una tapa de plástico duro, que destacaba sobre el resto de manecillas, contadores e indicadores luminosos que abarrotaban el panel de mandos de mi máquina del tiempo. No tenía ningún letrerito en ruso debajo, como todos los demás: destino temporal, aleatorio, favoritos, autodestrucción… entre otros. Pero hoy por la mañana, sin saber muy bien por qué lo hacía en ese precioso momento y no en cualquier otro de los últimos años, lo he pulsado sin demasiados miramientos.

Botón Rojo

No sé cómo funcionarán las vuestras, pero la mía no te transporta físicamente en la línea de tiempo, pudiendo cambiar a placer lo que hiciste en el pasado o desesperarte en un futuro en el que, muy a nuestro pesar, no hay coches que vuelan ni rayos láser, sino un planeta roto, desierto, olvidado, tuerto… Mi máquina te lleva a las coordenadas que hayas introducido en el calendario, y te deja ver lo que fuiste o lo que serás, pero sin tocar. Es como un déjà vu, del que de pronto despiertas, y ya. Nada más. Imagino que será una versión antigua y por eso es tan limitada en funciones. A ver si dentro de tres o cuatro décadas he juntado los puntos suficientes para beneficiarme del ¨plan renove¨ que me ofrece mi compañía: Tiempofónica. ¡Qué ganas!

Pues bien, tras apretar el misterioso botón y navegar a toda velocidad por el gusano espacio-temporal estándar, con sus típicos flashes y destellos cegadores… imaginaos mi sorpresa (incluso decepción) al descubrir que la fecha que ha aparecido en el visor era exactamente la misma de la que había partido: hoy. Y me he visto a mí mismo: con 35 años, envejeciendo sin pausa, sentado en mi anticuada máquina del tiempo intentando ver lo que ya pasó y lo que puede o no pasar -el futuro siempre es incierto, recordad-…

Túnel del tiempo

<<¡Pues vaya! ¡Menuda estupidez!>>, he pensado… Pero acto seguido me he dado cuenta de la gran importancia que tenía: ser consciente del día que era en realidad, de mi edad, del tiempo aproximado que me queda de vida; de que lo hecho, hecho está, y de que lo que no haga hoy puede que no lo haga nunca. Que solo tenemos una oportunidad para disfrutar de las cosas buenas, y que las malas solo hay que atravesarlas… pues al final, ambas quedan atrás por mucho que nos gusten o nos duelan. Que, nos pongamos como nos pongamos, no podemos detener el tic-tac insaciable del reloj. Sí, ese mismo que nos hará completamente felices el día menos pensado… y el que nos matará el menos oportuno.

Me he sentido tan afortunado de haber pulsado el botón rojo hoy, y no dentro de otros 35 años… que, en cuanto el gusano espacio-temporal me ha escupido de nuevo en el suelo de la habitación, he tirado decidido de la palanquita de autodestrucción de mi máquina del tiempo, iniciando una rápida cuenta atrás en la pantalla. Luego he desempolvado una maleta (prácticamente nueva), he metido en ella todo aquello que guardaba para una ocasión especial -que nunca era lo suficientemente buena…- y me he ido al aeropuerto con la clara intención de coger el primer vuelo que saliese hacia cualquier lugar del mundo, antes de que se haya extinguido: él o yo.

7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…

El ladrón de dedicatorias


En este mundo existen personas que coleccionan objetos de lo más variopintos: cajas de cerillas, dedales, monedas antiguas, imanes de nevera, joyas e incluso coches. Pero él coleccionaba algo de mucho más valor. Coleccionaba dedicatorias escritas en libros…

Todo empezó cuando era aún muy pequeño; el día en el que sus padres le regalaron El Principito, a todo color y detalle. ¡Habían puesto incluso su nombre en la portada!: “Louis”. Lo paladeó sin prisa, escudriñando su curiosa tipografía y extraordinarios dibujos. Nada más leer la palabra FIN volvió a la primera hoja para devorarlo de nuevo, y fue esta segunda vez cuando encontró aquella dedicatoria escrita con tinta azul y una letra preciosa, que antes le había pasado desapercibida. Decía así:

“Porque sólo los ojos de un niño pueden llegar a ver la verdadera belleza de las cosas, sigue mirando por mí. Te Quiere. Mamá.”

Elefante dentro de una boa

Aunque no entendía muy bien lo que le quería decir su madre con aquella frase, fue ahí cuando Louis se dio cuenta de que cualquier libro regalado no vale nada si en la página en blanco del principio, justo la anterior a la que aparece el título y el autor, no hay plasmada una notita a mano dirigida al afortunado que lo recibe. Es sólo eso: un libro más, de los que hay miles iguales.

Al año de aquello, ella falleció de una larga enfermedad que la fue consumiendo poco a poco, aunque a Louis no le hubiesen contado nada… Aquel mismo día, se enfadó tanto que metió sus juguetes en una caja, incluido aquel libro con las palabras de su madre, y la tiró con rabia al contenedor de la calle. Luego lloró, y lloró… hasta quedarse profundamente dormido.

A la mañana siguiente, se despertó sobre la alfombra de su habitación. Le escocían los ojos, aún hinchados, y le dolían la espalda y el corazón. Cuando se acordó de lo que había hecho la noche anterior… le entró el pánico. Bajó a trompicones las escaleras y salió de la casa en busca de su caja de recuerdos. ¡Nada! El camión de la basura la había recogido como cada madrugada. Acababa de perder la única dedicatoria que le importaba en esta vida; y para siempre. Louis, volvió a llorar por última vez en mucho tiempo.

Desde aquel entonces las dedicatorias se convirtieron en su obsesión. Pasaba horas y horas rebuscando entre los cientos de libros que abarrotaban las estanterías de las tiendas de segunda mano y las bibliotecas públicas, en busca de tesoros escondidos tras sus portadas. Para las personas que le acompañaban en aquellas estancias con olor a moho e historias interminables, él sólo era un joven más, hojeando por aburrimiento esos viejos ejemplares apilados sin orden ni concierto, para, al final, no comprar ninguno. Pero se equivocaban de lleno. Sus expertos dedos se deslizaban como un abrecartas entre las primeras páginas dejándole comprobar si eran libros únicos o no… De la mayoría de sus expediciones volvía con las manos vacías, sin botín alguno. Otras, cuando había suerte y encontraba lo que más ansiaba, tratando de controlar su cara de emoción y echando antes una mirada por encima del hombro para asegurarse de que nadie estuviese mirando, las arrancaba de un indoloro tirón, ensayado más de mil veces. Después las doblaba y guardaba en el bolsillo de su camisa con suma destreza. Era impresionante entrar en su cuarto y ver la pared recubierta de infinitos trozos de papel con solera, de distintos tonos de amarillo, que siempre estaba estudiando con detenimiento.

old library

Un día me confesó que las que más le gustaban eran las que habían sido escritas por amantes extinguidos ya, en las que podía leerse entre líneas la pasión o euforia del principio; cómo las palabras iban siendo cada vez más simples y frías cuando la relación se estaba sumergiendo en la desidia; o las de súplica, arrepentimiento o incluso de amor fingido, cuando estaba claro que ya no había nada que hacer. Yo le pregunté que cómo podía saber todo eso sin conocer a los dueños de las notas, y él me respondió que qué iban a hacer si no allí abandonados esos libros tan importantes… <<¡Nadie se deshace de un libro que le ha dedicado alguien al que quiere, a no ser que ese alguien ya no forme parte de su vida!>> me exclamó, dando por concluida su explicación.

Un amanecer de invierno cualquiera se detuvo en un puesto de libros callejero con el que se topó de camino a la universidad. Hacía mucho frío, pero su intuición le dijo que merecía la pena pararse a echar un vistazo, pues era probable que aquel carro destartalado escondiese en sus entrañas un gran lingote de oro. Y no se equivocaba…

Como todos habréis adivinado, mezclado con el resto de libros, asomó una antigua edición de El Principito… Estaba lleno de polvo, sucio y con las esquinas dobladas, pero, no sin dificultad, podía leerse un nombre que os resultará familiar en la portada: Louis. A nuestro protagonista casi se le sale el corazón por la garganta en ese preciso instante… ¡Era imposible! Conteniendo la respiración y el caudaloso río que amenazaba con desbordarse de sus ojos, levantó la tapa en la que descansaba el dibujo de un niño rubio con gesto contrariado sobre la superficie de un planeta minúsculo…

¡Maldición! Algún ladrón despiadado debía de haber arrancado sin cuidado las palabras azules que hacía muchos años le había dedicado su madre, poco antes de alejarse de él; dejando un feo vacío triangular en aquella hoja en blanco, por el que ahora asomaba el apellido del famoso escritor. Ahora sí que sí, la presa que formaban sus pestañas, que tantos años había mantenido a raya sus emociones, se desplomó derramando mares de lágrimas y recuerdos sobre las páginas de un libro que un día fue único y ya no lo era.

Apretando al Principito contra el pecho salió corriendo sin rumbo, desoyendo los gritos e insultos que el librero ambulante le lanzaba desde lejos… El hielo le hizo resbalar en varias ocasiones, no consiguiendo derribarle en ninguna de ellas por fortuna. Cuando quiso darse cuenta se encontraba ante las grandes puertas de hierro forjado que daban acceso al cementerio. Ése al que no había tenido la valentía de regresar desde el entierro de su madre. Con la respiración agitada y las lágrimas cristalizadas abrasándole las mejillas, dejó que sus pies le indicaran el camino que una vez recorrieron en sentido contrario, y que no habían olvidado. Ya estando muy cerca de aquel amargo y descolorido número que odiaba, vislumbró entre la neblina a un hombre arrodillado justo delante. No le veía la cara, pero esa silueta desgarbada era inconfundible: la de su padre.

Cuando llegó a su altura, aquel señor de tez cansada giró la cabeza al escuchar el crujir de la escarcha bajo sus zapatos. A Louis se le antojó bastante más mayor de lo que en realidad era. El padre miró el rostro compungido de su hijo. Luego bajó hasta posarse sobre la obra maestra de Saint-Exupéry que éste abrazaba con fuerza. No pudo evitar que sus pupilas se empañasen por unos segundos, pero después hizo aparecer una sincera sonrisa en sus labios y en el verde gastado de su mirada. Con un tranquilo movimiento de cabeza invitó a Louis a que se agachase a su lado; quería enseñarle algo. Cuando el joven se dejó caer sobre sus rodillas y pudo ver lo que su padre le señalaba con un índice tembloroso. Lo que descubrió le dejó boquiabierto: justo bajo la foto de mamá, donde se dibujaba tan bella como la recordaba, había otro marco de cristal; y dentro, la esquina superior derecha de una página desgarrada en la que podía leerse una frase escrita con tinta azul y una letra preciosa… Por fin la entendió.

–La salvaste aquella noche… –susurró Louis, mientras levantaba la portada del libro y hacía encajar las dos partes de la hoja de debajo, separadas hacía tanto tiempo. Después agarró la mano de su padre con firmeza.

–Tú salvas a mamá cada vez que mira este mundo a través de tus ojos, hijo. No podía permitir que los cerrases. –respondió su padre con voz ronca, al mismo tiempo que le abrazaba como no lo había hecho nunca– Te quiero…

–Tú eres mi mejor Dedicatoria, papá… ¡La mejor!

Radiografía elefante dentro de una boa

La cara oculta de mi luna


Tengo una Cama tan grande como la Luna… pero siempre en fase menguante. Su parte oscura se expande y se expande cada noche hasta dejarme haciendo equilibrios en la única arista en la que incide la luz de la calle. Porque, ¡ay si me aventuro a entrar en la zona cero!, donde en su día se erguían dos altas torres… Pobre de mí si, en un alarde de valentía, me pierdo en el abandonado parque de atracciones de Chernóbil, en el que antes jugaban los niños… Que Dios se apiade de mi alma si pongo un pie fuera de la cantina de aquel pueblo fantasma, para enfrentarme en un duelo a muerte contra mí mismo… ¡Estoy perdido!

el lado oculto de mi cama

Sí, hay una superficie vedada al tránsito entre sus cuatro esquinitas: la de la izquierda. Jamás pensé que pudiesen formarse barreras de recuerdos capaces de detener un tren con la caldera repleta de carbón incandescente… Pero, a la vista está, me equivocaba.

Me paso las horas silenciosas del mundo acurrucado en mi lado de siempre, por donde se pone el sol, mirando por la ventana hasta que me duermo. Porque si cruzo la frontera por descuido… mis sentidos se amplifican impidiéndome pegar ojo: mis pupilas se dilatan tratando de absorber cada gota de claridad desparramada por el cuarto, para distinguir una silueta que ya no se dibujará más entre las sombras; el olor dulzón de una vela extinguida se me enreda en el pelo descompasando mis latidos; mis manos heladas tantean la sábana buscando una piel, un respingo, una carcajada que no llego a escuchar; se me hace la boca agua…

Parque de atracciones Chernóbil

En ese instante me doy cuenta de que estoy en tierra hostil, en un coto privado de caza en el que yo soy el enemigo, la presa. Y retrocedo arrastrándome con sigilo sobre mis pasos, hasta refugiarme de nuevo en mi pequeño búnker situado estratégicamente al oeste. Al fin caigo rendido entre sueños, exhausto y maltrecho, por esa batalla que nunca tuvo lugar… en la cara oculta de mi cama.

¡Que me parta un rayo!


Que me parta un rayoEl día en que me cayó aquel rayo… lo entendí Todo. Me di cuenta de que los sentimientos en general son como un rayo que te cae sin previo aviso, y que, en décimas de segundo, debes elegir qué hacer con él. No es fácil, lo reconozco, pues no sabes cuándo ni dónde te puede alcanzar uno. Quizás la clave sea estar preparado, e identificar al instante cuándo te está intentando partir por la mitad; y no esperar para reaccionar a que te despiertes desorientado en el hospital, lleno de magulladuras y con los pelos chamuscados… Ahí ya es tarde, y habrás perdido la Oportunidad que te brindó Zeus al lanzártelo.

En este punto de la historia estaréis pensando que ahora entendéis por qué suelto a menudo estas cosas tan raras por mis dedos… Y tenéis razón: ¡me pegó de lleno! ¡jaja! No, en serio, seguid leyendo y comprenderéis el sentido de esta metáfora tan salvaje. Una vez más, os pido que confiéis en mí. ;)

En la mayoría de las ocasiones los sentimientos y estados de ánimo nos golpean sin que nos dé tiempo a verlos venir, friendo hasta el último de nuestros órganos y sueños; o, por el contario, si notamos que esos rayos están a punto de embestirnos… por instinto nos cobijamos bajo el típico árbol –precisamente lo que los meteorólogos de las películas desaconsejan hacer en mitad de una tormenta eléctrica, pues los atraerá más aún hacia nosotros– En definitiva: en ambos casos… acabamos a la plancha, vuelta y vuelta.

Rayo en el camino

Pero… ¿Y si les perdemos el miedo y dejamos que nos atraviesen de punta a punta hasta que desaparezcan o se disuelvan en nuestro interior? Sí, sí… ¿Nunca os ha dado corriente el grifo del fregadero? ¡Pues esto es lo mismo! Ya sea un relámpago repleto de ira, temor, impotencia, pena o amor… quitémonos los zapatos y conectemos nuestra “toma de tierra” al suelo. No huyamos. Dejemos a esas descargas de energía entrar y salir libremente, o quedarse para siempre con nosotros hasta que aprendamos a vivir con ellas. No las esquivemos, o volverán y volverán hasta hacernos explotar en mil pedazos. (Y ya os advierto que estos trocitos de alma son dificilísimos de despegar de los azulejos de la cocina… ¡Ni con espátula!)

Porque… ¿qué te aporta aislarte dentro del coche y no tocar la carrocería hasta que el ciclón haya pasado, si vas a seguir aterrorizado de por vida por los truenos? Absolutamente Nada. ¿Y de qué le sirve la Nada a alguien que lo quiere Todo…?

Recordad que sólo existe un mundo en el que las personas no atraen los rayos: el de los muertos.